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Naturaleza

¿Por qué Pakistán roza los 50 ºC en mayo y amenaza la salud humana?

Pakistán roza los 50 ºC en mayo y deja una señal incómoda sobre calor extremo, salud humana, noches tórridas y clima fuera de temporada dura.

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Pakistán roza 50 ºC

Pakistán ha vuelto a colocar el termómetro en una zona que ya no parece meteorología, sino resistencia física. Jacobabad, en la provincia de Sindh, registró 49 ºC en las últimas 24 horas, mientras el servicio meteorológico paquistaní advertía de máximas de 47 a 50 ºC en numerosos distritos del país, con valores entre 4 y 6 grados por encima de lo normal para estas fechas. No estamos hablando de agosto. Ni siquiera de junio. Es mayo, todavía primavera en el calendario, aunque el aire allí ya tenga la textura de una puerta de horno abierta.

La noticia importa porque no es un fogonazo aislado. La ola de calor premonsónica de 2026 en India y Pakistán empezó a endurecerse desde abril, con máximas superiores a 46 ºC en varias ciudades y con impactos humanos ya registrados. Los estudios de atribución climática calculan que un episodio como el de esta primavera en el noroeste de India y Pakistán es ahora varias veces más probable por el cambio climático causado por el ser humano, y que en un clima preindustrial habría sido sensiblemente menos intenso. Ese grado de diferencia, escrito así, parece una propina. En el cuerpo, en el asfalto, en una casa sin refrigeración fiable, es otra cosa.

Pakistán entra en mayo con temperaturas de pleno infierno

Jacobabad no es una ciudad cualquiera en el mapa del calor. Es uno de esos lugares que aparecen una y otra vez cuando se habla de los límites habitables del planeta: llanura seca, calor acumulado, agricultura vulnerable, cortes eléctricos, agua escasa y una vida cotidiana que no puede detenerse cada vez que el termómetro decide ponerse teatral. Allí, 49 ºC no son una metáfora. Son metal ardiente en una barandilla, aire que raspa la garganta, motos que levantan polvo caliente y trabajadores que siguen en la calle porque el jornal no entiende de alertas rojas.

El parte meteorológico paquistaní del 28 de mayo recogía que el día anterior Jacobabad había sido el punto más caluroso, con 49 ºC, por delante de Turbat, Dadu, Sakrand, Shaheed Benazirabad, Mohenjo Daro, Bahawalnagar y Bhakkar, todas con 48 ºC. En la previsión inmediata, la agencia avisaba de temperaturas máximas de 47 a 50 ºC en amplias zonas de Sindh, sur de Punjab, Balochistán y áreas bajas de Khyber Pakhtunkhwa. El calor no estaba concentrado en una mancha pequeña: era una sábana extensa, pesada, sobre buena parte del país.

La cifra, por sí sola, no bate los grandes récords históricos de Pakistán, y conviene decirlo para no convertir la realidad en feria. En mayo de 2017, Turbat alcanzó un registro extremo reconocido entre las temperaturas más altas verificadas del planeta, junto con Mitribah, en Kuwait, ambas en torno a 54 ºC según la evaluación internacional. En mayo de 2024, el sur de Pakistán superó los 52 ºC durante otra ola de calor severa. La diferencia está en el contexto: cada vez aparecen antes, cada vez duran más, cada vez se cuelan con más facilidad en meses que antes funcionaban como antesala y ahora ya parecen temporada alta.

Mayo siempre ha sido un mes duro en el subcontinente. La gran cuestión es que la dureza se está estirando. Antes el calor premonsónico era un huésped conocido, desagradable pero más o menos localizado en el calendario. Ahora llega con los zapatos llenos de polvo en abril, se instala en mayo, se mezcla con humedad creciente y deja a millones de personas esperando que el monzón alivie sin romperlo todo con inundaciones. Qué equilibrio tan fino, y qué poca poesía tiene cuando se mira desde una casa de chapa.

Los datos de mayo de 2026: Pakistán no está solo

El mapa mundial de este mayo tiene varios puntos encendidos. Pakistán aparece arriba por pura violencia térmica, pero India también está sufriendo un episodio severo. En el norte y centro del país, distintas mediciones han situado máximas por encima de 45 ºC y hasta más de 48 ºC en Rajastán durante la última fase del mes. El calor en el subcontinente no se lee ciudad por ciudad, sino como una masa continental sometida a presión: aire seco, radiación intensa, suelos calientes, demanda eléctrica disparada y cuerpos expuestos durante horas.

En Europa occidental, las cifras son menos extremas en términos absolutos, pero más llamativas respecto a lo normal para mayo. Francia registró máximas históricas mensuales en cientos de estaciones, con picos por encima de 37 ºC, mientras Reino Unido batió su récord nacional de mayo con 34,8 ºC en Kew Gardens. España, sin llegar al infierno paquistaní, cerraba el mes con valores propios de julio: zonas del Guadalquivir, Guadiana y Ebro podían rozar los 40 ºC, con noches tropicales en el suroeste y el valle del Ebro. Es decir, el calor extremo no se manifiesta igual en todos los lugares, pero la melodía empieza a sonar demasiado parecida.

La comparación con el pasado exige cierta pulcritud. No todos los récords tienen el mismo valor: unas estaciones son oficiales, otras son agregadores internacionales; unas cifras están verificadas, otras son provisionales; unas miden aire bajo estándares meteorológicos y otras se confunden con sensación térmica, índice de calor o lecturas urbanas. El récord mundial oficial de temperatura del aire reconocido por la Organización Meteorológica Mundial sigue siendo 56,7 ºC en Death Valley, California, el 10 de julio de 1913, aunque ese dato histórico ha sido discutido por meteorólogos y sigue siendo objeto de debate técnico. Aun así, la referencia oficial permanece ahí, como un fósil ardiente del siglo XX.

Lo relevante de mayo de 2026 no es que haya pulverizado todos los techos conocidos, sino que ha colocado máximas de 49-50 ºC en Pakistán antes del verano astronómico, mientras Europa batía récords de mayo y el sur de Asia encadenaba semanas de calor peligroso. La estadística climática se parece cada vez menos a una escalera tranquila y cada vez más a una persiana que alguien sube a tirones.

El salto respecto a otros mayos recientes

En mayo de 2024, Pakistán ya había vivido una señal brutal: temperaturas por encima de 52 ºC en Sindh, muy cerca de los grandes récords nacionales. En mayo de 2022, otra ola de calor en India y Pakistán llevó estaciones a valores de 45 a 50 ºC y fue considerada mucho más probable por el calentamiento global. En mayo de 2010, Mohenjo Daro alcanzó 53,5 ºC, una cifra que sigue entre las más feroces medidas de forma fiable en Asia.

La diferencia de 2026 está en la repetición y en la precocidad. El lector no debería quedarse con una idea infantil —cada año hará más calor que el anterior en todos los sitios— porque el clima no funciona como una línea recta trazada con regla escolar. Hay años con circulación atmosférica distinta, monzones más tempranos o más tardíos, aerosoles, riego, nubosidad, anomalías oceánicas. Pero la tendencia de fondo sí es clara: los episodios cálidos extremos son más probables, más intensos y más tempranos en muchas regiones. Y eso ya no es una intuición de sobremesa; es la conclusión repetida por estudios de atribución climática.

Las estimaciones científicas sobre la región apuntan a una realidad incómoda: en el clima actual, episodios de calor premonsónico severo en el noroeste de India y Pakistán han dejado de ser rarezas de museo. Pueden repetirse con una frecuencia muy superior a la del clima preindustrial. Comparado con hace apenas una década, también han aumentado su probabilidad e intensidad. El dato reduce la distancia mental: no hablamos de 2100, ni de nietos con trajes plateados, ni de una distopía de plataforma. Hablamos de esta primavera.

El límite fisiológico no es una cifra mágica, es una frontera móvil

Cuando se habla de límite fisiológico humano, suele aparecer la temperatura de bulbo húmedo de 35 ºC. No es la temperatura del aire normal, la que vemos en el móvil, sino una medida que combina calor y humedad y que se relaciona con la capacidad del cuerpo para enfriarse sudando. Si el aire está tan caliente y tan húmedo que el sudor deja de evaporarse de forma eficaz, el cuerpo empieza a perder su sistema natural de refrigeración. Y el cuerpo humano, pese a toda nuestra vanidad tecnológica, sigue siendo bastante humilde: necesita mantenerse cerca de los 37 ºC internos.

Durante años se citó ese umbral de 35 ºC de bulbo húmedo como una especie de línea roja teórica para una persona sana en reposo y a la sombra durante varias horas. La ciencia reciente ha afinado el dibujo: el peligro real puede aparecer por debajo de ese valor, sobre todo en personas mayores, enfermas, niños, trabajadores al aire libre o habitantes de viviendas mal ventiladas. La tolerancia humana depende de edad, hidratación, exposición solar, actividad física, ropa, salud cardiovascular, acceso a sombra y posibilidad de enfriamiento. La frontera no es una muralla. Es una zona pantanosa.

Aquí está el matiz que a menudo se pierde. 49 ºC secos pueden ser terribles, pero una temperatura menor con humedad alta puede ser más peligrosa para la termorregulación. Jacobabad y otras zonas del valle del Indo preocupan precisamente porque combinan episodios de calor extremo con periodos de humedad creciente antes del monzón. El aire seco permite sudar y evaporar, aunque a costa de una deshidratación rápida. El aire húmedo bloquea esa salida. Es como intentar secarse dentro de una sauna llena de vapor: uno puede beber agua, buscar sombra, moverse menos, pero el margen se estrecha.

Por eso no basta con mirar la máxima diurna. Las noches importan casi tanto como el mediodía. Cuando la temperatura mínima no baja lo suficiente, el cuerpo no se recupera, las viviendas acumulan calor, los hospitales reciben más golpes de calor y los cortes eléctricos dejan de ser una molestia para convertirse en una amenaza. En Pakistán, India, el Golfo Pérsico o partes del norte de África, el problema no es solo que el día arda; es que la noche, que antes hacía de enfermera, empieza a fallar.

Por qué ocurre: aire continental, calor acumulado y un planeta más cargado

La explicación inmediata de la situación en Pakistán es meteorológica: aire continental dominante, cielos despejados, subsidencia, suelo seco y ausencia todavía del alivio monzónico. La radiación solar de finales de mayo ya es muy fuerte en esas latitudes, y si no hay nubosidad ni ventilación suficiente, el calor se acumula con una eficacia casi industrial. El desierto y las llanuras interiores hacen el resto. Una superficie seca se calienta más rápido que un suelo húmedo, y el aire que pasa sobre ella sale recalentado, como si hubiera cruzado una plancha.

Pero esa explicación, siendo correcta, se queda corta si se separa del cambio climático. La atmósfera actual parte de una base más cálida. Cada dorsal, cada bloqueo anticiclónico, cada episodio de aire seco tiene más gasolina térmica. No todos los episodios extremos se deben exclusivamente al calentamiento global, claro; la atmósfera siempre ha tenido variabilidad. Pero el calentamiento empuja el dado. No garantiza que salga seis en cada tirada, pero carga la partida.

La Organización Meteorológica Mundial ha advertido de que las temperaturas globales anuales entre 2026 y 2030 probablemente se mantendrán cerca de niveles récord, con alta probabilidad de que al menos un año del periodo supere a 2024 como el más cálido registrado. También estima una probabilidad muy elevada de que al menos un año supere temporalmente los 1,5 ºC respecto al promedio preindustrial de 1850-1900. Temporalmente no significa que el Acuerdo de París haya quedado formalmente rebasado, porque ese umbral se evalúa a largo plazo. Pero tampoco es una anécdota simpática.

Esta es la parte menos vistosa y más importante. El planeta no se calienta como una habitación con calefactor uniforme. Se calienta con desigualdades, sobresaltos, regiones que se recalientan más, mares que devuelven humedad, suelos que se secan, ciudades que atrapan calor, noches que no ventilan. Una media global de 1,5 ºC puede traducirse en olas de calor locales de 5, 8, 10 o 12 grados por encima de lo normal. En el sur de Asia, esa anomalía se mezcla con una vulnerabilidad social mucho mayor. El clima no reparte golpes con justicia. Nunca lo hizo.

La estadística del calor: récords, anomalías y vidas cotidianas

Hay una tentación periodística bastante cómoda: convertir cada episodio en el más extremo de la historia. A veces lo es. Muchas veces no. Y cuando no lo es, sigue pudiendo ser gravísimo. Jacobabad en 49 ºC no supera sus máximos históricos, ni alcanza los grandes techos de Pakistán, pero sí se coloca en una banda de riesgo extremo para cualquier actividad humana prolongada. El récord seduce; la anomalía explica; la exposición mata.

En términos estadísticos, una temperatura máxima aislada tiene valor limitado si no se acompaña de duración, mínimas nocturnas, humedad, población expuesta y acceso a refrigeración. Un día de 49 ºC en una estación desértica remota no tiene el mismo impacto que tres días de 46 ºC en una ciudad densa con cortes de luz. Un pico de 37 ºC en Francia puede parecer suave comparado con Pakistán, pero si ocurre en mayo, en regiones menos adaptadas, con población mayor y edificios diseñados para retener calor en invierno, el daño puede ser serio. El termómetro no habla solo; hay que escuchar la infraestructura.

En Pakistán, además, el calor se cruza con trabajo informal, agricultura, pobreza energética y desigualdad de género. No todos pueden encerrarse con aire acondicionado. No todos pueden dejar de cargar ladrillos, vender en la calle, conducir, cosechar, cocinar bajo techo de chapa o caminar para buscar agua. La recomendación de evitar salir en las horas centrales suena impecable en un despacho con climatización. En muchos sitios es casi una broma cruel, de esas que no hacen gracia ni al que la cuenta.

El calor también deforma la economía diaria. Baja la productividad, aumenta el gasto eléctrico, tensiona las redes, perjudica cultivos, eleva la demanda de agua y convierte cualquier avería en una pequeña emergencia. En las grandes cifras, esto se llama impacto económico. En la calle, se llama no dormir, no poder trabajar, marearse, perder una jornada, llevar a un niño al hospital, rezar para que vuelva la luz. La estadística empieza en una tabla, pero termina en la piel.

Europa mira el mismo fenómeno desde otro escalón

España no está en 49 ºC, pero conviene no mirar a Pakistán como si fuera otro planeta. El final de mayo de 2026 ha traído a la península temperaturas impropias de la época, con valores cercanos a 40 ºC en valles del sur y del nordeste y noches tropicales en varias zonas. AEMET y los servicios meteorológicos han descrito el episodio como un calor de pleno verano, persistente, adelantado, más propio de julio que de mayo. En el norte peninsular también se han registrado valores inusuales, y ahí el golpe cultural es importante: el calor extremo ya no respeta tanto los mapas mentales de antes.

Francia y Reino Unido han vivido algo parecido, cada uno con su escala. Que Londres alcance 34,8 ºC en mayo y bata su récord nacional mensual no es equivalente a Jacobabad, desde luego, pero sí cuenta la misma historia climática en otra lengua. La temporada cálida se adelanta, los récords caen fuera de los meses esperados y las sociedades templadas descubren que su arquitectura, sus horarios y sus sistemas sanitarios no siempre están preparados. El verano ya no llama al timbre; a veces entra por la ventana.

La comparación con Pakistán sirve para evitar dos errores. El primero, dramatizar Europa como si soportara el peor calor del planeta. No. El segundo, pensar que el problema solo concierne a lugares pobres, lejanos o acostumbrados. Tampoco. España tiene población envejecida, ciudades densas, viviendas mal aisladas, trabajadores al aire libre y noches cada vez más cálidas. El riesgo cambia de grado, pero no de naturaleza.

Qué significa que el calor llegue antes

Que Pakistán roce los 50 ºC en mayo significa que la estación peligrosa se está ensanchando. Esta es probablemente la idea más importante. No se trata únicamente de batir récords absolutos, sino de multiplicar días en los que vivir, trabajar y dormir se vuelve más difícil. Cuando el calor extremo aparece antes del monzón, la población llega más desgastada a los meses duros. Los cultivos sufren antes. La demanda eléctrica sube antes. Las escuelas y hospitales afrontan presión antes. El cuerpo empieza la carrera sin haber calentado; ironía pésima, pero precisa.

La salud pública del siglo XXI tendrá que tratar el calor como algo más serio que una incomodidad estacional. Golpes de calor, deshidratación, daño renal, empeoramiento de enfermedades cardiovasculares, pérdida de sueño, accidentes laborales, problemas durante el embarazo, aumento de mortalidad en mayores. El calor no siempre deja imágenes espectaculares como una riada o un incendio. A menudo mata en habitaciones pequeñas, en camas, en obras, en campos, en trayectos. Silencioso. Administrativo. Casi invisible.

Por eso los planes de adaptación ya no son un lujo de países ricos ni una carpeta con logotipos. Hacen falta alertas tempranas comprensibles, refugios climáticos reales, horarios laborales adaptados, agua accesible, redes eléctricas más robustas, viviendas menos abrasadoras, arbolado urbano, sombra en calles y escuelas, protocolos sanitarios y datos de mortalidad más rápidos. Nada de esto suena épico. Mejor. Lo épico suele llegar tarde.

Un planeta donde mayo ya no se comporta como mayo

Pakistán no ha descubierto este mes el calor extremo. Lo conoce demasiado bien. Pero esos 49 ºC en Jacobabad, con avisos oficiales de hasta 50 ºC en varios distritos, llegan como una señal temprana de una temporada que empieza a perder sus bordes. Mayo deja de ser antesala y se convierte en escenario principal. En Europa occidental, el mismo mes bate récords con cifras mucho menores pero anómalas. En India, el calor supera los 45 ºC en amplias zonas. En los informes climáticos, las probabilidades se mueven en la misma dirección: más calor, más récords, más riesgo.

La frase límite fisiológico del ser humano suena solemne, casi de documental con música grave. En realidad es algo más simple y más duro: hay condiciones en las que el cuerpo ya no consigue defenderse bien. Y cuando esas condiciones aparecen antes, duran más o se combinan con pobreza, humedad y noches cálidas, la vida cotidiana se estrecha. No desaparece de golpe. Se encoge.

Jacobabad, con su aire de horno y su nombre repetido en los mapas del calor, funciona como advertencia. No porque todos vayamos a vivir a 49 ºC, sino porque muestra hacia dónde se desplazan los márgenes. El clima no se rompe como un cristal; se va deformando como el asfalto bajo el sol. Primero parece una ondulación. Luego ya cuesta caminar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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