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Historia

¿Qué destapó el AVE en València? Necrópolis y alquería

El AVE destapa bajo València una necrópolis islámica, una antigua alquería y parapeto de la Guerra del Francés en Joaquín Sorolla y el canal.

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El AVE destapa bajo València una necrópolis islámica, una antigua alquería y parapeto de la Guerra del Francés en Joaquín Sorolla y el canal.

Las obras del acceso ferroviario de alta velocidad en València han sacado a la luz tres piezas inesperadas del subsuelo: una necrópolis islámica, los restos de una alquería y un parapeto vinculado a la Guerra del Francés. Han aparecido en pleno trabajo del nuevo canal de acceso y en el entorno de la ampliación y remodelación de la estación de València Joaquín Sorolla, dentro de una actuación que, por volumen y calendario, ya era de las más delicadas que se recuerdan en la ciudad.

Lo llamativo es el giro de guion: esa franja de obra no estaba dentro de las áreas habituales de vigilancia arqueológica de València, pero la Evaluación Ambiental previa dejó amarrada una medida de control con seguimiento arqueológico. Traducido al castellano de zanja y casco: alguien iba mirando, palmo a palmo, lo que iba saliendo. Y salió.

El canal de acceso: una obra que mueve media ciudad

El hallazgo llega en un momento en que el sur de València vive con el ruido de maquinaria como paisaje sonoro. El canal de acceso —la fase que permite soterrar y ordenar las vías de entrada a València Nord y Joaquín Sorolla— es la pieza ferroviaria que prepara el salto hacia la futura Estación Central y el túnel pasante, pero también la que toca, literalmente, los nervios urbanos: tráfico, accesos, barrios, suelos, pantallas de hormigón, desvíos de vía y una coreografía de obra que no perdona despistes. No es una reforma menor: es obra de ciudad, con consecuencias de décadas.

En los últimos comunicados públicos del entorno ferroviario se ha hablado de una inversión global de 665 millones de euros para el canal de acceso y la remodelación de Joaquín Sorolla, con un porcentaje muy alto ya contratado en el tramo central del proyecto. La excavación del túnel —planteada como “falso túnel” en parte del trazado— se ha ido ejecutando por tramos, con pantallas, losas y vaciados sucesivos; en 2025 se describían avances concretos de pantallas y excavación en metros ya ejecutados, y el Ministerio situaba el horizonte de finalización en 2028. Ese es el marco: un calendario largo, una inversión enorme y, ahora, un subsuelo que se pone a hablar.

En paralelo, la estación de Joaquín Sorolla también se está transformando para asumir más demanda, más vías y otra lógica de funcionamiento, ligada a la liberalización ferroviaria y al futuro encaje con el canal soterrado. Se ha explicado la previsión de 10 vías de ancho estándar y un vestíbulo elevado dentro de la remodelación, además de actuaciones en el entorno inmediato que ya han cambiado recorridos peatonales y la relación entre estaciones. La obra no solo baja al suelo: también sube a la estación.

Un seguimiento arqueológico que no estaba “en el radar” municipal

Aquí está el matiz que le da sentido a todo: el ámbito afectado por estos trabajos, tal como se ha descrito, no coincidía con áreas de vigilancia arqueológica predefinidas en València. Aun así, la Evaluación Ambiental previa incorporó la obligación práctica de un seguimiento arqueológico durante los movimientos de tierras. Es una diferencia importante, casi de novela de procedimiento: no se partía de la expectativa de encontrar “algo grande” en un punto señalado, pero se decidió mirar igual. Y esa decisión, por prosaica que parezca, es la que abre la puerta a los tres hallazgos. La arqueología no siempre llega por intuición; a veces llega por cláusula.

La necrópolis islámica: el cementerio que reaparece entre pantallas

Una necrópolis islámica en València no es un hallazgo cualquiera ni una rareza exótica para coleccionar titulares: es una pista poderosa sobre dónde estaba la vida y dónde se enterraba la muerte en una ciudad que fue Balansiya y que creció, durante siglos, con la huerta como frontera blanda. La palabra “necrópolis” suena a museo, pero en obra suele significar algo mucho más físico: sepulturas, niveles de tierra con señales claras de enterramiento, estructuras asociadas y materiales que ayudan a fechar.

En contextos islámicos peninsulares, los enterramientos suelen seguir patrones reconocibles —orientación, disposición del cuerpo, ausencia o escasez de ajuares, ritual—, aunque cada yacimiento tiene su matiz y su historia concreta. Lo importante aquí es lo que sugiere el simple hecho de aparecer: la ciudad islámica no era una mancha compacta, sino un sistema de barrios, arrabales, caminos, campos de cultivo y espacios funerarios. Que una necrópolis salga en el corredor sur ligado a infraestructuras actuales encaja con una idea vieja y repetida por los arqueólogos valencianos: los límites históricos de la ciudad se entienden mejor cuando se excava fuera del centro monumental.

La utilidad real de un cementerio islámico no está solo en “confirmar que hubo islam”, que eso ya se sabe, sino en afinar el mapa: cronología más precisa de expansión, relación con alquerías cercanas, cambios de uso del suelo, episodios de abandono o reocupación. Incluso cuando no se entra en técnicas de laboratorio, un registro serio permite leer señales de salud, alimentación, trabajo físico, lesiones, huellas de una vida cotidiana que no dejó palacios pero sí hueso, tierra y patrón. La historia, de pronto, pesa.

En obra pública, además, una necrópolis obliga a una disciplina casi quirúrgica. Se delimita, se documenta, se decide si se conserva in situ o si se excava y traslada lo necesario para estudio, y se encaja todo eso en un plan que no estaba escrito para frenar. Esa tensión —infraestructura que empuja, patrimonio que aparece— es el corazón de esta noticia: no es solo lo que se encuentra, es cómo se reacciona cuando aparece.

La alquería: cuando la huerta tenía nombre y paredes

El segundo hallazgo citado es una alquería, palabra que en València es casi un eco familiar: aparecen en la toponimia, en fotos antiguas, en reclamaciones vecinales, en proyectos urbanísticos y en paseos por la huerta donde aún quedan fachadas con historia. Una alquería, en sentido amplio, es una unidad de explotación agrícola y residencia; en época andalusí y también en fases posteriores, puede ser el núcleo de una pequeña comunidad o una casa de labor con anexos, ligada a acequias, caminos y parcelas. Que salga una alquería en el área del canal de acceso no es solo “un edificio viejo”: es un recordatorio de que el sur de la ciudad fue, durante siglos, un paisaje productivo, un tablero de riego y cultivo antes de ser un tablero de vías.

Aquí conviene bajar a tierra —literalmente— sin romanticismos. Una alquería en obra puede aparecer como muros de mampostería, suelos, restos de dependencias, cerámicas asociadas, reparaciones, fases superpuestas. A veces, lo que emerge no es la casa “completa” que uno imagina, sino su huella fragmentaria, lo suficiente para reconstruir planta, uso y cronología. Y, aun así, es muchísimo: en una ciudad que ha crecido a velocidad de hormigón, cada trazo de alquería permite discutir con datos sobre cómo se ocupó el territorio, cómo se gestionó el agua, qué continuidad hubo entre época islámica y cristiana en el mundo rural y qué se perdió cuando la huerta empezó a ceder.

Que el proyecto ferroviario haya topado con una alquería también conecta con un debate recurrente en València: qué se integra y qué se sacrifica cuando se reordena un espacio tan sensible como el corredor del Parque Central. El soterramiento y la urbanización prometen coser barrios y liberar suelo, sí, pero el subsuelo responde con una lista de “yo ya estaba aquí” que no se puede ignorar sin más.

Una alquería no es solo un hallazgo: es una decisión urbanística

Cuando aparece una alquería, la pregunta técnica no tarda en llegar, aunque no se formule en voz alta: ¿se puede conservar? ¿se documenta y se sigue? ¿se integra en el diseño final? En València hay precedentes de alquerías protegidas, reubicadas o incorporadas a nuevos parques y viales, y también hay ejemplos de pérdida irreversible. Cada caso depende de estado de conservación, relevancia, viabilidad y del margen real de la obra. En una actuación como el canal de acceso, donde túneles, pantallas y seguridad mandan, la integración puede ser compleja, pero el solo hecho de que exista un registro arqueológico sólido ya cambia el tablero: obliga a decidir con algo más que intuición. La alquería convierte la obra en debate con documentación.

El parapeto de la Guerra del Francés: la guerra sale del barro

El tercer elemento es quizá el más sorprendente por contraste, casi por choque de épocas: un parapeto relacionado con la Guerra del Francés, es decir, con la Guerra de la Independencia (1808-1814). Un parapeto, en términos sencillos, es una defensa de campaña, un resguardo construido para proteger a combatientes del fuego enemigo: tierra apisonada, sacos, muretes, un perfil pensado para asomar y disparar con cobertura. No es una muralla monumental; suele ser arquitectura rápida, de urgencia, hecha para durar lo justo… y por eso mismo, cuando aparece dos siglos después, tiene algo de aparición fantasma.

València vivió episodios clave en esa guerra. Hubo resistencia en 1808 y, más tarde, la campaña napoleónica acabó llevando a la capitulación de la ciudad ante las tropas del mariscal Suchet en enero de 1812, tras el asedio que siguió a la derrota española en Sagunto. Ese marco histórico hace perfectamente verosímil que, en los accesos y alrededores, se levantaran defensas provisionales, líneas de tierra, parapetos y posiciones de artillería o fusilería. La guerra, en su versión más terrenal, deja eso: tierra movida con miedo.

Un parapeto hallado en un corredor ferroviario contemporáneo también tiene valor por lo que cuenta de la geografía del conflicto. Las defensas de campaña suelen colocarse donde el terreno obliga o favorece: rutas de entrada, puntos altos, pasos, caminos. En el sur de València —zona históricamente atravesada por infraestructuras y antiguos caminos— una estructura defensiva de ese periodo puede aportar un dato fino sobre por dónde se esperaba el golpe, cómo se organizó el territorio en días de asedio y qué huellas quedan de la guerra más allá de los relatos. No es épica de bronce: es ingeniería improvisada.

Qué pasa cuando el subsuelo habla: tiempos de obra y tiempos de historia

Los tres hallazgos juntos dibujan un mapa curioso: la muerte medieval, la vida rural y la guerra moderna, todo en el radio de una obra de alta velocidad. Y aquí se entiende por qué el seguimiento arqueológico no es un capricho burocrático. En grandes movimientos de tierras, cada capa retirada puede ser una página arrancada; si nadie la lee, se pierde. Si alguien la lee —y documenta—, se convierte en conocimiento. En este caso, lo que se ha explicado es que el seguimiento estaba establecido como medida de vigilancia, pese a que la zona no figuraba en áreas de control arqueológico predefinidas. Es exactamente ese tipo de medida, discreta y poco vistosa, la que evita que un hallazgo se convierta en anécdota sin registro. No se trata de parar por parar, sino de registrar para no borrar.

En términos administrativos, estas actuaciones suelen implicar comunicación con los servicios de patrimonio competentes, delimitación del área afectada y una intervención ajustada a lo que aparece: excavación de urgencia si procede, documentación exhaustiva, extracción de materiales, informes. En obra ferroviaria, además, hay un factor extra: seguridad, estabilidad de taludes, compatibilidad con pantallas y losas, y coordinación con un calendario que no se puede improvisar cada mañana. Por eso, cuando un hallazgo es relevante, la respuesta suele ser quirúrgica: se actúa en la zona concreta, se protege el resto y se continúa donde se puede. No siempre se ve desde fuera, pero dentro de la obra se nota: cambia el ritmo, cambian los planos, cambian las prioridades durante un tramo.

Este episodio llega, además, con el telón de fondo de una obra que ya tiene su propia complejidad institucional: el canal de acceso es un proyecto impulsado por la sociedad València Parque Central, con financiación repartida entre Adif Alta Velocidad, Generalitat Valenciana y Ajuntament de València, y con visitas y debates públicos sobre plazos, fases y afectaciones. En ese contexto, que aparezca patrimonio no es un detalle decorativo: es un factor real en la conversación sobre cómo se ejecuta una transformación urbana de esta escala.

Una València que asoma por sorpresa

Hay algo casi cinematográfico en que el AVE —símbolo de velocidad y futuro— levante la tapa de una necrópolis islámica, una alquería y un parapeto de guerra. Pero lo interesante no es la postal, sino la lectura: València es una ciudad construida por capas, y el corredor sur, tantas veces tratado como espacio de paso y cicatriz ferroviaria, también guarda memoria densa. La obra del canal de acceso tiene vocación de coser barrios y ordenar movilidad, y todo eso sigue ahí como objetivo principal; al mismo tiempo, estos hallazgos recuerdan que el suelo no es un folio en blanco, sino un archivo que a veces se abre sin avisar. La infraestructura avanza, pero la ciudad antigua no se ha ido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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