Salud
¿Cuántas muertes causa el calor en España? Ya son 4.191 este verano
España suma 4.191 muertes atribuibles al calor desde mayo, con julio como peor mes y agosto golpeando con especial dureza aún a los mayores.

España acumula 4.191 muertes atribuibles a las altas temperaturas en el balance del Plan Calor 2026 hasta el 15 de agosto. La cifra, estimada por el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), dibuja un verano especialmente duro: solo durante la primera mitad de agosto se atribuyen al calor 1.108 fallecimientos, 146 más que en esas mismas fechas de 2025.
Hay una precisión fundamental. No significa que 4.191 certificados de defunción indiquen literalmente “golpe de calor”. MoMo calcula mediante modelos estadísticos qué parte de la mortalidad observada puede asociarse al exceso de temperatura. Es decir, mide una huella mucho más amplia: personas cuyo organismo, a menudo ya debilitado por la edad o por enfermedades previas, no consigue soportar ese estrés térmico. El calor puede no aparecer escrito en el certificado y, sin embargo, haber empujado el desenlace.
Julio concentra casi la mitad de las muertes atribuibles al calor
La distribución de las 4.191 muertes ayuda a entender la dimensión del episodio. El balance contabiliza 123 fallecimientos entre el 22 y el 31 de mayo, 936 durante junio, 2.024 en julio y otros 1.108 entre el 1 y el 15 de agosto. Julio, por sí solo, concentra prácticamente la mitad de toda la mortalidad atribuible registrada en ese periodo.
El dato de agosto tampoco es menor. Esas 1.108 muertes en apenas quince días representan 146 más que las 962 estimadas para la primera quincena de agosto de 2025, un incremento cercano al 15%. Dentro de la serie disponible desde 2015, se trata del tercer registro más elevado para una primera mitad de agosto: únicamente 2022, con 1.225 fallecimientos estimados, y 2018, con 1.197, quedaron por encima.
Y hay otra comparación que resulta incómoda. Durante todo el periodo del Plan Calor de 2025, hasta el 30 de septiembre, MoMo estimó 3.832 muertes atribuibles al exceso de temperatura. En 2026, el balance acumulado utilizado hasta mediados de agosto alcanza ya las 4.191, es decir, 359 más que en toda la campaña anterior, aunque los periodos comparados no tienen la misma duración y los datos actuales todavía pueden revisarse.
Las personas mayores soportan la parte más dura
El perfil de las víctimas vuelve a ser muy claro. De las 1.108 muertes atribuibles al calor durante la primera quincena de agosto, 1.070 correspondían a mayores de 65 años y 659 a personas de más de 85. Apenas 38 casos estimados quedaron por debajo de los 65 años. Por sexo, se contabilizaron 670 mujeres y 438 hombres.
No es una casualidad estadística. El envejecimiento reduce la capacidad del organismo para regular correctamente su temperatura y la percepción de la sed puede disminuir. A eso se suman enfermedades cardiovasculares, respiratorias o neurológicas, determinados tratamientos farmacológicos, problemas de movilidad y viviendas que acumulan calor durante días. Sanidad considera especialmente vulnerables también a lactantes, menores de cuatro años, embarazadas y personas con enfermedades crónicas.
El peligro no empieza necesariamente en los 40 grados
Uno de los errores más habituales consiste en imaginar el riesgo térmico como una frontera universal: 40 grados, alarma; 39, tranquilidad. La realidad funciona de otra manera. Los umbrales sanitarios se adaptan territorialmente porque una temperatura que resulta relativamente habitual en un punto de España puede generar un impacto mucho mayor en otro. El Plan Calor 2026 divide el territorio en 182 zonas de meteosalud, agrupadas según características climáticas semejantes.
Sanidad calcula que el riesgo de mortalidad atribuible a una ola de calor aumenta entre un 9,1% y un 10,7% por cada grado que la temperatura ambiente supera el umbral de riesgo establecido para la salud. El problema, pues, no es únicamente la postal abrasadora del termómetro a 43 grados. También cuenta cuánto dura el episodio, cuánto refresca —o no— durante la noche y hasta qué punto el cuerpo dispone de horas reales para recuperarse.
Qué significa realmente una muerte “atribuible al calor”
La diferencia entre una muerte por golpe de calor y una muerte atribuible a las altas temperaturas es crucial para interpretar correctamente estos datos. Un golpe de calor diagnosticado es un episodio clínico concreto: la temperatura corporal se dispara, falla la termorregulación y pueden aparecer alteraciones neurológicas, convulsiones, pérdida de conciencia y daño multiorgánico.
MoMo mira algo distinto y más grande. Analiza la mortalidad diaria observada, la compara con la esperada según los patrones históricos e incorpora la relación estadística con las temperaturas. Trabaja con registros de mortalidad, información demográfica y datos meteorológicos para calcular los fallecimientos que pueden atribuirse al exceso térmico. No identifica uno por uno a 4.191 fallecidos concretos, ni sostiene que todos murieran directamente de un golpe de calor.
El ejemplo de 2025 permite apreciar bien la diferencia. Sanidad contabilizó entonces 25 muertes confirmadas por golpe de calor durante la campaña, mientras MoMo estimó 3.832 fallecimientos atribuibles al exceso de temperatura. No hay contradicción entre ambas cifras: están midiendo fenómenos distintos. Una mide casos clínicos notificados; la otra intenta capturar el impacto del calor sobre el conjunto de la mortalidad.
Ese impacto suele producirse de una manera menos espectacular, pero mucho más extendida. Una persona mayor con insuficiencia cardiaca puede deshidratarse, sufrir una descompensación y fallecer sin haber presentado un golpe de calor clásico. Alguien con una enfermedad respiratoria puede soportar peor varias noches sofocantes consecutivas. El calor actúa entonces como factor agravante, una presión añadida sobre organismos que ya funcionan con poco margen.
El verano de 2026 llegó caliente incluso antes de empezar
La señal de alarma apareció pronto. Mayo de 2026 registró 101 defunciones atribuibles a las altas temperaturas, según el balance publicado por Sanidad a comienzos de junio, el valor más alto para ese mes desde el inicio de la serie en 2015. Era 3,6 veces superior a la media de los meses de mayo de la década anterior. El verano astronómico ni siquiera había empezado y el impacto sanitario ya estaba sobre la mesa.
El Plan Nacional de Actuaciones Preventivas frente al exceso de temperatura quedó activado el 13 de mayo de 2026 y mantiene su periodo ordinario hasta el 30 de septiembre, aunque contempla vigilancia flexible desde principios de mayo hasta mediados de octubre. Los nuevos umbrales sanitarios se calcularon revisando la relación entre mortalidad y temperaturas máximas entre 2012 y 2023, excluyendo 2020 y 2021 para evitar las distorsiones provocadas por la pandemia.
El precedente tampoco invita a tratar estas cifras como una anomalía fugaz. Entre 2015 y 2025, MoMo estima 27.564 muertes atribuibles a altas temperaturas en España. El mayor impacto anual de esa serie corresponde a 2022, con 4.789 fallecimientos, seguido hasta entonces por 2025, con 3.832. El acumulado provisional de 2026 se encuentra ya a 598 muertes de aquella cifra de 2022, aunque comparar una campaña todavía abierta con balances anuales cerrados exige prudencia.
Agosto todavía mantiene el riesgo sobre el mapa
El balance conocido termina el 15 de agosto, pero el calor no terminó ese día. AEMET mantenía para el 18 y el 19 de agosto temperaturas muy elevadas en distintas zonas de España, con avisos especialmente intensos y valores capaces de superar ampliamente los 40 grados en algunos puntos. La predicción estacional para agosto, septiembre y octubre de 2026 señala, además, una probabilidad muy alta de temperaturas medias dentro del tercil cálido en todo el país.
Esto importa porque los balances de MoMo son dinámicos. Los datos diarios se van incorporando y las estimaciones pueden revisarse conforme llega nueva información. Las 4.191 muertes, por tanto, son una fotografía estadística de un periodo determinado, no la cifra definitiva de la campaña de 2026.
Cuando el calor deja de ser solo una cuestión meteorológica
Durante años, una jornada de temperaturas extremas podía presentarse casi como una curiosidad estival: playas llenas, fuentes, helados derritiéndose y un número enorme junto al dibujo de un sol. La dimensión sanitaria obliga a mirar detrás de esa imagen. El calor extremo es también un problema de salud pública, especialmente cuando persiste y las noches dejan de proporcionar alivio.
La prevención tampoco se reduce a “aguantar” mejor el verano. Sanidad insiste en beber agua con frecuencia incluso sin sensación de sed, permanecer en lugares frescos, limitar la actividad física en las horas centrales y vigilar especialmente a quienes viven solos o tienen enfermedades que aumentan su vulnerabilidad. No parece sofisticado. Precisamente por eso funciona: frente al estrés térmico, unas horas en un espacio fresco o una hidratación adecuada pueden marcar una diferencia bastante más seria de lo que sugiere una botella de agua sobre la mesa.
Las 4.191 muertes atribuibles al calor sitúan esa realidad en una escala difícil de ignorar. No son 4.191 golpes de calor certificados y sería incorrecto presentarlos así; son la estimación del exceso de mortalidad asociado a las temperaturas elevadas. Una distinción técnica que cambia la forma de contar el dato, pero no le resta gravedad. Más bien al contrario: revela que el impacto del calor muchas veces ocurre lejos de la escena evidente de una emergencia, dentro de una habitación que no refresca, después de varias noches malas, sobre un cuerpo que sencillamente tenía cada vez menos margen.

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