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¿Quién emite desde Alemania mensajes secretos a Irán?

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mensajes secretos a Irán

Un emisor oculto en un bosque alemán lanza mensajes en persa hacia Irán y reabre la vieja guerra secreta de la onda corta en pleno espionaje

La noticia, despojada del decorado de novela y del humo de las teorías de sofá, deja una imagen bastante precisa: un grupo internacional de radioaficionados y analistas de onda corta ha conseguido acotar el origen de una misteriosa emisión en persa a una zona boscosa y restringida del área de Böblingen, al suroeste de Stuttgart, entre instalaciones militares estadounidenses. La señal empezó a oírse el 28 de febrero, el mismo día en que arrancaron los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, y desde entonces ha mantenido una rutina casi marcial, dos veces al día, con voz masculina, la palabra tavajjoh repetida tres veces y largas cadenas de números de cinco cifras. Todo eso encaja con un formato clásico: una estación de números. Lo importante, de entrada, es esto: la localización del emisor parece cada vez más sólida; la autoría exacta y el destinatario final, no.

Eso cambia bastante el enfoque. No estamos ante una prueba pública y cerrada de que Washington esté dando órdenes por radio a agentes encubiertos dentro de Irán, aunque mucha lectura razonable vaya por ahí. Estamos, más bien, ante un indicio técnico muy robusto en mitad de una guerra que ya entra en su quinta semana, con miles de muertos, ataques cruzados en la región y una presión brutal sobre cualquier canal de comunicación clandestina. Varios especialistas creen más probable que la señal forme parte de una operación contra Irán. Otros admiten hipótesis alternativas, desde una emisión impulsada por otro actor regional hasta una maniobra de distracción o guerra psicológica. La radio, que parecía una reliquia con polvo de museo, ha vuelto a sonar como una herramienta de combate. Y eso, en 2026, dice mucho.

Un bosque alemán con olor a Guerra Fría

La escena tiene algo deliberadamente anacrónico. Un bosque cerca de Stuttgart, barracones militares, una frecuencia de onda corta, una voz en persa, números que caen como gotas sobre un metal frío. Pero lo llamativo no es la estética, sino la puntería con la que se ha reconstruido el rastro. El proyecto Priyom, dedicado a seguir y analizar emisiones militares y de inteligencia, sitúa la señal V32 en unas coordenadas concretas de Stuttgart y precisa que el foco estaría dentro de una instalación de transmisión en una base militar estadounidense, en un área de entrenamiento situada entre Panzer Kaserne y Patch Barracks, unos quince kilómetros al suroeste del centro de la ciudad. No es ya un “algún lugar de Europa”, que era la vaga silueta inicial. Es un perímetro, un punto, una mancha de bosque dentro de un recinto restringido.

Cómo se cazó una voz sin verle la cara

La localización no salió de una corazonada ni de un mapa con chinchetas, sino de dos métodos tan viejos como eficaces en el mundo de la radio: la triangulación, que cruza direcciones de llegada de la señal desde distintos puntos, y la multilateración, que mide diferencias de tiempo y distancia para estrechar el origen. A eso se sumó el trabajo colectivo de oyentes repartidos por varios países, grabaciones comparadas, patrones horarios y características de la modulación. La señal se oye a las 02.00 y a las 18.00 UTC con una regularidad casi insultante, lo que ayuda muchísimo a seguirle la pista. La radio clandestina, por muy clandestina que sea, también deja huellas. No en forma de huella dactilar, claro, sino en forma de disciplina.

La rutina de V32 no parece improvisada

Esa disciplina es, seguramente, lo más revelador de todo. La estructura detectada es fija: seis mensajes por transmisión, cada uno con una duración exacta de 20 minutos, precedidos por tavajjoh —“atención”, en persa— y seguidos por 181 grupos de cinco cifras, además de cabeceras numéricas repetidas. La emisión de la tarde suele repetir la de la madrugada. Es decir, no hablamos de un torrente verbal caótico lanzado al aire para ver quién pesca algo, sino de una liturgia codificada, repetitiva y pensada para ocultar el verdadero volumen del tráfico. En el espionaje, la forma también protege el fondo: si todas las tandas duran lo mismo y suenan igual, el adversario sabe que alguien habla, pero no puede medir con facilidad si el mensaje de ese día arrastra una urgencia real o es una instrucción banal. Ese camuflaje por monotonía tiene una elegancia muy vieja, casi cruel.

Qué es una estación de números y por qué sigue respirando

Las estaciones de números nacieron en otro siglo y, sin embargo, siguen teniendo sentido cuando el mundo se vuelve especialmente desagradable. Funcionan así, simplificando sin destrozar el mecanismo: un emisor lanza por onda corta secuencias numéricas o letras que parecen aleatorias y que solo puede descifrar quien posea la clave adecuada, normalmente un sistema de clave de uso único. La gracia del invento, que lleva décadas fascinando a criptógrafos, espías y curiosos noctámbulos, es doble. Primero, la onda corta viaja lejos, rebota, se cuela, no depende de internet ni de cobertura móvil ni de tener una aplicación que no haya sido pinchada. Segundo, cualquiera puede escucharla, pero casi nadie puede entenderla. Es comunicación en abierto para un solo lector, una paradoja preciosa y bastante útil en mitad de una guerra.

Por eso la tecnología no ha matado del todo a estas emisiones. Se hicieron célebres durante la Guerra Fría, aunque sus antecedentes son más antiguos, y su lógica sigue siendo sólida en escenarios donde el contacto directo con un activo es imposible o demasiado arriesgado. La combinación de números aparentemente aleatorios y una clave de un solo uso convierte el mensaje en algo prácticamente indescifrable para terceros si el sistema está bien aplicado. En otras palabras, mientras medio planeta piensa que lo seguro es lo último, lo táctico a veces consiste en volver a lo que parecía jurásico. Una radio pequeña, un horario fijo, una clave de papel y ningún clic. El siglo XXI, de pronto, con maneras de 1962.

Lo que apunta a EEUU y lo que todavía no demuestra

Aquí es donde conviene bajar la voz y afinar el bisturí. Hay varios elementos que empujan la sospecha hacia Estados Unidos. El primero es geográfico: la señal queda vinculada a una instalación situada dentro de un área militar estadounidense cerca de Stuttgart. El segundo es orgánico: la 2d Theater Signal Brigade del Ejército de Estados Unidos incluye oficialmente al 52d Strategic Signal Battalion en Stuttgart, y además las operaciones técnicas podrían estar relacionadas con esa unidad, cuya sede está cerca de Patch Barracks. El tercero es tecnológico: en los primeros días se detectaron tonos de aviso asociados a radios militares L3Harris, equipos estadounidenses, y hasta filtraciones de sonidos de Windows 10 en dos emisiones de marzo, como si alguien hubiese montado una operación seria con prisas, o con descuido, o con ambas cosas, que también es una forma muy humana de hacer las cosas cuando el tablero arde.

Pero una cadena de indicios no equivale a una confesión. Localizar el origen no revela por sí solo quién está detrás de la transmisión ni para quién va destinada. Muchos observadores apuntan a una operación estadounidense dirigida a activos dentro de Irán, sí; otros han sugerido una implicación israelí, una posible conexión turca o incluso una operación psicológica deliberadamente visible, casi demasiado visible, para sembrar dudas, distraer recursos o teatralizar presencia. La diferencia importa. En una guerra, una emisión clandestina puede ser una herramienta de comunicación real, un señuelo o ambas cosas a la vez. La niebla no siempre tapa; a veces la fabrican.

Hay otro matiz que obliga a escribir con cautela. Aunque la hipótesis de una operación de inteligencia estadounidense resulta coherente con el contexto —guerra abierta desde el 28 de febrero, necesidad de mantener una vía de contacto con fuentes o agentes en un entorno hostil y un emisor localizado dentro de un dispositivo militar de EEUU—, esa atribución sigue moviéndose en el terreno de la inferencia razonable, no de la certeza oficial. La conclusión honesta, por tanto, no es “ya se ha demostrado todo”, sino algo mucho menos vistoso y bastante más serio: ya se sabe bastante más de dónde sale la voz que de quién la pronuncia realmente. En inteligencia, y más en inteligencia de guerra, ese matiz separa el periodismo de la fantasía con gabardina.

Irán también ha contestado por las ondas

La historia no termina en localizar la señal. Empieza casi ahí. Cinco días después de que V32 apareciera en antena comenzaron los intentos de interferencia: un bubble jammer, ese ruido áspero y ondulante que recuerda a una máquina estropeada, se colocó sobre la frecuencia original para hacer ilegible la transmisión. Luego el emisor saltó de 7910 a 7842 kHz; más tarde regresó a 7910; después sufrió nuevas interferencias e incluso, por momentos, pareció emitir con menor potencia. Dicho de forma menos romántica y más exacta: no solo hay una voz hablando, también hay alguien tratando de que no se oiga. Eso refuerza la idea de que la señal importa operativamente a alguien. Nadie se molesta en tapar una excentricidad inocua dos veces al día durante semanas.

Ese detalle tiene una derivada muy sugerente. El bubble jammer es un tipo de interferencia que ya se ha usado contra emisiones en persa como Radio Farda, VOA Farsi, Iran International TV por onda corta o BBC Persian. No sería, por tanto, una respuesta improvisada con dos cables y mala leche, sino una técnica con precedentes claros en la caja de herramientas del régimen iraní o de su entorno. La guerra radioeléctrica, que suena a capítulo olvidado de otra época, vuelve a aparecer aquí con toda su crudeza: una estación clandestina transmite, otra parte intenta ahogarla, la señal cambia de frecuencia, el ruido la persigue. Mientras el mundo mira misiles, petróleo y discursos inflamados, en las capas bajas del conflicto sigue funcionando esta mecánica de siseos, números y zumbidos. Muy analógica. Muy actual.

El contexto ayuda a entender por qué una tecnología vieja puede convertirse en una solución razonable. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán comenzó el 28 de febrero y, a 1 de abril, sigue abierta, con intercambios de ataques, tensión sobre el estrecho de Ormuz, presión diplomática y una región entera funcionando a pulsos. Las autoridades iraníes han endurecido además el tono contra el espionaje y la colaboración con “Estados hostiles”, con advertencias severas, detenciones masivas y una vigilancia cada vez más agresiva sobre cualquier filtración, grabación o contacto sospechoso. En ese clima, cualquier canal clandestino necesita redundancia, distancia y simplicidad. La onda corta ofrece las tres.

Eso explica la lógica de fondo mejor que cualquier pose nostálgica. Un activo dentro de Irán, o un contacto que deba moverse con discreción extrema, puede escuchar una radio sin dejar la misma huella que dejaría una aplicación, una conexión de datos, una llamada internacional o un dispositivo comprometido. No necesita responder. No necesita identificarse. Solo necesita saber cuándo escuchar y cómo traducir. El emisor, por su parte, tampoco tiene que saber exactamente dónde está cada receptor; le basta con lanzar la señal y confiar en que rebote, viaje y llegue. Hay algo brutalmente funcional en esa simplicidad. Como un cuchillo bien afilado al lado de una mesa llena de pantallas: menos brillante, mucho menos vistoso, pero todavía útil cuando lo fino falla o se vuelve demasiado frágil.

Lo que deja esta voz en persa

El hallazgo del emisor en el bosque alemán no cierra el caso; lo vuelve más serio. Antes había misterio. Ahora hay misterio con coordenadas, horarios, frecuencias, patrón técnico, intentos de interferencia y un entorno militar concreto. Eso es bastante más que una rareza de radioaficionado y bastante menos que una admisión oficial. Entre una cosa y la otra está el terreno en el que mejor se mueve la inteligencia: lo plausible, lo negable, lo útil. Y ahí es donde encaja esta historia. No porque demuestre sin margen de duda que Estados Unidos habla por la onda corta con agentes en Irán, sino porque confirma que, en plena guerra, alguien con recursos y cobertura militar ha reactivado un método clandestino de manual para emitir en persa dos veces al día desde el corazón de una infraestructura estadounidense en Alemania.

La imagen final, si se mira bien, tiene menos de romanticismo que de diagnóstico. La hiperconectividad no ha enterrado del todo las herramientas antiguas; simplemente las había apartado mientras no hacían falta. Cuando el conflicto aprieta, las redes se pinchan, las leyes se endurecen y cada mensaje puede costar una vida, reaparecen los mecanismos que funcionan incluso en el barro. Una voz, una hora, una frecuencia, una libreta. Muy poco para decir tanto. Y ese quizá sea el dato más incómodo de esta historia: no que haya una estación de números en 2026, sino que siga teniendo sentido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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