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¿Cómo usa Meloni la crisis de Ceuta para aislar a España en Europa?
Meloni utiliza la crisis de Ceuta para presionar a España, endurecer el debate migratorio y reforzar su liderazgo político dentro de Europa.

Giorgia Meloni ha aprovechado la crisis migratoria de Ceuta para presionar a España dentro de la Unión Europea, endurecer los controles sobre las conexiones procedentes del país y reforzar su perfil como dirigente continental de mano dura. La cuestión no es únicamente fronteriza. También hay cálculo electoral, rivalidad ideológica con Pedro Sánchez y una batalla por decidir quién marca el discurso migratorio europeo.
El movimiento resulta especialmente incómodo para Roma porque Italia reclamó solidaridad comunitaria durante la llegada de más de 10.000 migrantes a Lampedusa en septiembre de 2023. Tres años después, aquella ayuda que Meloni recibió aparece convertida en otra cosa: controles, reproches y maniobras para situar a España en el banquillo. La memoria política, ya se sabe, suele viajar con poco equipaje.
La maniobra italiana tras las entradas masivas en Ceuta
La crisis comenzó el jueves 30 de julio, cuando decenas de miles de personas, en su mayoría marroquíes, entraron en Ceuta por tierra o a nado. La mayor parte regresó posteriormente a Marruecos, pero la ciudad quedó desbordada y la tragedia dejó decenas de muertos. El episodio abrió una crisis humanitaria, diplomática y política de una magnitud desconocida en la frontera ceutí.
Italia reaccionó restableciendo controles en las conexiones aéreas y marítimas con España, dirigidos especialmente a pasajeros extracomunitarios. El Gobierno de Meloni también defendió la posibilidad de apartar temporalmente a España del espacio Schengen, pese a que Madrid aseguró que no existía un desplazamiento significativo de las personas llegadas a Ceuta hacia otros países europeos.
La respuesta española llegó por boca del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, que denunció una “confusión interesada”. En términos menos diplomáticos: Roma presentó como una amenaza europea una crisis localizada en Ceuta, cuando la inmensa mayoría de quienes cruzaron no alcanzó siquiera la Península.
Controles fronterizos con una fuerte carga política
Los países del espacio Schengen pueden restablecer temporalmente controles internos cuando consideran que existe una amenaza grave para el orden público o la seguridad. Sin embargo, esas medidas deben ser excepcionales, proporcionadas y justificadas. Schengen no es un interruptor doméstico que cada Gobierno pueda apagar cuando una imagen incómoda aparece en televisión.
La medida italiana tiene, por tanto, una dimensión práctica limitada y una dimensión política enorme. Permite a Meloni aparecer ante su electorado como la dirigente que protege Italia frente a una supuesta expansión de la crisis española, aunque no se hubiera producido un traslado masivo desde Ceuta hacia territorio italiano.
El gesto sirve también para colocar a Pedro Sánchez bajo presión. El presidente español representa, para buena parte de la izquierda italiana, un modelo político alternativo al de Meloni. Atacarlo por la inmigración permite a la primera ministra vincular a sus adversarios nacionales con una política exterior que presenta como débil, permisiva o ingenua.
El espejo incómodo de Lampedusa
Le Monde ha señalado el contraste con lo sucedido en Lampedusa en 2023. Entonces, más de 10.000 personas llegaron en pocos días a la pequeña isla italiana desde las costas tunecinas. Meloni, que había ganado las elecciones prometiendo frenar la inmigración irregular, se encontró ante una crisis que podía erosionar su principal bandera política.
Roma pidió ayuda. Emmanuel Macron afirmó que Italia no debía quedar sola, Alemania suavizó sus reticencias y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viajó a Lampedusa para presentar un plan europeo de diez medidas. La solidaridad de Bruselas permitió a Meloni superar el momento más delicado y, de paso, consolidarse como una interlocutora central en materia migratoria.
En Ceuta, el guion se ha invertido. Italia ya no solicita comprensión, sino que convierte el episodio español en una advertencia para el resto de Europa. La isla que reclamaba ayuda se transforma en el país que levanta controles. No es ilegítimo pedir explicaciones a España ni cuestionar su gestión, pero resulta difícil no advertir el doble rasero.
La política migratoria europea está llena de estas mudanzas. Los Estados reclaman solidaridad cuando las pateras llegan a su costa y responsabilidad nacional cuando desembarcan en la del vecino. El Mediterráneo es común en los mapas, aunque siga dividido en parcelas cuando aparecen los problemas.
Una ofensiva que mira a las elecciones italianas
La estrategia de Meloni no se entiende sin las elecciones parlamentarias italianas previstas para 2027. La inmigración volverá a ocupar buena parte de la campaña y la dirigente de Hermanos de Italia necesita conservar la iniciativa frente a competidores situados todavía más a la derecha.
Uno de ellos es el exgeneral Roberto Vannacci, cuyo partido Futuro Nazionale reúne alrededor del 7 % de la intención de voto según los datos recogidos por el análisis de Le Monde. Vannacci defiende posiciones más radicales y amenaza con arrebatar a Meloni una porción del electorado nacionalista que la llevó al poder.
Ahí aparece España. Meloni necesita demostrar que continúa siendo la referencia europea del endurecimiento migratorio, no una dirigente domesticada por Bruselas. Una crisis en Ceuta ofrece imágenes potentes, un Gobierno socialista al que señalar y un asunto capaz de movilizar a su base. Demasiadas ventajas para dejarlas pasar.
Junto a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, Meloni logró que otros 20 dirigentes europeos respaldaran la petición de una reunión extraordinaria de ministros del Interior. La cita, prevista para este martes 4 de agosto, también puede servir para reabrir el debate sobre los centros de internamiento de migrantes fuera del territorio comunitario.
El proyecto albanés que Meloni quiere salvar
Italia lleva tiempo defendiendo el traslado de determinados procedimientos migratorios a centros situados en Albania. El proyecto ha encontrado obstáculos judiciales, problemas de funcionamiento y costes elevados, pero Meloni ha invertido en él una cantidad considerable de capital político.
La crisis de Ceuta permite presentar estas instalaciones exteriores como una solución europea y no únicamente italiana. Aunque el episodio español tenga poco que ver con el modelo albanés, Roma intenta unir ambas cuestiones bajo una misma idea: Europa debe contener a los migrantes antes de que circulen por su territorio.
Es una asociación políticamente eficaz, aunque jurídica y geográficamente bastante forzada. Ceuta es una frontera exterior española en el norte de África; las personas que entraron permanecieron allí o regresaron a Marruecos. No hubo una marcha sobre Roma, por mucho que ciertos discursos hayan colocado ya las maletas en la estación.
Regularizaciones españolas y permisos italianos
Otro frente de la ofensiva es la política española de regularización de extranjeros. En Italia se ha difundido la idea de que estas medidas crean un efecto llamada para toda Europa, pese a que los permisos nacionales no conceden automáticamente libertad absoluta para residir y trabajar en cualquier Estado miembro.
La paradoja es que el propio Gobierno italiano impulsa un programa para conceder cerca de 500.000 permisos de trabajo a extranjeros hasta 2028. Roma necesita mano de obra en sectores como la agricultura, la construcción, la hostelería y los cuidados, igual que buena parte de una Europa envejecida que protesta contra la inmigración mientras busca empleados.
No existe una contradicción automática entre controlar las fronteras y abrir vías legales de empleo. Sí resulta contradictorio presentar cualquier regularización española como una amenaza mientras Italia amplía sus propias cuotas. La diferencia parece menos jurídica que narrativa: el permiso propio se llama planificación; el ajeno, descontrol.
Ceuta revela una Europa de solidaridades variables
España debe explicar cómo pudo producirse una entrada masiva de semejante tamaño, qué información manejaban sus servicios y por qué Ceuta quedó expuesta durante horas. También Marruecos tiene que aclarar el comportamiento de sus fuerzas de seguridad y el debilitamiento de unos controles fronterizos que, hasta entonces, habían sido férreos. Convertir esas preguntas en un simple enfrentamiento entre izquierda y derecha sería una forma elegante de no responder a ninguna.
Pero la actuación italiana tampoco puede reducirse a una preocupación técnica. Meloni ha utilizado la crisis para ganar centralidad política, atacar a Sánchez, contener a sus rivales internos y empujar a la Unión Europea hacia su modelo migratorio. Los controles son la superficie; debajo circula una campaña electoral que ya ha empezado.
Ceuta vuelve a mostrar la fragilidad del sistema europeo. La frontera común sigue dependiendo de pactos con terceros países, decisiones nacionales y solidaridades que aparecen o desaparecen según quién tenga el agua al cuello. En Lampedusa, Meloni pidió que Europa mirara hacia Italia. Ante Ceuta, ha preferido que Europa mirara contra España.
La inmigración merece normas claras, cooperación real y control democrático. No una competición para ver qué Gobierno coloca antes la alambrada en el telediario. Porque cuando una crisis humana se transforma en munición electoral, las fronteras quizá se vuelven más ruidosas, pero no necesariamente más seguras.

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