Salud
Muere Claus Knapp, el médico que frenó la talidomida

Muere Claus Knapp y regresa al foco la historia del médico madrileño que ayudó a vincular la talidomida con graves malformaciones en Europa.
Claus Knapp ha muerto a los 97 años y con él desaparece una de las figuras más importantes, y menos reconocidas durante mucho tiempo, del gran escándalo sanitario de la talidomida. El médico nacido en Madrid en 1928, especializado en radiología infantil y ligado a la pediatría hospitalaria, fue una pieza decisiva para demostrar, junto al alemán Widukind Lenz, que aquel fármaco recetado como sedante y contra las náuseas del embarazo estaba detrás de las malformaciones congénitas que empezaron a sacudir maternidades y consultas a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Su muerte, comunicada por AVITE y recogida después por varios medios, devuelve al primer plano una historia que en España nunca terminó de cerrarse del todo.
No se va solo el médico que ayudó a desenmascarar uno de los mayores desastres farmacológicos del siglo XX. Se va también el hombre que, ya en sus últimas décadas, se volcó con la Asociación de Víctimas de la Talidomida de España, elaboró casi 700 informes periciales sin cobrar y puso su prestigio al servicio de afectados que llevaban media vida pidiendo algo tan básico como reconocimiento, reparación y atención sanitaria. En España, donde la talidomida siguió siendo durante años una herida mal archivada, Knapp no fue solo memoria viva: fue una referencia médica, jurídica y moral en una batalla que sigue abierta.
Un madrileño en el centro del mayor escándalo farmacéutico
Aunque su apellido suene alemán y durante años muchos lo situaran mentalmente fuera de España, Claus Knapp era madrileño. Nació en Chamberí, pasó por el Colegio Alemán de Madrid y, cuando estalló la Guerra Civil, su familia regresó a Alemania hasta 1939. Más tarde estudió Medicina en Madrid y acabó trabajando en la Clínica Universitaria de Pediatría de Hamburgo-Eppendorf, donde coincidió con Widukind Lenz. A partir de ahí empezó el tramo decisivo de su vida. En aquel hospital, entre reuniones clínicas, placas radiológicas y casos que no encajaban, Knapp empezó a ver algo que no tenía pinta de casualidad: bebés con malformaciones terribles en las extremidades, niños que nacían sin brazos, sin piernas o con miembros muy acortados, cuadros que no se parecían a una estadística normal ni a un azar caprichoso.
Ese detalle importa porque durante años su papel quedó algo desdibujado. Unas veces fue presentado como pediatra, otras como radiólogo infantil, y a menudo quedó eclipsado por la proyección internacional de Lenz. Pero las fuentes médicas y periodísticas coinciden en lo esencial: Knapp fue uno de los descubridores del vínculo entre la talidomida y la embriopatía que destrozó la vida de miles de familias. No estaba en un despacho teórico, sino en la primera línea clínica, viendo llegar los casos, fotografiando hallazgos, ordenando datos, identificando patrones. En esa mezcla de precisión técnica y olfato médico estuvo buena parte de su aportación. No fue un nombre accesorio. Fue una pieza central.
Las semanas en que todo empezó a encajar
La secuencia que acabó destapando el caso tiene algo de investigación clínica artesanal, sin grandes laboratorios ni aparatos narrativos de película, pero con una tensión brutal. Knapp y Lenz empezaron a ver aquellos casos extraños de forma más clara a partir de 1959, y en 1961 la situación ya era imposible de despachar como simple rareza. Primero reunieron alrededor de 30 casos. Después supieron que en otras ciudades alemanas había más. Al final llegaron a revisar más de 500. El problema era que no existían registros robustos de malformaciones congénitas en Alemania, así que no había una base estadística sólida sobre la que apoyar una explicación rápida. Había, en cambio, una intuición cada vez más incómoda: aquello no era genético, no tenía antecedentes familiares claros y se repetía con una frecuencia anormal.
Knapp y Lenz hicieron lo que a veces marca la diferencia entre una sospecha y una prueba: salieron del hospital. Tras la jornada en la clínica, se subían al coche y visitaban una a una a las madres de aquellos niños. Les preguntaban por todo. Comidas, hábitos, postres, enfermedades, ingresos hospitalarios, medicamentos. El trabajo era lento, agotador y emocionalmente durísimo. Muchas mujeres estaban devastadas y, además, no recordaban el nombre exacto de lo que habían tomado durante el embarazo. Los médicos de cabecera, por su parte, no siempre dejaban un rastro claro en las historias clínicas. El rompecabezas estaba delante, sí, pero con piezas borrosas y otras directamente perdidas.
Cuando apareció la pista decisiva
La clave llegó en una de aquellas visitas. Un psicólogo que llevaba un control minucioso del embarazo de su mujer les dijo algo muy concreto: lo único relevante que había tomado era talidomida. Aquella frase obligó a reiniciar toda la investigación. Y Knapp tomó una decisión capital: volver a pasar el cuestionario sin preguntar directamente por la talidomida, para evitar que luego se pudiera acusar a los investigadores de haber dirigido las respuestas. Así que regresaron a las casas, ampliaron las entrevistas, cotejaron datos con médicos y seguros, buscaron cajas olvidadas en neceseres, ingresos que nadie asociaba ya con el embarazo, frascos escondidos en cajones. La escena parece de novela, pero fue real: la prueba apareció en la rutina doméstica, en cajas medio olvidadas y notas clínicas mal cerradas.
Lo que fue emergiendo resultó demoledor. Las madres habían tomado talidomida, muchas veces entre los días 37 y 50 de la gestación o, dicho de otro modo, entre la quinta y la séptima semana, un periodo crítico del desarrollo embrionario. Knapp y Lenz ordenaron los casos, los agruparon según fechas de concepción o última menstruación y levantaron una correlación contundente. Después llegó la parte más delicada: comunicárselo al laboratorio Grünenthal, que comercializaba el producto como Contergan en Alemania. Knapp fue quien hizo la llamada. La reacción fue inmediata y agresiva. Primero abogados. Luego desconfianza. Después, según el propio médico y según recuerdan hoy medios y asociaciones, detectives alrededor de los investigadores, presión y una clara tentativa de desacreditarlos. Aun así, el ruido científico ya era demasiado fuerte y 17 días después el medicamento fue retirado del mercado alemán.
Aquel hallazgo cristalizó en 1962 en una publicación científica que dejó atado el vínculo entre el medicamento y las malformaciones. En paralelo, la alerta empezó a circular por congresos, hospitales y revistas médicas. Knapp participó también en la difusión del problema entre la comunidad pediátrica de habla hispana y en la necesidad de crear registros de malformaciones que permitieran detectar antes futuras catástrofes. Parece un detalle técnico, pero no lo es: una de las grandes enseñanzas del caso fue precisamente esa, que sin datos clínicos ordenados y sin vigilancia real un desastre puede crecer durante meses mientras nadie acierta a nombrarlo.
El fármaco que parecía inofensivo y acabó siendo devastador
La talidomida empezó a comercializarse en 1957 y se difundió en numerosos países como un fármaco casi ideal para su época: sedante, hipnótico, aparentemente seguro, con bajo riesgo de sobredosis y muy útil para combatir las náuseas del embarazo. Esa fue precisamente la trampa. No llegó al mercado con el aspecto de un compuesto sospechoso, sino con la cara amable de la medicina moderna. Se vendía como una ayuda práctica, casi doméstica, y durante un tiempo gozó de una reputación tranquila. Después se supo lo que realmente hacía cuando se tomaba en fases concretas del embarazo: alteraba de forma drástica el desarrollo fetal y provocaba focomelia, ausencia o acortamiento severo de extremidades, además de lesiones en oídos, ojos, órganos internos y otras estructuras. El impacto fue tan brutal que la talidomida se convirtió en un símbolo permanente del fallo regulatorio y del precio que se paga cuando la farmacovigilancia llega tarde.
En Alemania se contabilizaron miles de casos, y a escala internacional la cifra fue todavía más alta. Muchos bebés murieron al poco de nacer. Otros sobrevivieron con discapacidades gravísimas y una necesidad continua de adaptaciones, intervenciones y cuidados durante toda la vida. La tragedia dejó imágenes muy duras y una palabra, talidomida, que desde entonces suena menos a nombre de medicamento que a advertencia histórica. El propio Knapp recordaba aquellos casos con crudeza, sin eufemismos: niños que nacían convertidos casi en un tronco, criaturas que morían a los pocos días, familias desbordadas y médicos obligados a aceptar que algo monstruoso se estaba colando por la puerta aparentemente limpia de la receta.
Hay otro dato relevante que a menudo se olvida y conviene fijar bien. La talidomida no desapareció por completo del arsenal médico. Hoy sigue usándose en contextos muy controlados para enfermedades como el mieloma múltiple y determinadas complicaciones relacionadas con la lepra, con protocolos de seguridad muchísimo más estrictos debido a sus conocidos efectos teratógenos. Eso no atenúa la tragedia original; al contrario, la subraya. El mismo compuesto que simboliza uno de los mayores desastres de la historia de la farmacología terminó reintroducido, décadas después, bajo otras reglas, otras indicaciones y una vigilancia extrema. Esa doble vida del medicamento explica por qué el caso de Knapp sigue estudiándose en medicina no solo como un episodio histórico, sino como una lección permanente sobre riesgo, control y memoria clínica.
España y la herida que sigue abierta
En España la historia tiene una capa añadida de amargura. La talidomida estuvo presente en el mercado bajo distintas marcas y la discusión sobre cuándo dejó realmente de circular ha perseguido durante años a instituciones, empresas y afectados. AVITE sostiene que el medicamento siguió en el mercado español hasta 1985, mucho más tiempo que en otros países, y esa tesis ha sido parte central de su batalla pública y judicial. Por su parte, el Real Decreto 574/2023 reconoce ayudas para las personas afectadas por la talidomida en España durante el período 1950-1985, lo que muestra hasta qué punto el propio marco oficial español asumió una ventana temporal amplísima para el daño. Esa amplitud temporal no es un detalle administrativo: es la prueba de que el problema no quedó reducido aquí a un episodio breve de comienzos de los sesenta.
El retraso español en el reconocimiento del daño ha sido una constante. Hubo una primera regulación de ayudas en 2010 para los casos comprendidos entre 1960 y 1965, pero el marco posterior se amplió y cambió. En 2016, el Congreso aprobó por unanimidad una proposición no de ley para reforzar la protección del colectivo; en 2023 se aprobó el citado real decreto que regula el procedimiento de reconocimiento y abono de ayudas; en 2025 volvió al Congreso una proposición de ley centrada en la exención fiscal de esas ayudas; y en enero de 2026 el Grupo Socialista registró nuevas medidas de apoyo y tratamientos para las personas afectadas. Traducido a lenguaje menos burocrático: la cuestión sigue viva porque el Estado español llegó tarde, porque la respuesta ha sido a trompicones y porque el daño acumulado no cabe en una ventanilla ni en un expediente cerrado.
Ese recorrido institucional, lleno de retrasos, debates parciales y rectificaciones, explica por qué el nombre de Knapp pesa tanto en España. Durante décadas, muchos afectados tuvieron la sensación de que debían demostrar una y otra vez lo que la medicina llevaba mucho tiempo sabiendo. Y ahí él apareció como testigo experto, como médico que conocía el origen del desastre desde dentro y como profesional capaz de certificar lesiones compatibles con la embriopatía por talidomida incluso cuando ya no existían recetas, cajas o documentos familiares. Su posición fue muy clara: aunque no siempre pudiera probarse con un papel que la madre tomó aquel comprimido concreto, había patrones lesionales muy característicos que permitían identificar a los afectados. Esa defensa técnica fue decisiva para una asociación que llevaba años peleando casi en solitario.
El médico que siguió al lado de las víctimas
La vida de Knapp no se agotó en el hallazgo de los años sesenta. Tras su etapa en Alemania volvió a España y desarrolló una carrera hospitalaria de primer nivel. Fue jefe del servicio de radiología en La Paz y figura vinculada a la construcción del Hospital Infantil La Paz, donde dejó también huella en el ámbito pediátrico. Pero su nombre reapareció con fuerza pública cuando los afectados españoles de la talidomida reactivaron su lucha y lo buscaron para revisar historias, lesiones y trayectorias médicas. Él no se limitó a prestar una firma ni un respaldo distante: se implicó de lleno, viajó, habló, concedió entrevistas, criticó la pasividad política y se convirtió en una voz incómoda para quienes preferían que el tiempo resolviera por desgaste lo que la justicia no había resuelto a tiempo.
AVITE lo ha despedido con palabras que retratan bien ese último tramo: “aliado incansable”, apoyo humano esencial, figura clave de su historia. No es una fórmula de pésame. Resume una relación larga y concreta. Knapp asumió la causa de los afectados como una continuación natural de lo que había hecho de joven: si en Hamburgo ayudó a descubrir la causa del daño, en España dedicó años a pelear para que ese daño no quedara sin nombre ni sin respuesta. En 2016, en una entrevista pública, fue durísimo con Grünenthal, a la que acusó de esperar que el problema se redujera simplemente a medida que fueran muriendo los afectados. Esa frase, seca y cruel, ayuda a entender el clima que rodeó la batalla española: envejecimiento prematuro de las víctimas, necesidad de tratamientos, secuelas acumuladas por décadas de sobreesfuerzo físico y una reparación que siempre parecía llegar por detrás de la realidad.
También dejó imágenes muy concretas de su forma de trabajar. La más potente quizá sea la del médico anciano que seguía conservando historiales, gráficos y notas de una investigación realizada más de medio siglo antes, y que aun así continuaba cuidando la identidad de aquellas madres. Otra, la del experto que aceptó hacer casi 700 peritajes sin cobrar. Y otra más, la del hombre que en su casa de Chamberí tenía una placa con una frase sobre preguntarse el porqué de las cosas. No hace falta convertirlo en personaje de bronce. Basta con mirar los hechos: vio un patrón, lo persiguió hasta encontrar la causa, resistió presiones, y décadas después siguió defendiendo a quienes cargaban con aquella catástrofe encima del cuerpo.
El nombre que queda unido a una verdad incómoda
La muerte de Claus Knapp reabre una historia que nunca fue solo médica. Fue científica, porque obligó a demostrar una causalidad compleja cuando todavía faltaban registros y sobraban lagunas. Fue industrial, porque puso frente al espejo a una farmacéutica poderosa. Fue política, porque exhibió hasta qué punto los Estados pueden tardar décadas en reparar a quienes han quedado atrapados por una negligencia histórica. Y fue profundamente humana, porque detrás de cada cifra hubo madres que tomaron una pastilla creyendo que era segura, bebés que nacieron con lesiones devastadoras y adultos que han llegado a la vejez arrastrando un daño de origen prenatal que nunca terminó de ser asumido por completo.
Knapp muere con 97 años, después de haber pasado de joven investigador en Hamburgo a referencia para los afectados españoles por la talidomida. Su legado no necesita adornos raros: ayudó a descubrir el origen de las malformaciones, contribuyó a retirar el fármaco cuando todavía podían evitarse nuevos casos, y sostuvo durante años la pelea de quienes en España seguían exigiendo lo obvio. En una historia poblada por laboratorios, juicios, retrasos administrativos y silencios incómodos, su nombre queda unido a algo mucho más concreto y mucho más difícil: decir a tiempo qué estaba ocurriendo y no apartarse después. Por eso su muerte no es solo una necrológica. Es también el recordatorio de que el caso de la talidomida sigue siendo una herida activa en la historia de la medicina, en la política sanitaria española y en la vida de quienes aún esperan una reparación completa.

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