Síguenos

Actualidad

La crisis que ha convertido a España en objetivo de Netanyahu

Gaza y la diplomacia explican el choque; la memoria histórica ayuda a entender su tono, pero no lo demuestra todo.

Publicado

el

Golpe a Netanyahu

El choque entre Benjamín Netanyahu y España tiene una causa inmediata: Madrid se ha convertido en una de las voces europeas más críticas con la actuación israelí en Gaza y ha defendido que la Unión Europea aumente la presión diplomática. El primer ministro israelí ha respondido con acusaciones de hostilidad y medidas concretas, entre ellas la exclusión de representantes españoles del Centro de Coordinación Cívico-Militar de Kiryat Gat. La crisis es política y actual; la memoria histórica puede ayudar a entender el tono, pero no sustituye a los hechos.

La relación ya venía deteriorándose desde que España reconoció al Estado palestino en 2024. A partir de ahí se acumularon reproches, decisiones diplomáticas y declaraciones cada vez más duras. En abril de 2026, Netanyahu acusó al Gobierno español de librar una guerra diplomática contra Israel y dijo que no permitiría que continuara sin consecuencias. Detrás de esa escalada hay también una explicación menos inmediata: la influencia intelectual de Benzion Netanyahu, padre del primer ministro, y su interpretación de la historia judía en España. Ese trasfondo es una hipótesis contextual, no una causa demostrada de la política israelí.

La disputa actual explica el primer plano

El origen inmediato del enfrentamiento está en la guerra y en la posición que ha adoptado el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Madrid ha denunciado el impacto de las operaciones israelíes sobre la población civil palestina y ha reclamado que se respeten el derecho internacional y las obligaciones humanitarias. También ha defendido medidas en el ámbito europeo, incluida la suspensión del Acuerdo de Asociación entre la UE e Israel. Desde la perspectiva del Gobierno israelí, esa línea no es una crítica aislada a una operación concreta, sino una campaña política sostenida. La discrepancia se ha trasladado del terreno retórico al diplomático.

La reacción más visible llegó en abril de 2026, cuando Netanyahu anunció que España quedaba fuera del Centro de Coordinación Cívico-Militar, conocido por sus siglas en inglés como CMCC, en Kiryat Gat. El organismo reúne a representantes de distintos países y participa en tareas vinculadas a la supervisión del alto el fuego en Gaza y a la coordinación de asuntos civiles, logísticos y humanitarios. Israel justificó la exclusión alegando que el Gobierno español no podía desempeñar un papel constructivo en ese marco. La decisión convirtió el intercambio de reproches en una restricción práctica de la cooperación.

Netanyahu presentó la medida como respuesta a lo que describió como ataques contra Israel y contra sus soldados. El ministro israelí de Asuntos Exteriores, Gideon Saar, también acusó al Ejecutivo de Sánchez de mantener un sesgo antiisraelí. Madrid, por su parte, ha rechazado las descalificaciones y ha sostenido que sus críticas se dirigen a las decisiones del Gobierno israelí, no a la población del país ni a los judíos. Esa diferencia importa: la disputa enfrenta interpretaciones opuestas sobre si la crítica a una política estatal es legítima o constituye una hostilidad contra Israel.

De una decisión sobre Palestina a una relación deteriorada

El reconocimiento del Estado palestino por parte de España en 2024 marcó un punto de inflexión en la relación bilateral. Israel retiró entonces a su embajadora, Rodica Radian-Gordon, y el puesto no volvió a estar ocupado por una representante de ese rango. España también llamó a consultas a su embajadora, Ana María Salomón Pérez, que no regresó a Israel; el Gobierno formalizó esa decisión en marzo de 2026. No fue un episodio aislado, sino una sucesión de gestos que rebajaron el nivel de representación y dejaron la relación más expuesta a nuevas crisis. El vínculo diplomático ya estaba debilitado antes de la última amenaza.

La tensión se alimentó además de declaraciones cruzadas sobre Gaza, Líbano e Irán. Sánchez ha pedido que la UE revise su relación con Israel y ha criticado las operaciones militares israelíes en la región. Netanyahu y miembros de su Gobierno han contestado con acusaciones de parcialidad y de apoyo político a sus adversarios. La escalada verbal tiene una función pública: cada gobierno explica a su audiencia por qué considera justificada su posición. Pero también reduce el margen para rectificar sin que un cambio de tono parezca una derrota. En política exterior, las palabras terminan creando costes para la diplomacia.

La expulsión del CMCC añade una dimensión distinta porque afecta a la presencia española en un mecanismo de coordinación internacional. No equivale por sí sola a romper relaciones diplomáticas ni permite concluir que toda cooperación entre ambos países haya desaparecido. Sí señala que Israel considera políticamente inaceptable la participación española en ese espacio, mientras Madrid ve la exclusión como una represalia por sus críticas. La medida concreta revela hasta qué punto la disputa ya no se limita a los comunicados.

Por qué España tiene peso más allá de sus capacidades militares

España no dispone de la capacidad de presión que tiene Estados Unidos, ni su influencia militar determina por sí sola el curso del conflicto. Su peso es de otra clase: forma parte de la Unión Europea, participa en sus debates y puede ayudar a que una posición nacional se convierta en una discusión común. Una petición de Madrid para revisar acuerdos o modificar la política europea tiene más alcance que una condena sin continuidad diplomática. Lo que inquieta a Israel no es solo quién critica, sino si esa crítica puede traducirse en decisiones colectivas.

La pertenencia a la UE también vuelve más sensible el choque. Israel mantiene relaciones estrechas con países occidentales y busca respaldo político en ese entorno, por lo que una disputa con un socio europeo puede afectar a su legitimidad y a la conversación entre gobiernos. España ha intentado dar visibilidad a su postura y promover respuestas más firmes ante la guerra. Desde Jerusalén, esa iniciativa se interpreta como un intento de aislar al Gobierno israelí; desde Madrid, se presenta como una forma de exigir consecuencias por el daño causado a los civiles. Ambas partes disputan el significado político de la misma presión.

También influye la manera en que se plantea el debate. Cuando un gobierno habla de derecho internacional, de protección de civiles y de límites a la fuerza, no solo formula una protesta: propone un marco para juzgar la conducta de Israel. Netanyahu lleva años defendiendo que la seguridad israelí debe ocupar el centro de la discusión y suele describir las críticas externas como una falta de comprensión de las amenazas que afronta el país. La pelea, por tanto, gira tanto en torno a las acciones como al relato con que se interpretan.

El lugar de la política interna israelí

La confrontación con España también encaja en una política israelí marcada por la guerra, la preocupación por la seguridad y profundas divisiones internas. En ese clima, una crítica exterior puede presentarse ante los votantes como una muestra de que Israel está siendo tratado de forma injusta o sometido a un doble rasero. Ese argumento no demuestra que la reacción de Netanyahu responda únicamente a cálculos domésticos, pero ayuda a entender por qué el Gobierno puede optar por responder con dureza en vez de reducir la tensión. La presión interna influye en el coste político de cualquier gesto conciliador.

Se produce así una dinámica conocida: Madrid eleva el tono para mostrar que considera insuficientes las respuestas diplomáticas, y Netanyahu utiliza esa firmeza como prueba de una hostilidad que, según su Gobierno, va más allá de una crítica puntual. Cada parte toma las declaraciones de la otra como confirmación de su propio diagnóstico. El resultado es un círculo en el que las respuestas públicas ganan protagonismo y la conversación privada pierde espacio. La escalada puede ser políticamente útil para ambos lados y, al mismo tiempo, complicar una salida.

España tampoco actúa en un vacío europeo. Otros países han expresado críticas a Israel, aunque con diferencias de lenguaje, intensidad y medidas propuestas. No es sólido concluir que Madrid sea el único Estado europeo que cuestiona la conducta israelí. La particularidad española está en la visibilidad de su posición y en el intento de convertirla en una iniciativa política dentro de la UE. Ser una voz destacada no significa necesariamente estar sola, pero sí la hace más fácil de señalar.

La huella de Benzion Netanyahu y la historia española

La dimensión histórica de esta crisis se relaciona con Benzion Netanyahu, padre del primer ministro, historiador e intelectual del sionismo revisionista. Su trabajo se centró especialmente en los judíos de la España medieval, la Inquisición y los conversos. Defendió una interpretación según la cual el rechazo a los judíos no desaparecía necesariamente cuando estos se convertían al cristianismo o trataban de integrarse. Para él, la persecución podía apoyarse también en una idea de ascendencia y de pertenencia heredada. España ocupaba un lugar central en su lectura de la vulnerabilidad judía en Europa.

Ese enfoque convierte la historia española en algo más que un escenario remoto dentro de la biografía familiar. La Inquisición y la expulsión de los judíos en 1492 forman parte de una memoria histórica que Benzion estudió y utilizó para sostener sus argumentos sobre el antisemitismo. Su hijo creció cerca de esa visión y desarrolló una lectura política muy centrada en la persistencia de las amenazas contra Israel. Es razonable considerar que esa formación influya en cómo Netanyahu interpreta ciertos símbolos; no lo es presentar esa influencia como prueba de una animadversión personal hacia España.

La distinción es importante porque la historia suele convertirse con facilidad en una explicación demasiado cómoda. No hay evidencia concluyente de que Netanyahu haya tomado medidas contra Madrid por la Inquisición o por una emoción heredada de su padre. Tampoco puede afirmarse que la política exterior israelí se decida a partir de un trauma familiar. Lo que sí permite el contexto biográfico es comprender por qué una crítica europea puede adquirir, en su discurso, un significado que rebasa el desacuerdo diplomático inmediato. La memoria puede modular el tono sin ser el motor principal de una decisión.

Una memoria que da resonancia, pero no dicta la política

España opera, en esta explicación, en dos planos. En el presente es un Estado europeo que ha reconocido a Palestina, reclama cambios en la relación de la UE con Israel y critica la actuación militar israelí. En el plano histórico, es el país asociado a una parte sustancial de la investigación de Benzion Netanyahu sobre la persecución de los judíos. La coincidencia de ambos planos puede hacer que el enfrentamiento parezca más personal o cargado de simbolismo. Pero la causa directa sigue siendo la conducta política actual de los dos gobiernos.

La narrativa de Netanyahu suele presentar las amenazas contra Israel como parte de una continuidad histórica, no como episodios desconectados. Ese marco ayuda a explicar la firmeza con que responde a las críticas, pero también puede reducir el espacio para distinguir entre una objeción legítima a una decisión militar y una expresión de prejuicio contra los judíos. El antisemitismo existe y debe tomarse en serio; a la vez, criticar las políticas de un gobierno no constituye automáticamente antisemitismo. Confundir esas categorías empobrece el debate y dificulta abordar sus casos reales.

También puede ocurrir lo contrario: que una denuncia de antisemitismo se descarte demasiado deprisa como una maniobra política. Por eso conviene atender al contenido concreto de cada declaración y no atribuir intenciones colectivas a pueblos enteros. El Gobierno español, la sociedad española y la historia de España no son una sola entidad, del mismo modo que las decisiones de Netanyahu no representan por sí solas a todos los israelíes o judíos. Separar gobiernos, sociedades y comunidades es esencial para no transformar una crisis bilateral en una acusación general.

Qué puede cambiar y qué límites tiene la represalia

La exclusión española del centro de Kiryat Gat confirma un deterioro, pero no equivale a una ruptura formal de relaciones. Las embajadas ya estaban rebajadas de nivel desde 2024 y la cooperación política se había debilitado, de modo que el margen para empeorar existe. Israel puede limitar la participación española en espacios concretos o responder con nuevas medidas diplomáticas; España puede sostener sus críticas y buscar respaldo europeo. El alcance de la crisis dependerá de las decisiones posteriores, no solo de la dureza de los discursos.

La capacidad de Netanyahu para castigar a España también tiene límites. Madrid forma parte de la UE y cualquier intento de aislarla encuentra un contexto en el que otros gobiernos discuten la relación con Israel y el coste humanitario de la guerra. Si más países respaldan medidas similares, España deja de aparecer como una excepción y su posición puede ganar peso; si no lo hacen, la iniciativa española tendrá menos efecto práctico. La influencia real de Madrid depende en buena medida de que otros socios conviertan la crítica en una política compartida.

Una mejora de la relación exigiría algo más que bajar el volumen. Las diferencias sobre Gaza, el reconocimiento palestino y la actuación de Israel en la región son de fondo, no simples malentendidos protocolarios. Aun así, los gobiernos pueden mantener canales diplomáticos incluso cuando discrepan, y esos canales son precisamente los que permiten evitar que cada incidente desencadene otro. La tensión puede prolongarse sin que la ruptura sea inevitable.

El presente pesa más que la herida antigua

La explicación más sólida combina elementos, pero no los coloca al mismo nivel. Netanyahu señala a España principalmente por decisiones actuales: su reconocimiento de Palestina, sus críticas a la guerra y sus propuestas de presión en la UE. La respuesta israelí, incluida la expulsión de los representantes españoles del CMCC, muestra que Jerusalén considera que Madrid ha dejado de ser una voz crítica más y se ha convertido en un adversario diplomático visible. La crisis contemporánea es el factor decisivo.

La trayectoria intelectual de Benzion Netanyahu aporta otra capa. Sus estudios sobre la Inquisición y los conversos ayudan a entender por qué España puede tener una resonancia particular en la memoria política del primer ministro. Sin embargo, convertir esa herencia en la explicación única sería confundir contexto con causa y atribuir una intención que no está probada. La historia familiar aclara parte del tono; no demuestra por sí sola el motivo de las medidas.

En el fondo, la disputa enfrenta dos maneras de definir la legitimidad: para Madrid, criticar y presionar puede ser una obligación ante la situación humanitaria; para Netanyahu, esa presión puede presentarse como una campaña injusta contra Israel. Mientras cada lado interprete las acciones del otro como confirmación de una hostilidad esencial, la memoria histórica seguirá cargando de significado una pelea que nació en el presente. Lo que ocurra dependerá menos de los ecos del siglo XV que de las decisiones diplomáticas y militares que se tomen ahora.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído