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¿Por qué el Madrid destrozó a Unicaja y va a por Valencia?

El Madrid arrolla a Unicaja 100-70 en el Roig Arena, firma una exhibición coral y se cita con el Valencia en semifinales de la Copa del Rey.
El Real Madrid salió al Roig Arena con una idea fija y brutalmente simple: ganar ya, sin negociación, sin prólogo. Lo consiguió con un 100-70 que dejó a Unicaja fuera en cuartos de final de la Copa del Rey 2026 y, de paso, encendió el cartel de “ojo con estos” antes de la semifinal contra Valencia Basket, marcada para el sábado a las 18:00.
La paliza tuvo forma de partido serio, no de fogonazo: defensa dura desde el primer bote, rotación amplia, ritmo alto y un reparto de puntos que desactiva cualquier lectura cómoda. Hubo una cifra que resumió el tono: el Madrid llegó a mandar por 37 puntos y cerró la noche con una valoración total de 135, un dato que en Copa suena a martillo.
Una noche sin partido: 100-70 y sensación de KO
A veces el baloncesto ofrece suspense; otras, sentencia. El guion se rompió pronto porque el Madrid convirtió el arranque en una especie de inspección técnica: cada ataque de Unicaja encontraba una mano, un cuerpo, una ayuda; cada posesión blanca terminaba con un tiro reconocible, de esos que parecen entrenados mil veces. El primer cuarto acabó 28-12, pero la cifra se quedaba corta para lo que estaba pasando: el rival ya iba a contrapié, como corriendo con arena en los zapatos.
La escena fue creciendo sin pausa rara. Unicaja intentó agarrarse a pequeños chispazos, a un par de rebotes ofensivos, a ese tiro exterior que tantas veces le da oxígeno, pero el partido no se abrió. Ni un resquicio. El Madrid, sin necesidad de exhibirse, fue elevando la ventaja con una naturalidad casi insultante: 50-27 al filo del descanso, y la segunda parte empezó como empiezan los equipos que huelen sangre, apretando más.
Cuando volvió el juego tras el descanso, lo que quedaba era una pendiente. El Madrid firmó un tercer cuarto que fue medio partido en sí mismo, con un tramo en el que Unicaja se pasó cinco minutos sin anotar una canasta en juego, y el marcador se disparó hasta un 71-35 en el minuto 28. A esas alturas ya no había debate, solo el ruido del aro y esa sensación rara de Copa cuando un favorito decide demostrarlo a gritos.
El 100-70 final tuvo un detalle que explica por qué fue una paliza “de sistema” y no de inspiración: el Madrid cerró con diez jugadores entre 7 y 16 puntos, una distribución que suena a equipo enchufado y a banquillo con gasolina. Y, sí, Unicaja maquilló algo el último cuarto, pero fue maquillaje: la diferencia ya estaba escrita en mayúsculas.
La receta blanca: defensa, rotación y un ritmo sin freno
El Madrid no ganó solo por meter; ganó por cómo impidió jugar. Scariolo planteó una defensa de cambios, agresiva, con ayudas rápidas y una disciplina que suele aparecer en noches grandes. En la pintura, Edy Tavares puso el techo, pero el trabajo de Garuba, Len y compañía fue igual de incómodo: Unicaja no encontró continuidad ni segundas oportunidades, y cuando intentó acelerar, se chocó con un equipo que ya estaba colocado.
En ataque, el Madrid fue un equipo sobrio, sin barroquismos. Mucho pase extra, muchas ventajas pequeñas convertidas en tiros claros. Los números que se filtraron durante el partido dibujan una idea: 71% en tiros de dos, solo 9 pérdidas, y una anotación coral que desactiva el típico “si paras a uno, lo arreglas”. No había uno. Había varios. Y todos jugando en el mismo idioma.
El primer cuarto como manifiesto
Ese inicio fue más que un buen parcial; fue un aviso. El Madrid encadenó un 14-0 en tres minutos y convirtió el primer cuarto en una declaración de intenciones: intensidad alta, piernas, contacto, nada de concesiones. En un dato casi teatral, la valoración del primer cuarto terminó 38-0, como si el partido empezara con una puerta cerrándose de golpe.
Lo interesante es que el equipo no se cayó después, que es lo que muchas veces pasa cuando la adrenalina manda. Mantuvo actitud, mantuvo cabeza. Unicaja buscó cambiar el paisaje con rotaciones, con emparejamientos, con ajustes para salir de la asfixia, pero el Madrid respondió con lo que mejor sienta en Copa: regularidad y una sensación de control que va desgastando al rival por dentro.
Los nombres propios del golpe
En una victoria así siempre hay caras que se quedan en la foto. La más nítida fue Trey Lyles, elegido MVP del partido: 16 puntos, 6 rebotes, 23 de valoración en 18 minutos, una hoja de servicios perfecta para una noche en la que el Madrid necesitaba piernas y contundencia en el cuatro. Lyles no solo anotó; rompió la resistencia cuando todavía parecía que Unicaja podía sostenerse.
Al lado apareció Theo Maledon, que venía de lesión y se notó con hambre: 21 de valoración según la crónica del club, ruptura en bote, puntos cuando tocaba, y esa capacidad de desordenar defensas que, en Copa, vale oro. El Madrid le dio minutos con lógica, sin precipitar, y la respuesta fue inmediata: cada vez que encaró, el partido se inclinó un poco más.
En el centro del cuadro estuvo Edy Tavares, que hizo lo de siempre cuando el partido se pone físico: mandar. No hace falta que meta treinta para notarse; basta con que esté. Cerró con 22 de valoración según los datos destacados, intimidó, corrigió, y convirtió la zona en un territorio con dueño. Y mientras él sostenía el armazón, Gabriel Deck añadió energía y lectura, con 14 puntos en las cifras que circularon durante la noche, además de ese punto de contacto que a Unicaja le sentó como un golpe en el estómago.
Sergio Llull jugó otro partido importante dentro del partido: el de la historia. En Valencia se convirtió en el jugador con más minutos acumulados en la Copa con 982, y además igualó a Juan Carlos Navarro como segundo con más partidos coperos, 44. Son números que pesan porque hablan de continuidad, de longevidad, de estar siempre ahí cuando el torneo aprieta. Y en la pista, sin necesidad de locuras, aportó oficio: el tipo de oficio que convierte un +12 en un +20 sin que nadie sepa exactamente cuándo ocurrió.
Hubo más piezas que sumaron sin ruido pero con efecto. Alberto Abalde dio equilibrio, defensa y acierto en momentos útiles; Andrés Feliz metió velocidad y presión en la segunda unidad; Campazzo, incluso sin grandes cifras anotadoras, ordenó el tráfico con esa mezcla de nervio y control que suele contagiar al resto. La imagen final, con la grada madridista cantando “Así, así, así gana el Madrid”, no fue teatro: fue el reflejo de un partido que el equipo gobernó de principio a fin.
Unicaja, entre la enfermería y el ruido interno
Unicaja llegó a la Copa sin el mismo cuerpo que el año pasado. Pesaron las bajas, y no pequeñas: Tyson Pérez, Killian Tillie y David Kravish no estaban, y esa ausencia se notó especialmente en una zona clave del partido, la de los “cuatros”, donde el Madrid construyó parte del destrozo. En Copa, una lesión es una explicación parcial; tres lesiones, en una rotación corta, ya son un problema estructural.
Ibon Navarro tocó esa tecla sin esconderse y dejó una frase que define el tipo de noche que fue: “Los mejores jugadores del Real Madrid han sido sus ‘cuatros’ y nuestros ‘cuatros’ están sentados en la grada”. No era una excusa, era una radiografía. El Madrid atacó donde más dolía, con físico, con velocidad, con la ventaja de poder rotar sin que bajara el nivel. Unicaja, en cambio, se quedó sin herramientas para sostener el golpe.
En la pista, los nombres que suelen encender a Unicaja estuvieron apagados. Kendrick Perry, Duarte y Cobbs no lograron generar ese caos creativo que tantas veces salva partidos, y Kalinoski tampoco encontró su zona de confort. Hubo momentos en los que James Webb III pareció el único capaz de coser la herida, y alguna secuencia de rebote ofensivo de Balcerowski dio la sensación de que el equipo podía agarrarse a algo… pero era poco, muy poco, frente a un rival que defendía como si el partido fuese una semifinal.
La frase que dejó el vestuario en penumbra
La comparecencia de Ibon Navarro tuvo un tono raro, más íntimo que táctico, como si el partido fuese solo una parte del problema. Pidió perdón a la afición desplazada, defendió a sus jugadores y, a la vez, admitió la magnitud del golpe: “Nos hemos visto superados por todo”, dijo en esencia, y remató con la frase que se quedó flotando en el pabellón: “Fuera de este vestuario nadie sabe lo que está pasando”. No es habitual escuchar algo así tras un partido de Copa; suena a temporada larga con baches internos, a algo que no se explica solo con sistemas.
Navarro también rechazó el tópico fácil de la “falta de garra”, ese comodín que se usa cuando no se sabe qué decir. Venía a decir, sin decirlo como excusa, que cuando un equipo está sobrepasado por el nivel del rival, la épica sirve de poco. Y en esta noche, el Madrid fue 30 puntos mejor en sensaciones y en marcador, una distancia que duele porque en Copa no hay revancha inmediata: hay maleta y vuelta a casa.
El golpe no termina en Valencia. Unicaja sigue con temporada por delante en Liga Endesa y en Basketball Champions League, y la lectura interna será delicada: reubicar el momento del equipo, gestionar las bajas, y reconstruir la competitividad para que una noche así no se convierta en tendencia. La Copa, cuando te expulsa con un 100-70, te obliga a mirarte sin filtros.
Madrid-Valencia: una semifinal con aroma de final
El premio del Madrid es un cruce que, por cartel, parece adelantado. Valencia Basket, anfitrión en el Roig Arena, ya se metió en semifinales tras ganar al Joventut por 95-84 en un partido más áspero, con remontada amagada y final controlado. Ahí brillaron Jean Montero con 19 puntos y Brancou Badio con 21, dos escoltas que convierten cualquier partido en un intercambio de golpes.
El Joventut, pese a la derrota, dejó cosas que ayudan a entender el nivel que exige esta Copa: Andrew Hunt se fue a 26 puntos, y el regreso de Ricky Rubio aportó ese punto de dirección y lectura que no se enseña, se trae de casa. Valencia tuvo que apretar al final, con rebote y defensa, para evitar el susto, y eso también cuenta: los equipos locales suelen cargar con una presión extra, aunque el pabellón sea mayoritariamente neutral por el reparto de entradas.
El cruce del sábado a las 18:00 se juega en varios frentes a la vez. Valencia propone un baloncesto con ritmo, exteriores que atacan ventajas cortas y una capacidad para castigar desde el perímetro cuando el partido se abre; el Madrid llega con una rotación larga, con la confianza que da meter cien puntos en un partido de eliminación directa y, sobre todo, con la sensación de que ha encontrado el tono defensivo justo a tiempo.
Hay un detalle de calendario que favorece la narrativa: el Madrid ganó con margen y pudo repartir minutos; Valencia, aunque ganó con autoridad, tuvo un partido más de dientes apretados. En Copa, ese desgaste no siempre se ve en el primer cuarto del siguiente partido; a veces aparece en el minuto 33, cuando el balón quema y la pierna pesa. Y ahí, en finales apretados, el Madrid suele tener una ventaja intangible: memoria competitiva y un núcleo que ha jugado demasiadas noches de alta tensión.
Alrededor del gran cruce, la Copa seguía su ruta con los otros cuartos programados para el viernes: Baskonia–La Laguna Tenerife y Barcelona–UCAM Murcia, dos duelos que completan el cuadro y que decidirán la otra semifinal del sábado. La final está fijada para el domingo a las 19:00, con el Roig Arena como escenario de estreno en el gran escaparate del baloncesto español.
El aviso del Madrid y el silencio que deja Unicaja
El Madrid no solo eliminó al campeón; lo desactivó con una puesta en escena que parece pensada para mandar un mensaje al torneo entero: así se entra en la Copa. El 100-70, la ventaja máxima de 37, la valoración de 135, la lista de jugadores sumando sin ego y la defensa apretando como si fuese mayo… todo eso construye una idea simple: el equipo de Scariolo ha llegado a Valencia con el cuchillo deportivo bien afilado.
Unicaja se marcha con una derrota que pesa por el marcador y por lo que dejó entrever en la sala de prensa. Las bajas explican parte del derrumbe, pero el propio Ibon Navarro habló de algo más hondo, de un momento interno que no se ventila fuera, y esa frase —“fuera de este vestuario nadie sabe lo que está pasando”— queda como eco incómodo. La Copa no perdona y, cuando te saca así, te obliga a recomponer el relato de la temporada a toda velocidad.
Y mientras Unicaja vuelve a su calendario con heridas y preguntas puertas adentro, el Madrid ya mira al siguiente rival. Valencia Basket no es un trámite, ni mucho menos: es el anfitrión, viene de ganar y tiene talento de sobra para convertir el Roig Arena en un horno. Pero después de lo visto en cuartos, el Madrid llega con algo que en Copa vale casi tanto como el acierto: autoridad.

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