Síguenos

Actualidad

Tres grietas ponen en jaque la tregua entre Irán y EE.UU.

La pausa militar se tambalea entre acusaciones cruzadas, una negociación frágil y el pulso estratégico por Ormuz.

Publicado

el

Quién es Ghalibaf

La tregua entre Estados Unidos e Irán ha quedado en entredicho antes de que la negociación consiga asentarse. Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní y principal negociador de Teherán, sostiene que Washington ha incumplido tres puntos del entendimiento: el alcance del alto el fuego en Líbano, la prohibición de nuevas incursiones en el espacio aéreo iraní y el reconocimiento del derecho iraní a enriquecer uranio. Para el dirigente, hablar en esas condiciones resulta irrazonable.

La disputa no consiste solo en decidir si se respetó una pausa militar. También enfrenta dos versiones incompatibles sobre qué se acordó y quién puede fijar las condiciones de la negociación. Estados Unidos niega que Líbano formara parte de la tregua y mantiene una postura muy restrictiva sobre el programa nuclear iraní; Teherán afirma que esos asuntos sí estaban incluidos. Mientras las partes discuten el texto, la posibilidad de reanudar los ataques sigue presente y el tráfico por Ormuz continúa bajo presión.

Tres incumplimientos que Teherán considera decisivos

Ghalibaf ha señalado tres aspectos concretos que, según Irán, contradicen los compromisos asumidos para abrir una pausa y preparar conversaciones. El primero es la continuidad de los ataques en Líbano, que Teherán considera parte del cese de hostilidades. El segundo es la denuncia de la entrada de un dron en el espacio aéreo iraní. El tercero afecta al enriquecimiento de uranio, que el Gobierno iraní asegura que estaba contemplado en el punto seis de su propuesta. La acusación procede de Teherán y no implica que Washington acepte esa interpretación del acuerdo.

La respuesta estadounidense sobre Líbano ha sido especialmente clara: el vicepresidente JD Vance ha dicho que Washington no aceptó incluir ese frente en la tregua. Donald Trump también ha sostenido que se trata de un conflicto separado. Para Teherán, en cambio, dejar fuera a Líbano vacía de sentido una pausa regional, porque las operaciones militares allí afectan a sus aliados y a su posición en Oriente Próximo. La divergencia no es una disputa menor de redacción: cada lado atribuye al acuerdo un alcance distinto.

En el caso del dron, la acusación iraní convierte una posible incursión en una cuestión de soberanía. Teherán sostiene que una prohibición de nuevas violaciones del espacio aéreo formaba parte de las condiciones pactadas; Washington no ha reconocido públicamente, en la información disponible, que se haya producido una infracción de ese compromiso. La diferencia entre una denuncia y un hecho confirmado importa, sobre todo cuando una declaración puede elevar la tensión. Pero también importa el efecto político: para las autoridades iraníes, una tregua que no protege su territorio pierde credibilidad antes de consolidarse.

Líbano expone la fragilidad del alto el fuego

El frente libanés es el punto donde la discrepancia se vuelve más visible. Mientras Washington describe la guerra de Israel en Líbano como separada de su entendimiento con Irán, Teherán afirma que el cese debía abarcar también ese territorio. Los ataques israelíes contra posiciones e infraestructura vinculadas a Hezbolá han mantenido la violencia en marcha durante la pausa. Para la población libanesa, la diferencia diplomática no es abstracta: significa que los bombardeos pueden continuar aunque se anuncie una tregua entre Washington y Teherán. La pausa no se percibe como regional si uno de sus frentes sigue activo.

La controversia también pone a prueba la mediación de Pakistán. El primer ministro Shehbaz Sharif presentó el entendimiento como una vía para detener las hostilidades y abrir una negociación. Si Islamabad transmitió un alcance amplio y Washington entendió que Líbano quedaba fuera, el mediador debe intentar salvar una diferencia que amenaza la confianza de ambas partes. Una mediación puede facilitar contactos, trasladar propuestas y ofrecer un lugar para reunirse, pero no puede imponer una lectura compartida si los gobiernos no aceptan el mismo punto de partida. El desacuerdo sobre Líbano se ha convertido, por tanto, en una disputa sobre la fiabilidad del proceso.

También está en juego el papel de Israel y la conexión entre los distintos escenarios de la crisis. Para Teherán, Líbano forma parte de un equilibrio regional más amplio, en el que sus aliados son una fuente de influencia y disuasión. Para Washington e Israel, aceptar que una tregua con Irán limite automáticamente las operaciones israelíes supondría reconocer un vínculo que ambos han rechazado. Esa diferencia estratégica explica por qué resulta difícil resolver el asunto con una fórmula ambigua. Una cláusula imprecisa puede aplazar el choque, pero no elimina la disputa sobre quién decide dónde se aplica el alto el fuego.

El uranio devuelve la negociación a su conflicto de fondo

La cuestión nuclear es más profunda que una discrepancia sobre una cláusula concreta. Irán sostiene que su propuesta incluía el reconocimiento del derecho al enriquecimiento de uranio, mientras Trump ha dejado claro que Washington no aceptará que Teherán obtenga un arma nuclear. Esas posiciones no son idénticas a una prohibición o autorización sin límites: cualquier acuerdo tendría que precisar qué actividades se permiten, bajo qué controles y con qué garantías. Pero, antes de discutir esos mecanismos, las partes ya chocan por el principio que creen haber acordado. El programa nuclear sigue siendo el núcleo político de la negociación.

Para las autoridades iraníes, el enriquecimiento tiene un significado que va más allá de la tecnología. Está ligado a la soberanía nacional y a la posibilidad de no negociar desde una posición de capitulación. Para Washington, impedir que Irán consiga un arma nuclear es una línea roja declarada por Trump, que ha reiterado que Estados Unidos no permitirá ese desenlace. La dificultad reside en que las declaraciones públicas de ambos lados reducen el margen para una fórmula intermedia: cada gobierno debe demostrar que no ha cedido en aquello que presenta como esencial. La tregua suspende la confrontación, pero no resuelve la incompatibilidad de fondo.

La disputa sobre el punto seis revela, además, que las delegaciones aún no comparten una versión común del documento que debería guiar las conversaciones. Si una parte entiende que un principio ya fue aceptado y la otra lo considera todavía sujeto a negociación, no existe una base estable para avanzar. El riesgo es que cada sesión empiece con una discusión sobre lo dicho previamente, en lugar de acercar posiciones sobre límites, supervisión o garantías. En ese contexto, el lenguaje de los dirigentes cumple una función interna: Ghalibaf se dirige también a los sectores iraníes que rechazarían una negociación presentada como una renuncia. La batalla por el relato acompaña a la negociación técnica.

De las amenazas a la diplomacia, un ciclo que erosiona la confianza

En declaraciones posteriores, Ghalibaf ha acusado a Trump de mantener una diplomacia de gestos repetidos: anunciar ataques, retirarlos y volver a presentar la negociación como inminente. El presidente estadounidense, por su parte, ha afirmado que el final de la guerra podría estar cerca y que participa en los contactos. También ha sostenido que Teherán no podrá prolongar mucho más el conflicto. Los mensajes describen una escena contradictoria: cada lado proclama que tiene ventaja y, a la vez, intenta atribuir al otro la iniciativa para negociar. Ese vaivén hace más difícil distinguir una señal de apertura de una táctica de presión.

Trump ha asegurado que canceló un ataque de gran escala después de que, según su versión, Irán y otros países de la región pidieran detenerlo para dar espacio a la diplomacia. Las autoridades iraníes han rechazado esa narración, y Ghalibaf ha instado a Washington a cumplir sus compromisos en vez de alternar amenazas y ofertas de diálogo. La secuencia importa porque una negociación necesita que las partes crean que las pausas y las promesas durarán lo suficiente para producir resultados. Cuando cada anuncio se presenta como una victoria propia y una retirada del adversario, la confianza queda subordinada a la propaganda política.

El dirigente iraní ha descrito ese patrón como una diplomacia teatral repetida, una crítica dirigida tanto al contenido de los mensajes como a su ritmo. La alternancia entre amenazas militares y afirmaciones de que un acuerdo está próximo puede servir para presionar al contrario, pero también genera dudas entre los mediadores y los mercados. No basta con que los gobiernos se sienten a hablar; deben poder reconocer qué compromisos siguen vigentes y qué asuntos continúan abiertos. De lo contrario, cada nuevo comunicado reabre el desacuerdo anterior. La negociación se desgasta cuando las palabras no fijan expectativas compartidas.

Islamabad mantiene abierto el canal, no despeja el camino

Pakistán ha ofrecido Islamabad como escenario para los contactos y ha tratado de sostener el canal entre Washington y Teherán. En una primera ronda, Ghalibaf encabezó la delegación iraní, mientras Estados Unidos preparaba un equipo de alto nivel. La continuidad de las gestiones indica que ninguna de las partes ha cerrado por completo la vía diplomática. Sin embargo, la presencia de delegaciones no equivale a un acuerdo ni demuestra que exista confianza. La mesa sigue disponible, pero el desacuerdo sobre sus reglas precede a cualquier avance sustantivo.

Teherán ha expresado una profunda desconfianza y ha dicho que abordará la diplomacia con cautela. Esa postura encaja con la acusación de que los compromisos se han incumplido incluso antes de empezar formalmente las conversaciones. Washington, a su vez, ha insistido en que el proceso debe avanzar con rapidez y dentro de un marco que considera aceptable. La prisa y la cautela tiran en direcciones opuestas: una parte busca resultados inmediatos y la otra teme que el calendario corto sirva para forzar concesiones. La mediación puede mantener el contacto, pero no sustituye las garantías que las partes no se conceden.

Para Islamabad, el desafío consiste en impedir que las versiones contrapuestas conviertan la reunión en un intercambio de reproches. Si Irán cree que el alcance del alto el fuego fue presentado de forma distinta a lo pactado, su confianza en el mediador puede resentirse; si Washington entiende que se atribuyeron al acuerdo condiciones que no aceptó, también puede resistirse a la formulación. La diplomacia pakistaní tiene influencia como canal, aunque su capacidad depende de que ambos gobiernos sigan encontrando utilidad en ese espacio. El éxito inicial de reunir a las partes no garantiza que puedan acordar qué se está negociando.

Ormuz convierte la incertidumbre política en coste económico

El estrecho de Ormuz es una de las principales rutas mundiales para el transporte de energía y, en el material de referencia, se estima que por allí circula más del 20% del petróleo y del gas natural licuado comercializados globalmente. En condiciones habituales, el tránsito se sitúa entre 80 y 130 barcos diarios. Durante la crisis, el tráfico cayó con fuerza y la navegación quedó sujeta a incertidumbre, controles y amenazas. Un paso marítimo estrecho puede transmitir el impacto de una disputa regional a los mercados de todo el mundo.

La tregua había despertado expectativas de alivio, pero el movimiento de los buques no recuperó de inmediato la normalidad. Irán y Omán han mantenido conversaciones sobre la reapertura del estrecho y sobre las rutas de navegación, y Teherán ha señalado que un acuerdo estaba cerca de concretarse. El debate sobre esas rutas también implica una cuestión de autoridad: Irán reivindica control sobre la zona y sobre las condiciones de tránsito, mientras otros países y operadores necesitan garantías de paso. Que haya conversaciones sobre la navegación no significa que el riesgo comercial haya desaparecido.

El precio del crudo ofrece una medida rápida de esa inquietud. En una fase de la crisis, el Brent subió más del 8% y superó los 103 dólares por barril, según los datos recogidos en la información de referencia. La amenaza no depende únicamente de un cierre total del estrecho: la incertidumbre sobre inspecciones, seguros y seguridad puede encarecer el transporte y trasladarse a los costes de la energía. Cuando se anunció la tregua, los futuros del S&P 500 llegaron a repuntar un 2,3% y los mercados asiáticos también rebotaron. El alivio financiero fue una apuesta condicionada a que la pausa se mantuviera.

Las consecuencias no se limitan al precio del petróleo

La perturbación de una ruta energética puede extenderse mucho antes de que aparezca en el precio que pagan los consumidores. Navieras y aseguradoras calculan el riesgo de cada trayecto; las empresas deben valorar retrasos y desvíos, y los mercados incorporan la posibilidad de que la oferta se reduzca. Incluso sin un bloqueo completo, la expectativa de interrupciones puede añadir costes al barril, al flete y a otros eslabones de la cadena. La incertidumbre también tiene un precio, aunque los barcos sigan navegando.

Por eso las declaraciones de Teherán sobre nuevas capacidades y opciones militares tienen una dimensión económica. Ghalibaf ha insinuado que Irán ha utilizado el tiempo de la tregua para prepararse, sin precisar una acción concreta. Esa ambigüedad puede funcionar como advertencia y disuasión, pero también deja abierta la interpretación de posibles respuestas en el Golfo o en otras áreas de la región. No hay base para afirmar que una medida específica vaya a ejecutarse; sí la hay para observar que la mera posibilidad de una escalada mantiene en alerta a los operadores y a los gobiernos dependientes de la energía.

La volatilidad no se explica solo por el petróleo. La duración de la guerra afecta a las previsiones económicas, la confianza de los inversores y el coste de asegurar operaciones comerciales. Si la pausa se prolonga, parte de la prima asociada al riesgo puede moderarse; si se rompe, esa reacción puede invertirse con rapidez. Los repuntes registrados tras el anuncio del alto el fuego mostraron que los mercados respondían a una expectativa, no a una solución firme. La economía reaccionó al espacio que abrió la tregua, no a la desaparición de las causas del conflicto.

Una tregua discutida todavía puede abrir espacio político

La acusación iraní no permite afirmar por sí sola que el alto el fuego haya terminado. Lo que muestra es que su legitimidad está cuestionada por una de las partes y que no hay consenso sobre sus términos. Washington sostiene que Líbano quedó fuera; Teherán lo incluye. Irán denuncia una incursión aérea y la negación de su derecho al enriquecimiento; Estados Unidos mantiene sus propias líneas rojas y rechaza la interpretación iraní del marco. La tregua está en vigor como pausa política, pero su alcance sigue siendo objeto de disputa.

Ghalibaf ha mantenido una doble señal: denuncia que negociar bajo amenazas carece de sentido y, al mismo tiempo, no ha descartado los contactos. Trump también ha combinado afirmaciones de que la guerra se acerca a su fin con advertencias y exigencias sobre el programa nuclear. Esa combinación no es necesariamente una contradicción accidental: cada dirigente intenta conservar margen de maniobra, tranquilizar a sus aliados y evitar que su propia opinión pública interprete la negociación como una derrota. Pero cuanto más se construye la diplomacia para el consumo interno, más difícil resulta hacer concesiones discretas. El desafío consiste en convertir la pausa en compromisos que ambas partes puedan reconocer.

En el centro del episodio quedan tres cuestiones que se alimentan entre sí: si Líbano pertenece al alto el fuego, qué garantías protegen el espacio aéreo iraní y qué lugar ocupa el enriquecimiento de uranio en un posible acuerdo. Ormuz añade una dimensión económica inmediata, mientras Islamabad intenta mantener abierto el contacto. Ningún mediador puede borrar esas diferencias con una declaración, pero el canal diplomático conserva valor precisamente porque la alternativa es una nueva escalada con consecuencias regionales y globales. La estabilidad dependerá menos de los anuncios de victoria que de que Washington y Teherán acepten una misma descripción de lo que deben cumplir.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído