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¿Por qué s respondió a Trump con “cállate, cerdito”?

El choque volvió a estallar de madrugada y acabó en un plató.

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Kimmel respondió a Trump

Foto de Angela George, CC BY-SA 3.0.

Kimmel planta cara a Trump tras exigir su despido y remata con “cállate, cerdito”; contexto y claves de un pulso que salpica a ABC y la FCC.

El choque volvió a estallar de madrugada y acabó en un plató. Donald Trump pidió a ABC que despidiera a Jimmy Kimmel con un post en Truth Social publicado a las 0.49 de la Costa Este: “Why does ABC Fake News keep Jimmy Kimmel, a man with NO TALENT and VERY POOR TELEVISION RATINGS, on the air? … Get the bum off the air!!!”. Horas después, ya en la siguiente emisión de Jimmy Kimmel Live!, el presentador devolvió la pelota, primero con un ofrecimiento sarcástico —“me voy el mismo día que tú te vayas”— y finalmente con una frase cortante: “Si me permites tomar prestada tu expresión: quiet, piggy”. En castellano: “cállate, cerdito”.

La réplica no salió de la nada. Días antes, a bordo del Air Force One, el presidente había mandado callar a Catherine Lucey, reportera de Bloomberg, con ese “Quiet, piggy” que desató críticas de organizaciones de prensa y de colegas de otros medios. La Casa Blanca, a través de su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, defendió el comentario como una muestra de “franqueza”. El clima se tensó todavía más cuando Trump llamó “terrible persona” a Mary Bruce, jefa de la corresponsalía de la Casa Blanca de ABC, y deslizó que la FCC debería revisar las licencias de la cadena. La respuesta del showman se apoyó ahí: si el presidente usa el insulto para acallar preguntas, él lo cita y lo convierte en sátira política.

La secuencia: del post nocturno al monólogo de Kimmel

La cronología ayuda a entender el pulso. En la madrugada del jueves 20 de noviembre, y apenas once minutos después de cerrar la emisión en la Costa Este, Trump lanzó su ofensiva en Truth Social. Además de cuestionar el “talento” del presentador, insistió en el argumento favorito de sus ataques a los late nights: “pobres audiencias”. Fue un mensaje de tres exclamaciones y efecto inmediato. Kimmel abrió su monólogo recordando que el presidente estaba, en la práctica, viéndolo en directo y que había redactado el post nada más terminar el programa. El guiño es evidente: el supuesto “programa que nadie ve” genera, sin embargo, reacciones presidenciales en tiempo real.

A partir de ahí, el humorista marcó ritmo. Primero, agradeció el seguimiento (“gracias por vernos en directo, señor presidente”); después, ironizó con su oferta —“me voy cuando tú te vayas”—, una forma de evidenciar la naturaleza política del ataque; y remató con la línea que ha hecho fortuna en redes: “Quiet, piggy”. En el propio monólogo, Kimmel recordó que no es la primera vez que la Casa Blanca presiona para apartarlo de la parrilla. Lo ha dicho más de una vez: cada pocas semanas, vuelve a recibir un intento de despido desde el entorno presidencial. La nueva diferencia es que ahora hay un antecedente fresco que da contexto a ese envite.

De dónde sale el “cállate, cerdito”: el episodio con la reportera

El origen de la frase está claro y tiene nombres y fechas. Fue el viernes 14 de noviembre cuando Donald Trump, durante un intercambio con la prensa a bordo del Air Force One, respondió a una insistencia de la periodista Catherine Lucey con un “Quiet, piggy”. La pregunta giraba alrededor de la liberación de los documentos sobre Jeffrey Epstein —el presidente venía alternando posiciones, primero resistiéndose, luego prometiendo que firmaría—. En la escena, descrita por varios testigos, Trump se inclina hacia la reportera, señala con el dedo y le suelta la frase que, poco después, se convertiría en trending. La Casa Blanca cerró filas: “el presidente es directo, así ganó su reelección”, defendió Karoline Leavitt en sala de prensa.

La polémica se amplió en cuestión de días. En un acto con Mohammed bin Salman en la Casa Blanca, el presidente descalificó a Mary Bruce por sus preguntas sobre el asesinato de Jamal Khashoggi y, de paso, volvió a cargar contra ABC por su cobertura de la investigación de Epstein. Fue en ese mismo carril cuando reapareció Jimmy Kimmel desde su mesa en Los Ángeles. Su tesis es sencilla: si el poder utiliza etiquetas denigrantes para quitarse preguntas de encima, el humor puede devolver el espejo, con nombre y apellido. Kimmel no tradujo “quiet, piggy” porque no le hacía falta; el público ya tenía el clip entero en la cabeza.

El precedente reciente: suspensión y pulso con las afiliadas

El caso “Kimmel vs. Trump” no arranca aquí. En septiembre, ABC suspendió Jimmy Kimmel Live! durante varios días a raíz de un monólogo sobre el asesinato del activista conservador Charlie Kirk —fundador de Turning Point USA—. La reacción fue fulminante: mensajes presidenciales celebrando la decisión, críticas políticas cruzadas, cartas abiertas de apoyo de otros presentadores y, sobre todo, un movimiento clave en el mapa de la televisión en abierto: las grandes propietarias de estaciones locales Nexstar y Sinclair decidieron preemptar (retirar de emisión) el programa en numerosos mercados.

La secuencia se condensó en dos semanas frenéticas. 17 de septiembre: suspensión anunciada. 23 de septiembre: Disney y ABC confirman el regreso del programa al aire. Pero el retorno no fue completo: Sinclair y Nexstar mantuvieron el veto en sus afiliadas, lo que dejó sin Kimmel a casi una cuarta parte de las audiencias potenciales. El bloqueo empezó a ceder a partir del 26 de septiembre, cuando Sinclair comunicó que volvía a programar el late night; Nexstar ajustó en paralelo el alcance de sus preemptivos según mercado. Esa cicatriz sigue ahí: cada vez que hay un roce con la Casa Blanca, el fantasma de septiembre vuelve a pasearse por los pasillos de Burbank y por las sedes de los grandes grupos de estaciones.

La suspensión fue más que un asunto de parrilla. Brendan Carr, nombrado por Trump y hoy presidente de la FCC, entró en la conversación pública con advertencias sobre “responsabilidad” y “contenido”. Legalmente la Comisión Federal de Comunicaciones no decide quién presenta un programa, ni dicta monólogos, ni puede vetar un show por su tono satírico. Sí administra licencias de emisión para estaciones locales que operan el espectro público, revisa fusiones y adquisiciones, y puede sancionar infracciones técnicas o ciertos contenidos si vulneran la normativa. La presión política, sin embargo, opera por otra vía: cuando el inquilino de la Casa Blanca celebra una suspensión, cuando un regulador entra en escena o cuando dos gigantes de afiliadas cambian su parrilla, el mensaje cala en directivos y anunciantes. Es el “efecto frío” del que hablan los abogados de medios: no hace falta una orden escrita para que se muevan piezas.

Regulación, licencias y lo que la FCC puede —y no puede— hacer

Conviene separar dos planos que a menudo se confunden. Por un lado, está ABC como red nacional —propiedad de Disney—, que produce y distribuye Jimmy Kimmel Live!; por otro, la red de afiliadas privadas que decide qué emite en cada mercado. Las licencias que supervisa la FCC corresponden a estaciones concretas, no a la red nacional. Es decir: no existe una “licencia de ABC” que pueda “revocarse” en bloque. Lo que sí existe es un tejido de acuerdos de afiliación y de obligaciones de servicio público (informativos locales, emergencias, cumplimiento de normas técnicas) sobre el que los reguladores tienen algo que decir. Cuando Trump pide “retirar licencias” por un monólogo o por la línea editorial de un informativo, no describe un procedimiento realista; activa un dispositivo simbólico y político que, eso sí, se escucha.

En paralelo, la FCC ha abierto un proceso para recabar comentarios públicos sobre el equilibrio de poder entre cadenas nacionales y estaciones locales: cuánto margen tienen las segundas para preemptar contenidos que no consideran del interés de su mercado y qué peso tiene la marca nacional sobre su parrilla. Ese expediente se lee dentro del sector como un efecto colateral del episodio de septiembre y como una pista de por dónde puede venir la presión estructural: no por una orden de censura directa, sino por reajustes regulatorios que refuercen el músculo de las afiliadas a la hora de decir “esto hoy no lo emitimos”.

En lo jurídico, además, hay un dique sólido: la Primera Enmienda. La sátira y el comentario político, incluso los más duros, gozan de un margen amplísimo de protección. Los intentos de represalia regulatoria contra una cadena por un contenido crítico chocan con décadas de jurisprudencia. ¿Significa eso que no hay riesgos? No exactamente. Los ejecutivos de compañías cotizadas calibran también boicots, campañas de presión y ruido reputacional que no pasan por los tribunales. Por eso el juego de empujar y retroceder, con comunicados públicos y ajustes de parrilla, seguirá reapareciendo cada vez que un late night moleste al poder.

Audiencias, viralidad y el negocio del late night en 2025

Trump invoca las “VERY POOR TELEVISION RATINGS” como muletilla contra Kimmel, pero el tablero ya no se mide sólo por el minuto de Nielsen. En 2025, el partido se juega en la ventana digital: clips en YouTube, cortes que corren por X, Instagram y TikTok, reproducciones on demand en plataformas de Disney. Kimmel conoce ese ecosistema y lo explota: su “Quiet, piggy” viaja solo, editado y subtitulado, sin depender de la emisión lineal de las 23.35. La paradoja es obvia y molesta a la Casa Blanca: cada ataque presidencial multiplica el alcance del contenido criticado. Un post presidencial a una hora casi intempestiva inyecta gasolina justo cuando los equipos de social media de los programas preparan su paquete de clips para la mañana siguiente.

Eso no significa que las audiencias lineales den igual. Afectan a tarifas publicitarias, a los acuerdos con afiliadas y a la percepción de fortaleza del formato. Pero el valor real del late night —hoy— está en su capacidad de conversación. Un remate ingenioso que se convierte en meme, un gráfico que sintetiza una polémica, una imitación certera: todo eso sobrevive a la madrugada y se consume a mediodía. Kimmel, como Seth Meyers o Stephen Colbert, ha reconfigurado sus monólogos pensando en ese segundo consumo. En ese entorno, la frase “Get the bum off the air!!!” funciona como un tráiler involuntario del siguiente capítulo.

Hay otra derivada comercial. Las afiliadas quieren estabilidad, cero sobresaltos con los anunciantes locales y cierta predecibilidad editorial. Cuando un programa se convierte en factor de riesgo, la tentación del preempt crece. Pero si el programa mantiene un ecosistema digital potente, con millones de impactos fuera del lineal, a la red y a la propietaria (Disney) les compensa sostenerlo aunque haya mercados que lo aparten puntualmente. Ese equilibrio —audiencia tradicional frente a alcance digital— explica por qué las broncas mediáticas de alto voltaje no siempre terminan con el presentador fuera del aire.

Qué se juega ahora mismo: política, prensa y una ley sobre Epstein

El detonante de la semana tiene nombre propio: Jeffrey Epstein. La presión para publicar archivos del caso, con apoyos cruzados en el Congreso, ha llevado a una votación abrumadora y a la firma presidencial de una ley que ordena al Departamento de Justicia difundir documentos de su investigación (con límites para no entorpecer procedimientos abiertos). Kimmel metió el dedo en la llaga con su pregunta: “qué sabía el presidente y cuándo lo supo”. Trump respondió atacando a la prensa y a quienes preguntaban por la evolución de su postura. La frase a Bloomberg —“Quiet, piggy”— se enmarca ahí: una salida brusca para capar la repregunta.

La crítica al lenguaje no es accesorio. Cuando el presidente llama “cerdita” a una reportera, el efecto no se limita al corro de corresponsales; se normaliza un patrón que baja por la cadena de mando: descalifica antes que responder. Kimmel lo señaló con su espejo: “cállate, cerdito” es, en su boca, un boomerang. ¿Gusta a todos? No. ¿Es grosero? También. Pero deja algo claro: el desprecio desde el despacho no pesa lo mismo que la sátira desde un plató. Y ese es, en el fondo, el debate de la semana en la televisión estadounidense.

Lo que viene tras otro choque Trump–Kimmel

A corto plazo, el guion es previsible. El presidente seguirá utilizando Truth Social para pelear contra Kimmel (y otros presentadores, Seth Meyers entre ellos). Volverán las acusaciones de “bias” y de “ratings pobres”. En paralelo, Kimmel persistirá en su formato: monólogo afilado, chistes a costa de las contradicciones del poder y remates diseñados para que circulen. Habrá días en que el show se acerque al filo y otros en que la noticia empuje con fuerza; el carril de trabajo de un late night.

En el frente corporativo, Disney y ABC intentarán blindar el programa a la vez que cuidan la relación con Nexstar y Sinclair, actores imprescindibles para la cobertura nacional. El precedente de septiembre dejó facturas: comunicados cruzados, parrillas alteradas, llamadas con departamentos legales y una discusión pública incómoda sobre los límites entre decisiones empresariales y presión política. Si sube la tensión, volverán las reuniones maratonianas y las negociaciones de madrugada. La FCC —con Brendan Carr al frente— pondrá el foco en sus procedimientos, y cualquier novedad en su expediente sobre el poder de las cadenas nacionales respecto a las estaciones locales se leerá en clave Kimmel.

Hay un último vector: la comunidad creativa. Cada vez que un presentador sufre un castigo o un amago de sanción por sátira política, el resto cierra filas. En septiembre hubo cartas, monólogos coordinados y mensajes de apoyo. Tras el “Quiet, piggy” de esta semana, el lema ha saltado a otros programas. No está claro si ese ruido se traduce en presión real sobre anunciantes o si se quedará en efecto trending. Lo que sí se sabe es que cada ataque presidencial empuja a los presentadores a redoblar su apuesta humorística, a veces incluso moderando el tono para ganar amplitud, otras agregando un punto de rabia.

Una frase que desnuda el pulso por el poder

El intercambio deja varios datos firmes. Trump pidió despedir a Kimmel con un mensaje concreto —“Get the bum off the air!!!”— y lo hizo minutos después de un monólogo que le incomodaba. Kimmel contestó con un “me voy cuando tú te vayas” y con un “cállate, cerdito” que cita la expresión que el propio presidente dirigió a una periodista. En medio, ABC y Disney equilibran libertad editorial, negocio y relación con afiliadas. Y la FCC discute cuestiones de estructura que, sin mencionar nombres, tocan el corazón de esta disputa: quién manda en la parrilla de la noche.

Más allá de la gracia del remate, el episodio vuelve a colocar el debate en su sitio: lenguaje del poder frente a crítica pública, límites regulatorios frente a presión simbólica, televisión lineal frente a viralidad. La frase “cállate, cerdito” no es un adjetivo suelto en un mar de improperios; es la pieza que Kimmel usa para cerrar el círculo: te devuelvo tus palabras y, al hacerlo, te obligo a escucharlas al otro lado del espejo. Si el presidente persiste en la vía de la descalificación, habrá más noches como esta. Y si el humor mantiene el pulso, cada madrugada dejará un clip listo para volver a empezar la pelea a la mañana siguiente.

Finalmente, un apunte de fondo que explica por qué este cruce importa. La semana en Washington estuvo atravesada por los archivos de Epstein, por la defensa pública de Mohammed bin Salman y por la escalada del lenguaje contra periodistas. En ese contexto, un late night no es sólo entretenimiento: forma parte del ecosistema de contrapesos que interroga —a su manera— al poder. La réplica de Kimmel encaja ahí. Y, visto lo visto, no será la última.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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