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La crisis que deja a Corea del Sur con menos niños y pediatras

Menos nacimientos no han evitado las esperas: la pediatría afronta menos residentes, pocos recursos y una demanda desigual.

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Corea del Sur se está quedando sin niños

La caída de los nacimientos en Corea del Sur está debilitando una especialidad que necesita tiempo, experiencia y una red preparada para atender urgencias: la pediatría. El país no solo tiene menos niños; también se enfrenta a una escasez de médicos dispuestos a formarse para tratarlos, con hospitales infantiles desbordados en algunos momentos y familias que pueden esperar días para encontrar una cama. La paradoja es que una población infantil más pequeña no elimina la necesidad de atención pediátrica, pero sí hace más difícil sostener los equipos y los recursos que la prestan.

Las cifras demográficas ayudan a entender el cambio, aunque no lo explican por completo. El índice de fecundidad surcoreano fue de 0,78 hijos por mujer en 2022 y descendió a 0,72 en 2023, según los datos citados en la información de referencia. No se trata del número de nacimientos en un año, sino del promedio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida si se mantuvieran las tasas observadas. La crisis pediátrica nace de la combinación de menos pacientes futuros y un sistema que no ha ajustado sus incentivos a esa realidad.

Una natalidad mínima cambia el mapa de la pediatría

Un índice de 0,78 implica que cada generación tiene muchos menos hijos que la anterior, mientras que para mantener estable la población se suele situar el nivel de reemplazo en torno a 2,1 hijos por mujer. La diferencia no se traduce de inmediato en que desaparezcan los niños de las salas de espera: la demografía tarda en reflejarse y la atención médica sigue siendo imprescindible para quienes ya han nacido. Pero sí altera las expectativas de quienes eligen una especialidad, de los hospitales que organizan sus servicios y de las autoridades que financian la asistencia. La reducción de nacimientos modifica el horizonte laboral de la pediatría antes de vaciar sus consultas.

En los hospitales, además, el descenso agregado no significa que la demanda se reparta de manera uniforme. Un niño con neumonía o una afección respiratoria grave necesita atención aunque haya menos menores en el conjunto del país; en una urgencia, una cama disponible y un equipo especializado no pueden sustituirse con la idea de que habrá menos pacientes en el futuro. En junio de 2023, una sala de espera de un hospital infantil en las afueras de Seúl estaba llena durante la mañana, con niños conectados a goteros y familias que aguardaban desde primeras horas. La escasez puede convivir con una población infantil menguante cuando la capacidad de respuesta no acompaña las necesidades concretas.

La presión también tiene un componente temporal. La atención pediátrica no consiste solo en consultas programadas: requiere poder responder a enfermedades agudas, ingresos y complicaciones, que no se presentan con un calendario ordenado. Una menor cantidad de nacimientos puede reducir la base de pacientes a largo plazo, pero no hace previsible qué hospital recibirá a un niño enfermo ni cuándo necesitará una cama. Esa diferencia entre tendencia demográfica y demanda inmediata ayuda a explicar por qué las familias aún pueden encontrarse con esperas prolongadas. Menos niños en promedio no equivale a menos urgencias en cada centro y en cada momento.

El desplome de residentes revela el problema de fondo

La señal más clara de que la profesión ha perdido atractivo aparece en la formación de nuevos especialistas. La tasa de contratación de residentes de pediatría, que se situaba en el 97,4% en 2013, cayó al 16,3% durante el primer semestre de 2023, de acuerdo con los datos del Ministerio de Salud y Bienestar surcoreano recogidos en la información disponible. La diferencia refleja una dificultad para cubrir las plazas de formación, no una medida directa del número total de pediatras que seguían trabajando. El desplome de las plazas cubiertas anticipa una renovación mucho más débil de la plantilla.

Para un médico que está decidiendo su futuro, el tamaño de la población infantil importa, pero no es el único factor. También cuentan los ingresos, las condiciones de trabajo y la perspectiva de poder ejercer con recursos suficientes. En una comparación de 23 departamentos clínicos, los pediatras aparecían como los médicos con menores ingresos, según datos del Servicio de Evaluación y Revisión del Seguro de Salud. Esa posición puede hacer que otras áreas resulten más atractivas para quienes empiezan la residencia. La baja fecundidad reduce las expectativas de pacientes, mientras la diferencia de ingresos añade otro freno a la elección de la especialidad.

La preocupación no es únicamente cuántos profesionales hay hoy, sino cuántos podrán incorporarse después. La formación de especialistas lleva tiempo, de modo que una caída brusca de las solicitudes no se corrige de un año para otro. Si menos graduados optan por pediatría, los hospitales tienen menos margen para reemplazar a quienes dejan el trabajo o para reforzar los servicios existentes. La relación entre menos nacimientos y menos residentes, por tanto, no es automática ni inmediata, pero puede consolidar un círculo difícil de romper: menos perspectivas, menor interés y una capacidad asistencial más frágil. La falta de relevo convierte un problema de contratación en un riesgo para la continuidad del servicio.

Las esperas muestran lo que significa la falta de capacidad

En junio de 2023, una madre contó que había esperado alrededor de dos semanas para conseguir una cama hospitalaria para su hijo de 3 años, que padecía una neumonía que no terminaba de remitir después de semanas de tratamiento. El relato ilustra el impacto familiar de las listas de espera, pero también el límite de una explicación puramente demográfica: para un niño enfermo, el descenso de la natalidad no reduce la gravedad de su dolencia ni el tiempo que necesita un médico. La falta de camas transforma una estadística nacional en una incertidumbre cotidiana para las familias.

Ese mismo año, en mayo, un niño de 5 años en Seúl murió después de sufrir una laringitis aguda y ser enviado a casa al no encontrarse una cama en varios hospitales. El caso generó alarma entre los médicos, que temían que situaciones similares se repitieran. No es posible concluir, a partir de un episodio aislado, que todos los hospitales infantiles estén en las mismas condiciones ni que cada muerte responda a una única causa. Sí muestra, sin embargo, por qué la disponibilidad de plazas y la coordinación entre centros son cuestiones esenciales cuando un menor requiere atención urgente. La saturación puede tener consecuencias graves incluso cuando la enfermedad no parece, al principio, extraordinaria.

El problema se percibe con especial dureza porque la pediatría atiende a pacientes que dependen de los adultos para acceder al sistema y cuya condición puede cambiar con rapidez. Cuando una familia recibe negativas de varios centros, la búsqueda de atención se convierte en parte de la crisis. Los testimonios de médicos recogidos en 2023 advertían de pacientes que fallecían después de pasar por distintos servicios de urgencias. Esa denuncia describe una preocupación profesional, no una medida estadística de la frecuencia de esos desenlaces; aun así, señala la importancia de que exista una respuesta coordinada. Una red con pocos recursos puede fallar justo en el trayecto entre un hospital y otro.

Por qué tener menos pacientes no hace más rentable la especialidad

La pediatría tiene una característica que vuelve especialmente delicado el ajuste económico: necesita disponibilidad para atender a niños aunque el número de consultas varíe. Un servicio no puede funcionar como si cada jornada tuviera una demanda idéntica; debe mantener personal y capacidad para responder a situaciones imprevisibles. Cuando disminuye la población infantil, un sistema de financiación que no se adapta puede dejar a los centros con menos ingresos o menos incentivos para sostener determinados servicios, sin que desaparezca la necesidad de cubrir urgencias. La demanda puede caer en el conjunto y seguir siendo crítica en el momento en que un niño necesita ayuda.

Los pediatras surcoreanos han atribuido parte de la dificultad a un sistema de seguro que no se ha ajustado adecuadamente a los cambios demográficos y han reclamado recursos adicionales para atraer profesionales. El Ministerio de Salud y Bienestar reconoció limitaciones y anunció medidas, entre ellas retirar la designación de centro regional de emergencias a hospitales que no ofrecieran una atención adecuada a pacientes pediátricos. La medida apunta a la responsabilidad de los centros, pero no sustituye por sí sola la contratación de médicos ni amplía automáticamente el número de camas. Exigir una atención adecuada y hacer posible que los hospitales la presten son problemas relacionados, pero distintos.

La diferencia entre ambos planos importa porque las políticas pueden corregir una parte del problema y dejar intacta otra. Una sanción o un cambio de categoría administrativa puede presionar a una institución para mejorar su respuesta; para sostener turnos y servicios, hacen falta profesionales que acepten trabajar en pediatría y una financiación que cubra las necesidades reales. En la información disponible no se detallan presupuestos concretos ni resultados posteriores de esas medidas, por lo que no puede afirmarse que hayan resuelto la escasez. La eficacia de una reforma depende de que los incentivos, la plantilla y la capacidad hospitalaria avancen a la vez.

La decisión de no tener hijos tiene causas que van más allá del dinero

La caída de la fecundidad tampoco puede entenderse como una simple respuesta a ayudas económicas insuficientes. En Corea del Sur, algunas mujeres jóvenes describen una tensión entre construir una carrera profesional y asumir casi en solitario el cuidado de los hijos. Las largas jornadas de trabajo, el temor a que la maternidad perjudique la trayectoria laboral y la persistencia de expectativas tradicionales sobre las tareas domésticas aparecen como factores que pesan en esa decisión. El coste de formar una familia incluye tiempo, oportunidades profesionales y una distribución desigual de los cuidados.

La educación de los hijos añade otra presión. Aunque la enseñanza estatal sea gratuita, la competencia escolar lleva a muchas familias a pagar clases particulares para que sus hijos no se queden atrás. En los datos citados por la información de referencia, un estudio de 2022 señalaba que solo el 2% de los padres no pagaba esas clases y que el 94% las consideraba una carga económica. El gasto no es solo una factura: también refleja la expectativa de que criar a un niño implica acompañarlo en una carrera educativa exigente desde edades tempranas. Para algunas familias, el coste de la crianza empieza mucho antes de la universidad.

La dificultad de conciliar trabajo y cuidados ayuda a entender por qué las subvenciones no bastan. Los gobiernos surcoreanos habían destinado 379,8 billones de wones, equivalentes en la información citada a 286.000 millones de dólares, a medidas relacionadas con la baja natalidad durante casi dos décadas. Entre los apoyos descritos figuraban pagos a familias, vivienda subvencionada y cobertura de gastos médicos, incluida la fecundación in vitro para personas casadas. Pese a ese esfuerzo, la fecundidad siguió descendiendo. El volumen del gasto no garantiza un cambio si las condiciones cotidianas que desalientan la maternidad permanecen intactas.

Una crisis demográfica que también afecta a la pediatría

En 2023, unos 600 integrantes de una asociación de pediatría que contaba con 3.000 miembros asistieron a un seminario presentado como una salida de la especialidad. El encuentro ofrecía información sobre procedimientos estéticos, como el bótox, y sobre enfermedades crónicas de adultos, áreas que podían abrir una vía profesional distinta. La escena condensó el descontento de parte del colectivo: no solo faltaban aspirantes a las plazas de residencia, sino que algunos médicos ya formados contemplaban cambiar de campo. La dificultad para atraer nuevos pediatras convive con la tentación de abandonar la especialidad.

Ese movimiento no significa que todos los asistentes fueran a dejar la pediatría ni permite calcular cuántos médicos lo hicieron. Su relevancia es otra: muestra hasta qué punto la percepción de futuro puede influir en las decisiones profesionales. Si una especialidad se asocia a ingresos relativamente bajos, presión asistencial y menos pacientes esperados, un seminario sobre otras áreas funciona como señal de alarma para el sistema. La profesión necesita algo más que vocaciones individuales para mantenerse; también depende de que sus condiciones permitan ejercerla de manera sostenible. La reputación de una especialidad puede cambiar antes que las cifras de la población a la que atiende.

El debate, por tanto, no enfrenta simplemente a un país con menos niños y una pediatría sobredimensionada. Lo que describen los datos es una transición en la que la cantidad de menores disminuye, las familias siguen necesitando atención y la formación de especialistas pierde atractivo. Reducir el problema a la natalidad deja fuera la organización de los hospitales, el seguro médico, los ingresos comparados y la distribución de los cuidados que influye en las decisiones de tener hijos. La crisis pediátrica es una consecuencia visible de una transformación social más amplia, no un efecto aislado de una cifra.

También conviene distinguir entre el futuro demográfico y la atención que requieren los niños de hoy. Las proyecciones sobre una población envejecida o una fuerza laboral futura más pequeña explican por qué las autoridades consideran preocupante la fecundidad, pero no resuelven las urgencias actuales. Para las familias, el indicador decisivo puede ser más inmediato: encontrar un pediatra, una cama o un servicio capaz de recibir a un menor enfermo. La respuesta pública tendrá que atender a la vez el largo plazo de la población y la fragilidad presente de la asistencia infantil.

El futuro dependerá de algo más que sumar nacimientos

La experiencia surcoreana deja una advertencia: intentar elevar la natalidad sin atender a las condiciones que rodean la crianza puede producir ayudas costosas sin cambiar las decisiones de fondo. Las mujeres citadas en los reportajes sobre el país señalaron obstáculos distintos, desde jornadas laborales extensas y desigualdad en el cuidado hasta el coste de la educación y la dificultad de sostener una carrera después de ser madre. No existe una única causa ni una medida que resuelva por sí sola todos esos factores. La política demográfica necesita responder a cómo se vive y se cuida, no solo a cuántos hijos nacen.

Para la pediatría, además, revertir una tendencia de nacimientos no bastaría para cubrir de inmediato las plazas vacantes. La formación requiere años, y los hospitales necesitan capacidad para atender a quienes ya forman parte de la población infantil. La planificación sanitaria debe considerar que una cifra nacional no revela por sí sola dónde se concentran las necesidades ni qué especialidades están perdiendo profesionales. Reforzar la atención infantil exige mirar más allá del recuento de cunas y calcular qué red clínica hace falta para sostenerla.

Corea del Sur no se queda sin niños de un día para otro, y sus hospitales no pueden prescindir de pediatras porque nazcan menos. La caída de la fecundidad estrecha el horizonte de la especialidad, mientras las condiciones laborales y económicas debilitan su capacidad de atraer médicos. Entre ambos cambios queda la realidad de las familias que todavía necesitan atención. El desafío consiste en evitar que una generación cada vez menor encuentre también una asistencia cada vez más difícil de alcanzar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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