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El empate histórico de El 47 y La infiltrada en los Goya 2025
Dos historias muy diferentes compartieron el máximo galardón en una edición marcada por el reparto de premios.

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El Goya a mejor película de 2025 terminó en empate: El 47 y La infiltrada compartieron el galardón mediante un ex aequo, una fórmula que reconoce a dos candidatas como ganadoras cuando igualan en la votación. No fue una corrección improvisada ni un premio dividido por decisión de la organización. La Academia proclamó a las dos películas, y sus equipos subieron al escenario para recibir el mismo reconocimiento.
La sorpresa tuvo dos motivos. Por un lado, era la primera vez que el empate se producía en la categoría principal de los Goya; por otro, enfrentaba dos relatos de tono y escala muy distintos: la lucha colectiva de un barrio barcelonés por sus servicios y el thriller centrado en una policía infiltrada en ETA. El resultado respondió a una igualdad de votos, no a una elección deliberada de premiar dos estilos ni a una síntesis entre ambas historias.
Un empate real, no una rectificación en directo
La escena desconcertó durante unos segundos. Alejandro Amenábar y el equipo de Mar adentro, encargados de anunciar el premio, llamaron a los dos grupos, mientras en el patio de butacas se intentaba entender si había habido un error. La explicación estaba en el sobre: contenía una indicación de ex aequo y dos tarjetas, una con el título de cada película. Había dos ganadoras porque así lo reflejaba el resultado, no porque se hubiera anunciado mal el nombre de una y después hubiera que corregirlo.
La mecánica del empate es sencilla en su resultado, aunque excepcional en sus consecuencias: si dos películas quedan igualadas en la votación final, ambas pueden recibir el premio. No se recurrió a una segunda votación ni a un sorteo para forzar una ganadora única. Tampoco se trató de repartir la estatuilla entre dos equipos: cada película fue reconocida como vencedora. La rareza estuvo en que esa igualdad se produjera en la categoría más visible de la gala, no en una excepción creada para aquella noche.
La Academia ya había registrado un empate en 1990, cuando dos cortometrajes de ficción compartieron premio. Ese antecedente ayuda a precisar el carácter histórico de lo sucedido en Granada: no era la primera vez que se daba un empate en los Goya, pero sí la primera en que afectaba al galardón a mejor película. La distinción importa porque evita convertir el hecho en una afirmación más amplia de lo que fue. El precedente de 1990 existía; lo inédito fue el empate en la categoría reina.
Qué explica el ex aequo y qué no permite saber
La causa directa está clara: las dos películas obtuvieron el mismo resultado en la votación de mejor película. La Academia, con cerca de 2.000 miembros con derecho a voto según la información publicada sobre la gala, acabó reconociéndolas por igual. Sin embargo, el dato público no revela cómo se distribuyeron las preferencias ni qué razones llevaron a cada académico a apoyar una u otra. El empate explica el resultado, pero no permite reconstruir las motivaciones individuales de quienes votaron.
Por eso, la diferencia entre los filmes ayuda a entender el alcance cultural de la decisión, pero no demuestra que la Academia quisiera representar dos sensibilidades de forma consciente. Puede leerse como una coincidencia significativa: dos relatos españoles con vocación popular y materia social llegaron juntos a lo más alto. Pero no es riguroso afirmar que la votación se partió entre quienes preferían una historia de barrio y quienes se inclinaban por un thriller. La interpretación temática es una lectura del palmarés, no una explicación oficial del recuento.
También conviene desconfiar de la idea de que una cinta se impuso por tener más premios en otras categorías. El número de estatuillas no determina el resultado de mejor película ni permite calcular cómo votó cada académico. El 47 acumuló cinco premios en total y La infiltrada, dos, pero la categoría principal terminó igualada. La noche dejó, así, dos medidas distintas del reconocimiento: la suma de galardones y el premio compartido, que no tienen por qué coincidir.
Dos historias muy diferentes en el mismo palmarés
Dirigida por Marcel Barrena, El 47 lleva al cine la historia de Manuel Vital, conductor de autobús y vecino de Torre Baró, en Barcelona. El gesto que da título a la película —secuestrar un autobús de la línea 47 para demostrar que podía subir hasta el barrio— se convierte en el centro de una narración sobre la organización vecinal y la desigualdad en el acceso a los servicios. La cuesta no funciona solo como obstáculo físico: representa la distancia entre un barrio y una ciudad que no siempre lo incluye.
Ese punto de partida conecta una anécdota concreta con una transformación colectiva. El autobús encarna algo cotidiano, pero decisivo: poder desplazarse, llegar al trabajo y participar de la vida urbana en condiciones más parecidas a las de otros vecinos. La película convierte una reivindicación de movilidad en una historia sobre dignidad y pertenencia, sin que el conflicto dependa de una gran intriga política. Su escala es local, pero lo que pone en juego resulta reconocible para cualquiera que haya visto cómo la falta de transporte o de servicios puede aislar una zona.
La infiltrada, dirigida por Arantxa Echevarría, aborda otra forma de aislamiento. Carolina Yuste interpreta a una joven policía que vive bajo una identidad falsa mientras se infiltra en ETA, una misión que la obliga a sostener durante años una vida construida sobre el secreto. El núcleo dramático no está en una reivindicación vecinal, sino en el coste personal de permanecer dentro de un entorno violento sin poder revelar quién es. La tensión nace de la doble vida y de la dificultad de separar el deber de la intimidad.
La película se apoya en las convenciones del thriller, pero la protagonista permite que el suspense se vincule a algo más que el peligro inmediato. Mantener una identidad falsa implica relaciones, silencios y decisiones que no se pueden abandonar al terminar una jornada. La historia invita a mirar el precio humano de una operación de infiltración, aunque no convierta ese coste en una explicación total del conflicto político. Ahí reside parte de su amplitud: combina una estructura accesible con un asunto cargado de memoria y consecuencias.
La distancia entre las dos propuestas ayuda a apreciar por qué el empate llamó tanto la atención. Una sitúa el conflicto en una comunidad que lucha por ser atendida; la otra lo concentra en una mujer que debe ocultarse para cumplir una misión. En ambas, sin embargo, los personajes responden a fuerzas que los sobrepasan y toman decisiones con efectos sobre otras personas. No son relatos equivalentes, ni cuentan la misma historia con distinto decorado. Comparten una preocupación por la responsabilidad individual y colectiva, aunque la expresen desde géneros distintos.
El mapa de premios amplió el significado de la noche
El empate no convirtió la gala en una victoria exclusiva de las dos películas. El palmarés estuvo repartido y reconoció trabajos de distintas dimensiones, desde la interpretación hasta el montaje, la música y la dirección de arte. El 47 sumó cinco Goyas: mejor película, actriz de reparto para Clara Segura, actor de reparto para Salva Reina, dirección de producción y efectos especiales. Su recorrido combinó el premio compartido con reconocimientos interpretativos y técnicos.
La infiltrada obtuvo dos estatuillas: mejor película, compartida, y mejor actriz protagonista para Carolina Yuste. El galardón a mejor actor protagonista fue para Eduard Fernández por Marco, y el de mejor dirección recayó en Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez por Segundo premio. Esta última también ganó en montaje y sonido. El reparto de premios muestra que la categoría principal no funcionó como una etiqueta que arrastrara al resto de la gala: cada apartado reconoció trabajos diferentes.
Otros títulos tuvieron una presencia destacada. La habitación de al lado, de Pedro Almodóvar, ganó en guion adaptado, fotografía y música original; Alberto Iglesias alcanzó con este último premio su duodécimo Goya. Casa en flames obtuvo el galardón a mejor guion original, mientras La estrella azul fue reconocida por la dirección novel de Javier Macipe y la interpretación revelación de Pepe Lorente. La diversidad de ganadores dibujó una edición coral, más que una noche dominada de principio a fin por una sola producción.
Ese contexto evita confundir dos cuestiones: cuál fue la película con más premios y cuál compartió el galardón principal. El recuento favoreció a El 47 en número de estatuillas, pero la categoría reina no estableció una jerarquía entre las dos vencedoras. A su vez, que Segundo premio recibiera el Goya a mejor dirección demuestra que la Academia pudo valorar una película en una categoría sin convertirla en ganadora de mejor película. El palmarés repartió méritos en lugar de concentrarlos en un solo título.
Por qué la igualdad resulta especialmente llamativa
Los premios suelen resumirse como una competición con una sola vencedora: una película ocupa el primer lugar y las demás quedan fuera del titular. El ex aequo altera esa imagen sin borrar la competencia. En este caso, dos equipos compartieron el máximo reconocimiento en una gala celebrada en Granada, y la ceremonia tuvo que hacer visible una situación que el público no suele esperar. La sorpresa surgió del contraste entre una regla posible y un desenlace muy poco habitual.
La escena recordó a otros anuncios confusos de grandes galas, pero la comparación tiene un límite. Aquí no hubo una estatuilla entregada por error y retirada después: las dos tarjetas dentro del sobre explicaban desde el principio que el premio era compartido. La semejanza estaba en la reacción de desconcierto, no en la naturaleza del incidente. En los Goya, la doble proclamación era válida y el equipo de cada película pudo recibir su reconocimiento. La confusión fue escénica; el resultado, oficial.
El premio compartido tampoco significa que los filmes obtuvieran una valoración idéntica en todos los aspectos. Solo expresa que acabaron igualados en esa categoría concreta. Una película puede ser reconocida por su interpretación, otra por su dirección, y dos pueden alcanzar al mismo tiempo la máxima distinción. Leer el empate como una equivalencia absoluta sería ir más lejos de lo que el premio dice. El ex aequo certifica una igualdad en la votación de mejor película, no una identidad artística entre las obras.
El eco de las películas va más allá de la estatuilla
En El 47, la historia de Torre Baró desplaza el centro de atención hacia quienes suelen aparecer en segundo plano cuando se cuenta la transformación de una ciudad. El autobús permite condensar una lucha vecinal en una imagen fácil de recordar: un vehículo que consigue subir por una pendiente y, con él, la posibilidad de que el barrio esté mejor conectado. La fuerza del relato está en enlazar ese gesto con una demanda compartida. La mejora cotidiana adquiere dimensión política sin dejar de ser concreta.
La película también plantea una cuestión propia de las historias basadas en hechos reales: cómo se representa una lucha colectiva a través de personajes y escenas. El cine necesita organizar el material para construir un relato, pero esa condensación puede dejar fuera voces o procesos que formaron parte de la historia. La película ofrece una puerta de entrada a la memoria del barrio, no un registro exhaustivo de cada persona implicada. La emoción narrativa y la complejidad histórica no son exactamente lo mismo, aunque puedan convivir.
En La infiltrada, la materia histórica exige otra clase de equilibrio. La película aborda la violencia de ETA desde una operación clandestina y el punto de vista de una agente que debe ocultar su identidad. Ese enfoque permite narrar el peligro y la tensión personal, pero no sustituye por sí solo una explicación completa de la historia política. Tampoco es necesario que una película de suspense abarque todos los ángulos para que su propuesta tenga valor: su foco está en la experiencia de la infiltración y en sus consecuencias íntimas.
Las dos historias pueden invitar a debates distintos sobre memoria, representación y responsabilidad. Una se pregunta cómo contar la conquista de servicios y derechos en un barrio; la otra, cómo acercarse a una misión desarrollada en el contexto del terrorismo. El premio no resuelve esas discusiones ni certifica que una versión agote los hechos. Sí confirma que ambas películas encontraron una respuesta suficiente dentro de la Academia para compartir el reconocimiento principal. El galardón premia obras cinematográficas, no clausura la conversación sobre la historia que narran.
Un precedente que no convierte el empate en costumbre
Que la categoría principal registrara un ex aequo abre la posibilidad de que vuelva a ocurrir, pero no permite anticipar que los premios vayan a repartir habitualmente el galardón. Para que suceda, dos películas deben acabar exactamente igualadas en esa votación. La edición de 2025 demostró que ese desenlace puede darse y que el premio puede reconocer a las dos candidatas; no aporta, por sí sola, motivos para pensar que se repetirá pronto. Un precedente histórico no equivale a una nueva norma de uso frecuente.
También deja una lección sobre la forma de anunciar los resultados. La entrega de premios suele apoyarse en una secuencia muy simple: se abre un sobre y se lee un nombre. Cuando aparecen dos tarjetas y una indicación de empate, el protocolo puede sorprender tanto a quienes están en el escenario como a quienes lo siguen desde sus butacas. Esa reacción no altera la legitimidad del resultado, pero explica por qué el momento quedó asociado al desconcierto. La rareza del anuncio acompañó a la rareza estadística del empate.
Al final, la imagen de dos equipos compartiendo el escenario condensa una noche que no tuvo una sola protagonista. El 47 llevó al centro una historia de organización vecinal; La infiltrada, la tensión de una vida sostenida en el secreto. Que ambas recibieran el Goya a mejor película no borra sus diferencias ni ofrece una explicación definitiva de cada voto. Deja una respuesta más concreta y, a la vez, más interesante: la Academia terminó reconociendo a dos películas con el mismo resultado en la categoría principal, y esa coincidencia convirtió una regla excepcional en un capítulo nuevo de la historia de los Goya.

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