Síguenos

Actualidad

¿Por qué Montenegro puede ser el miembro de la UE en 2028?

Montenegro tiene opciones reales de entrar en la Unión Europea en 2028. No es una promesa hueca ni un deseo de fin de año: el país balcánico ha pasado de los titulares al trabajo de taller y hoy figura como el candidato más avanzado de su región.

Publicado

el

Montenegro miembro UE en 2028

Montenegro acelera su adhesión a la UE: reformas en justicia, euro en uso y cierre técnico en 2026 acercan un posible ingreso viable en 2028.

Montenegro tiene opciones reales de entrar en la Unión Europea en 2028. No es una promesa hueca ni un deseo de fin de año: el país balcánico ha pasado de los titulares al trabajo de taller y hoy figura como el candidato más avanzado de su región. Ha abierto 33 capítulos de negociación y mantiene 12 cerrados de forma provisional, con un plan que busca completar la parte técnica en 2026 para que la decisión final —política, no burocrática— se tome entre 2027 y 2028. El margen existe; el obstáculo, también: demostrar con sentencias firmes que el Estado de derecho funciona sin atajos.

El camino no depende solo de Podgorica. La adhesión requiere la unanimidad de los 27 y las ratificaciones nacionales. Un sí coral que solo llega si la carpeta montenegrina —justicia, lucha contra la corrupción, combate del crimen organizado, garantías institucionales— llega limpia. Dicho de otro modo: el plan “28 by 28” tiene gasolina siempre que los tribunales, la fiscalía y la policía sostengan el ritmo de los últimos dos años y lo conviertan en resultados judiciales visibles. Si ese engranaje aguanta, el resto de piezas encaja.

Dónde está realmente el proceso

A finales de 2025, el expediente montenegrino ofrece una fotografía nítida. Tras una década de “estabilocracia” —estabilidad política con reformas a medio gas—, la alternancia de 2020 abrió una etapa menos acomodada y más funcional. La ministra para Asuntos Europeos, Maida Gorčević, ha marcado hitos por capítulos y plazos verificables; la Delegación de la UE en Podgorica, que encabeza Johann Sattler, ha puesto esas metas en una línea temporal exigente: si los capítulos 23 y 24 (justicia y libertades) no avanzan, nada avanza de verdad.

Los números no lo resuelven todo, pero ayudan a ordenar la discusión. Montenegro —620.000 habitantes, una superficie similar a la provincia española de Córdoba— ha ido cerrando bloques de menor fricción normativa (propiedad intelectual, empresa, ciencia, educación, sociedad de la información) mientras mantenía el foco político en los dos capítulos que condicionan la totalidad del expediente. La lógica es conocida desde la última década: la UE no quiere sorpresas con el Estado de derecho. Quien quiera entrar, primero debe demostrar que su justicia camina sola, que investiga sin mirar el carnet y que sentencia sin temblar.

La ambición es clara: cerrar técnicamente en 2026. Eso implica cumplir los “puntos de cierre” fijados con Bruselas en los capítulos 23 y 24, presentar estadísticas sólidas y trazables (investigaciones, imputaciones, condenas, decomisos), y evitar retrocesos que obliguen a reabrir carpetas. El premio de esa carrera no es entrar de inmediato, sino “pasar al tramo político”: redacción y firma del Tratado de Adhesión, control jurídico, traducciones y votación en el Parlamento Europeo, además de la unanimidad en el Consejo y las ratificaciones nacionales. Un calendario milimetrado que empujaría el desenlace a 2028.

El punto crítico: justicia y corrupción

No hay atajos. Los capítulos 23 y 24 son el metro con el que se mide cualquier reforma en los Balcanes Occidentales. Montenegro ha renovado altas instancias judiciales, reforzado la fiscalía especial anticorrupción y reactivado causas dormidas. El país carga con herencias: décadas de poder concentrado, redes clientelares, tentaciones de control político de las togas. La pregunta ya no es si se investiga; es si se condena y si se recupera dinero público con sentencias firmes. El vocabulario europeo —track record— no busca titulares, sino resultados que aguanten apelaciones.

Ese expediente judicial no vive aislado. Para sostenerlo hace falta una administración pública que funcione, estadísticas comparables con los estándares europeos, y una cultura institucional donde los nombramientos no parezcan intercambios de cromos partidistas. Montenegro ha pisado el acelerador y, por primera vez en años, no solo aprueba las normas; empieza a hacerlas cumplir. Falta lo más difícil: convertir esa inercia en una serie larga de casos que se recuerden por el desenlace, no por la conferencia de prensa.

El propio Gobierno ha asumido esa vara alta. No se trata de poblar titulares con detenciones, sino de culminar expedientes. Si en 2026 se encadenan sentencias contra corrupción de alto nivel, con recuperación de activos y cooperación judicial efectiva, el argumento políticos-jurídico se transforma. Deja de ser “Montenegro promete” para pasar a “Montenegro ha hecho”.

Economía pequeña, euro en el bolsillo

El otro gran bloque es económico. Montenegro opera con euro desde 2002, de forma unilateral. Eso obliga a resolver en el tramo final una cuestión técnica —la adopción formal del euro dentro del marco comunitario— que, en la práctica, nadie considera un muro. El país ya vive integrado en la circulación financiera europea, avanza en pagos SEPA y se mide con un relatado de convergencia fiscal que, a día de hoy, resulta manejable: déficit por debajo del 3% y deuda en torno al 60% del PIB, tras un pico cercano al 100% en la fase aguda pospandemia.

El primer ministro, Milojko Spajić, economista de 38 años formado entre Asia, Europa y Estados Unidos, vende un mensaje simple a inversores y a capitales europeas: no hay riesgo sistémico. Su apuesta es una disciplina fiscal que no asfixie el crecimiento, abrir la economía a inversión productiva y evitar aventuras que desestabilicen las cuentas. La estructura económica, eso sí, es frágil: turismo como columna vertebral, servicios y construcción como motores auxiliares, sensibilidad elevada a cualquier shock que vacíe hoteles o frene proyectos.

Funcionando con el euro, la economía no tiene palanca cambiaria. Gana en previsibilidad y pierde en herramientas de ajuste. Por eso la credibilidad fiscal es un activo: evita que el coste de financiación salga caro, sostiene al sistema bancario y deja espacio para políticas públicas anticíclicas cuando toca. Lo demás suena a manual de adhesión: competencia, ayudas de Estado, contratación pública, medioambiente. Capas de legislación que hay que transcribir a procedimientos y que, en el día a día, obligan a cambiar rutinas administrativas. No es vistoso, pero es lo que queda después.

La fotografía de renta explica otro argumento de Podgorica: con un PIB per cápita por encima del resto de candidatos balcánicos y ya en torno al 50% de la media comunitaria, el país no dispararía necesidades presupuestarias dentro de la UE. A eso se aferra una diplomacia que insiste en lo mismo: “no habrá una ola migratoria hacia Berlín, París o Roma cuando entremos; ya estamos muy integrados”. Puede discutirse el tono, no el dato: la integración económica con la UE es la autopista que Montenegro recorre desde hace años.

Política y geopolítica: unanimidad o nada

La adhesión no se dirime solo en números. Pesa el contexto político europeo, con elecciones, gobiernos frágiles y debates internos sobre el ritmo de la ampliación. La regla es simple y difícil a la vez: unanimidad. Un país puede pedir garantías adicionales o levantar un veto por razones propias. Montenegro no es el expediente más sensible —ni por tamaño ni por impacto presupuestario—, pero no está inmunizado frente a las coyunturas de otras capitales. Esa es la parte del proceso que no controla del todo.

El argumento geopolítico le suma puntos. Desde 2017, Montenegro es miembro de la OTAN, se ha alineado al 100% con la política exterior y de seguridad de la UE —incluidas sanciones contra Rusia después de la invasión de Ucrania— y ha evitado ambigüedades que complican a otros vecinos. En un Adriático disputado en lo simbólico, la entrada de un país pequeño, euroizado de facto, con alineamiento militar y diplomático, resulta un gesto de coherencia estratégica: refuerza la estabilidad en el vecindario y reduce espacio a actores externos.

También cuenta la lección aprendida de los préstamos chinos para la autopista Bar–Boljare. Aquella obra, con financiación del Exim Bank de China, dejó un aviso serio al Tesoro montenegrino y una conclusión que hoy forma parte del guion: las grandes infraestructuras no pueden hipotecar a un país de esta escala. Ese giro —más proyecto europeo, menos deuda opaca— encaja con la sensibilidad de Bruselas, cansada de sobresaltos en su perímetro.

En el tablero doméstico, la distribución de roles es clara. Jakov Milatović, economista como Spajić, ejerce la Presidencia con un europeísmo pragmático; el primer ministro, más técnico, concentra la maquinaria económica y la voz ante inversores; y la responsable de la negociación, Maida Gorčević, hace de pegamento entre ministerios para que las directivas no se queden en papel. Sobre la mesa, un calendario: 2026 como año de cierre técnico; 2027–2028, tramo político.

Riesgos y palancas a favor

Hay un puñado de cosas que pueden torcerse. La primera, obvia: que la justicia no llegue a tiempo. Investigar es más fácil que condenar; y condenar con garantías, más difícil que abrir causas. Si los casos de alto perfil se atascan o se caen en apelación, el edificio entero cruje. La segunda: que el ciclo político europeo añada ruido. Un proceso de ratificación necesita ventanas tranquilas; una elección reñida en un Estado miembro puede convertir la adhesión en moneda de cambio coyuntural.

La tercera está en la economía real. Una mala temporada turística, un frenazo en la construcción o una subida del coste de financiación pueden tensar el déficit y devolver la deuda a una pendiente incómoda. Sin política monetaria propia, el ajuste recae sobre gasto e ingresos: decisiones que cuestan. Un cuarto vector, más conocido de lo que parece en la región, es el de la desinformación. Cualquier expediente de adhesión es campo abonado para campañas que tratan de desgastar instituciones y sembrar dudas sobre el rumbo occidental.

También hay inercias a favor. La administración ha ganado oficio negociando capítulos y trasladando directivas a la vida diaria; el alineamiento exterior con la UE es completo; la economía, con euro y mercado abierto, ya está dentro de la órbita comunitaria; y el tamaño del país convierte la adhesión en un movimiento de bajo coste político y alto rendimiento simbólico para una UE que busca recomponer la narrativa de la ampliación. En suma: si 2026 termina con un track record judicial convincente, 2028 deja de ser un sueño y se convierte en una posibilidad operativa.

La geografía y la demografía juegan su partida silenciosa. Más del 80% del territorio es montañoso, el cañón del Tara es el más profundo de Europa y la costa adriática concentra riqueza y empleo. Un país pequeño, fácil de recorrer en coche, pero que en términos administrativos aprendió a funcionar con compromisos: no hay mayoría étnica dominante. Esa diversidad —montenegrinos, serbios, bosniaks, albaneses, croatas y minorías más pequeñas— obliga a pactar. Es una desventaja si se convierte en bloqueo; es una ventaja si se transforma en cultura institucional.

La política reciente ayudó a limpiar la pizarra. Tras 25 años de dominio de un solo partido y de una sola figura al frente, el mapa se movió en 2020. La alternancia cortó inercias, cambió los centros de gravedad y empujó reformas que parecían siempre al borde, nunca en marcha. Los últimos dos años, con la llegada de Spajić al Gobierno en octubre de 2023, consolidaron esa aceleración. Ya no se discute si hay que entrar en la UE; se discute cómo hacerlo más rápido sin estrellarse en la curva de la justicia.

El euro en el bolsillo, la OTAN como ancla y el alineamiento con la política exterior europea constituyen una tríada que acorta debates en el Consejo. Si el expediente técnico llega sin baches, será difícil argumentar que un país así debe esperar en la antesala mientras otros —con menos avances y más ruido— adelantan posiciones. La UE necesita casos de éxito para demostrar que la ampliación no es un capítulo congelado de manual, y Montenegro se ofrece como el ejemplo que cabe en una ficha y se entiende en una frase.

2028 como posibilidad concreta, no eslogan

Queda un tramo exigente y dos relojes sincronizados. El primero, el propio, exige resultados judiciales, regularidad administrativa y prudencia fiscal. El segundo, el comunitario, pide alinearse con ventanas políticas reales: si el Tratado de Adhesión puede firmarse en 2027, si el Parlamento Europeo y los 27 están en disposición de votar sin cargas domésticas, si las ratificaciones nacionales encuentran tiempo y clima. Montenegro ha puesto su mitad: 12 capítulos en ámbar, 33 abiertos, una hoja de ruta que señala 2026 como año de cierre técnico y una diplomacia que no se esconde.

De aquí al desenlace, la escena más importante no será una rueda de prensa. Estará en los tribunales: nombres, delitos, penas, confiscaciones. La credibilidad europea siempre ha descansado en ese punto: las grandes palabras importan, las sentencias deciden. Si llegan, Podgorica volverá a mirar al Adriático con otra luz. Si fallan, el eslogan “28 by 28” se quedará como una bonita campaña.

Hoy, la balanza se inclina hacia la posibilidad. Un país que ya usa euro, que se sienta en la OTAN, que comercia mayoritariamente con la UE y que ha alineado su diplomacia con Bruselas, parte con ventaja en el sprint final. Falta demostrar que la justicia va por libre y que la política no se interpone. Si eso ocurre, la pregunta con la que se abría este texto dejará de ser una duda razonable y pasará a ser una fecha. Montenegro habrá hecho su parte y Europa, que a veces tarda en decidir, tendrá una oportunidad fácil de enviar un mensaje nítido a su vecindario: se entra por méritos, y los méritos cuentan.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído