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¿Por qué las milicias de Irak no salen al rescate de Irán?

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milicias de Irak no salen al rescate de Irán

Irak contiene a sus milicias mientras Irán encaja golpes. Poder, dinero y miedo explican por qué Teherán se queda más sola

Irán pasó años levantando en Irak una red de milicias chiíes que parecía hecha para este momento: presión militar, capacidad de intimidación, influencia política y una frontera útil para proyectar poder sin enseñar siempre la mano. Sin embargo, en plena ofensiva de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, esa maquinaria no ha reaccionado como muchos daban por hecho. Las facciones iraquíes más próximas a Teherán, entre ellas Kataib Hezbollah y Harakat al Nujaba, han mantenido un perfil mucho más bajo del esperado, con acciones escasas, señales ambiguas y, sobre todo, una prudencia que hace unos años habría parecido casi una herejía dentro del llamado Eje de la Resistencia.

Lo que está ocurriendo no es una simple pausa táctica. Es algo más serio y bastante más incómodo para Teherán. La guerra ha dejado al descubierto que buena parte de las milicias iraquíes ya no se mueven solo por disciplina ideológica ni por obediencia automática a Irán. Hoy pesan más la supervivencia, el negocio, el poder interno en Bagdad y el miedo a una represalia devastadora de Washington o de Israel. El dato clave no es solo que no hayan entrado de lleno en combate; el dato clave es que muchas de ellas, después de años presentándose como la vanguardia armada del proyecto iraní en la región, han empezado a comportarse como lo que ya son: actores políticos con intereses propios, dinero que proteger y demasiadas cosas que perder.

El silencio de las milicias que antes marcaban el paso

En otro momento, una ofensiva directa contra Irán habría activado de inmediato a varias de las facciones chiíes iraquíes más cercanas a la Guardia Revolucionaria. Esa era la teoría y también la imagen que durante años cultivó Teherán: una constelación de grupos armados capaces de responder desde varios frentes, desgastar a sus enemigos y convertir cualquier ataque contra la República Islámica en una crisis regional de gran escala. Pero esta vez el ruido no ha llegado desde Irak con la fuerza esperada. Ha habido tensión, mensajes cruzados, advertencias y algunos episodios de violencia bajo siglas poco claras o con atribuciones borrosas, pero no una entrada abierta, coordinada y potente de los grandes grupos iraquíes. Y eso, en sí mismo, ya es una noticia de primer orden.

El contraste se nota todavía más porque hablamos de organizaciones que no nacieron ayer ni son peones menores. Kataib Hezbollah, Asaib Ahl al Haq, la Organización Badr o Nujaba forman parte de una galaxia armada que Irán ayudó a financiar, entrenar y conectar con paciencia quirúrgica durante años. Algunas ganaron peso combatiendo la ocupación estadounidense; otras se legitimaron después en la guerra contra Estado Islámico; varias entraron más tarde en la estructura oficial del país a través del Hashd al Shaabi, las Fuerzas de Movilización Popular. Esa evolución las hizo más fuertes, sí, pero también más pesadas, más complejas y menos libres para actuar como una simple milicia de trinchera. Ya no son solo combatientes, son también administración, influencia, patronazgo y aparato.

Ese cambio explica parte del desconcierto que se ve ahora. Desde fuera se tendía a imaginar que el eje proiraní funcionaba como una cadena de mando compacta, casi vertical, con Teherán pulsando un botón y los distintos brazos regionales moviéndose a la vez. La realidad nunca fue tan limpia. Irak, además, complica cualquier simplificación. Allí las facciones chiíes cooperan y rivalizan al mismo tiempo, comparten enemigos pero se disputan ministerios, contratos, territorios, puestos de seguridad, aduanas y acceso al presupuesto. Lo que hoy aparece como silencio también es una forma de hablar: dice que la prioridad inmediata de muchos jefes milicianos ya no es salvar la imagen de Irán, sino salvar su posición dentro de Irak.

Cómo Irán convirtió Irak en su gran retaguardia árabe

La apuesta iraní por Irak venía de lejos, aunque se aceleró con toda claridad tras la invasión estadounidense de 2003. La caída de Sadam Husein abrió un vacío inmenso y, dentro de ese vacío, Irán vio una ocasión histórica. Tenía frontera, vínculos religiosos con la mayoría chií iraquí y una oportunidad estratégica evidente: impedir que Bagdad volviera a convertirse en una amenaza y, al mismo tiempo, transformar el país en un espacio de influencia durable. Desde entonces, Teherán no solo exportó apoyo militar, también extendió asesoramiento político, redes religiosas, dinero, armamento, cuadros intermedios y una cultura de coordinación entre grupos armados que terminó siendo decisiva en toda la región.

En ese diseño, la figura de Qassem Soleimani fue central. El jefe de la Fuerza Quds no era únicamente un general célebre; era el gran engrasador del sistema. Hablaba con jefes de milicia, cerraba disputas, distribuía respaldo, imponía prioridades y tejía un hilo común entre Irak, Siria, Líbano y, en otro registro, Yemen y Gaza. Soleimani entendió antes que muchos que Irak podía funcionar como bisagra estratégica: desde allí se podía presionar a Estados Unidos, garantizar corredores logísticos hacia Siria, sostener a Hezbollah en Líbano y mantener a raya cualquier deriva demasiado autónoma del poder iraquí. Su asesinato en enero de 2020, en un ataque estadounidense cerca del aeropuerto de Bagdad, no rompió la red de golpe, pero sí le arrancó a Irán su mejor coordinador regional.

Después llegó la guerra contra Estado Islámico, y ahí las milicias chiíes iraquíes dieron un salto definitivo. Con el avance yihadista de 2014, muchas facciones se presentaron como un muro imprescindible para evitar el colapso del Estado iraquí. Fue entonces cuando el Hashd al Shaabi se consolidó como paraguas paramilitar y político. La legitimidad ganada en el campo de batalla las convirtió en algo más que fuerzas auxiliares. A partir de ahí, varios grupos quedaron integrados en estructuras estatales o semiestatales, con presupuesto, salarios, mando territorial y un grado de reconocimiento oficial que cambió por completo la naturaleza del fenómeno. La milicia dejó de estar solo fuera del Estado; empezó a instalarse dentro.

De la guerra insurgente al poder institucional

Ese tránsito es esencial para entender el presente. Una milicia puramente clandestina puede vivir del choque, de la mística y de la lógica del sacrificio. Una estructura que ya participa en el reparto de poder se mueve de otra manera. Las facciones chiíes de Irak no han abandonado su dimensión armada, ni mucho menos, pero muchas se han convertido en máquinas híbridas: conservan cohetes, cuadros militares y capacidad de intimidación, mientras administran negocios, negocian puestos y sostienen partidos o bloques con influencia parlamentaria. En ese punto, el cálculo cambia. La guerra deja de ser solo identidad. Pasa a ser también riesgo de perder privilegios, influencia y dinero.

Eso es justo lo que está pesando ahora. Varias fuentes cercanas a ese entorno han descrito una sensación cada vez más extendida entre mandos iraquíes: las redes regionales de Irán ya no son tan sólidas, el flujo de armas no circula como antes y las viejas certezas se han erosionado. En otras palabras, el paraguas parece más pequeño. Lanzarse de cabeza a una guerra abierta cuando no se tiene claro quién cubre la retirada, quién repone arsenales y quién paga la factura es una apuesta demasiado cara incluso para organizaciones acostumbradas al lenguaje de la resistencia.

El negocio también manda, y mucho

Durante años se habló de estas milicias casi exclusivamente en términos de ideología y seguridad. Era una forma cómoda de contarlas, pero incompleta. En el Irak de hoy, muchas de esas facciones son también actores económicos de peso. Manejan redes de influencia en pasos fronterizos, áreas logísticas, licitaciones, contratos públicos y economías paralelas. Algunas sostienen sistemas clientelares muy amplios y han aprendido a operar en la frontera entre la legitimidad institucional y la coerción. Ese salto del fusil al despacho, y del despacho a la caja, ha alterado la jerarquía de prioridades. El poder ya no se mide solo en capacidad de fuego; se mide también en acceso al Estado.

Por eso la moderación actual no debe leerse como debilidad moral ni como renuncia definitiva al proyecto iraní. Tiene mucho más de realismo oportunista. Quienes hoy mandan en varias de esas organizaciones saben que una escalada total contra Estados Unidos o Israel puede acabar con infraestructuras, depósitos, bases, jefes intermedios y redes económicas que tardaron años en consolidarse. Y saben algo más: si arrastran a Irak a una guerra mayor, pueden despertar una reacción interna muy dura, incluso dentro del propio espacio chií, donde no todos aceptan que el país vuelva a ser usado como campo de batalla por intereses ajenos.

Ahí entra también el factor Mohammed Shia al Sudani, primer ministro iraquí, que lleva tiempo intentando una maniobra dificilísima: mantener equilibrio entre Washington y Teherán, contener a las facciones más imprevisibles y reforzar la idea de que las armas deben quedar bajo control estatal. Es un equilibrio inestable, lleno de contradicciones, porque muchas milicias forman parte del ecosistema que sostiene el poder en Bagdad. Pero esa misma cercanía al Estado las ata. No pueden actuar como si nada tuviera coste político. Cada misil mal calculado, cada ataque que desencadene bombardeos en suelo iraquí, cada episodio que humille al Gobierno central deteriora también la posición de quienes hoy viven cómodamente en esa zona gris entre institución y milicia.

Bagdad no quiere volver a ser el tablero principal

Irak conoce demasiado bien el precio de convertirse en escenario de guerras ajenas. Lo vivió con la invasión estadounidense, con la insurgencia, con la violencia sectaria y con la expansión de Estado Islámico. También lo vivió cada vez que una disputa entre Washington y Teherán se resolvió con explosiones en su territorio. Por eso la contención actual de varias milicias responde asimismo a una presión silenciosa, pero real, desde Bagdad. El mensaje es claro: nadie quiere una repetición del ciclo de ataques y represalias que castiga la soberanía iraquí, espanta inversión, paraliza proyectos y vuelve a colocar al país en la peor posición posible, la de rehén de una confrontación que decide otro.

Ese miedo no es teórico. En 2024, cuando varias facciones alineadas con Irán golpearon objetivos estadounidenses en la región, Washington respondió con bombardeos sobre decenas de posiciones en Irak y Siria vinculadas a la Guardia Revolucionaria y a grupos aliados. Aquello dejó una lección difícil de ignorar: Estados Unidos puede escalar con rapidez y con una potencia que cambia por completo el terreno. La suspensión de operaciones anunciada entonces por Kataib Hezbollah, con el argumento de no poner en apuros al Gobierno iraquí, ya adelantaba la tensión de fondo. El mensaje real era otro: seguir atacando podía salir demasiado caro.

Lo que ha perdido Irán desde 2020

Si las milicias iraquíes dudan, no es solo porque hayan ganado demasiado dentro de Irak. También es porque Irán ha perdido piezas decisivas en su arquitectura regional. La primera fue Soleimani, el gran coordinador. La segunda, y quizá la más simbólica en el plano político y emocional, fue el durísimo castigo recibido por Hezbollah en Líbano y la muerte de Hassan Nasrallah en 2024. Nasrallah no era un actor secundario del eje, ni un simple aliado reverenciado. Era una de sus grandes columnas vertebrales, el líder que daba cohesión, relato, jerarquía y una autoridad casi indiscutible dentro del universo proiraní. Su desaparición golpeó la moral y la operatividad de toda la red.

A eso se sumó la caída de Bashar al Assad a finales de 2024, otro golpe enorme aunque a veces quede menos subrayado. Siria había funcionado durante años como corredor logístico para armas, hombres, apoyo técnico y coordinación entre Irán, Irak y Líbano. No era solo un aliado político de Teherán; era una autopista estratégica. Sin ese corredor, o con ese corredor profundamente dañado, la capacidad de sostener una respuesta regional simultánea se vuelve mucho más incierta. Las milicias iraquíes lo perciben, lo miden y actúan en consecuencia. No se trata solo de fidelidad; se trata de si la infraestructura que antes hacía posible una guerra regional coordinada sigue existiendo del mismo modo. Y la respuesta, a estas alturas, es bastante evidente: ya no.

Ese deterioro del eje no significa que Irán haya perdido toda capacidad de influencia. Sigue conservando aliados armados, cuadros políticos, redes sociales de apoyo y una larga experiencia en guerra indirecta. Pero la imagen de bloque compacto, disciplinado y listo para abrir varios frentes a la vez se ha agrietado. Ahora mismo, lo que aflora es otra cosa: una constelación más fragmentada, más cansada y mucho más sensible al coste. Por eso la ausencia de una gran reacción iraquí no puede interpretarse como una simple anécdota táctica. Es la prueba visible de que el sistema que Teherán construyó con paciencia durante décadas ya no responde con la misma obediencia ni con la misma rapidez.

Qué frena a Kataib Hezbollah, Nujaba y el resto

En el caso de Kataib Hezbollah y Nujaba, el freno parece venir de una mezcla bastante reconocible de cálculo, desgaste y temor. Ambas formaciones figuraban entre las más estrechamente vinculadas a Irán y, por tanto, eran candidatas naturales a protagonizar una respuesta más dura. No ha ocurrido. Eso no significa que hayan roto con Teherán ni que dejen de ser actores peligrosos. Significa que sus dirigentes han empezado a leer el mapa con otros ojos. Ven a Estados Unidos todavía desplegado en la región, ven a Israel golpeando con precisión, ven a Hezbollah debilitado, ven a Siria fuera de la ecuación tal y como la conocían y ven, al mismo tiempo, que dentro de Irak tienen una posición que defender. Demasiados motivos para pensárselo dos veces.

Hay además un detalle muy revelador: parte de la actividad violenta relacionada con este clima de guerra se ha producido bajo marcas difusas, sin la firma abierta y limpia de las grandes siglas. Esa borrosidad no es casual. Permite mandar mensajes, tantear al adversario y preservar margen de negación. Es una forma de actuar sin asumir del todo el coste político y militar. También delata algo importante: la duda. Cuando un actor está convencido, suele firmar. Cuando teme la factura, tiende a esconder la mano o a moverse en gris. El actual comportamiento de varias facciones iraquíes encaja mucho más con lo segundo.

A todo esto se añade una fractura menos visible, pero decisiva, dentro del propio campo chií iraquí. No todas las organizaciones quieren lo mismo, ni todas aceptan el mismo grado de subordinación a Irán. Algunas mantienen una lealtad más ideológica; otras actúan con un pragmatismo feroz; otras combinan ambas cosas según el momento. Esa diversidad, que durante años quedó tapada por la narrativa homogénea del eje, hoy se nota mucho más. Irak habla con varios acentos a la vez, incluso dentro del universo proiraní. Y cuando llega una guerra de alta intensidad, esas diferencias pesan.

El límite que todavía puede prender la mecha

Que las milicias iraquíes se mantengan contenidas no significa que el riesgo haya desaparecido. Más bien al contrario: el escenario sigue siendo extraordinariamente frágil. Hay una línea roja que varios observadores consideran decisiva, y tiene que ver con una eventual matanza de civiles chiíes o con un ataque de gran impacto contra lugares sagrados del chiismo. Si algo así ocurriera, muchas de las reservas actuales podrían evaporarse. No tanto por obediencia automática a Teherán, sino por una reacción identitaria y sectaria con enorme capacidad de movilización en Irak. En ese caso, el paso de la prudencia a la intervención podría ser mucho más rápido de lo que hoy parece.

También influye el estado de ánimo en la calle chií iraquí, que no es uniforme. Hay simpatía hacia Irán en determinados sectores, pero también cansancio con la idea de que Irak deba pagar siempre una factura geopolítica que otros diseñan. Ese desgaste social explica que algunas milicias hayan afinado su discurso. Ya no pueden presentarse sin más como brazo armado de una causa exterior; necesitan envolver sus decisiones en lenguaje iraquí, soberano, casi doméstico. La legitimidad ya no se regala, ni siquiera dentro de sus propios entornos. Se administra.

Mientras tanto, Bagdad intenta ganar tiempo. Sabe que la retirada pactada de la coalición internacional y la futura reducción del papel militar estadounidense pueden alterar otra vez el equilibrio interno. Sabe también que cualquier escalada grande podría dinamitar ese calendario y reforzar a quienes defienden la lógica de las armas por encima de la política. Por eso el Gobierno iraquí no solo teme el misil. Teme el reordenamiento interno que vendría después. Porque una guerra abierta no sacudiría solo a Irán, a Israel o a Estados Unidos; volvería a redibujar Irak desde dentro.

La grieta más incómoda para Teherán

Lo más delicado para Irán no es únicamente que sus aliados iraquíes ataquen poco. Lo realmente delicado es el motivo de esa contención. Durante años, la República Islámica consiguió proyectar la imagen de que había construido una profundidad estratégica casi automática en el mundo árabe: un sistema de apoyos que garantizaría presión constante sobre sus enemigos si llegaba una hora crítica. Esa hora ha llegado, y la respuesta desde Irak ha sido mucho menos rotunda de lo esperado. No por falta de capacidad absoluta, sino porque la lógica interna de esas facciones ha cambiado. La lealtad sigue existiendo, pero ya no manda sola.

La guerra deja así una enseñanza incómoda para todos los actores de la región. Para Irán, porque descubre que sus viejos instrumentos ya no son tan dóciles. Para Estados Unidos e Israel, porque confirma que la red no ha desaparecido y que aún puede activarse si se cruza cierto umbral. Para Irak, porque demuestra que su estabilidad continúa colgando de un equilibrio quebradizo entre milicias armadas, Gobierno central, presión exterior y rivalidades internas. Y para las propias facciones chiíes, porque las obliga a exhibir una contradicción que llevaban tiempo ocultando: quieren seguir siendo resistencia, pero también quieren seguir siendo poder.

Ahí está la fotografía más precisa de este momento. Irán llega a una de sus horas más difíciles con unas milicias iraquíes que miran antes la cuenta de pérdidas, la correlación de fuerzas y el tablero de Bagdad que la épica regional de otros tiempos. No se han convertido en actores moderados. No han dejado de ser peligrosos. No han roto con Teherán. Pero ya no parecen dispuestos a inmolarse por una causa ajena mientras sus propios intereses tiemblan bajo los pies. Ese es el verdadero giro. Y quizá también la grieta más seria que ha mostrado hasta ahora el sistema de alianzas que Irán tardó décadas en construir.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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