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Frontera en llamas: Pakistán y Afganistán cruzan fuego duro

La frontera Pakistán-Afganistán arde tras bombardeos y represalias: combates en Khyber y Nangarhar, Línea Durand y choque de versiones clave.
La frontera entre Pakistán y Afganistán volvió a saltar por los aires este jueves 26 de febrero de 2026, con enfrentamientos intensos a lo largo de varios tramos de la Línea Durand —la divisoria histórica que Islamabad considera frontera internacional y que Kabul nunca ha terminado de asumir como tal—. Los choques arrancaron alrededor de las 18:00, hora local, y se prolongaron entrada la noche con intercambio de fuego y uso de armamento pesado, según los relatos coincidentes que llegan desde ambos lados, aunque cada capital intenta imponer su propio guion de quién disparó primero y por qué.
El Gobierno talibán en Kabul sostiene que está ejecutando “amplias operaciones ofensivas” contra posiciones y “centros” militares pakistaníes en respuesta a “violaciones” y “provocaciones” reiteradas. Del lado pakistaní, autoridades locales del noroeste aseguran lo contrario: que sus fuerzas respondieron a fuego de artillería “no provocado” que habría empezado en el distrito de Khyber y se extendió después a otros puntos, en una noche de tensión que llega pocos días después de bombardeos pakistaníes dentro de Afganistán y de una nueva oleada de ataques armados en suelo pakistaní.
La noche en que la Durand volvió a crujir
En la práctica, la Línea Durand no funciona como una raya fina en un mapa, sino como una cicatriz viva: puestos separados por pocos kilómetros, colinas que cambian de dueño de forma simbólica, caminos secundarios donde la frontera es una idea más que una valla. En ese paisaje, el choque de este jueves no se describe como un intercambio breve de disparos, sino como combates “fuertes” que obligaron a activar despliegues y respuestas en cadena. Cuando en una zona así se habla de “se extendió”, suele significar que el ruido no se quedó en un punto: un primer cruce de fuego llama a refuerzos, y los refuerzos llaman a más fuego.
Las referencias geográficas se repiten: Khyber, por el lado pakistaní, y Nangarhar, por el lado afgano. Son nombres que pesan porque concentran pasos, rutas y fricción, y porque ahí está Torkham, el cruce que en días tranquilos sirve de válvula de comercio y tránsito y, en días como este, se convierte en un cuello de botella con nervios al aire. También aparece Tirah, otro de esos sectores donde la frontera es un tablero irregular: barrancos, mercados, líneas de visión cortas… y una facilidad inquietante para que un incidente pequeño se hinche.
El detalle de la hora —las seis de la tarde— no es anecdótico. A esa altura del día, entre la luz que cae y la oscuridad que todavía no es total, el terreno se vuelve traicionero: sombras largas, puntos de observación menos claros, movimiento de vehículos con faros, y una sensación muy típica de frontera caliente, ese “algo va a pasar” que se nota incluso sin radios. En esas condiciones, hablar de artillería o de armas pesadas no suena a metáfora: suena a una escalada que se mide en alcance, no en palabras.
Lo que afirma Kabul: “operaciones amplias” y puestos “capturados”
El mensaje más repetido desde Kabul lleva un nombre propio: Zabihullah Mujahid, portavoz del Gobierno talibán. En su versión, la dinámica es nítida: fuerzas pakistaníes habrían incurrido en violaciones fronterizas y “provocaciones” reiteradas, y la respuesta afgana sería una serie de acciones “preventivas” y ofensivas contra instalaciones militares y paramilitares pakistaníes a lo largo de la Durand. El matiz importa: mencionar instalaciones “paramilitares” sugiere que Kabul no limita el objetivo a puestos del ejército regular, sino a toda la infraestructura de seguridad que Pakistán despliega en el noroeste.
En ese relato aparece una palabra que, en un conflicto de frontera, es gasolina: “captura”. Autoridades afganas han llegado a afirmar que varios puestos pakistaníes habrían caído en manos afganas durante la ofensiva. En algunas comunicaciones se habló primero de cinco puestos; después, desde el aparato informativo provincial en el este de Afganistán, se elevó la cifra y se llegó a mencionar un total de 17. Es un salto enorme, y precisamente por eso conviene tratarlo con cuidado: si fuese exacto, indicaría una operación con más ambición que un simple intercambio de fuego; si no lo fuese, revela la importancia que Kabul concede a mostrar fortaleza y capacidad de iniciativa.
Más allá del número exacto, la lógica política de esa afirmación es clara. Decir que se han tomado posiciones no solo describe un hecho militar; construye un mensaje interno de autoridad y control, y de paso envía una señal al vecino: “podemos morder”. También sube el precio de cualquier desescalada rápida. En una frontera donde la reputación pesa, retroceder sin un relato convincente se paga caro, y por eso las palabras se eligen con pinzas… o se lanzan con impulso, según el momento.
El mensaje de Zabihullah Mujahid y el vocabulario elegido
El vocabulario usado por Mujahid es deliberadamente amplio: habla de “amplias operaciones” y de objetivos a lo largo de la Durand, no de un solo punto concreto. Esa amplitud tiene dos lecturas posibles que, en la práctica, pueden convivir. Una: que se intenta describir un frente activo en varios tramos, con choques simultáneos o en secuencia. Otra: que se busca encuadrar la respuesta como algo proporcional a un agravio mayor —los bombardeos pakistaníes de días anteriores— y no como un arrebato local. En comunicación de seguridad, la palabra “amplio” no es decorativa: es una forma de decir “esto no acaba en un comunicado”.
También llama la atención el uso de “preventivo”. En teoría, sugiere anticipación ante una amenaza; en la práctica, funciona como blindaje político. Si el golpe es “preventivo”, se presenta como necesario, casi inevitable. Y si se repite que hubo “violaciones” reiteradas, la respuesta se vende como el final de una paciencia agotada. Esa narrativa no prueba por sí sola qué pasó en el primer minuto del primer disparo, pero sí explica por qué Kabul quiere que el mundo lo vea como respuesta legítima, no como agresión.
En la misma línea, al hablar de “centros” militares, Kabul deja el terreno abierto: puede ser un puesto, un almacén, un punto de mando, un enclave de vigilancia. Esa elasticidad complica la verificación rápida, y permite que el mensaje sea contundente incluso con detalles aún borrosos. En conflictos fronterizos, lo borroso a veces es parte del diseño: confunde, protege y presiona.
La versión pakistaní: fuego “no provocado” y respuesta “inmediata”
Desde el lado pakistaní, el relato arranca con una acusación muy concreta: fuego de artillería afgano “no provocado”. Autoridades del noroeste, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, han descrito que los primeros disparos se produjeron en el distrito de Khyber y que la situación se extendió después a varios distritos más. Islamabad, al menos de momento, no ha ofrecido una versión oficial exhaustiva desde el alto mando militar en todos los casos, pero en la zona la idea que circula es la de una respuesta defensiva: “nos dispararon, respondimos”.
En términos de comunicación pública, el matiz “no provocado” no es neutro. Es el intento de cerrar la discusión antes de que empiece: si no hubo provocación, no hay responsabilidad compartida. Y si la respuesta fue “inmediata y efectiva”, se subraya capacidad y control. En este tipo de crisis, donde cada palabra viaja en redes y en medios a velocidad de chispa, el primer marco que se impone suele condicionar el resto del debate. Por eso Pakistán insiste en la idea de contención y en la imagen de un Estado que reacciona a una agresión.
En las últimas horas también se han visto mensajes públicos de responsables pakistaníes defendiendo esa línea, describiendo que las fuerzas de seguridad respondieron y “silenciaron” la acción afgana. Ese verbo —silenciar— se usa mucho en estos escenarios porque sugiere superioridad táctica sin entrar en detalles que puedan resultar incómodos: cuántos disparos, cuántos daños, cuántas bajas. En una noche de fuego cruzado, el silencio rara vez es literal; es un mensaje.
Khyber, Torkham y la geografía donde todo se atasca
Hay un motivo por el que Khyber aparece tanto en estas historias: es un corredor histórico, un punto de paso, un lugar donde el terreno manda. Cuando la tensión sube ahí, no se queda en un asunto local porque impacta en la circulación de mercancías y en la movilidad de personas, y porque está conectado con Torkham, uno de los pasos más sensibles entre ambos países. Cuando Torkham se bloquea o se militariza más de la cuenta, se nota en mercados, en rutas, en precios, en nervios. No hace falta que caigan grandes cifras para que el efecto sea real.
Del lado afgano, Nangarhar es el espejo perfecto para esa tensión: provincias fronterizas donde conviven fuerzas talibanes, dinámicas tribales, memoria de guerra y presencia —real o acusada— de grupos armados. En ese contexto, cualquier choque se interpreta enseguida como algo mayor, porque la zona lleva años funcionando como un espacio de fricción permanente. El mismo tipo de choque, en una frontera europea, sería “incidente”; aquí, puede convertirse en capítulo de una escalada.
A eso se suma un factor práctico: la frontera no es una línea limpia; es un mosaico de puestos, caminos, aldeas y puntos de vigilancia. Un intercambio de fuego en un sector puede arrastrar a otro por lógica de cobertura y refuerzo. Y cuando se menciona armamento pesado, lo habitual es que los mandos busquen dominar alturas, líneas de tiro y accesos, aunque el control sea temporal. En fronteras así, dominar una colina durante horas ya es un mensaje.
El antecedente que lo envenena todo: los bombardeos del fin de semana
Nada de esto se entiende sin mirar unos días atrás. El último repunte llega después de bombardeos pakistaníes en territorio afgano realizados durante el fin de semana, en áreas fronterizas del este de Afganistán. Islamabad afirmó entonces que había golpeado campamentos y escondites de grupos armados responsables de ataques dentro de Pakistán y llegó a sostener que murieron al menos 70 militantes; en algunas versiones posteriores, esa cifra subió a 80. Kabul rechazó esa lectura, denunció impactos en zonas civiles —incluidas viviendas y una escuela religiosa— y habló de víctimas no combatientes.
En medio apareció un dato especialmente delicado: la misión de Naciones Unidas en Afganistán informó de reportes creíbles de al menos 13 civiles muertos y varios heridos en distritos de la provincia de Nangarhar tras esos bombardeos, con mención expresa de mujeres y niños entre las víctimas. Ese tipo de constatación no apaga el fuego; al contrario, fija un suelo moral para la represalia. Si Kabul puede sostener que hubo civiles muertos y la ONU lo respalda en términos generales, la respuesta armada se vuelve más fácil de justificar hacia dentro.
La disputa por las cifras y por la naturaleza de los objetivos es, en realidad, el núcleo de la crisis. Pakistán plantea la operación como autodefensa contra militantes que cruzan o se refugian al otro lado; Afganistán la presenta como violación de soberanía y castigo indiscriminado. Ese choque de marcos no es nuevo, pero se vuelve más peligroso cuando desemboca en fuego directo entre fuerzas regulares o semirregulares. Porque entonces ya no se discute solo sobre “militantes”, sino sobre Estado contra Estado, aunque sea en una versión irregular y fronteriza.
Hay, además, un componente temporal que lo hace todo más volátil. Los bombardeos llegan tras una secuencia de ataques en Pakistán —suicidas, emboscadas, asaltos a puestos— que han elevado la presión sobre el Gobierno y sobre el aparato de seguridad. En ese ambiente, la tentación de responder con fuerza “más allá” crece, y la probabilidad de que Kabul se vea obligado a contestar también. Es un circuito cerrado: un golpe empuja al siguiente, y el siguiente se justifica con el anterior. Así se construyen las escaladas.
Milicias, siglas y acusaciones: el TTP en el centro del choque
La sigla que aparece una y otra vez en el trasfondo es TTP, el Tehreek-e-Taliban Pakistan, conocido como talibán pakistaní. Islamabad sostiene desde hace tiempo que el TTP opera con refugio o margen de maniobra en Afganistán y que desde allí planifica ataques en territorio pakistaní. Kabul lo niega, o al menos niega que permita que su territorio se use contra terceros, y suele responder que Pakistán intenta externalizar problemas internos. Entre ambas versiones hay un abismo, y en ese abismo se cuelan muertes reales.
En los últimos días, Pakistán ha sufrido ataques que alimentan esa presión. Se han reportado emboscadas a patrullas policiales en el noroeste, atentados suicidas contra puestos y ataques con víctimas entre agentes y civiles. En ese clima, cuando se produce un ataque especialmente simbólico —por ejemplo, el que golpeó a un convoy de seguridad y mató a un teniente coronel, además de otro militar— el mensaje oficial tiende a endurecerse: “seguiremos persiguiéndolos donde estén”. Esa frase, dicha en caliente, se lee en Kabul como amenaza directa, y en la frontera se traduce en más nervios y más dedos cerca del gatillo.
A esta ecuación se suma otra sigla, menos citada pero presente: Estado Islámico en su rama regional. Pakistán y Afganistán han acusado en distintos momentos a esa estructura de tener presencia o células, y en los discursos se mezcla con el TTP, aunque no sean lo mismo. En términos políticos, mezclar siglas a veces es útil: refuerza la idea de una amenaza amplia y justifica acciones contundentes. En términos de seguridad real, esa mezcla puede confundir diagnósticos y empujar respuestas más indiscriminadas, justo lo que Kabul denuncia.
Lo delicado aquí es que el TTP es distinto del talibán afgano, pero comparte afinidades históricas y conexiones. Islamabad interpreta esas conexiones como parte del problema; Kabul insiste en que no controla a grupos externos o que no permite operaciones contra terceros. En el terreno, sin embargo, lo que importa es que Pakistán siente que su frontera occidental es un colador para ataques, y Afganistán siente que su frontera oriental se convierte en escenario de bombardeos y presión militar. Cada uno se siente víctima y cada uno actúa como si no tuviera alternativa. Mala combinación.
En este punto, la frontera deja de ser solo una cuestión militar y pasa a ser un asunto de legitimidad. Pakistán pide que se cumplan compromisos internacionales que exigen que Afganistán no sea base de ataques contra otros; Kabul responde que esos compromisos no autorizan a nadie a violar su espacio aéreo. Y mientras se discute eso en despachos, en la Durand los puestos siguen ahí, con soldados y combatientes que, llegado el momento, no discuten tratados: disparan o se cubren.
La frontera queda en vilo tras la última salva
La pregunta más inmediata —y la más difícil de responder con precisión plena en caliente— es la de las víctimas de los choques de este jueves. Hasta ahora, lo más prudente es decirlo así: no hay un balance confirmado y comúnmente aceptado de muertos y heridos por el intercambio de fuego de la noche del 26 de febrero, y parte de la información sigue moviéndose en el terreno de afirmaciones de una parte u otra. Esa falta de cifras no significa ausencia de daño; significa, muchas veces, que los datos tardan en consolidarse y que cada bando mide lo que dice porque toda cifra es también un mensaje.
Lo que sí está claro es el salto en el tono. Kabul no habla de “incidente”; habla de operaciones a gran escala. Pakistán no habla de “malentendido”; habla de agresión no provocada. Y cuando aparecen afirmaciones sobre puestos “capturados”, el nivel de gravedad sube un peldaño más, aunque después la realidad sobre el terreno sea más compleja o más corta en tiempo. En fronteras así, incluso una ocupación temporal de un puesto puede proclamarse como victoria, y una retirada puede ocultarse tras palabras como “repliegue táctico”. La semántica se vuelve parte del combate.
Hay un antecedente reciente que planea sobre todo esto: en octubre de 2025 ya hubo enfrentamientos graves y mortales en la frontera, con decenas de fallecidos y cierres de pasos, y después se intentó contener la crisis con mediación y conversaciones que no cristalizaron en un acuerdo formal duradero. Ese historial pesa porque demuestra dos cosas a la vez: que existen canales para frenar el fuego y que esos canales, por sí solos, no cambian el suelo bajo los pies. La frontera puede calmarse una semana y volver a arder a la siguiente. Ese es el patrón.
En el corto plazo, lo decisivo será si las partes optan por “marcar el golpe” y detenerse o por seguir empujando. Si Pakistán insiste en que necesita actuar contra militantes “al otro lado” y Kabul insiste en que responderá a toda violación, el margen se estrecha. Y la frontera, que ya vive al límite, se convierte en un péndulo: cada oscilación un poco más amplia, cada golpe un poco más ruidoso. Nada garantiza que este episodio sea el último; lo único verificable, hoy, es que el choque ha sido real, intenso y políticamente cargado, y que la Línea Durand vuelve a ser lo que tantas veces ha sido: una franja donde se mezclan soberanía, seguridad, orgullo… y pólvora.

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