Historia
¿Quién fue Benjamín Romeo, el bodeguero riojano de los 100 Parker?
Benjamín Romeo, creador de Contador y referente del Rioja moderno, deja una historia de viñas, dos 100 Parker y una huella profunda en Rioja.

Benjamín Romeo Hilera, fundador de Bodega Contador y una de las figuras que ayudaron a transformar la imagen contemporánea del vino de Rioja, murió el 17 de agosto de 2026 a los 63 años. El enólogo y viticultor de San Vicente de la Sonsierra falleció a causa de un cáncer, según la información conocida tras su muerte. Detrás deja una bodega con proyección internacional, una manera muy personal de entender el viñedo y algo bastante más difícil de embotellar: carácter.
Para buena parte del público su nombre quedó unido para siempre a Contador, el vino cuyas añadas 2004 y 2005 alcanzaron consecutivamente los 100 puntos Parker. Fue un hito entonces inédito en España y convirtió aquel proyecto nacido entre una cueva y el garaje familiar en una referencia mundial. Pero reducir a Romeo a una puntuación sería quedarse mirando la etiqueta y olvidarse del vino.
Muere uno de los nombres que cambiaron el Rioja contemporáneo
Romeo pertenecía a esa generación de productores que, desde finales del siglo XX, comenzó a mirar Rioja con otros ojos. Había tradición, por supuesto, pero también cabía discutirla, retorcerla un poco y volver al origen: parcelas concretas, rendimientos pequeños, selección exigente de la uva y una intervención directa del elaborador desde la tierra hasta la botella. Menos vino concebido como fórmula y más vino con dirección postal.
Nacido en San Vicente de la Sonsierra, procedía de una familia ligada durante generaciones a la viticultura. Antes de levantar su proyecto propio adquirió experiencia profesional en Artadi, donde llegó a desempeñar responsabilidades técnicas hasta el año 2000. Aquella etapa coincidió con uno de los momentos de mayor efervescencia del vino español moderno, cuando determinados productores comenzaron a cuestionar unas cuantas inercias que parecían escritas sobre piedra. Y en Rioja la piedra, conviene recordarlo, nunca escasea.
La personalidad de Romeo terminó siendo casi tan reconocible como sus vinos. Directo, poco amigo de liturgias innecesarias y frecuentemente tocado con su característica gorra, convirtió esa apariencia informal en una suerte de firma involuntaria. En un sector donde a veces una descripción de cata parece necesitar traductor simultáneo, él proyectaba otra imagen: la del bodeguero pendiente de la viña, la barrica, el corcho y hasta el último detalle.
De una cueva centenaria al vino elaborado en un garaje
La historia de Bodega Contador comenzó en 1995, cuando Romeo adquirió una cueva centenaria situada bajo el castillo de San Vicente de la Sonsierra. Allí elaboró en 1996 la primera cosecha de La Cueva del Contador mientras comenzaba, poco a poco, a comprar viñedos para construir un proyecto que inicialmente tenía mucho más de obstinación personal que de gran empresa vinícola.
El nombre tampoco salió de una reunión de marketing. La cueva se encontraba en el antiguo barrio de bodegas de San Vicente, junto al lugar donde tradicionalmente se almacenaba, contaba y vendía el vino. De ese pasado nació Contador, una palabra sencilla que acabaría viajando bastante más lejos de lo que probablemente sugerían aquellas primeras elaboraciones casi artesanales.
En 1999 llegó la primera añada de Contador, su vino emblemático. Y en 2001 Romeo acondicionó el garaje de la casa de sus padres para poder elaborar más vino del que permitía la pequeña cueva. La escena tiene algo de paradoja deliciosa: uno de los vinos españoles que terminarían codeándose con las etiquetas más prestigiosas del planeta salió de un garaje familiar. El lujo, de vez en cuando, empieza con una puerta metálica.
Los 100 puntos Parker que llevaron Contador al mundo
El gran salto llegó con las cosechas 2004 y 2005 de Contador. Ambas recibieron la máxima puntuación, 100 puntos, de la publicación vinculada al influyente crítico estadounidense Robert Parker. Lograrla una vez podía situar una botella bajo los focos internacionales; repetirla con la añada siguiente convirtió el nombre de Benjamín Romeo en uno de los más reconocibles del vino español.
La importancia de aquella puntuación resulta difícil de entender fuera del contexto de esos años. Robert Parker ejercía una influencia extraordinaria sobre compradores, distribuidores, coleccionistas y mercados internacionales. Una décima imaginaria podía mover precios; cien puntos podían cambiar la dimensión comercial de una bodega. Contador entró así en la élite internacional, aunque Romeo mantuvo después una relación bastante menos reverencial con aquel éxito de lo que cabría esperar.
Él mismo explicó años más tarde que no había explotado comercialmente aquellos 100 puntos Parker tanto como podría haberlo hecho. Prefirió compartir el impulso con quienes habían respaldado el proyecto desde sus comienzos en lugar de lanzarse a una expansión desbocada. Hay empresarios a los que el éxito les construye una torre; a Romeo, aparentemente, no consiguió sacarlo demasiado de la viña.
Un Rioja moderno construido desde parcelas pequeñas
Su forma de trabajar ayuda a explicar por qué Contador terminó adquiriendo esa reputación. Romeo defendía un control minucioso de prácticamente todo el proceso, desde la elección y manejo de los viñedos hasta la selección de la uva, la madera, la crianza o incluso elementos aparentemente secundarios como los corchos y la presentación final.
Bodega Contador llegó a trabajar alrededor de 50 hectáreas repartidas en decenas de parcelas, muchas con cepas conducidas tradicionalmente en vaso. La diversidad de altitudes, orientaciones, suelos y microclimas permitía construir vinos a partir de pequeñas piezas del paisaje de la Sonsierra. No era una idea especialmente revolucionaria para un campesino de hace un siglo; sí lo parecía, curiosamente, en una industria que durante décadas había tendido a homogeneizar bastante las procedencias.
La vendimia manual, la selección rigurosa y el empleo de materia orgánica en el viñedo formaban parte de una filosofía obsesionada con el detalle. En bodega, Romeo también trabajó con fermentaciones en tinos de madera, crianza en roble francés y movimientos del vino condicionados incluso por los ciclos lunares. Tradición y tecnología convivían sin demasiada ceremonia. El objetivo no era hacer arqueología vinícola, sino elaborar vinos capaces de expresar el lugar.
Una bodega diseñada para desaparecer dentro del paisaje
El crecimiento del proyecto terminó haciendo pequeño incluso el garaje. Entre 2004 y 2006 Romeo diseñó junto al arquitecto Héctor Herrera la nueva Bodega Contador, construida entre 2006 y 2008 e inaugurada el 21 de junio de 2008, coincidiendo con el solsticio de verano.
El edificio, situado a los pies de San Vicente de la Sonsierra, fue concebido mediante tres terrazas adaptadas a los desniveles naturales. Esa estructura permite trabajar por gravedad y reduce determinados movimientos mecánicos de la uva y del vino. Los muros de hormigón visto y las cubiertas vegetales buscaban otra cosa menos técnica y más sencilla de explicar: que la bodega pareciera formar parte de la tierra.
No era una mala metáfora para su creador. Romeo podía vender buena parte de sus vinos fuera de España y recibir reconocimientos internacionales, pero San Vicente siguió siendo el centro de gravedad. De allí procedían las viñas, las historias familiares y buena parte de los nombres que fueron apareciendo en sus botellas.
Contador, Alma y una familia escrita en etiquetas
La gama construida por Benjamín Romeo terminó formando una especie de árbol genealógico líquido. Contador y La Cueva del Contador convivieron con Predicador, Qué Bonito Cacareaba, La Viña de Andrés Romeo y otros vinos de pequeñas parcelas. Algunos nombres estaban directamente relacionados con su familia.
La Viña de Andrés Romeo remitía a su padre y a un viñedo familiar, mientras que Carmen homenajeaba a su madre. Años después llegaría Alma de Contador, presentado a partir de la cosecha 2020 y concebido pensando en su hija pequeña, Alma. Su hijo mayor, Andrés, participó además en el diseño de la etiqueta de aquella primera añada. De ahí que hablar de Romeo como padre de Contador y Alma tenga una doble lectura: una pertenece al vino; la otra, literalmente, a su familia.
Alma de Contador representó también un movimiento comercial relevante. El vino entró en La Place de Bordeaux, la histórica red de negociantes bordeleses utilizada para distribuir algunas de las etiquetas más prestigiosas del mundo. Para un productor que había empezado vinificando en una cueva de su pueblo, semejante recorrido posee cierta geometría imposible de fabricar desde un despacho.
El viñedo del futuro seguía estando en la tierra
En sus últimos años Romeo tampoco parecía demasiado interesado en vivir de los laureles —ni siquiera de dos laureles de 100 puntos—. Entre sus proyectos figuraba El Llano de la Madera, una apuesta por viñedos situados a gran altitud con la mirada puesta en las consecuencias del cambio climático sobre Rioja.
La lógica era sencilla y a la vez incómoda: si las temperaturas suben, determinadas zonas que anteriormente resultaban demasiado frías pueden convertirse en espacios útiles para la viticultura del futuro. Romeo llevaba años trabajando sobre terrenos elevados y poco alterados, intentando anticipar un escenario en el que conservar frescura y equilibrio en la uva será cada vez más complicado. Otra vez la misma idea. Mirar hacia delante sin arrancar las raíces.
La huella de Benjamín Romeo permanece en la Sonsierra
La muerte de Benjamín Romeo deja al Rioja sin uno de los productores que mejor encarnaron su transformación reciente. No inventó la tradición ni necesitó fingir que lo hacía. Tomó una cultura vitícola heredada, la llevó hacia una interpretación muy personal y consiguió que vinos nacidos en San Vicente de la Sonsierra fueran buscados en algunos de los mercados más exigentes del mundo.
Quedan Contador, Alma, Predicador y La Cueva del Contador, junto a las parcelas que convirtió en protagonistas cuando todavía era más cómodo hablar simplemente de Rioja. Queda también aquella cueva centenaria, el garaje de sus padres, la bodega hundida visualmente en el paisaje y una gorra que terminó formando parte del personaje casi sin proponérselo.
Los 100 puntos Parker explican por qué Benjamín Romeo alcanzó fama internacional. No explican del todo por qué su muerte ha tenido semejante eco en el mundo del vino. Eso está en otra parte: en haber demostrado que un proyecto nacido a escala diminuta, pegado a unas pocas viñas y a un pueblo de la Sonsierra, podía sentarse en la misma mesa que los grandes nombres internacionales sin pedir permiso ni cambiar demasiado el acento.

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