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España también expulsa: las razones de algunos retornos migrantes

Dos historias revelan cómo la precariedad, los papeles y el alquiler convierten el regreso en una salida posible.

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más migrantes se van de España

España es un país de llegada, pero también de salida. En 2024, 662.294 personas abandonaron el país, según el Instituto Nacional de Estadística, y el 79,2% de ellas eran extranjeras. La cifra no significa que todas se marcharan por las mismas razones ni que cada salida fuera forzada: recoge trayectorias distintas, desde cambios de residencia hasta retornos al país de origen. Pero permite ver una realidad menos atendida que la llegada: para parte de quienes migran, el proyecto de asentarse aquí no termina de sostenerse.

El empleo inestable, el coste de la vivienda y las dificultades para regularizar la situación pueden convertir la vida cotidiana en una sucesión de obstáculos. A veces, además, pesa la separación de la familia o la necesidad de abandonar un entorno que ya no ofrece seguridad. Las historias de Dilcia Morazán y Reinaldo Fajardo, dos hondureños que han decidido volver, muestran cómo se acumulan esos factores y cómo el retorno puede dejar de parecer una derrota para convertirse en una forma de recuperar margen de decisión.

Una cifra de salidas que reúne trayectorias muy distintas

Entre quienes dejaron España en 2024, los grupos más numerosos fueron los de nacionalidad marroquí, con 54.869 personas; rumana, con 50.220, y colombiana, con 45.543. El dato describe un volumen de movimientos, no una explicación única. Las estadísticas no permiten deducir por sí solas si alguien regresó a su país, se trasladó a otro Estado o cambió de residencia por motivos laborales, familiares o personales. Tampoco indican que quienes se marchan hayan tenido una experiencia idéntica.

La proporción de población extranjera entre las salidas, sin embargo, invita a mirar las condiciones que acompañan algunos proyectos migratorios. Llegar a España no garantiza encontrar un empleo estable, acceder a una vivienda asumible ni resolver con rapidez la situación administrativa. Cuando esas piezas no encajan, permanecer puede exigir más recursos y resistencia de los previstos. La salida aparece entonces como el resultado de una acumulación, no necesariamente como una decisión repentina ni como una respuesta a un solo problema.

También importa distinguir entre emigración y retorno. Una persona extranjera que deja España no siempre vuelve al lugar del que partió, del mismo modo que alguien que regresa puede hacerlo tras años de residencia y vínculos aquí. Las estadísticas generales cuentan movimientos, mientras que las biografías revelan lo que hay detrás: expectativas, redes familiares, empleos, papeles y decisiones que se revisan con el tiempo. Esa diferencia evita presentar cada salida como un fracaso o atribuirla automáticamente a una causa concreta.

El empleo informal puede cerrar la puerta a la estabilidad

En la experiencia de Dilcia Morazán, de 52 años, y Reinaldo Fajardo, de 48, la falta de una situación administrativa regularizada aparece ligada a la dificultad para conseguir un trabajo formal. Ambos llegaron desde Honduras con la expectativa de rehacer sus vidas, aunque por motivos distintos. En España encontraron oportunidades laborales, pero no la continuidad necesaria para construir una base firme. Trabajar no siempre equivale a poder asentarse cuando los empleos son esporádicos, informales o dependen de condiciones que la persona no puede negociar con facilidad.

Dilcia enlazó trabajos por horas después de dejar un empleo como interna. En esa modalidad, el alojamiento y la comida pueden formar parte del acuerdo laboral, algo que al principio parece resolver varias necesidades a la vez. Pero la convivencia dentro de una casa también puede hacer que los límites entre tiempo de trabajo y tiempo propio se difuminen. En su caso, el trato cambió cuando llegó su hija y la madre decidió marcharse. Salir de ese empleo fue una decisión de protección, pero supuso perder la estabilidad inmediata que ofrecía el alojamiento.

Reinaldo, que llegó en 2023, describe otro costado de la precariedad: trabajos de construcción, jardinería y tareas físicas, con jornadas partidas y ocasiones en las que no le pagaron. Sin un contrato y con una situación administrativa vulnerable, reclamar un salario puede resultar especialmente difícil. El problema no es solo cuánto se gana, sino la incertidumbre de no saber si el trabajo seguirá, si se cobrará o si servirá para dar el siguiente paso. La informalidad deja a la persona expuesta y hace más complicado planificar el mes, buscar una vivienda o sostener un proyecto familiar.

La irregularidad, además, no es una dificultad aislada que desaparezca al encontrar cualquier empleo. Puede afectar al acceso a trabajos formales y a distintos trámites, mientras que la falta de empleo estable complica la posibilidad de salir de esa situación. Así se forma un círculo: la precariedad laboral impide consolidar una vida estable y la fragilidad administrativa estrecha las opciones de trabajo. Las historias recogidas no permiten generalizar sobre todas las personas migrantes, pero sí ilustran cómo se refuerzan entre sí varios obstáculos.

La vivienda condiciona dónde se puede trabajar y vivir

El alquiler es otra pieza central. Reinaldo cuenta que no encontraba una vivienda asequible y que, en ocasiones, una habitación costaba tanto como un piso. Ante esa dificultad terminó viviendo en un pueblo de Castilla-La Mancha. Dilcia y su hija llegaron a Aranda de Duero, en Burgos, gracias a contactos. En ambos casos, el lugar de residencia no fue necesariamente el destino preferido, sino el que resultó posible con los recursos y las redes disponibles.

La mudanza a un municipio más pequeño puede aliviar una parte del problema, pero no lo resuelve por completo. Cambiar de ciudad modifica también las oportunidades laborales, las distancias y la dependencia de otras personas para acceder a servicios o desplazarse. Si la oferta de empleo es limitada, encontrar techo en un lugar más asequible no asegura que haya trabajo estable cerca. Vivienda y empleo forman una misma ecuación: cada decisión sobre dónde vivir puede abrir unas posibilidades y cerrar otras.

Para una familia, además, el alojamiento no es solo una cuestión de presupuesto. Una habitación compartida o una vivienda provisional puede reducir la privacidad y dificultar la construcción de una rutina. En el caso de Dilcia, la preocupación por el estado emocional de su hija adolescente pesó en la decisión de volver. La madre la describe triste y desanimada; ese relato expresa una preocupación familiar, no un diagnóstico clínico. Aun así, deja claro que el bienestar de los hijos puede cambiar la prioridad de un proyecto migratorio.

La precariedad del techo también reduce la capacidad de elegir. Quien depende de un empleo que incluye alojamiento, de una habitación conseguida por conocidos o de una vivienda temporal tiene menos margen para rechazar condiciones laborales desfavorables. No se trata de afirmar que toda persona migrante vive esa situación, sino de comprender por qué, cuando coinciden falta de contrato y dificultad para alquilar, un problema cotidiano puede extenderse al resto de la vida. La vivienda funciona como una frontera práctica: condiciona dónde se puede buscar trabajo y qué estabilidad se puede ofrecer a la familia.

Dos proyectos que se fueron transformando

Dilcia salió de Guanaja, en Honduras, en agosto de 2021. La pandemia había afectado su empleo en la isla y su marido la había dejado a cargo de sus tres hijos. Llegó a España buscando trabajo y una vida más estable, y comenzó como interna. En un primer momento tuvo que volver a Honduras porque su hija menor la necesitaba. Más tarde regresó a España y la trajo consigo: la niña tenía entonces 11 años.

La relación laboral que había sostenido la primera etapa se deterioró después de la llegada de la menor. Dilcia decidió abandonar la casa donde trabajaba y encontró alojamiento en Aranda de Duero por medio de conocidos. Desde entonces buscó empleo y fue encadenando trabajos por horas, pero no logró un contrato estable que le permitiera avanzar en la regularización. Lo que empezó como una apuesta por reconstruir la vida familiar se convirtió en una espera prolongada, con el trabajo, los papeles y la vivienda sin una solución duradera.

Su decisión de volver está ligada también a sus hijos, que permanecen en Honduras, y a la preocupación por su hija adolescente en España. Dilcia planea abrir en su ciudad una tienda de ropa de segunda mano. No presenta el regreso como una vuelta sencilla ni como una garantía de éxito, sino como una oportunidad para reunirse con su familia e intentar un proyecto propio. El retorno recompone una vida que había quedado dividida entre la búsqueda de estabilidad en España y los vínculos familiares en su país.

La trayectoria de Reinaldo empezó con un motivo diferente. Antes de emigrar tenía una empresa de distribución de bebidas en Honduras, pero tuvo que cerrarla después de sufrir extorsiones y amenazas de muerte. Llegó a España en 2023 con la idea de poner en marcha un negocio parecido. Sin embargo, la situación irregular limitó sus opciones y acabó trabajando en tareas físicas, entre ellas construcción y jardinería, sin la continuidad que necesitaba para emprender.

Reinaldo también relata dificultades para acceder a determinados servicios, como la atención sanitaria o una cuenta bancaria, y problemas para encontrar una vivienda. La suma de empleo irregular, impagos y falta de alojamiento estable hizo que su proyecto empresarial inicial perdiera fuerza. Ahora planea retomar la distribución de bebidas en Honduras y dice que ha recibido noticias de una cierta mejoría de la seguridad. Esa valoración forma parte de su percepción y de sus planes, no de una garantía sobre las condiciones futuras. La decisión de volver le devuelve una dirección concreta después de una etapa marcada por la incertidumbre.

El retorno no siempre es una derrota

En el debate público, marcharse del país de destino puede interpretarse como señal de que el proyecto migratorio fracasó. Esa lectura deja fuera el hecho de que los planes cambian y de que regresar puede responder a prioridades nuevas. Para Dilcia, estar cerca de sus hijos y atender el malestar de su hija pesan tanto como las posibilidades de empleo. Para Reinaldo, volver ofrece la opción de reconstruir una actividad que ya conocía. En ambos casos, el regreso tiene un coste emocional, pero también una dimensión de alivio.

Eso no convierte el retorno en una solución fácil. Volver puede implicar dejar atrás amistades, trabajos, expectativas y años de esfuerzo, además de afrontar la incertidumbre de cómo será la vida en el país de origen. Tampoco borra las razones que impulsaron la salida: Dilcia emigró tras perder su empleo y afrontar una ruptura familiar; Reinaldo salió después de amenazas y extorsiones. El regreso se decide entre las circunstancias del presente y las posibilidades de futuro, no mediante una comparación simple entre dos países.

Las redes personales suelen ser decisivas en ese proceso. Los conocidos ayudaron a Dilcia a encontrar alojamiento; los compatriotas y contactos ofrecen a Reinaldo información sobre la situación en Honduras. Pero una red puede brindar apoyo sin resolver por sí sola la falta de contrato, el precio del alquiler o la necesidad de capital para emprender. De ahí que algunas personas necesiten una ayuda organizada para viajar y afrontar los primeros días tras la llegada. El acompañamiento puede reducir la brusquedad del regreso, aunque no elimina la incertidumbre que viene después.

El matiz importante es que salir de España no demuestra, por sí solo, que el país haya sido inviable para esa persona, ni que el retorno vaya a salir bien. Sí permite observar qué sucede cuando las expectativas iniciales chocan con barreras que se prolongan. En las experiencias de estos dos hondureños, el punto de inflexión no fue un episodio único, sino la suma de empleo inestable, dificultad para regularizar la situación, problemas de vivienda y preocupación familiar. El proyecto dejó de parecer sostenible antes de que llegara el momento de partir.

Qué ofrece el retorno voluntario de la OIM

Para algunas personas, querer volver no basta: el viaje cuesta dinero y hace falta organizar la llegada. En España existe un programa de retorno voluntario impulsado por la Organización Internacional para las Migraciones y financiado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, dirigido a personas en situación de vulnerabilidad. Según la información del programa recogida en el artículo original, la modalidad básica contempla el billete de avión y un apoyo económico inicial para los primeros días en el país de origen.

El programa incluye también una vía específica para quienes quieren regresar y poner en marcha un pequeño negocio. La preparación comienza en España con dos días de formación orientados a diseñar un plan empresarial. Después, el acompañamiento continúa en el país de origen, donde se ayuda a concretar la puesta en marcha y a identificar los recursos necesarios. El apoyo puede destinarse a gastos o materiales vinculados a la actividad, como el alquiler de un local o el equipamiento básico. La ayuda se plantea como acompañamiento para un proyecto definido, no como una entrega de dinero sin seguimiento.

La organización realiza una monitorización posterior para comprobar cómo se emplean los recursos y cómo avanza la iniciativa. Ese seguimiento importa porque una idea que funciona sobre el papel debe adaptarse a las condiciones reales del lugar donde se ejecutará. En el caso de Dilcia, el plan es una tienda de ropa de segunda mano; Reinaldo espera recuperar su actividad de distribución de bebidas. El programa no garantiza que un negocio prospere ni elimina los riesgos habituales de emprender, pero puede aportar estructura a una vuelta que, de otro modo, resultaría más difícil de organizar.

El punto focal del proyecto, André Lascoutx, indicó que la OIM recibió alrededor de 3.000 contactos solicitando información durante el año mencionado y que el programa acabó ayudando a 544 personas. De ellas, 84 participaron en el itinerario de emprendimiento. Las cifras muestran la diferencia entre pedir información y completar un retorno con apoyo, pero no explican por sí solas por qué cada persona sigue o abandona el proceso. El interés por regresar no se traduce automáticamente en una decisión tomada: intervienen la familia, el dinero, la situación personal y las perspectivas en el país de destino y en el de origen.

La decisión final se mide en condiciones de vida

Los datos de salidas ayudan a dimensionar el fenómeno, pero no sustituyen a las historias individuales. Que 662.294 personas abandonaran España en 2024 y que la mayoría fueran extranjeras no permite afirmar que todas lo hicieran por precariedad ni que todas regresaran a su país. Lo que sí permiten las experiencias de Dilcia y Reinaldo es observar mecanismos concretos: la falta de estabilidad laboral complica la vivienda; la vivienda frágil condiciona el trabajo; y una situación administrativa irregular puede estrechar aún más las opciones.

La explicación de fondo no cabe en una sola etiqueta. No basta con hablar de salarios, de papeles o del precio del alquiler por separado, porque en la vida diaria esos factores se mezclan con la salud emocional, los vínculos familiares y la seguridad. Dilcia llegó para reconstruir su vida junto a sus hijos y se marcha con la idea de volver a reunirse con ellos y emprender. Reinaldo buscó escapar de las amenazas y reactivar su empresa, pero las condiciones laborales y residenciales en España le hicieron revisar el plan.

Por eso, algunas personas migrantes acaban marchándose no porque hayan dejado de buscar una vida mejor, sino porque esa búsqueda adopta otra forma. La decisión de volver puede ser dolorosa y, al mismo tiempo, sensata desde la perspectiva de quien la toma. El indicador decisivo no es solo cuántas personas llegan o se van, sino si pueden construir una vida con empleo, vivienda y vínculos suficientemente estables para que quedarse siga siendo una opción real.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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