Ciencia
Ötzi conserva microbios de la Edad del Cobre y levaduras del glaciar
La momia conserva señales de su intestino prehistórico y levaduras frías que podrían prosperar en el museo.

En Ötzi conviven rastros de bacterias intestinales de la Edad del Cobre, levaduras adaptadas al frío y microorganismos que llegaron durante su conservación en un museo. El hallazgo, publicado en la revista científica Microbiome por investigadores de Eurac Research, dibuja tres capas de historia microscópica sobre y dentro de la momia. Sin embargo, detectar ADN no equivale a demostrar que todos esos microbios estén vivos: las señales más sugerentes de actividad reciente corresponden a algunas levaduras del glaciar, aunque el estudio no permite certificar qué células están creciendo ahora.
La distinción importa porque Ötzi no solo es una cápsula excepcional del pasado. Su cuerpo se conserva en una cámara a -6 grados Celsius y con un 99 % de humedad, condiciones que frenan muchos procesos, pero que no necesariamente eliminan toda forma de vida microscópica. El análisis también muestra que el hielo, el paso del tiempo y las prácticas museísticas han dejado huellas distintas, y plantea una cuestión delicada: conservar la momia significa vigilar también los cambios invisibles que pueden producirse en su microbioma.
Tres historias microscópicas en un mismo cuerpo
El equipo encabezado por Mohamed Sarhan, Marco Samadelli, Albert Zink y Frank Maixner, del Instituto de Estudios de Momias de Eurac Research, buscó distinguir microorganismos propios del cuerpo de Ötzi de los que llegaron después. No es una separación sencilla: la momia pasó miles de años en un entorno glaciar y, desde su hallazgo en 1991, ha permanecido bajo cuidados humanos. Cada etapa pudo aportar organismos o favorecer a unos frente a otros.
El resultado general es un microbioma con tres procedencias principales. La primera corresponde a bacterias intestinales asociadas al hombre cuando vivía. La segunda reúne microorganismos del entorno frío que colonizaron el cuerpo tras su muerte, entre ellos varias levaduras. La tercera incluye microbios modernos vinculados a la conservación museística. No se trata de tres comunidades aisladas en compartimentos perfectos: las muestras reflejan un paisaje mezclado, cuyo origen se reconstruye comparando tejidos, superficies y materiales ambientales.
Para hacer esa comparación, los investigadores estudiaron hielo de la superficie, agua de deshielo del interior y muestras obtenidas con hisopos en distintas zonas del cuerpo. También analizaron suelo del lugar donde apareció Ötzi, conservado desde 1991. Ese diseño ayuda a separar las señales antiguas de las ambientales y de las asociadas al museo, pero no convierte cada fragmento genético en una prueba concluyente de actividad. El origen de un microbio y su estado actual son preguntas diferentes, y el estudio aborda ambas con grados distintos de certeza.
Las bacterias intestinales guardan una imagen antigua
En las muestras internas aparecieron bacterias intestinales como Romboutsia hominis, Treponema succinifaciens y Ruminococcus bromii. Son microorganismos anaerobios, es decir, adaptados a vivir sin oxígeno. Su presencia concuerda con una comunidad intestinal antigua y ofrece una ventana poco común a los microorganismos que acompañaban a un ser humano de la Edad del Cobre.
Algunas de esas bacterias son poco habituales en los intestinos de personas que viven en sociedades industrializadas actuales. La comparación no significa que todas hayan desaparecido ni que el microbioma de Ötzi represente a cada población de su época. Sí permite observar diferencias entre comunidades microbianas antiguas y modernas y plantea preguntas sobre los cambios en la alimentación, el entorno y las formas de vida. La momia ofrece una referencia histórica excepcional, no un modelo universal de intestino prehistórico.
Ese matiz evita convertir un hallazgo arqueológico en una receta para la salud actual. La presencia de bacterias ancestrales no demuestra que fueran mejores ni que recuperarlas produjera beneficios. Lo valioso, en este caso, es poder comparar una firma microbiana preservada con las comunidades actuales y estudiar cómo se transforman con el tiempo. Los restos de Ötzi amplían el registro disponible sobre la relación entre los seres humanos y sus microorganismos, pero no permiten reconstruir por sí solos toda la historia de la microbiota humana.
También conviene distinguir entre una huella genética y una bacteria viable. El ADN puede persistir después de que una célula haya muerto, especialmente en condiciones que ralentizan su degradación. Por eso, el hallazgo de material genético intestinal respalda la presencia pasada de esos microorganismos, pero no demuestra que las bacterias originales sigan activas después de más de cinco milenios. La posibilidad más prudente es tratarlas como un registro biológico antiguo, no como una población que hoy mantenga su actividad dentro de la momia.
Levaduras del frío: la señal más llamativa
En la piel, el agua interna y el contenido estomacal se identificaron cuatro levaduras adaptadas a ambientes fríos: Glaciozyma watsonii, Mrakia robertii, Phenoliferia glacialis y una especie del género Gofeauzyma. Las levaduras son hongos microscópicos, algunos capaces de fermentar sustancias orgánicas. Las especies detectadas tienen parentesco genético con organismos hallados en glaciares alpinos y en regiones polares, lo que apunta a una procedencia ambiental y no a la microbiota intestinal original de Ötzi.
El frío suele ralentizar el metabolismo y el crecimiento, pero no funciona como un interruptor que apaga por igual a todos los organismos. Algunas especies están adaptadas a temperaturas bajas y pueden persistir en condiciones que resultarían desfavorables para muchos otros microbios. En las muestras de Ötzi, las levaduras destacan precisamente porque su perfil sugiere que ciertos organismos del hielo sobrevivieron a cambios drásticos de entorno, desde el glaciar hasta las condiciones controladas del museo. Persistir en frío no significa crecer sin pausa ni estar siempre metabólicamente activos.
Una comparación entre muestras de 2010 y 2019 aporta una de las pistas más interesantes. En la piel, Glaciozyma watsonii pasó de representar el 85 % al 98 % de las levaduras identificadas. Además, los fragmentos de ADN asociados a esa especie eran más largos y mostraban menos daño en las muestras posteriores. Ese patrón puede ser compatible con actividad reciente o con una mayor conservación del material genético, pero no decide por sí solo cuál de las dos explicaciones es la correcta.
Por eso, la formulación más precisa no es que todas las levaduras hayan permanecido activas durante 5.300 años, sino que algunas muestran indicios que justifican investigar si han persistido, se han reactivado o han prosperado en determinados momentos. El estudio reconoce que no puede separar con certeza células vivas, dormidas y muertas. La actividad actual es una hipótesis respaldada por indicios, no una demostración completa, y esa diferencia es central para entender el alcance del descubrimiento.
El museo también forma parte de la historia
Desde que Ötzi fue hallado en 1991, su conservación ha requerido condiciones muy controladas. La cámara del museo mantiene la momia a -6 grados Celsius y con un 99 % de humedad para reproducir, en la medida de lo posible, el ambiente frío y húmedo que contribuyó a preservarla. No es un congelador convencional: es un entorno diseñado para proteger un cuerpo excepcional. Aun así, el análisis detectó microorganismos modernos relacionados con el proceso de conservación.
Entre ellos figuran bacterias de los géneros Methylobacterium y Sphingomonas, también presentes en el agua utilizada para humidificar el ambiente. Estos organismos dominan hoy la superficie exterior de la momia. Su presencia no implica por sí misma un daño, pero muestra que el espacio museístico no es biológicamente neutro. El agua, el aire, las superficies y las intervenciones de conservación pueden introducir microbios o modificar qué especies encuentran condiciones favorables.
El dato invita a pensar la conservación de otra manera. Mantener una temperatura estable y una humedad precisa sigue siendo fundamental, pero el control ambiental no elimina automáticamente todos los microorganismos. Algunos pueden resistir, mientras otros quedan limitados o encuentran pequeños nichos donde persistir. La protección del cuerpo y la transformación de su entorno ocurren a la vez; reconocerlo no equivale a acusar de negligencia a quienes lo conservan, sino a incorporar información que antes no estaba disponible.
La pregunta práctica es si esas comunidades representan una amenaza. Los resultados permiten hablar de un posible riesgo biológico que merece seguimiento, pero no demuestran que la momia esté sufriendo actualmente un deterioro causado por ellas. En particular, no debe confundirse la detección de microbios con la prueba de que estén degradando tejidos. Los responsables de conservación señalaron que las condiciones actuales son estables, mientras que los investigadores consideran necesario observar cómo evoluciona la comunidad. Hasta ahora, la investigación no establece que haya un daño visible en curso.
El fenol y la selección involuntaria
Entre los detalles que conectan las decisiones humanas con la vida microscópica aparece el fenol, un compuesto utilizado tras el hallazgo para tratar el crecimiento de hongos en la superficie de la momia. Tres de las cuatro levaduras identificadas tienen capacidad genética para descomponerlo. Esa característica pudo ofrecerles una ventaja, al permitir que algunas aprovecharan un compuesto presente en su entorno, aunque el estudio no demuestra que el fenol sea su alimento efectivo dentro de Ötzi ni que explique por sí solo su abundancia.
La posibilidad resulta llamativa porque una intervención destinada a controlar microorganismos también pudo influir en la selección de los que resistían mejor o podían aprovechar ciertos recursos. En microbiología, la composición de una comunidad depende no solo de qué organismos llegan, sino también de las condiciones que encuentran. Un producto químico puede frenar a unos y dejar en mejor posición a otros. En este caso, la relación entre el fenol y las levaduras es una explicación plausible que requiere más pruebas, no una historia cerrada sobre una estrategia microbiana.
Ese matiz importa para evitar una lectura simplista según la cual un tratamiento de conservación habría provocado necesariamente un problema. El fenol se utilizó con un propósito concreto y el cuerpo ha atravesado décadas de cuidados especializados. El nuevo trabajo aporta datos para evaluar los efectos posibles de las prácticas pasadas y actuales, pero no permite atribuir cada cambio microbiano a una sola medida. La comunidad de la momia también responde al hielo, a la humedad, a la temperatura y a los cambios ocurridos desde su recuperación.
Qué se sabe y qué falta por comprobar
La principal limitación es que el ADN, por sí solo, no revela con precisión si una célula está viva, dormida o muerta. Los investigadores plantean incorporar análisis de ARN, que pueden aportar información sobre la actividad genética, y aplicar métodos para filtrar el ADN procedente de células muertas antes de analizar las muestras. Son enfoques que permitirían acercarse mejor a la pregunta decisiva: qué organismos mantienen procesos biológicos y cuáles son únicamente rastros conservados.
También proponen un seguimiento periódico con muestras de bajo impacto. La idea es identificar cambios antes de que lleguen a convertirse en un problema para la preservación. Para ello no basta con identificar especies: interesa observar qué cepas hay, qué capacidades podrían tener y cómo varían según las condiciones ambientales. El seguimiento serviría para distinguir una comunidad estable de una que esté cambiando, aunque esa vigilancia debe equilibrarse con la necesidad de intervenir lo menos posible en un objeto irreemplazable.
El estudio presenta así un marco para futuras investigaciones sobre momias conservadas en hielo: combinar información genética de detalle, comparación con el entorno y análisis de las posibles funciones de los microorganismos. Un mapa de especies es solo el comienzo. Para valorar un riesgo hay que saber si los organismos están activos, qué recursos pueden utilizar y si sus capacidades se traducen en cambios observables en los tejidos. Cada respuesta requiere pruebas específicas, no una extrapolación automática a partir de la presencia de un gen.
La cautela es especialmente necesaria porque los titulares pueden convertir la posibilidad de actividad en una certeza o sugerir que las levaduras están consumiendo la momia. Los datos de referencia no permiten afirmar eso. Sí indican que hay microorganismos modernos en la superficie, que algunas levaduras del frío muestran señales compatibles con una actividad reciente y que las prácticas de conservación han influido en la composición microbiana. Lo inquietante no es un deterioro confirmado, sino descubrir que el sistema no está completamente inmóvil.
De una momia a posibles aplicaciones en frío
Las levaduras encontradas interesan también por sus capacidades potenciales fuera de la arqueología. Los organismos adaptados al frío pueden realizar procesos biológicos a bajas temperaturas, una propiedad que podría ser útil en fermentaciones o en otras aplicaciones donde trabajar sin calentar demasiado el sistema tenga ventajas. El equipo ya probó una de las levaduras aisladas en la fermentación de masa madre. Funcionó, aunque el proceso fue más lento que con levaduras convencionales, algo coherente con una adaptación a temperaturas bajas y con tasas metabólicas reducidas.
Ese resultado es preliminar: no significa que exista un producto comercial ni que la levadura esté lista para sustituir a las empleadas habitualmente en panadería. Los investigadores trabajan con especialistas en microbiología de alimentos para optimizar el proceso y comprobar si puede ser más eficiente y consistente a mayor escala. El salto entre una prueba prometedora y una aplicación fiable exige estudiar su comportamiento, sus límites y su seguridad. La prueba demuestra potencial experimental, no una tecnología ya disponible.
Otra línea se centra en Phenoliferia glacialis, que muestra capacidades prometedoras para la biorremediación y, en particular, para descomponer hidrocarburos. La idea tiene interés en regiones frías, donde los métodos convencionales pueden ser menos eficaces porque muchos microorganismos degradadores funcionan mejor a temperaturas más altas. Un organismo adaptado al frío podría aportar herramientas para estudiar cómo tratar contaminantes en suelos o aguas de ambientes alpinos y árticos.
De nuevo, la cautela es esencial. La presencia de una capacidad potencial no significa que estas levaduras puedan liberarse directamente en un entorno contaminado ni que ya exista una solución eficaz. Antes habría que establecer qué compuestos degradan, en qué condiciones y con qué consecuencias para el ecosistema. El valor inmediato está en investigar sus mecanismos y evaluar si pueden servir de base para procesos controlados. El interés industrial nace de su adaptación al frío, pero todavía está en fase de investigación.
El pasado también cambia dentro de una vitrina
Ötzi suele imaginarse como un hombre detenido en el hielo, una presencia de la Edad del Cobre que el tiempo dejó intacta. El análisis del microbioma modifica esa imagen sin borrar su valor arqueológico. La momia conserva señales de su propio ecosistema intestinal, pero también lleva las marcas del glaciar y de las décadas transcurridas desde que fue recuperada. No es un sistema inmóvil: es un cuerpo preservado en el que distintas comunidades microscópicas dejaron rastros y, en algunos casos, podrían seguir respondiendo a su entorno.
Esto no quiere decir que Ötzi siga vivo como individuo ni que su organismo continúe funcionando. La vida que estudian los científicos es la de microorganismos concretos, no la del hombre cuyo cuerpo quedó atrapado en el hielo. La diferencia parece obvia, pero es fácil perderla cuando se habla de una momia como un ecosistema activo. El cuerpo está muerto; algunas de las formas de vida asociadas a él podrían persistir, y el alcance de esa persistencia todavía se está investigando.
La historia microscópica también pone de relieve que conservar no es congelar el tiempo de manera literal. Un museo reproduce condiciones, controla variables y limita el deterioro, pero no puede borrar por completo la interacción entre el objeto y su entorno. En el caso de Ötzi, el análisis genético permite distinguir mejor qué señales pertenecen a una época remota y cuáles aparecen vinculadas a procesos posteriores. Cada nueva medición afina esa cronología y obliga a revisar la idea de una cápsula del tiempo herméticamente cerrada.
Las bacterias intestinales ofrecen una ventana al pasado humano; las levaduras revelan la capacidad de ciertos organismos para resistir en ambientes fríos; los microbios modernos recuerdan que la conservación también deja huella. Aún falta saber cuáles de esas células están activas y si alguna puede afectar de forma medible a los tejidos. Mientras tanto, Ötzi sigue contando su historia desde una escala casi invisible: el hielo conservó el cuerpo, pero no congeló por completo la vida microscópica que lo rodea.

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