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Películas y programas de TV de Jodie Comer que explican su ascenso

Jodie Comer ya no es solo Villanelle: sus series, películas y nuevos papeles revelan una carrera breve, afilada, cambiante y cada vez mayor.
Películas y programas de TV de Jodie Comer es una búsqueda que suele empezar por una cara, Villanelle, y termina bastante más lejos: en una actriz de Liverpool que ha pasado de la televisión británica de nervio pequeño a la primera línea del cine internacional sin perder algo raro, muy raro en una industria tan dada al barniz: hambre de personaje. Para entender su carrera conviene mirar primero sus series —My Mad Fat Diary, Thirteen, Doctor Foster, The White Princess, Killing Eve, Help— y luego sus películas, donde el salto va de Free Guy a The Last Duel, de The End We Start From a The Bikeriders y 28 Years Later. No es una filmografía larga como una sobremesa de domingo, pero sí muy elástica, con cambios bruscos de tono y una capacidad de desaparecer dentro del papel que explica buena parte del fenómeno.
La respuesta corta, para quien llega con prisa y una taza de café enfriándose al lado del teclado, es esta: Killing Eve sigue siendo la puerta de entrada más potente; Help y Thirteen muestran a la actriz más seca, humana y pegada a tierra; The White Princess enseña su solvencia en drama histórico; The Last Duel la coloca frente a Ridley Scott con una madurez inesperada; The Bikeriders confirma su dominio del relato oral y del gesto contenido; The End We Start From la lleva al drama climático íntimo; y 28 Years Later, con Danny Boyle y Alex Garland, la instala definitivamente en una liga de cine de gran escala. Entre medias quedan Free Guy, su incursión pop y luminosa, y una aparición breve en Star Wars: El ascenso de Skywalker que muchos descubrieron tarde, como quien encuentra una moneda entre los cojines del sofá.
La ruta rápida para no perderse entre sus mejores papeles
En la carrera de Jodie Comer hay una rareza bastante evidente: casi nunca parece estar haciendo el mismo trabajo dos veces. En My Mad Fat Diary era Chloe, parte de un universo adolescente áspero, noventero, lleno de música, vergüenza y deseo torpe; en Doctor Foster aparecía como Kate Parks, una joven colocada en el centro de una guerra doméstica adulta que no había empezado ella, aunque acabara pagando parte del incendio; en Thirteen fue Ivy Moxam, una mujer que escapa tras trece años secuestrada y vuelve al mundo con la piel de quien ha sobrevivido, no de quien ha sido salvada. La televisión británica, con su luz gris y sus cocinas donde siempre parece haber una discusión a punto de romperse, le dio a Comer un material menos brillante que Hollywood, pero más nutritivo. Ahí aprendió a escuchar. Y se nota.
The White Princess fue otro escalón: una miniserie histórica en la que interpretó a Isabel de York, figura clave en la unión dinástica tras las guerras de las Dos Rosas. Era un papel con corona, sí, pero también con jaula. Comer no lo jugó como postal de época, sino como una mujer obligada a sonreír mientras la política le mordía los tobillos. Ese tipo de interpretación, menos explosiva que Villanelle pero muy reveladora, ayuda a entender por qué su salto posterior no pareció un golpe de suerte. No apareció de la nada, aunque internet a veces fabrique estrellas como si fueran setas después de la lluvia. Había oficio. Había años de BBC, E4, Starz, Channel 4. Había barro antes del foco.
De la televisión británica al terremoto Villanelle
Killing Eve cambió la conversación. La serie, estrenada en 2018 y cerrada en 2022, enfrentaba a Eve Polastri, interpretada por Sandra Oh, con Villanelle, asesina elegante, caprichosa, cruel, infantil, inteligentísima, absurda a ratos y peligrosamente magnética. En manos menos finas, Villanelle habría sido una muñeca de escaparate con pistola. En manos de Comer fue otra cosa: una criatura cómica y letal, una niña rota vestida de alta costura, una depredadora capaz de cambiar de acento como quien cambia de guantes. La serie tenía espionaje, persecuciones y cadáveres, claro, pero su verdadero combustible era esa obsesión entre dos mujeres que se reconocían incluso cuando se estaban destruyendo.
El impacto fue inmediato porque Villanelle no obedecía a la plantilla habitual de la villana televisiva. No pedía perdón. No buscaba redención con lágrimas de violín. Tampoco funcionaba como simple fantasía de violencia cool, aunque el vestuario —ese tul rosa, esos trajes imposibles, esa frivolidad tan calculada— ayudara a convertirla en icono visual. Comer ganó el BAFTA a mejor actriz protagonista por Killing Eve en 2019 y también el Emmy a actriz principal en drama ese mismo año, un doble reconocimiento que consolidó lo que ya era evidente para el público: ahí había una intérprete capaz de convertir una escena de cocina en un duelo de esgrima psicológica.
La gracia, y también la trampa, es que un papel así puede comerse a una actriz. Pasa mucho. La industria encuentra un gesto, un acento, una forma de mirar, y lo exprime hasta dejarlo seco. Comer hizo lo contrario: después de Villanelle no se dedicó a repetir el truco. En Help, telefilme de Channel 4 escrito por Jack Thorne y protagonizado junto a Stephen Graham, interpretó a Sarah, una auxiliar en una residencia durante la pandemia. Nada de glamour, nada de crimen sofisticado, nada de ciudades europeas fotografiadas como escaparates de lujo. Solo pasillos, miedo, precariedad, una trabajadora joven tratando de sostener lo que el sistema había dejado caer. Por ese papel ganó otro BAFTA en 2022, y quizá ahí se vio mejor el giro: de asesina pop a rostro del agotamiento social. De cuchillo a mascarilla. De fantasía a herida.
Las películas: del juego digital al terror de Danny Boyle
El cine llegó con una mezcla curiosa de escaparate comercial y papeles de alto voltaje. Free Guy, dirigida por Shawn Levy y protagonizada por Ryan Reynolds, colocó a Comer en una superproducción ligera, de videojuego, humor y píxeles con sonrisa de franquicia. Interpretaba a Millie y a Molotov Girl, dos caras de un mismo personaje, una programadora en el mundo real y un avatar dentro del juego. La película funcionaba como comedia de acción y como metáfora amable sobre la identidad digital, aunque lo más interesante para seguir su carrera es que la obligó a moverse en un registro más físico, más luminoso, menos sombrío. No todo actor que viene del prestigio televisivo sabe entrar en una maquinaria así sin quedar plastificado. Comer sobrevivió al neón.
Después llegó The Last Duel, de Ridley Scott, con Matt Damon, Adam Driver y Ben Affleck en el reparto. La película, ambientada en la Francia del siglo XIV, gira alrededor de una acusación de violación y del duelo judicial que acaba convertido en espectáculo de honor masculino. Comer interpreta a Marguerite de Carrouges, y ahí su trabajo es especialmente delicado porque la historia podía haberla reducido a víctima simbólica, a pieza que mueve la trama de los hombres. No lo hace. Su Marguerite observa, calcula, resiste, se rompe por dentro sin hacer de la ruptura un decorado. Es una interpretación de mandíbula apretada, de silencios con eco. Ridley Scott ponía la armadura, pero Comer ponía el pulso.
En The End We Start From, la escala cambia otra vez. La película de Mahalia Belo, basada en la novela de Megan Hunter, imagina una Gran Bretaña golpeada por una catástrofe climática y sigue a una madre que intenta sobrevivir con su bebé en medio del colapso. Lo interesante no es solo el contexto apocalíptico, sino la forma en que Comer sostiene la película desde lo mínimo: el cuerpo cansado, la mirada alerta, la maternidad como refugio y amenaza a la vez. El desastre no aparece como un gran trueno de Hollywood, sino como humedad en la ropa, leche, barro, desplazamiento, estaciones frías. Una película donde el fin del mundo no ruge; gotea.
The Bikeriders, de Jeff Nichols, la sitúa en otro territorio: el de la memoria oral, las motos, la masculinidad de cuero y humo, el grupo que se convierte poco a poco en tribu y luego en problema. Jodie Comer comparte reparto con Austin Butler, Tom Hardy, Michael Shannon, Mike Faist y Norman Reedus, pero su Kathy tiene una función decisiva: mirar desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. No es “la mujer de” colocada junto a los hombres duros para decorar la gasolina. Es la voz que cuenta, filtra, sospecha, recuerda. En una película tan marcada por la pose masculina, ella introduce la grieta doméstica, el cansancio, la inteligencia de quien ha entendido antes que nadie que la épica también mancha las alfombras.
Y luego está 28 Years Later, regreso de Danny Boyle al universo que abrió con 28 Days Later, de nuevo con Alex Garland en el guion. La película reúne a Comer con Aaron Taylor-Johnson, Jack O’Connell, Alfie Williams y Ralph Fiennes, y la coloca en un terror posapocalíptico británico donde el virus, el aislamiento y la supervivencia ya no son solo sustos de pasillo oscuro, sino paisaje nacional. Para una actriz que venía de alternar drama íntimo, cine histórico, comedia de acción y relato social, entrar en una saga tan reconocible tenía riesgo. Pero Comer no funciona como simple nombre de cartel; su presencia empuja el terror hacia un terreno emocional, más áspero, menos de grito automático. Cuando el mundo se cae, sus personajes no posan entre escombros. Respiran polvo.
Prima Facie y el prestigio que empujó toda la carrera
Aunque la búsqueda hable de películas y programas de TV de Jodie Comer, dejar fuera Prima Facie sería como contar un incendio sin mencionar el fósforo. La obra de Suzie Miller, un monólogo sobre una abogada penalista enfrentada al sistema que antes dominaba, cambió la percepción de Comer en teatro. Su interpretación ganó el Olivier y el Tony, y la producción filmada por National Theatre Live se convirtió en uno de esos casos raros en los que el teatro sale de la sala sin perder del todo la electricidad. No era televisión ni cine convencional, pero sí pantalla, sí acontecimiento, sí prueba de resistencia. Una actriz sola, sin montaje que la rescate cada diez segundos, sosteniendo la respiración del público. Ahí no hay truco posible.
La propia producción de Prima Facie anunció una gira por Reino Unido e Irlanda en 2026 con Comer retomando el papel, después de haber alcanzado más de 1,2 millones de espectadores en todo el mundo entre funciones y proyecciones. Ese dato importa porque explica algo que las plataformas a veces disimulan: la fama de Comer no depende solo del algoritmo ni de clips virales. Hay una relación con el directo, con la exigencia física, con la palabra dicha en una sala donde el silencio pesa. Para una carrera contemporánea, tan atravesada por el streaming y la marca personal, eso suena casi antiguo. Y precisamente por eso tiene valor.
En paralelo, su agenda de cine sigue creciendo. The Death of Robin Hood, con Hugh Jackman y dirigida por Michael Sarnoski, está prevista en el calendario estadounidense para junio de 2026, mientras The Last Disturbance of Madeline Hynde, thriller psicológico escrito y dirigido por Kenneth Branagh, aparece como otro proyecto de peso en su horizonte. Son títulos distintos, casi incompatibles en temperatura: un Robin Hood crepuscular, oscuro, y un suspense psicológico de autor británico. Esa variedad vuelve a señalar una estrategia no siempre verbalizada, pero visible: Comer no parece interesada en encerrarse en una marca cómoda. Ni “la chica de Killing Eve”, ni “la actriz de prestigio”, ni “la nueva estrella de acción”. Mejor todas y ninguna.
En qué orden conviene verla para entender de verdad su evolución
El orden más sensato para descubrir a Jodie Comer no tiene por qué ser cronológico. Puede empezar por Killing Eve, porque ahí está el fogonazo, el personaje que explica la fascinación global y también el peligro de quedarse solo en la superficie. Después conviene ir hacia atrás con My Mad Fat Diary, Doctor Foster, Thirteen y The White Princess, porque esos títulos enseñan el andamiaje: la actriz joven, la actriz secundaria que roba aire sin levantar la voz, la protagonista de miniserie dura, la reina histórica que aprende a sobrevivir entre hombres que hablan de linajes como si hablaran de ganado. Ese viaje hacia atrás limpia un malentendido frecuente: Comer no explotó por casualidad, sino por acumulación. Por capas. Por músculo silencioso.
Luego viene el cine. Free Guy permite verla en una comedia comercial amable, con ritmo de videojuego y una doble identidad que encaja bien con su facilidad para el disfraz. The Last Duel exige otro tipo de atención, más incómoda, más adulta, porque la película trabaja con versiones, poder y violencia sexual desde una estructura que deja a su personaje atrapado entre relatos masculinos. The End We Start From es para quien busque una interpretación menos enfática, casi táctil, de supervivencia y maternidad. The Bikeriders merece verse por su uso de la voz y de la observación; 28 Years Later, por el modo en que Comer entra en el terror sin convertirse en accesorio del susto. En conjunto, sus películas no forman una línea recta, sino un mapa con carreteras secundarias. Mejor así. Las autopistas suelen aburrir.
Hay también títulos menores o apariciones breves que interesan al completista. Star Wars: El ascenso de Skywalker la incluye como la madre de Rey, un cameo breve pero significativo por lo que tiene de huella escondida en una franquicia gigantesca. Sus primeros trabajos televisivos, desde The Royal Today hasta participaciones en dramas británicos de larga vida, pertenecen a esa escuela dura donde los actores aprenden a entrar, cumplir y desaparecer antes de que el espectador termine de recordarles el nombre. No son imprescindibles para disfrutarla, pero sí explican una cosa: Comer ha trabajado mucho antes de que el mundo decidiera llamarla descubrimiento. Qué manía la nuestra, la de descubrir tarde y hablar como si hubiéramos inventado el mapa.
Una carrera que cambió de piel sin pedir permiso
Lo más atractivo de las películas y programas de TV de Jodie Comer no es solo la calidad desigual, inevitable, de cualquier filmografía viva. Es la sensación de movimiento. Una actriz puede construir carrera por acumulación de éxitos o por variedad de riesgos; Comer, de momento, combina ambas vías con una naturalidad bastante poco frecuente. Villanelle le dio fama, sí, pero Help le dio gravedad; The Last Duel le dio densidad histórica; Prima Facie le dio autoridad teatral; The Bikeriders le dio una voz narrativa distinta; 28 Years Later le dio escala de saga; y los próximos proyectos apuntan a una intérprete que todavía no parece domesticada por su propio prestigio.
Quizá por eso su filmografía se mira bien en desorden. Hay actrices que se entienden por etapas muy limpias, casi archivadas en carpetas. Con Comer ocurre algo menos pulcro. Entra y sale del glamour, baja al drama social, se prueba en el terror, pisa el teatro con una intensidad que deja marcas, aparece en franquicias sin dejar que la franquicia la trague. Tiene algo de actriz clásica y algo de criatura muy contemporánea: técnica, intuición, oído para los acentos, rostro transparente cuando conviene y opaco cuando hace falta. No necesita estar simpática todo el tiempo. Bendición rara.
Para quien busque qué ver de Jodie Comer, el punto de partida sigue siendo Killing Eve, pero el retrato completo aparece al cruzar esa serie con Thirteen, Help, The Last Duel, The End We Start From, The Bikeriders y 28 Years Later. Ahí se ve la verdadera noticia cultural: no estamos ante una intérprete atrapada en su primer gran icono, sino ante una actriz que ha conseguido algo más difícil que triunfar una vez. Ha conseguido que cada papel importante parezca una puerta distinta. Algunas chirrían. Otras pesan. Todas conducen a una carrera que todavía está en construcción, y esa es precisamente la parte más interesante.

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