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¿Por qué se repiten las palizas entre menores a la salida en Cornellà?

Vídeos de palizas y miedo a denunciar sacuden Cornellà, donde varias agresiones entre menores inquietan a familias y estudiantes a la salida

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palizas entre menores en Cornellà

Resumen

  • Vídeos muestran palizas grupales a menores a la salida de institutos
  • Los Mossos conocen los casos, pero muchas víctimas no llegan a denunciar
  • La difusión en móviles prolonga la humillación y agrava el daño

Las agresiones que inquietan a Cornellà de Llobregat no responden, al menos con la información disponible, a una oleada nueva reconocida por la policía. Lo que ha salido a la luz es una sucesión de peleas, palizas grupales y humillaciones grabadas a la salida de algunos institutos, especialmente en el entorno de Sant Ildefons, y difundidas después entre adolescentes.

Los Mossos d’Esquadra aseguran conocer este tipo de incidentes y sostienen que no han detectado un aumento. Admiten, sin embargo, que muchas agresiones no llegan a denunciarse. Ahí aparece la grieta: puede no crecer la estadística y, al mismo tiempo, asentarse una violencia cotidiana que permanece fuera del registro, circulando por los teléfonos como un secreto que conoce medio barrio.

El problema no termina cuando cesan los golpes. Los vídeos prolongan la humillación durante días o semanas, convierten a la víctima en espectáculo y ofrecen al agresor una audiencia inmediata. La violencia ya no necesita un callejón oscuro. Le basta una acera, un corrillo y varias cámaras encendidas.

Golpes a la salida y un corrillo que no se aparta

Se han difundido decenas de grabaciones realizadas en Cornellà. En ellas aparecen adolescentes propinándose patadas, puñetazos y tirones de pelo, mientras otros jóvenes observan, jalean o graban. Algunas imágenes muestran enfrentamientos entre dos chicas; otras, bastante más graves, recogen a varios chicos golpeando juntos a una sola víctima.

No conviene llamar pelea a todo. Una discusión entre dos estudiantes que intercambian golpes no es lo mismo que una agresión de varios contra uno, con superioridad numérica, ropa rota y espectadores animando desde pocos metros. El lenguaje importa: rebajar una paliza a simple riña escolar permite que el episodio se disuelva en esa niebla burocrática donde nadie parece responsable.

Los testimonios conocidos describen escenas que llevan meses repitiéndose y que una parte del alumnado considera casi normales. Esa normalización de la violencia quizá sea el dato más inquietante. No porque cada salida de clase termine en golpes —sería falso afirmarlo—, sino porque algunos estudiantes ya no se sorprenden cuando ocurre. La anomalía ha empezado a mezclarse con el paisaje.

El móvil alarga la paliza mucho después del último golpe

Antes, una agresión podía quedar limitada a quienes estaban presentes. Ahora viaja. Pasa de un teléfono a otro, salta entre grupos privados y reaparece acompañada de comentarios, insultos o montajes. El golpe físico dura unos segundos; la exposición digital puede perseguir a la víctima durante semanas.

La cámara tampoco es un testigo inocente. En estas escenas suele funcionar como parte del castigo: se graba para exhibir quién domina, quién cae y quién queda señalado ante los demás. El vídeo ofrece prestigio dentro del grupo al agresor y multiplica la indefensión de quien recibe los golpes. Una plaza cualquiera se transforma así en un pequeño plató miserable, sin focos pero con público.

Ese público cuenta. Quien anima, difunde o conserva las imágenes contribuye a que la agresión tenga una segunda vida. No todos los adolescentes que miran comparten la intención del agresor; algunos se paralizan, otros temen convertirse en el siguiente objetivo. Pero cuando nadie interviene y todos los teléfonos permanecen en alto, el mensaje que recibe la víctima es demoledor: estás sola, aunque haya veinte personas alrededor.

Los Mossos conocen los casos, pero no ven un repunte

La policía catalana ha señalado que conoce estos episodios, localizados sobre todo a la salida de centros educativos, aunque niega que se haya producido un incremento. Ambas afirmaciones pueden convivir. Saber que existen agresiones no significa disponer de denuncias suficientes para abrir investigaciones concretas, identificar responsables o medir con precisión la frecuencia del fenómeno.

Tampoco significa que Cornellà viva una ola descontrolada de violencia juvenil. La información disponible no permite sostener semejante conclusión. Habla de vídeos, testimonios y episodios reiterados; no de una estadística municipal que demuestre un crecimiento. Inflar los hechos sería tan irresponsable como esconderlos bajo la alfombra.

La ausencia de un repunte policial, por tanto, no equivale a ausencia de problema. Las cifras registran aquello que llega a conocimiento formal de las autoridades. Lo demás queda en una zona gris: comentarios en el instituto, grabaciones compartidas, heridas explicadas en casa con una excusa y miedo a que la denuncia provoque nuevas represalias.

La policía atribuye la escasez de denuncias al temor de las víctimas, a las burlas posteriores en redes y, en ocasiones, a familias que intentan resolver el conflicto por su cuenta. Es comprensible querer proteger a un hijo del ruido, de la exposición o de un procedimiento incómodo. Pero una agresión sin denunciar puede convertirse en permiso tácito para repetirla.

Los Mossos recuerdan que los menores pueden pedir ayuda directamente y que el 112 debe utilizarse cuando la situación es urgente. En casos de lesiones, la documentación médica, las fotografías y los vídeos pueden resultar relevantes para acreditar lo ocurrido. No se trata de convertir cada discusión adolescente en un expediente policial, sino de no confundir una paliza con una travesura.

Guardar las imágenes originales también importa. Al reenviarlas una y otra vez se amplifica el daño, mientras que entregarlas a las familias, al centro educativo o a la policía permite que funcionen como prueba. El mismo teléfono que sirve para humillar puede ayudar a reconstruir los hechos. La diferencia está en quién recibe el archivo y con qué finalidad.

Un problema local dentro de una alarma catalana

Lo sucedido en Cornellà aparece en un contexto más amplio. Las actuaciones de los Mossos en centros educativos de Cataluña crecieron un 47 % entre 2021 y 2025, al pasar de 1.441 a 2.116 intervenciones. Aumentaron especialmente los casos relacionados con acoso escolar, conflictos entre alumnos, vulnerabilidad y salud mental.

Las agresiones entre personas atendidas en el ámbito educativo pasaron de 44 a 104 durante ese periodo. Son datos de toda Cataluña, no cifras específicas de Cornellà, y conviene no mezclarlos. No prueban que los vídeos difundidos en el municipio formen parte de una escalada local. Sí indican que la convivencia escolar se ha vuelto más compleja y que los centros reclaman con mayor frecuencia apoyo exterior.

Detrás de cada intervención caben situaciones muy distintas: una amenaza, una pelea, un conflicto familiar, un episodio de acoso o una crisis emocional. Meterlo todo en el mismo saco solo sirve para fabricar titulares gruesos. El aumento, no obstante, revela que la escuela ya no puede tratar determinados episodios como asuntos menores que desaparecerán con el timbre del viernes.

La discusión sobre policías en los institutos

La Generalitat puso en marcha en 2026 una prueba para incorporar agentes de paisano y sin armas a varios institutos catalanes. Su función prevista era mediar, prevenir conflictos y colaborar con los equipos directivos, no registrar mochilas ni patrullar pasillos como si cada centro fuese una comisaría.

El proyecto encontró una fuerte oposición entre profesores y perdió buena parte de los centros que iban a participar. La falta de consulta previa, la confusión institucional y el temor a una policialización de la enseñanza dejaron el plan prácticamente paralizado, aunque Interior sostiene que continúa y que será evaluado antes de decidir su futuro.

Cornellà no figura entre los municipios inicialmente incluidos en aquella prueba. El debate, pese a ello, afecta de lleno al problema: quién debe intervenir, cuándo y con qué herramientas. La policía puede investigar delitos y proteger a las víctimas, pero no sustituye al profesorado, a los servicios sociales ni a las familias. Tampoco una charla ocasional sobre convivencia arregla por sí sola una dinámica de grupo que se alimenta cada tarde en internet.

Cuando mirar también forma parte del daño

La violencia adolescente rara vez nace de un único motivo. Hay conflictos personales, deseo de pertenencia, rivalidades, miedo, imitación y búsqueda de reconocimiento. En las grabaciones aparece otro ingrediente: el grupo convierte la agresión en ceremonia. Unos golpean, otros animan, alguien graba y muchos callan después.

Ese reparto diluye la responsabilidad. Cada participante puede convencerse de que apenas hizo nada. El que filmó no pegó; el que rio no grabó; el que compartió el vídeo ni siquiera estaba allí. Al final, la víctima recibe el peso completo mientras el resto se marcha a casa con las manos aparentemente limpias.

Romper esa lógica exige algo más incómodo que colocar vigilancia durante unos días. Hace falta que los testigos entiendan que pedir ayuda no es delatar, que difundir una paliza no es entretenimiento y que la popularidad obtenida mediante la humillación pública dura lo mismo que una pantalla encendida. Poco, aunque el daño quede.

La puerta del instituto no puede ser una frontera

Buena parte de los episodios ocurre fuera del recinto escolar, cuando terminan las clases. Esa circunstancia complica la intervención inmediata de los centros, pero no convierte la acera en territorio sin dueño. Una agresión relacionada con compañeros del mismo instituto afecta a la convivencia aunque suceda unos metros más allá de la verja escolar.

Centros educativos, familias, servicios municipales y cuerpos policiales manejan responsabilidades diferentes. El error comienza cuando cada uno espera que actúe el siguiente. Entre una llamada que no se hace, una grabación que se borra y una familia que intenta evitar problemas, la víctima queda atrapada en un laberinto de prudencias ajenas.

Cornellà no necesita alarmismo ni etiquetas lanzadas contra toda una generación. La inmensa mayoría de sus estudiantes entra y sale de clase sin agredir a nadie. Necesita algo bastante menos vistoso: que las palizas dejen de considerarse inevitables, que los vídeos no funcionen como trofeos y que el miedo no sea el filtro que decide qué aparece en las estadísticas.

Porque cuando una pelea deja de sorprender, el problema ya no está únicamente en los puños. Está en el paisaje que los rodea, en ese círculo de miradas quietas y móviles levantados donde la violencia encuentra público, eco y silencio.

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