Síguenos

Naturaleza

¿Puede colapsar la AMOC y enfriar Europa más de lo que se esperaba?

El posible colapso de la AMOC inquieta a la ciencia: Europa afrontaría cambios profundos en temperaturas, lluvias, tormentas y nivel del mar.

Publicado

el

sequía Europa colapso AMOC

Sí, la circulación meridional de retorno del Atlántico, más conocida por sus siglas AMOC, puede debilitarse de forma profunda e incluso alcanzar un punto de colapso. Lo que la ciencia no puede afirmar, al menos con los datos disponibles, es que ese desenlace sea inminente ni ponerle una fecha fiable en el calendario. La imagen de una corriente oceánica que se apaga de repente y congela media Europa pertenece más al cine de catástrofes que a la oceanografía. El problema real es menos cinematográfico, bastante más lento y, precisamente por eso, más incómodo.

La evidencia acumulada apunta con bastante claridad a que la AMOC se debilitará durante este siglo a medida que avance el calentamiento global. Sobre cuánto, a qué ritmo y hasta dónde puede llegar ese debilitamiento continúa una discusión científica importante. Un trabajo publicado en 2026, combinando observaciones con modelos climáticos, estimó un descenso cercano al 50% a finales de siglo, más intenso que el sugerido por la media de muchos modelos. Al mismo tiempo, otras simulaciones encuentran mecanismos capaces de mantener una circulación debilitada incluso bajo condiciones climáticas extremas. No es una contradicción absurda: distintos trabajos están intentando iluminar partes diferentes de un sistema oceánico gigantesco y difícil de observar.

Qué es realmente la AMOC y por qué importa tanto a Europa

Conviene empezar desmontando una confusión habitual. La AMOC no es la corriente del Golfo, aunque ambas estén relacionadas. La corriente del Golfo es una corriente superficial impulsada en buena medida por los vientos y la rotación terrestre; la AMOC es un sistema mucho mayor, una especie de cinta transportadora tridimensional que mueve masas de agua, calor y sal entre el Atlántico tropical y las altas latitudes del norte.

El mecanismo, contado sin necesidad de convertir el océano en una clase de física, funciona aproximadamente así: aguas cálidas y saladas avanzan hacia el norte; allí pierden calor, aumentan su densidad y una parte se hunde, regresando hacia el sur a gran profundidad. Es un viaje lento, inmenso. Nada parecido a un grifo que alguien cierra una tarde.

Esta circulación ayuda a transportar enormes cantidades de energía hacia el Atlántico Norte y condiciona temperaturas, precipitaciones, tormentas y nivel del mar en distintas regiones. Europa occidental disfruta de un clima mucho más suave de lo que correspondería únicamente a su latitud gracias a un conjunto de factores atmosféricos y oceánicos en el que la circulación atlántica desempeña un papel importante.

Reconstrucciones climáticas sugieren que el sistema se encuentra en un estado débil comparado con buena parte del último milenio, aunque determinar exactamente cuánto corresponde al calentamiento provocado por el ser humano y cuánto a la variabilidad natural del Atlántico sigue siendo complejo. Las mediciones directas continuadas, además, son relativamente jóvenes para un fenómeno cuya variabilidad se desarrolla durante décadas.

El agua dulce puede atascar una maquinaria movida por densidades

Una pieza fundamental del problema está alrededor de Groenlandia y del Atlántico subpolar. El calentamiento aumenta la fusión del hielo, las precipitaciones y otros aportes de agua dulce al océano. Esa agua es menos salada y, por tanto, menos densa. Si las masas superficiales encuentran más dificultades para hundirse en las regiones donde tradicionalmente se forman aguas profundas, la circulación puede perder fuerza.

Ahí aparece una de las grandes preocupaciones: una AMOC debilitada transporta menos sal hacia determinadas regiones del Atlántico Norte, lo que puede favorecer nuevos cambios de densidad y alimentar procesos de retroalimentación. A partir de cierto punto, al menos en determinados modelos, la circulación deja de responder suavemente y entra en otro régimen. Eso es lo que los climatólogos llaman un punto de inflexión o tipping point.

No existe un termómetro mágico que diga cuándo se rompe

Durante años se ha intentado expresar ese riesgo mediante una temperatura crítica: tantos grados de calentamiento global y la AMOC entra en territorio peligroso. El problema es que el océano, bastante poco considerado con nuestros titulares sencillos, parece comportarse de manera más complicada.

Un estudio publicado en agosto de 2026 plantea precisamente eso. Las simulaciones muestran que la estabilidad de la AMOC puede depender no solo de cuánto se caliente finalmente el planeta, sino de la rapidez del calentamiento. Con un aumento muy lento del CO₂, el modelo utilizado consiguió mantener estable la circulación incluso con alrededor de 5,5 grados de calentamiento global; cuando el forzamiento climático fue más rápido, aparecieron colapsos con niveles de calentamiento sustancialmente menores, alrededor de los 2 grados en determinados experimentos.

Eso no significa que alcanzar dos grados implique automáticamente el colapso de la AMOC. Sería una lectura incorrecta. Se trata de resultados obtenidos en simulaciones concretas que muestran algo más interesante: la trayectoria importa. El océano necesita tiempo para reajustar temperatura, salinidad, evaporación, hielo marino y circulación profunda. Calentarlo rápidamente puede impedir algunos de esos mecanismos de adaptación.

¿La AMOC colapsará durante este siglo?

No hay una respuesta científica cerrada. Y conviene desconfiar tanto del titular que anuncia el apocalipsis atlántico para una fecha concreta como del que despacha el asunto diciendo que no ocurre nada.

El sexto informe de evaluación del IPCC estableció que la AMOC se debilitaría muy probablemente durante el siglo XXI y consideró, con confianza media, que no se produciría un colapso abrupto antes de 2100. Desde entonces han aparecido investigaciones que sugieren riesgos mayores y otras que encuentran más resistencia de la esperada.

En 2025, por ejemplo, un estudio analizó 34 modelos climáticos y encontró que el ascenso de aguas profundas impulsado por los vientos del océano Austral podía mantener funcionando una AMOC debilitada incluso con forzamientos extremos. Dicho de manera sencilla: parte de la maquinaria podría continuar girando aunque el motor del Atlántico Norte pierda mucha potencia.

Pero en 2026 otro estudio basado en restricciones observacionales calculó una reducción de aproximadamente el 51% hacia finales de siglo, con un rango probable alrededor del 42% al 58%. Es una caída mucho mayor que la media obtenida directamente de numerosos modelos climáticos y coloca a la circulación más cerca de estados potencialmente inestables.

La fotografía científica, por tanto, se parece menos a un semáforo verde o rojo que a una carretera entre la niebla. Sabemos la dirección general: el calentamiento ejerce presión sobre la AMOC. Sabemos también que una pérdida importante de fuerza tendría consecuencias. Lo que todavía no conocemos con suficiente precisión es la distancia exacta hasta un posible punto de no retorno.

Qué ocurriría en España si la circulación atlántica colapsara

Aquí aparece otra paradoja fácil de convertir en un titular tramposo: un planeta más caliente podría provocar un enfriamiento regional en Europa. No porque desaparezca el calentamiento global, sino porque cambiaría drásticamente la distribución del calor.

Las simulaciones climáticas muestran que, en un escenario de colapso, el enfriamiento europeo sería mayor hacia el noroeste del continente. En la península ibérica, el descenso de la temperatura media podría situarse aproximadamente entre dos y cuatro grados en las zonas occidentales y septentrionales en algunos modelos. No es una predicción para las próximas décadas; es el resultado de experimentar virtualmente con una AMOC colapsada. La diferencia es esencial.

España tampoco se transformaría en Finlandia. El efecto sería desigual y coexistiría con un planeta que seguiría reteniendo energía debido a los gases de efecto invernadero. El Mediterráneo continuaría teniendo su propia dinámica, mientras el oeste peninsular estaría más expuesto a los cambios del Atlántico.

También podría alterarse la circulación atmosférica europea. Algunas simulaciones encuentran una Europa más fría y seca, acompañada de modificaciones del chorro polar y de los temporales atlánticos. El resultado aparentemente contradictorio —menos precipitación media pero episodios tormentosos distintos o más intensos en determinadas regiones— recuerda que clima y tiempo meteorológico no son sinónimos.

El reparto de lluvias cambiaría mucho más allá de España. Una modificación profunda del transporte de calor entre hemisferios desplazaría las bandas tropicales de precipitación y afectaría al Caribe, Sudamérica, África y los sistemas monzónicos asiáticos. Lo que empieza como una anomalía en el Atlántico Norte acaba tocando agricultura, recursos hídricos y ecosistemas a miles de kilómetros.

El nivel del mar también cambiaría, incluso sin añadir agua

Uno de los efectos menos intuitivos de un debilitamiento de la AMOC está en el nivel regional del océano. El mar no tiene la misma altura en todas partes como si fuera una bañera inmóvil. Corrientes, vientos, gravedad, temperatura y densidad redistribuyen el agua continuamente.

Una circulación atlántica mucho más débil permitiría que el nivel del mar aumentara adicionalmente en determinados sectores del Atlántico Norte. Las simulaciones de colapso muestran aumentos regionales importantes, particularmente alrededor de Groenlandia, Islandia, Escandinavia y la costa atlántica norteamericana, mientras que el efecto sería menor en otras partes del planeta.

Es otro motivo por el que hablar simplemente de la temperatura de Europa se queda corto. La AMOC está conectada con costas, pesca, ecosistemas marinos, precipitaciones y almacenamiento oceánico de calor y carbono. Una alteración profunda del sistema no sería una rareza meteorológica, sino una reorganización de una pieza del clima terrestre.

El error de imaginar un Atlántico que se apaga de un día para otro

Hollywood hizo bastante por popularizar la AMOC y bastante menos por explicar cómo funciona. Un colapso no congelaría Nueva York en una tarde ni levantaría una pared de hielo camino de Madrid. Los cambios simulados se desarrollarían durante décadas o incluso siglos, dependiendo del mecanismo y del modelo utilizado.

También hay que distinguir debilitamiento, punto de inflexión y colapso. Una AMOC un 30%, 40% o 50% más débil sigue siendo una circulación activa. Atravesar un punto de inflexión significa que determinadas retroalimentaciones pueden empujar al sistema hacia otro estado incluso aunque el proceso completo tarde mucho tiempo en materializarse. Y un colapso suele definirse en los estudios como una reducción extrema de la circulación profunda, no necesariamente como la desaparición de cada corriente superficial del Atlántico.

Por eso tampoco tiene sentido afirmar que la corriente del Golfo va a desaparecer. Los vientos y la rotación terrestre seguirían impulsando buena parte de esa corriente. Lo que disminuiría de forma radical en un escenario de colapso sería el componente asociado a la circulación profunda y el transporte meridional de calor.

Ese matiz parece pequeño hasta que se compara ciencia con espectáculo. Uno habla de redistribuir lentamente cantidades colosales de energía dentro del sistema climático. El otro necesita que Dennis Quaid encuentre una chaqueta antes de que se congele Manhattan.

Europa no se congelará mañana, pero el Atlántico merece atención

El escenario más respaldado sigue siendo un debilitamiento importante de la AMOC durante este siglo, no una glaciación súbita de Europa. Sin embargo, los estudios publicados en 2025 y 2026 han dejado menos cómodo el viejo mensaje de que basta con mirar una temperatura concreta o confiar en que el sistema seguirá funcionando casi igual hasta 2100.

La investigación reciente muestra dos cosas simultáneamente. Hay mecanismos que pueden hacer a la AMOC más resistente de lo que sugerían algunas previsiones alarmistas y hay, al mismo tiempo, indicios de que su debilitamiento podría ser bastante mayor de lo calculado por la media de los modelos. La velocidad del calentamiento emerge, además, como una variable decisiva.

La incertidumbre no convierte el riesgo en imaginario. Significa exactamente lo contrario de lo que a veces se interpreta: todavía estamos delimitando cuánto puede cambiar un sistema oceánico capaz de alterar el clima de continentes enteros. El Atlántico no tiene previsto imitar una película de catástrofes el próximo martes. Pero tampoco parece dispuesto a permanecer indiferente mientras cambia, cada vez más deprisa, el clima que lleva siglos ayudando a regular.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído