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¿Por qué Pakistán bombardea Afganistán y qué viene ahora?

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Pakistán bombardea Afganistán

Pakistán bombardea Nangarhar y Paktika tras atentados; Kabul denuncia víctimas civiles y avisa de respuesta, con la frontera al límite total.

Pakistán ha bombardeado Afganistán en la madrugada del domingo 22 de febrero de 2026, golpeando “varias áreas civiles” en Nangarhar y Paktika, según el Ministerio de Defensa afgano. Islamabad sostiene que atacó siete campamentos de milicianos en la franja fronteriza, a los que vincula con una oleada de atentados suicidas dentro de Pakistán; Kabul, en cambio, denuncia muertos y heridos “por decenas”, con mujeres y niños entre las víctimas, y califica lo ocurrido de violación “flagrante” de su soberanía.

El motivo inmediato es tan directo como inquietante: la seguridad interior pakistaní vuelve a mirar hacia el otro lado de la cordillera cuando siente que la amenaza se refugia allí. La pregunta sobre si esto puede derivar en guerra abierta admite un matiz frío: una guerra “clásica”, de frentes y campañas sostenidas, no es el escenario más probable ahora mismo; lo que sí está sobre la mesa —y es el terreno más peligroso— es una escalada de golpes y represalias en una frontera que ya funciona como un cable pelado, chisporroteando cada pocos meses.

Bombardeos sobre Nangarhar y Paktika: la noche que lo cambió todo

El golpe llegó de madrugada, con ese silencio previo que en las aldeas fronterizas se rompe de golpe, sin aviso y con un estruendo que rebota en las laderas. Pakistán no detalló públicamente los puntos exactos alcanzados, pero el Ministerio de Defensa afgano aseguró que los ataques impactaron en “varias áreas civiles” de Nangarhar y Paktika, incluyendo viviendas y una madrasa. En el relato afgano, la palabra que lo resume todo es una: civiles. Y al decirla, Kabul no solo denuncia víctimas; también intenta fijar el marco del conflicto, porque un ataque “antiterrorista” se vuelve políticamente tóxico si la imagen dominante es la de casas partidas y aulas religiosas en ruinas.

Nangarhar no es un lugar cualquiera del mapa. Es la provincia donde se abre el paso de Torkham, uno de los puntos de cruce más sensibles entre Afganistán y Pakistán, una puerta por la que circulan mercancías, familias, contrabando, milicianos, rumores… lo que sea que la frontera permita ese día. Paktika, por su parte, es un tablero clásico de la insurgencia: terreno abrupto, comunidades dispersas y una línea fronteriza que, sobre el papel, separa dos Estados; sobre el terreno, separa muy poco. Afganistán afirma que hubo muertos y heridos por decenas; Pakistán insiste en que fue una operación “selectiva” basada en inteligencia. Entre esos dos discursos, el suelo es el que recibe la prueba real.

Las cifras y las víctimas: “decenas” frente al recuento oficial

Aquí aparece el choque de cifras, que suele ser el primer combustible de cualquier escalada. El portavoz del gobierno talibán afgano, Zabihullah Mujahid, habló de ataques que “mataron e hirieron a decenas de personas”, incluyendo mujeres y niños. A esa denuncia se sumó un dato más concreto desde el terreno: Mawlawi Fazl Rahman Fayyaz, director provincial de la Media Luna Roja Afgana en el este de Nangarhar, informó de 18 fallecidos y varios heridos en esa provincia. Dos números conviven —decenas y 18—, y no se anulan: uno expresa la magnitud política de la acusación, el otro ancla el drama en un recuento local que, en estas situaciones, suele crecer a medida que se confirman identidades, se localizan heridos y se retiran escombros.

El detalle de que se citara una madrasa entre los lugares golpeados añade tensión por un motivo obvio: en la región, un edificio religioso no es solo un edificio. Es símbolo, refugio, espacio de socialización, y también —en ocasiones— un lugar donde militantes buscan camuflaje. Cuando Kabul subraya madrasa y hogares, está diciendo “no eran blancos militares”. Cuando Islamabad habla de “campamentos” y “escondites”, está diciendo lo contrario: “eran objetivos legítimos”. Entre medias queda la pregunta que nunca se resuelve del todo en público y, sin embargo, decide la temperatura del conflicto: qué había realmente allí, quién estaba, qué inteligencia se manejó y por qué el golpe acabó traduciéndose en víctimas civiles según los talibanes.

La versión de Islamabad: siete blancos y un aviso interno

La respuesta pakistaní llega con un tono casi de expediente: operación intelligence-based, selectiva, centrada en “campamentos” y “hideouts”. El nombre propio clave en la comunicación pública fue el del ministro de Información, Attaullah Tarar, que confirmó que el Ejército llevó a cabo “operaciones selectivas basadas en inteligencia” contra siete enclaves atribuidos a Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), los talibanes pakistaníes, y sus afiliados. También afirmó que se atacó a un objetivo relacionado con Estado Islámico – Provincia de Jorasán (IS-KP), un recordatorio de que en la zona conviven grupos distintos que a veces compiten y a veces se solapan, pero siempre aportan inestabilidad.

En el argumentario de Islamabad hay una frase que pesa más que todas: “pruebas concluyentes”. Pakistán dice tener evidencia de que los ataques recientes dentro de su territorio —incluyendo atentados suicidas— se ejecutaron bajo instrucciones de “líderes y manejadores” asentados en Afganistán. En ese mismo marco apareció el término “khwarij”, que Pakistán utiliza para referirse a la TTP con una carga religiosa de deslegitimación, como quien no solo acusa de terrorismo, sino de herejía y traición doctrinal. No es casual: en esta región, el lenguaje religioso es un instrumento político tan real como un dron o un caza; sirve para justificar operaciones y para consolidar apoyos internos cuando la violencia golpea en casa.

El golpe, por tanto, no es solo “hacia fuera”. Es también un mensaje hacia dentro: el Estado pakistaní muestra músculo en un momento en que la sensación de vulnerabilidad crece, especialmente en el noroeste. Pakistán lleva años lidiando con un repunte de ataques atribuidos a la TTP y a grupos separatistas en Baluchistán, y cada atentado importante recrudece la presión sobre el gobierno y sobre el estamento de seguridad. En esa atmósfera, un ataque transfronterizo funciona como demostración de capacidad: “podemos alcanzaros incluso al otro lado”. El problema es que esa demostración abre la puerta a la respuesta del vecino y a un ciclo donde el siguiente movimiento rara vez lo controla quien abrió la partida.

Los atentados que empujaron el botón rojo

La cronología de los hechos que Islamabad coloca como detonante es clara y reciente. Horas antes de los bombardeos, un atentado suicida sacudió el distrito de Bannu, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, cuando un atacante embistió un convoy de seguridad con un vehículo cargado de explosivos. Murieron dos militares, incluido el teniente coronel Shehzad Gul, además del soldado Karamat Shah. Tras ese ataque, el Ejército pakistaní lanzó una advertencia que sonó a preámbulo: no ejercerá “ninguna restricción” y las operaciones continuarán “independientemente de su ubicación”. La frase, leída hoy, encaja como un guion escrito con antelación.

Pakistán también ha vinculado esta escalada a otros episodios recientes en la franja fronteriza. En el distrito de Bajaur, también en el noroeste, un ataque suicida —según el relato pakistaní, combinado con fuego de apoyo— dejó 11 soldados muertos y también falleció una niña. Autoridades pakistaníes señalaron después que el atacante era un ciudadano afgano, un dato que, en este contexto, no se lanza al aire por casualidad: sirve para construir el puente narrativo entre atentado interno y golpe externo. Y en el centro del país, Pakistán incluyó otro golpe de alto impacto simbólico: un atentado suicida contra una mezquita chií en Islamabad que dejó 31 fieles muertos a comienzos de este mes. Cuando el terrorismo entra en la capital y además toca el nervio sectario, la presión política sube varios peldaños de golpe, y el margen para la contención se estrecha.

Kabul responde: soberanía, “buena vecindad” y represalia

La reacción talibán mezcla indignación y cálculo. El Ministerio de Defensa afgano condenó lo que llamó una violación “flagrante” de la soberanía nacional y lo enmarcó como “incumplimiento del derecho internacional, de los principios de buena vecindad y de los valores islámicos”. Es una formulación interesante porque no se queda en la soberanía: intenta pintar a Pakistán como actor que no solo cruza una frontera, sino que se salta normas compartidas, también religiosas, en un espacio donde la legitimidad se discute a menudo en ese terreno.

La frase que de verdad importa, sin embargo, es la que abre la puerta a lo imprevisible: Afganistán prometió una respuesta “apropiada y medida” “en el momento adecuado”. No concreta cómo. No promete un espejo exacto. Y eso no necesariamente tranquiliza; al revés, mantiene a Pakistán ante un horizonte de incertidumbre. Un golpe puede contestarse con otro golpe, sí, pero también con una secuencia de acciones más grises: hostigamiento de puestos fronterizos, presión indirecta mediante grupos armados, cierres de pasos, detenciones, “incidentes” que nadie reivindica del todo. Y en un contexto donde ya ha habido cierres repetidos de cruces fronterizos que afectan al comercio y al movimiento, cualquier decisión de Kabul en esa dirección puede tener un efecto inmediato, sin necesidad de aviones.

Aquí entra una contradicción central del Emirato: el poder talibán se apoya en la idea de control del territorio, pero la realidad de la frontera —larga, porosa, montañosa— desmiente cualquier control total. Kabul niega que permita que militantes usen suelo afgano para atacar Pakistán, y rechaza la acusación de “albergar” a la TTP. Islamabad insiste en lo contrario. La TTP, por su parte, ha negado operar como marioneta desde Afganistán. Esa triple negación es parte del conflicto: mientras nadie admita del todo lo que el otro afirma, la discusión queda preparada para repetirse tras el siguiente atentado.

Qué puede hacer el Emirato sin incendiarse por dentro

El margen de Kabul está condicionado por dos tensiones internas, y ambas son peligrosas. Por un lado, necesita mostrar firmeza: si no hace nada, la imagen es la de un gobierno incapaz de proteger su cielo. Por otro, no puede permitirse una escalada que abra un frente sostenido con un vecino más fuerte militarmente y con capacidad de golpear a distancia. Esa contabilidad fría se mezcla con algo menos cuantificable pero igual de determinante: la necesidad de no quedar retratado ante su propia base como un poder que acepta bombardeos sin respuesta.

La dificultad se multiplica porque, al hablar de TTP, Kabul pisa un suelo resbaladizo. Los talibanes afganos y la TTP no son lo mismo, pero han sido descritos como grupos separados y a la vez estrechamente aliados en términos históricos y de afinidad. Perseguirlos con contundencia puede crear fricciones internas y reactivar redes de lealtad, además de abrir el riesgo de que elementos armados se desplacen, se reorganicen o respondan. Y si Kabul opta por no actuar —o por actuar a medias—, entonces se enfrenta al argumento pakistaní de siempre: “no hacéis lo suficiente, así que lo haremos nosotros”. Es el círculo vicioso que convierte una frontera en un calendario de crisis.

A esto se suma un contexto diplomático que estaba, si no mejor, al menos en una tregua precaria. Días antes del bombardeo, Afganistán liberó a tres soldados pakistaníes capturados en enfrentamientos de octubre, en una gestión mediada por Arabia Saudí. Ese gesto parecía una tentativa de bajar la temperatura tras meses de choques. Que el bombardeo llegue justo después no significa que la mediación haya fracasado para siempre, pero sí evidencia lo frágil del equilibrio: una liberación puede abrir una ventana; un ataque la cierra con ruido metálico.

La frontera sin descanso: por qué el choque se repite

Para entender por qué Pakistán ataca Afganistán —y por qué Afganistán responde con acusaciones de soberanía— hay que mirar el tablero largo. La frontera común mide alrededor de 2.600 kilómetros y discurre por una geografía áspera que dificulta el control total. No es una línea “normal” en el sentido europeo del término: es una cicatriz histórica, asociada a la Línea Durand, trazada en 1893 en tiempos coloniales y cuestionada durante décadas por sectores afganos. Allí viven comunidades con vínculos familiares y tribales a ambos lados, lo que hace que el paso sea, muchas veces, una rutina social antes que un acto geopolítico. Ese tipo de frontera, cuando se militariza, no se “cierra”: se tensa.

En la etapa reciente, el factor que lo enciende todo es la combinación entre insurgencia pakistaní y santuario —real o percibido— en Afganistán. Pakistán acusa desde hace años a la TTP de usar suelo afgano como refugio, y sostiene que desde ahí se planifican ataques, se entrenan combatientes y se coordina logística. Kabul lo niega. Pero incluso cuando se niega, la dinámica persiste: cada atentado grave en Khyber Pakhtunkhwa vuelve a activar el mismo reflejo. Y, además, hay un componente de política interna: cuando el Estado pakistaní recibe golpes dolorosos, busca resultados visibles. Un bombardeo al otro lado de la frontera produce un efecto inmediato de acción, aunque el coste estratégico sea incierto.

A esta fricción se ha sumado otra palanca de presión que ha agravado el clima bilateral: la gran campaña pakistaní contra afganos sin documentación y su programa de retornos. Desde finales de 2023, Pakistán ha impulsado una política que ha enviado de vuelta a Afganistán a más de dos millones de ciudadanos afganos según cifras oficiales recientes, con críticas y advertencias de organismos internacionales por el impacto humanitario y por la situación en Afganistán. En términos políticos, esa política funciona también como mensaje a Kabul: “si no controláis a los militantes, el coste lo pagará vuestra población aquí”. Es duro, y precisamente por eso tiene efecto. En un escenario así, el bombardeo no ocurre en vacío; cae sobre una relación ya cargada de resentimiento, expulsiones, sospechas y pasos fronterizos que se abren y cierran como si fueran compuertas de emergencia.

Los precedentes inmediatos tampoco ayudan. En octubre, choques fronterizos graves dejaron decenas de muertos y dieron paso a un alto el fuego frágil mediado por Qatar, que se sostuvo sin convertirse en acuerdo político. Hubo conversaciones posteriores en Estambul que no lograron una salida formal. Y mientras tanto, el día a día siguió: incidentes, acusaciones cruzadas, y cierres intermitentes de cruces que afectan al comercio y a la vida en los pueblos de ambos lados. En ese entorno, un bombardeo “selectivo” no es una excepción; es un salto de intensidad dentro de una misma escalera.

Un golpe que reordena el pulso entre Kabul e Islamabad

La gran derivada, tras esta madrugada, no es un parte de victoria ni un cambio de fronteras. Es un cambio de temperatura. Pakistán ha dejado claro que considera legítimo golpear “escondites” al otro lado si cree que ahí está la amenaza; Afganistán ha dejado claro que no piensa normalizar esos ataques y que responderá de forma medida, a su ritmo. Entre ambas posiciones aparece el riesgo más realista: una cadena de acción-reacción donde cada parte intenta mantener el control del escalón siguiente y, aun así, una mala información, un objetivo mal identificado o un ataque con demasiadas víctimas civiles rompe el equilibrio.

En el corto plazo, lo más probable es una etapa de tensión sostenida: más retórica dura, más despliegue en la franja fronteriza, más presión diplomática y, probablemente, más episodios de cierre y reapertura de pasos clave. No hace falta una “guerra total” para que la situación se degrade: basta con que el siguiente atentado en Pakistán sea especialmente mortífero, o con que Kabul sienta que su credibilidad interna se derrumba si no devuelve el golpe. Y ahí la palabra “medida” adquiere doble filo: lo que Kabul considere medido puede ser visto como provocación en Islamabad, y lo que Islamabad llame selectivo puede ser vivido como castigo colectivo al otro lado.

Lo que queda, por tanto, es un pulso que no se resuelve en un día. La frontera de 2.600 kilómetros, con su historia, sus rutas, sus milicias y su política de supervivencia, vuelve a marcar el compás. El bombardeo del 22 de febrero no inaugura el problema, pero lo pone en primer plano con un dato que pesa más que cualquier comunicado: muertos confirmados en el este afgano, acusaciones de víctimas civiles, y un vecino que ha demostrado que, cuando se siente atacado, está dispuesto a cruzar el cielo para responder.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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