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Naturaleza

¿Limpiar el aire puede devolver 15 dólares por cada dólar invertido?

Limpiar el aire puede ser una inversión muy rentable: la ONU estima un retorno de 15 a 1, menos enfermedades y un freno al calentamiento global.

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verde en una gran ciudad

Resumen

  • Cada dólar invertido en aire limpio puede generar unos 15 dólares de retorno
  • Las medidas reducirían enfermedades, muertes prematuras y gasto sanitario
  • Actuar a la vez sobre contaminación y clima multiplica los beneficios económicos

Limpiar el aire no solo evitaría enfermedades y reduciría el calentamiento global. También puede ser un negocio extraordinariamente rentable para el conjunto de la economía. Un nuevo informe respaldado por Naciones Unidas calcula que cada dólar invertido en medidas coordinadas contra la contaminación atmosférica y el cambio climático puede generar alrededor de 15 dólares en beneficios económicos y sociales.

La cifra es llamativa, pero conviene entenderla bien. No significa que un Gobierno coloque un dólar en una especie de máquina verde y reciba quince billetes al cabo de unos años. El retorno suma ahorro sanitario, aumento de la productividad, daños evitados, vidas más largas y otros beneficios económicos asociados a respirar un aire menos contaminado. Incluso eliminando del cálculo algunos de esos beneficios sociales difíciles de reflejar en una cuenta corriente, el rendimiento seguiría rondando los cuatro dólares por cada dólar invertido. Bastante más que muchas inversiones que suelen recibir alfombra roja y foto de inauguración.

El estudio, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Coalición Clima y Aire Limpio, analiza 25 medidas ya conocidas y técnicamente disponibles. Su tesis central es sencilla: combatir por separado la contaminación del aire y el calentamiento global resulta menos eficiente porque buena parte de las causas son las mismas. Quemamos combustibles fósiles, emitimos gases de efecto invernadero y, de paso, llenamos nuestros pulmones de partículas. Dos facturas procedentes, muchas veces, de la misma chimenea.

La cifra que cambia el debate sobre el coste ambiental

Durante décadas, una parte del debate político ha presentado la lucha contra la contaminación como una elección incómoda entre ecología y crecimiento. Aire más limpio, sí, pero pagando una factura económica. El nuevo análisis le da la vuelta al argumento: no actuar también cuesta dinero, y mucho.

La aplicación conjunta de las medidas estudiadas produciría beneficios económicos anuales equivalentes al 2,8% del PIB mundial en 2035, al 4,5% en 2050 y al 11,4% a finales de siglo. El coste de implantarlas se situaría alrededor del 0,7% del PIB durante la próxima década y disminuiría posteriormente. Como comparación incómoda, los subsidios explícitos a los combustibles fósiles representaron un 2,18% del PIB mundial en 2022.

La diferencia no es pequeña. El estudio calcula una tasa interna de retorno cercana al 60% y sostiene que los beneficios estrictamente económicos pueden superar el coste de las medidas en menos de diez años. Dicho de otra manera: limpiar el aire no aparece únicamente como política sanitaria o climática, sino como inversión productiva.

Hay otro número que explica la urgencia económica sin necesidad de recurrir a grandes discursos. Cada año de retraso supondría renunciar a más de 1,5 billones de dólares anuales en beneficios potenciales. No es un castigo abstracto que llegará dentro de tres generaciones; son hospitales saturados, trabajadores enfermos, cosechas dañadas y productividad que desaparece discretamente de las estadísticas.

Qué significa realmente ganar 15 dólares por cada uno invertido

El retorno de 15 a 1 incluye partidas que una contabilidad empresarial tradicional no suele colocar juntas. Están los gastos sanitarios evitados, las horas de trabajo recuperadas, los daños materiales reducidos y la mayor productividad. Y también aparece la valoración económica de muertes prematuras evitadas y años de vida saludable.

Esa distinción importa. Si únicamente se contabilizan los beneficios directamente observables en el mercado —menos gasto médico, más producción, menos pérdidas físicas—, el rendimiento baja de 15 a aproximadamente cuatro dólares por cada dólar. Sigue siendo una relación muy elevada. Los once restantes no son dinero ficticio; representan bienestar y daños humanos evitados que las cuentas nacionales registran bastante peor que una fábrica nueva o una autopista.

El problema político aparece justo ahí. Los costes suelen estar concentrados y son visibles: renovar una flota, cerrar una instalación contaminante, sustituir una caldera, modernizar una industria. Los beneficios llegan repartidos entre ministerios de Sanidad, empresas, familias y administraciones locales. La inversión tiene dueño; buena parte del beneficio, no. Y eso convierte una operación aparentemente rentable en un pequeño rompecabezas presupuestario.

Las 25 medidas no pertenecen a la ciencia ficción

El informe no parte de tecnologías hipotéticas que necesiten treinta años de laboratorio. Analiza 25 soluciones aplicables en seis grandes ámbitos: energía y sistemas de combustibles fósiles, industria, transporte, agricultura y alimentación, cocinas y calefacción domésticas, y gestión de residuos.

Energía, transporte y agricultura concentran buena parte del cambio

Entre ellas figuran la expansión de las energías renovables, una mayor eficiencia energética, vehículos eléctricos, normas de emisiones más estrictas, inspecciones adecuadas de los automóviles y combustibles marítimos con menos azufre. También aparecen actuaciones menos vistosas pero decisivas: reducir fugas de petróleo y gas, evitar la quema rutinaria de gas en instalaciones extractivas o mejorar la gestión del estiércol.

En el campo, la lista incluye un uso más eficiente de los fertilizantes, cambios en el cultivo del arroz y alternativas a la quema de residuos agrícolas. En ciudades y hogares cobran peso las cocinas y los sistemas de calefacción más limpios, mientras que la gestión de residuos exige mejorar vertederos, tratamiento de aguas residuales y reciclaje.

La estrategia tiene una particularidad importante: no se limita al dióxido de carbono. También actúa sobre el metano, el carbono negro y los hidrofluorocarburos, contaminantes capaces de provocar un calentamiento intenso y cuya reducción puede producir efectos climáticos relativamente rápidos.

Es precisamente esa combinación la que permite obtener beneficios dobles. Sustituir una fuente de combustión sucia puede disminuir emisiones que calientan el planeta y, al mismo tiempo, reducir las partículas contaminantes que terminan en los pulmones de quienes viven a pocos kilómetros. Clima global y salud local dejan de ser dos carpetas administrativas distintas.

La contaminación mata millones y también enferma economías

El lado más áspero del informe está en las cifras sanitarias. En 2025, la contaminación atmosférica exterior provocada por actividades humanas estuvo asociada a unos 6,4 millones de fallecimientos prematuros en todo el mundo. La contaminación dentro de los hogares añadió otros dos millones, entre ellos alrededor de 300.000 niños.

No se trata solamente de mortalidad. La exposición al aire contaminado estuvo vinculada durante ese mismo año a unos 5,5 millones de nuevos casos de asma infantil y alrededor de dos millones de casos de demencia, además de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, diabetes, patologías respiratorias y cáncer de pulmón. Cada diagnóstico tiene un rostro; detrás viene también una nómina de costes hospitalarios, bajas laborales y cuidados familiares.

Si las 25 medidas se implantaran plenamente, el informe estima que podrían evitarse de manera acumulada 144 millones de muertes prematuras relacionadas con la contaminación hasta 2050, de las cuales unos 96 millones corresponderían al aire exterior. También se evitarían cientos de millones de casos de enfermedades crónicas.

Ahí se encuentra buena parte de esa riqueza aparentemente escondida. Una ciudad menos contaminada no fabrica automáticamente más coches ni más teléfonos, pero sus habitantes pasan menos días enfermos, los niños desarrollan menos patologías respiratorias y los sistemas públicos soportan menos presión. La economía también ocurre en esos lugares, aunque no lleven un luminoso con cotización bursátil.

Las consecuencias climáticas del paquete son igualmente considerables. Frente al escenario de referencia utilizado por los autores, aplicar las medidas inmediatamente permitiría reducir a la mitad las emisiones mundiales de CO₂ en 2050, disminuir el metano alrededor de un 60% y recortar cerca de un 70% contaminantes como el carbono negro, el dióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno.

El efecto acumulado evitaría aproximadamente 0,34 grados de calentamiento global en 2050 y alrededor de 1,4 grados hacia 2100 respecto al escenario de referencia del estudio. En muchas regiones terrestres, donde la temperatura aumenta más deprisa que el promedio mundial, la diferencia podría situarse entre 1,5 y 2 grados a finales de siglo.

Son décimas que parecen pequeñas únicamente escritas sobre el papel. En climatología, unas décimas separan escenarios muy distintos de sequías, olas de calor, incendios, productividad agrícola y mortalidad asociada a temperaturas extremas.

La otra ventaja es la velocidad. Las políticas climáticas suelen juzgarse pensando en horizontes de décadas, mientras que la mejora de la calidad del aire puede sentirse mucho antes. Menos partículas en suspensión significa efectos sanitarios relativamente rápidos, algo políticamente relevante: parte de los beneficios puede aparecer dentro de un mandato electoral, no en el año 2100.

El verdadero cuello de botella está en las instituciones

El informe señala una paradoja bastante contemporánea. Muchas de las tecnologías necesarias ya existen y una parte de ellas resulta rentable. El principal obstáculo no sería técnico, sino institucional: administraciones fragmentadas, poca coordinación entre departamentos, regulaciones débiles y dificultades para ejecutar las políticas.

Esas barreras podrían retrasar casi ocho años la implantación plena de las soluciones estudiadas. Eliminarlas, mediante mejores instituciones, financiación, incentivos fiscales y normas capaces de movilizar inversión privada, podría liberar hasta 10 billones de dólares adicionales en beneficios sanitarios para 2040.

El asunto deja entonces de ser exclusivamente ambiental. Si el transporte depende de un ministerio, la energía de otro, la salud de un tercero y la calidad del aire de administraciones regionales o municipales, cada organismo ve solo un trozo de la cuenta. El informe propone precisamente lo contrario: tratar clima, contaminación, sanidad y economía como piezas del mismo balance.

Y ahí aparece el sarcasmo involuntario de las cifras. Una inversión con un retorno potencial de 15 a 1 despertaría entusiasmo inmediato si se tratara de inteligencia artificial, semiconductores o una mina recién descubierta. Cuando el activo es aire respirable, los beneficios quedan dispersos por hospitales, empresas y hogares y, de repente, la calculadora parece funcionar con más cautela.

El aire limpio empieza a parecer una política económica

La principal aportación del nuevo estudio no es descubrir que respirar contaminación resulta perjudicial. Eso lleva décadas fuera de discusión. Lo novedoso es colocar sobre la misma mesa el coste de actuar y el precio de no hacerlo.

Con los supuestos utilizados por Naciones Unidas, la inversión integrada en clima y calidad del aire ofrece alrededor de 15 dólares de beneficio total por cada dólar destinado a las medidas propuestas y unos cuatro dólares incluso cuando se excluyen los beneficios sociales que no pasan directamente por el mercado. A ello se suman millones de muertes evitables, menor presión sanitaria y una reducción sustancial de emisiones.

Quizá durante demasiado tiempo se llamó gasto ambiental a lo que también era infraestructura económica. Una carretera permite mover mercancías; una red eléctrica mantiene funcionando las fábricas. Un aire menos tóxico mantiene funcionando a las personas. Y, al final, ninguna economía ha encontrado todavía una materia prima más difícil de sustituir.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.