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Qué le reprochó Tatiana Schlossberg a Robert F. Kennedy Jr.
Su testimonio convirtió una enfermedad devastadora en una crítica a las decisiones que, según ella, amenazaban la investigación médica.

Foto de Gage Skidmore, CC BY-SA 3.0.
Tatiana Schlossberg, periodista y nieta de John F. Kennedy, criticó a su primo Robert F. Kennedy Jr. por su escepticismo sobre las vacunas y por las decisiones que, a su juicio, debilitaban la investigación médica y la atención sanitaria. Lo hizo en un ensayo personal publicado en noviembre de 2025, cuando relató que padecía una leucemia mieloide aguda con una mutación poco común y un pronóstico muy grave. No fue una conversación privada con él, sino una denuncia pública escrita desde su experiencia como paciente.
Schlossberg cuestionó que Kennedy Jr. llegara a dirigir el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos sin experiencia profesional en medicina, salud pública o gobierno, y expresó preocupación por los recortes a la investigación, la revisión de medicamentos y su postura frente a las vacunas. La periodista murió a los 35 años poco más de un mes después de hacer público su diagnóstico. Su reproche unía la política sanitaria con las consecuencias que esas decisiones podían tener para personas inmunodeprimidas y pacientes sin tratamientos eficaces.
Una crítica política nacida en una habitación de hospital
El ensayo apareció cuando Schlossberg ya atravesaba un tratamiento largo y complejo. Desde su cama de hospital, observó cómo su primo, conocido familiarmente como Bobby, avanzaba hacia el puesto de secretario de Salud durante la presidencia de Donald Trump. Ella sostuvo que su nombramiento resultaba difícil de justificar por su falta de trayectoria en medicina, salud pública y administración gubernamental. La objeción no se limitaba al parentesco ni a una disputa familiar: apuntaba a quién tomaba decisiones sobre el sistema del que dependía su vida.
Schlossberg también recordó que su madre, Caroline Kennedy, escribió al Senado para oponerse a la confirmación de su primo, mientras su hermano Jack Schlossberg ya había expresado críticas contra él. La posición de la periodista, sin embargo, no descansaba solo en la desaprobación de sus familiares. En su relato conectó las declaraciones públicas de Kennedy Jr. con la incertidumbre que sentían los investigadores y con el futuro de los ensayos clínicos que podían ofrecer opciones a pacientes con cáncer. El vínculo familiar explicaba la cercanía del conflicto, pero el centro de su argumento era la política sanitaria.
Una parte esencial de su preocupación tenía que ver con las vacunas. Kennedy Jr. era conocido por cuestionar su seguridad y eficacia, una postura que Schlossberg consideraba especialmente inquietante para alguien cuyo sistema inmunitario había quedado gravemente debilitado por la leucemia y los tratamientos. Tras un trasplante de médula ósea, explicó, tendría que volver a recibir vacunas de la infancia. Su temor era que los cambios en las recomendaciones o en el acceso a esos preparados la dejaran expuesta a infecciones. Para ella, la discusión no era abstracta: afectaba a la protección de pacientes vulnerables.
La preocupación por los recortes a la investigación médica
Schlossberg reprochó a Kennedy Jr. los recortes de financiación que atribuía a su gestión y a las políticas del Gobierno. En particular, mencionó una reducción cercana a los 500 millones de dólares en fondos destinados a investigación con tecnología de ARN mensajero y recortes de miles de millones en los Institutos Nacionales de Salud, conocidos como NIH por sus siglas en inglés. También señaló la cancelación de subvenciones y ensayos clínicos que, según describió, afectaban a pacientes y equipos de investigación. Su inquietud era que la pérdida de financiación interrumpiera proyectos antes de que pudieran traducirse en nuevos tratamientos.
Los NIH son uno de los principales financiadores públicos de la investigación biomédica en Estados Unidos. Sus recursos sostienen estudios en universidades, hospitales y centros científicos; algunos exploran mecanismos básicos de una enfermedad y otros prueban terapias en pacientes. No todo proyecto financiado desemboca en un medicamento, y los resultados pueden tardar años. Pero, como subrayó Schlossberg, los ensayos son especialmente importantes cuando los tratamientos habituales no funcionan o la enfermedad reaparece. Reducir fondos puede estrechar el número de vías que quedan abiertas para quienes necesitan alternativas.
La periodista puso el foco en la investigación sobre cáncer y en los ensayos que podían ser relevantes para la leucemia que padecía. Su crítica no significaba que una inversión concreta garantizara una cura para ella: la ciencia no funciona como una promesa individual ni ofrece resultados seguros. El argumento era otro, más amplio: si se cancelan estudios o se desmantelan equipos, se limita la posibilidad de que aparezcan opciones futuras para pacientes con enfermedades difíciles de tratar. La diferencia entre una esperanza y una garantía importa, pero también importa conservar la investigación que permite comprobar si una terapia funciona.
Entre los temas que mencionó estaban las posibles consecuencias de debilitar los paneles de especialistas que recomiendan pruebas preventivas para detectar cáncer. Esos grupos evalúan la evidencia disponible y formulan recomendaciones sobre cribados; sus criterios pueden revisarse cuando aparecen nuevos datos. Schlossberg temía que la intervención política o la pérdida de estructuras técnicas alterara ese trabajo. Su advertencia se refería a la independencia de las evaluaciones científicas, no a que toda recomendación médica sea inmutable.
Por qué la tecnología de ARN mensajero aparecía en su denuncia
El ARN mensajero suele asociarse a las vacunas desarrolladas frente a la COVID-19, pero su uso potencial no se limita a la prevención de infecciones. Esta tecnología permite transmitir instrucciones a las células y se investiga también en otros ámbitos, incluido el tratamiento de algunos cánceres. Schlossberg citó los recortes a proyectos de ARN mensajero porque veía en esa plataforma una posible herramienta biomédica cuya investigación podía tener aplicaciones más amplias. Que una tecnología tenga potencial no significa que exista ya un tratamiento probado para cada paciente.
En oncología, las terapias experimentales deben pasar por fases de investigación y evaluación para determinar su seguridad y eficacia. Los resultados de un estudio no se pueden trasladar automáticamente a todos los tipos de cáncer, y una investigación prometedora puede no llegar a convertirse en una terapia disponible. La preocupación de Schlossberg se situaba en ese recorrido: si se reducen los recursos antes de completar los estudios, algunos tratamientos potenciales podrían tardar más en evaluarse o no llegar a probarse. La financiación pública sostiene parte de ese trayecto largo, desde las preguntas de laboratorio hasta los ensayos con personas.
Su propia historia mostraba por qué ese margen de investigación podía ser decisivo. La leucemia que padecía tenía una alteración genética poco común y había recaído tras distintas intervenciones. En casos así, los tratamientos estándar pueden no bastar y los ensayos clínicos ofrecen, para algunos pacientes, una posibilidad adicional bajo supervisión médica. No implican una curación garantizada ni son adecuados para todo el mundo, pero permiten estudiar nuevas estrategias. El acceso a un ensayo depende de criterios clínicos, disponibilidad y evaluación profesional, no solo de que exista financiación.
El medicamento que relacionó con una hemorragia posparto
En su ensayo, Schlossberg vinculó el debate sobre la revisión del misoprostol con un episodio que casi le cuesta la vida. Tras dar a luz a su segunda hija sufrió una hemorragia posparto y recibió ese medicamento para ayudar a controlar el sangrado. El misoprostol se utiliza en distintos contextos médicos, entre ellos la atención obstétrica; también forma parte de tratamientos relacionados con el aborto farmacológico. La periodista temía que la controversia sobre uno de sus usos afectara a la disponibilidad de un fármaco empleado en otras situaciones clínicas.
El punto que planteó no era que toda revisión regulatoria implique necesariamente una prohibición ni que un medicamento deba quedar exento de evaluación. Las autoridades sanitarias pueden revisar la seguridad, las indicaciones y las condiciones de uso de los fármacos. Su inquietud era que la revisión de un medicamento esencial quedara marcada por una disputa política y terminara afectando a pacientes que lo necesitan por motivos distintos. En una hemorragia grave, el tiempo y la disponibilidad de tratamientos adecuados son factores clínicos fundamentales.
La experiencia de Schlossberg hizo visible una tensión habitual en la política farmacéutica: un mismo medicamento puede tener usos diferentes y quedar atrapado en debates públicos centrados solo en uno de ellos. Por eso pidió que las decisiones se apoyaran en la evidencia y tuvieran en cuenta el conjunto de sus aplicaciones médicas. Su caso no basta por sí solo para resolver el debate regulatorio, pero sí explica por qué le preocupaba que el acceso a un tratamiento se volviera incierto. La evaluación corresponde a las autoridades competentes y a la evidencia médica, no a una conclusión automática por asociación política.
El diagnóstico que cambió su vida tras el parto
El 25 de mayo de 2024, el día en que nació su segunda hija, una analítica reveló que el recuento de glóbulos blancos de Schlossberg era anormalmente alto. Según relató, alcanzaba las 131.000 células por microlitro, frente a un intervalo normal de entre 4.000 y 11.000. Las pruebas posteriores confirmaron una leucemia mieloide aguda con una mutación poco común conocida como inversión 3. El hallazgo llegó en un momento que esperaba asociar al nacimiento de su hija, no a una enfermedad grave.
La periodista contó que antes del diagnóstico se encontraba activa y se consideraba sana; el día anterior al parto había nadado una milla. Ese contraste no significa que la actividad física permita descartar una enfermedad ni que su caso sirva para explicar por sí solo el origen de la leucemia. La alteración se detectó por un análisis realizado tras el parto y exigió pruebas adicionales. Una persona puede sentirse bien y, aun así, necesitar estudios cuando una analítica revela señales que requieren aclaración médica.
Schlossberg pasó cinco semanas ingresada en el Columbia-Presbyterian Hospital de Nueva York antes de continuar con tratamientos que incluyeron quimioterapia y trasplantes de médula ósea. En su relato describió complicaciones y periodos de hospitalización, además del desgaste de vivir con procedimientos sucesivos y un sistema inmunitario debilitado. La gravedad de su caso se agravó por la mutación y por las recaídas. La leucemia mieloide aguda es un cáncer de la sangre y la médula ósea que requiere atención especializada; la evolución varía de una persona a otra.
Trasplantes, recaídas y una búsqueda de alternativas
Entre los tratamientos que describió estuvieron dos trasplantes de células madre, uno con una donante de su familia y otro con un donante no emparentado. Estas intervenciones sustituyen células formadoras de sangre y pueden formar parte del tratamiento de ciertos pacientes, aunque comportan riesgos importantes y necesitan seguimiento estrecho. Schlossberg también pasó por una terapia CAR-T, un tipo de tratamiento celular que modifica células inmunitarias para que reconozcan y ataquen determinadas células. Son procedimientos complejos, no etapas automáticas ni opciones adecuadas para todos los casos.
La periodista explicó que tuvo una recaída después de los tratamientos y que las complicaciones incluyeron infecciones y problemas asociados al trasplante. Tras recibir nuevas células madre, su organismo quedó sin defensas suficientes durante un periodo, por lo que debía evitar exposiciones a infecciones y volver a recibir vacunas. En su ensayo contó que incluso tareas cotidianas y el contacto físico con sus hijos podían adquirir otro significado cuando el riesgo de enfermar era alto. La inmunosupresión convierte la protección frente a infecciones en una parte central de la vida diaria.
También participó en un ensayo clínico y, durante esa etapa, su médico le comunicó que quizá podría mantenerla con vida alrededor de un año. Schlossberg presentó ese pronóstico como la evaluación recibida en un momento concreto de su enfermedad, no como una certeza matemática sobre cuánto tiempo le quedaba. La periodista murió a los 35 años poco más de un mes después de publicar el texto. Su fallecimiento añadió una dimensión dolorosa a un ensayo que ya narraba la incertidumbre de vivir con una enfermedad agresiva.
Una periodista ambiental que convirtió su experiencia en testimonio
Antes de que su enfermedad ocupara los titulares, Schlossberg había desarrollado una carrera como periodista ambiental. Trabajó en The New York Times y colaboró con medios como The Atlantic y The Washington Post. En 2019 publicó un libro sobre el impacto ambiental menos visible de los hábitos de consumo, un enfoque que conectaba decisiones cotidianas con consecuencias más amplias. Su trayectoria ayuda a entender el tono de su ensayo: personal, pero atento a las estructuras que rodeaban su vida.
En el texto sobre su enfermedad combinó recuerdos familiares con detalles del tratamiento y de la investigación biomédica. También señaló que la citarabina, un medicamento empleado en quimioterapia, se relaciona con un compuesto descubierto en una esponja marina del Caribe y desarrollado por investigadores con apoyo público. El dato le servía para ilustrar cómo la ciencia puede partir de hallazgos inesperados y depender de una cadena de trabajo sostenida durante años. La investigación básica no siempre ofrece resultados inmediatos, pero puede abrir caminos que después llegan a la medicina.
La enfermedad alteró además la vida de su familia. Schlossberg escribió sobre el temor de que sus hijos pequeños no la recordaran y sobre el dolor de ver a sus padres y hermanos afrontar su diagnóstico. Esas escenas no sustituyen la discusión política, pero explican por qué su denuncia no se limitó a una disputa partidista. Hablaba como paciente, madre y periodista, consciente de que detrás de los presupuestos y las agencias hay personas que esperan un tratamiento. La dimensión íntima dio rostro a decisiones que, en los debates públicos, suelen expresarse en cifras y nombres institucionales.
El alcance de sus palabras y lo que no demuestran
El reproche de Schlossberg fue contundente, pero conviene distinguir entre su testimonio y una evaluación independiente de cada medida gubernamental que mencionó. Ella expresó preocupación por recortes, cancelaciones de ensayos, la financiación de la investigación, los paneles de cribado y la revisión de medicamentos. Su relato documenta cómo percibía esos cambios desde la posición de una paciente con una enfermedad grave; no demuestra por sí solo el efecto concreto de cada decisión en todos los hospitales o tratamientos. Separar experiencia personal y prueba general permite tomar en serio su advertencia sin convertirla en una conclusión que exceda los datos.
También es importante no confundir la crítica a Kennedy Jr. con la afirmación de que su gestión causara la enfermedad o determinara el desenlace de Schlossberg. La leucemia fue diagnosticada en mayo de 2024, antes de que él asumiera como secretario de Salud. Su argumento se centraba en el impacto potencial de las políticas sanitarias sobre la investigación y sobre el acceso futuro a recursos médicos, además de su preocupación por las vacunas y el misoprostol. La cronología y el alcance de la denuncia son esenciales para entenderla con precisión.
La historia deja una pregunta de fondo sobre el papel de la financiación pública y de los organismos técnicos en la atención sanitaria. Los presupuestos no garantizan descubrimientos, y la evaluación científica no elimina la incertidumbre, pero ambas forman parte de los mecanismos que sostienen la investigación y orientan el uso de los tratamientos. La discusión sobre esos mecanismos trasciende a una familia conocida o a un solo diagnóstico. Lo que estaba en juego para Schlossberg era si el sistema conservaría capacidad para investigar y responder cuando las terapias existentes no bastan.
Una historia familiar que puso la política sanitaria en primer plano
El apellido Kennedy atrajo atención inmediata, pero la fuerza del ensayo no dependía únicamente de la historia política de la familia. Schlossberg describió una enfermedad concreta, las limitaciones de sus tratamientos y la incertidumbre que rodeaba a la investigación. En ese marco, sus críticas a Robert F. Kennedy Jr. plantearon una cuestión más amplia: quién decide las prioridades sanitarias y qué peso tienen la evidencia y la financiación pública en esas decisiones. El relato transformó una controversia política en una historia sobre pacientes que esperan alternativas médicas.
Su testimonio no ofrece una respuesta sencilla sobre cómo financiar cada estudio ni cómo regular cada medicamento. Sí muestra por qué las decisiones tomadas en agencias y organismos científicos pueden importar mucho más allá de Washington: influyen en los proyectos que continúan, en los ensayos que se abren y en la confianza de quienes dependen de la medicina. Schlossberg murió poco después de publicar su ensayo, pero dejó planteada una discusión que no se resuelve con el peso de un apellido. La pregunta que permanece es cómo proteger la investigación rigurosa cuando su valor se mide en vidas concretas y en oportunidades que aún no existen.

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