Síguenos

Actualidad

¿Navidad en Gaza? El frío y la lluvia son el nuevo peligro

Las lluvias han convertido el sur de la Franja en un laberinto de charcos, barro y lonas derrotadas por el viento. Campamentos improvisados han quedado anegados por segunda semana consecutiva, miles de tiendas han cedido, y familias enteras duermen con la ropa húmeda en colchones empapados.

Publicado

el

Navidad en Gaza

Tormentas y frío agravan crisis en Gaza; Egipto refuerza envíos con mantas, tiendas y combustible mientras hospitales y campamentos resisten

Las lluvias han convertido el sur de la Franja en un laberinto de charcos, barro y lonas derrotadas por el viento. Campamentos improvisados han quedado anegados por segunda semana consecutiva, miles de tiendas han cedido, y familias enteras duermen con la ropa húmeda en colchones empapados. El tiempo no da tregua y el frío cala: la prioridad inmediata es techo seco, calor y combustible para mantener con vida hospitales, panaderías y sistemas básicos de agua y saneamiento. En paralelo, la Media Luna Roja Egipcia ha reforzado su operativa y anunciado un convoy de emergencia específico de invierno para intentar sostener a una población agotada, con mantas térmicas, tiendas más resistentes, medicamentos y combustible.

La fotografía del momento es doble. Por un lado, Egipto asegura que su apoyo a la Franja no se ha detenido: habla de una operación humanitaria sostenida, coordinada con Naciones Unidas y otros socios, que no ha dejado de enviar suministros desde sus centros logísticos del Sinaí y la zona de El Cairo. Por otro, la realidad dentro de Gaza obliga a formular el dato en términos sencillos: aunque entran camiones y palés de ayuda, no basta para una población desplazada masivamente que encara un invierno hostil, con escasez de agua potable, mantas, ropa de abrigo y combustible. Es una carrera contra la meteorología y contra los cuellos de botella que impiden que un palé descargado en frontera se transforme en una manta sobre los hombros de quien tiembla de frío.

Temporal, barro y frío: la fotografía de hoy

Los aguaceros han vuelto a inundar los campamentos levantados sobre explanadas sin drenaje. Las calles de tierra se convierten en ríos de fango que arrastran basura, latas, restos de madera, trozos de plásticos y, a veces, agua residual de letrinas improvisadas. Las tiendas de campaña montadas con lonas recicladas, hierros y cuerdas ceden al peso del agua acumulada en los toldos. Las familias levantan, como pueden, pequeños diques de sacos y piedras para que el agua no les entre en la tienda. Pesa un detalle concreto: cuando la lluvia arrecia de madrugada, el suelo filtra humedad y la temperatura cae varios grados en cuestión de minutos. Allí, un infante con fiebre o un anciano con tos crónica son un aviso: la hipotermia llega antes de que nadie se haya despertado del todo.

El frío y la humedad agravan problemas respiratorios, cortan el sueño y hunden el ánimo. En zonas de baja cota, los campamentos amanecen con charcos profundos alrededor de las tiendas. Donde hay pequeños generadores, las familias encienden estufas improvisadas con madera húmeda, restos de plástico, cartón, incluso ropa vieja. El humo negro irrita los ojos, deja un olor acre y trae consigo riesgos tóxicos. No es una elección: sin combustible ni estufas seguras, los improvisados braseros son lo único entre la noche y el temblor. Y cuando llega el viento, la lona claquea, las cuerdas se tensan, los palos se vencen y la familia entero se mueve a la carrera para sujetar el techo con las manos.

La repetición del temporal ha obligado a muchas personas a cambiar de tienda varias veces en pocos días. Se buscan rincones secos y algo elevados, pero los espacios seguros están contados y los campamentos crecen sin orden posible. Sucede algo cruel y cotidiano: quien consigue salvar su colchoneta la vuelve a tender sobre un suelo aún húmedo, y al cabo de unas horas la humedad sube por capilaridad. El descanso nunca es completo.

Egipto como pivote: convoyes, centros logísticos y cifras

El Cairo retrata su papel como un pivote logístico de primer orden. De manera oficial, Egipto sostiene que su ayuda hacia Gaza opera de forma continua desde el 27 de julio y que, desde octubre de 2023, ha desplegado “la operación humanitaria más grande y sostenida para Gaza”, en coordinación con la ONU y socios internacionales. Las autoridades egipcias contabilizan más de 665.000 toneladas de suministros despachados en estos dos años largos, un despliegue posible —subrayan— gracias al esfuerzo de unos 35.000 voluntarios.

¿Qué lleva ese puente humanitario? Lotes estándar de emergencia —alimentos no perecederos, sacos de harina, leche de fórmula, medicamentos, kits de higiene—, material sanitario para hospitales, tiendas de campaña de doble pared, lonas gruesas, cuerdas y herramientas para reforzar refugios, mantas térmicas y, cuando se habilitan cupos, combustible para generadores, ambulancias y plantas de oxígeno. En las últimas jornadas se ha priorizado carga de invierno: mantas de mayor gramaje, ropa de abrigo, impermeables y estufas seguras para tiendas homologadas. La Media Luna Roja Egipcia canaliza buena parte de esa ayuda desde plataformas logísticas que se activan antes de cada envío: clasificación por sectores, paletizado, documentación de carga, asignación a convoyes, verificación en frontera.

El discurso egipcio incluye un argumento político y uno técnico. El político: su compromiso con una operación sostenida pese a un contexto regional delicado. El técnico: el refuerzo del flujo para responder a la emergencia invernal dentro de Gaza. De hecho, el nuevo convoy anunciado se ha planteado con componentes “de frío” y con prioridad para hospitales y centros de distribución donde se atiende a población muy vulnerable.

Cruces y cuellos de botella: Rafah y Karm Abu Salem

Que la ayuda exista y esté empaquetada no significa que llegue sin retrasos. La geografía de los cruces impone reglas. Rafah —puerta histórica del sur— ha sido en estos meses una válvula de entrada y salida para determinados flujos y evacuaciones médicas. Karm Abu Salem (también escrito Kerem Shalom), en el vértice de Egipto con Israel, es el punto donde se concentra hoy gran parte del tránsito de camiones coordinados por el sistema de Naciones Unidas. La circulación depende de inspecciones, ventanas de paso y condiciones de seguridad. En jornadas de temporal, cuando el terreno se convierte en arcilla, las colas se estiran, los horarios bailan y los planes de reparto se reescriben a última hora.

Dentro de Gaza aparece la “última milla”, ese tramo entre el camión y la tienda donde se decidirá si una caja de mantas se transforma en abrigo real. Hacen falta rutas interiores transitables, almacenes secos para no perder material por humedad, equipos en tierra que ordenen las entregas y, sobre todo, combustible para mover ambulancias y camiones de reparto. Si un eje queda atascado en barro, si no hay diésel para llegar a un barrio inundado, si un almacén se encharca, se pierde capacidad de respuesta justo cuando más importa.

El resultado es un mapa fragmentado: campamentos que reciben mantas y lonas de refuerzo frente a otros, a pocos kilómetros, donde aún dormitan sobre cartones. Este desequilibrio provoca una sensación extendida de abandono en zonas donde la lluvia ha castigado con más fuerza. También explica por qué, aunque las cifras de entrada puedan parecer “altas”, la percepción diaria sobre el terreno es de escasez crónica.

Dos prioridades logísticas en días de lluvia

La primera es el refugio. Elevar suelos con palés o plataformas modulares, canalizar agua con mangueras y zanjas bien marcadas, reforzar anclajes y sellar tiendas con lonas de mayor gramaje. La segunda es la energía. Sin diésel no hay generadores; sin generadores, no hay quirófanos ni incubadoras ni cadenas de frío para vacunas. Esto último enlaza con la siguiente pieza de la emergencia.

Salud pública, hospitales y combustible

La escasez de combustible ha dejado a hospitales y clínicas operando por debajo de su capacidad. Se apagan quirófanos y unidades de cuidados intensivos en horas valle para ahorrar, se raciona oxígeno, se aplazan intervenciones no urgentes y se intenta —como regla de supervivencia— sostener la cadena de frío para vacunas y sueros. Los directores sanitarios calculan de memoria cuántas horas de autonomía queda en cada generador y reparten el diésel como si fuese oro. A veces es literal: cuando el tanque baja de cierto nivel, hay que elegir entre mantener activas las incubadoras de neonatos o encender la planta de esterilización.

En el primer anillo de atención, los centros de salud comunitaria tratan de adelantarse a los cuadros de infecciones respiratorias y diarreas que proliferan con la humedad. Médicos y enfermeras trabajan con recursos muy concretos: antibióticos, analgésicos, sueros de rehidratación, mantas térmicas y una logística de derivaciones siempre condicionada por la lluvia. Se han registrado casos de hipotermia en menores que duermen con la ropa mojada y no logran elevar su temperatura corporal por horas. En condiciones normales, una ambulancia y un calentador en la sala de urgencias bastarían; aquí, cada traslado depende de que haya combustible, de que una calle no esté cortada y de que una tormenta no bloquee el paso.

A esa suma se le añade la presión psicológica. Personal sanitario que lleva demasiados meses encadenando guardias con recursos mínimos, madres que llegan con niños envueltos en plásticos, padres que preguntan por estufas seguras como quien pide un medicamento. En medio, farmacéuticos que montan guardias improvisadas y técnicos que mantienen generadores viejos con piezas recicladas.

Niñez y tercera edad: quienes más sufren la intemperie

El invierno castiga de manera desigual. Niños pequeños, especialmente lactantes y menores de cinco años, y mayores con enfermedades crónicas son los que más sufren la combinación de frío, humedad y mala alimentación. Un bebé que duerme en una colchoneta húmeda pierde calor con rapidez. Un anciano con EPOC o insuficiencia cardiaca descompensa ante una noche de viento y lluvia. Las tiendas anegadas facilitan la transmisión de virus respiratorios, aumentan las bronquiolitis, la gripe y las neumonías, y hacen que cuadros leves se conviertan en ingresos que el sistema apenas puede absorber.

Las escuelas convertidas en refugios temporales están saturadas y, cuando llueve, sus patios se vuelven impracticables. En algunos centros se reparten mantas en la entrada como quien da cuadernos en septiembre. La escena se repite: niños con pies helados, ropa puesta por capas —camisetas, jerséis, chaquetas— sin una prenda impermeable que frene el calado. Se piden botas de agua, chubasqueros, calcetines de lana. A falta de ello, se improvisan bolsas de plástico para las zapatillas. Dura poco.

La carencia de agua potable agrava todo. Hervir agua sería una medida de choque sensata, pero sin combustible es inviable. Así, la hidratación termina dependiendo de garrafas que no siempre llegan, y el consumo de agua almacenada en condiciones inadecuadas dispara diarreas. Las tiendas, cerradas durante horas para mantener el calor, acumulan humedad y favorecen infecciones cutáneas. La cadena de desafíos no deja apenas respiro.

Qué falta para que la ayuda rinda de verdad

Hay consenso entre equipos humanitarios y autoridades locales en tres llaves de emergencia invernal. La primera es el refuerzo del refugio: elevar suelos para aislar la humedad, tiendas de doble pared, lonas impermeables de calidad, kits de reparación (cuerdas, piquetas, parches), sacos de arena para canalizar y desviar agua, y bombas de achique comunitarias. Allí donde sea posible, módulos prefabricados que sustituyan a lonas. El salto en seguridad y salud es inmediato.

La segunda es la energía garantizada para lo esencial: hospitales, panaderías, plantas de tratamiento de agua, alumbrado de emergencia y comunicaciones. Hablar de combustible en Gaza no es hablar de confort: es hablar de vida o muerte. Los cupos de diésel humanitario para generadores sanitarios y ambulancias no pueden estar al filo; necesitan previsibilidad para que los gestores hospitalarios no trabajen cada noche con el contador en rojo.

La tercera es el acceso operativo. Ventanas de cruce más amplias cuando hay temporal, rutas internas seguras, puntos de distribución con almacenaje seco y un sistema de priorización que ponga por delante a campamentos en zonas inundables. Perfiles vulnerables —familias monoparentales, personas con discapacidad, mayores solos— requieren entregas a domicilio, no colas a la intemperie. Cuando las tormentas son recurrentes, la improvisación deja de ser un recurso y se vuelve una condena.

El papel de los nombres propios

En este tablero hay protagonistas con nombre y función definidos. Media Luna Roja Egipcia, con su red de 35.000 voluntarios, coordina y empuja convoyes; las agencias de la ONU —OCHA, UNICEF, OMS, UNRWA, PMA, ACNUR— aportan estandarización, trazabilidad y material crítico; los ministerios egipcios de Salud y de Solidaridad Social facilitan permisos y logística; organizaciones locales sostienen la última milla; defensa civil atiende derrumbes y rescates nocturnos bajo lluvia. En cada nivel hay una urgencia: asegurar que una manta térmica no se quede en un almacén y que un bidón de combustible no se pierda en un cruce; verificar que un lote de antibióticos llegue a la clínica donde se han disparado las neumonías; montar, bien montada, una tienda que no se venga abajo con el siguiente aguacero.

En la narrativa oficial egipcia aparece otro dato insistente: “la operación humanitaria más grande y sostenida para Gaza desde octubre de 2023”. A veces, esa proporción choca con el desamparo visible dentro de la Franja. No es contradicción: es el desajuste entre oferta y demanda en una emergencia que no baja, con un invierno que la multiplica. De ahí la petición reiterada de más capacidad de paso, más combustible y refugio de calidad.

Lo que puede cambiar las próximas semanas

La suma de tormentas, frío y saturación logística hace pensar en un enero difícil si no se pisa el acelerador ahora. En el frente del refugio, instalar módulos en puntos estratégicos —escuelas, patios interiores, explanadas con drenaje natural— supondría una caída rápida de las infecciones asociadas a humedad. Donde no haya módulos, sirven soluciones de compromiso que funcionan: plataformas elevadas de madera, palés, piedras niveladas para aislar el suelo; lonas de mayor gramaje bien tensadas; anclajes reforzados. En el frente de la salud, un circuito mínimo asegurado para diésel en hospitales y ambulancias evitaría decisiones imposibles a medianoche. Un depósito con autonomía real es, hoy, un salvavidas.

La distribución también puede ganar enteros con pequeñas decisiones. Cargar en pick-ups o vehículos 4×4 cuando los camiones no entran por barro; abrir almacenes satélite en barrios donde el acceso es irregular; preposicionar kits de invierno (mantas, ropa térmica, impermeables, calcetines) antes de cada temporal; habilitar puntos de información claros para que las personas sepan cuándo y dónde se reparte. No todo requiere grandes anuncios: muchas veces es logística fina, de rutina, la que reduce el sufrimiento con mayor eficacia.

Hay un dato que conviene no perder de vista y merece, por sí mismo, ser subrayado: más de 665.000 toneladas de ayuda distribuidas por Egipto, 35.000 voluntarios movilizados, envíos continuos desde el 27 de julio según El Cairo, y un marco de coordinación con la ONU que permite contar palés que entran y salen cada día por Rafah y Karm Abu Salem. Es un esfuerzo enorme en números absolutos. Pero la medida real, la que importa de verdad cuando arrecia el viento húmedo del Mediterráneo, no está en la frontera: está en la tienda que no se hunde en el barro, en la sala de neonatos que no se queda sin energía, en el niño que se acuesta seco y amanece sin fiebre.

El invierno continuará. Si el convoy de emergencia anunciado por la Media Luna Roja Egipcia llega con prioridad de mantas, tiendas de doble pared, ropa de abrigo y combustible para los servicios esenciales, la curva de sufrimiento puede frenarse. No se trata de grandes palabras, sino de piezas concretas: una manta más, un litro más de diésel donde hace falta, una tienda bien anclada que resista el siguiente aguacero. La diferencia entre lo insuficiente y lo suficiente, estos días, se mide en grados de temperatura corporal y en horas de generador. Allí, a ras de suelo, es donde la ayuda cuenta. Y donde cada entrega —cada una— pesa mucho más que una estadística.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído