Naturaleza
¿Por qué Indonesia arde bajo tierra y sus incendios alarman a la NASA?
Los incendios de turberas vuelven a cubrir Indonesia de humo, amenazan la salud pública y ponen a prueba las defensas creadas tras la crisis de 2015.

Resumen
- Indonesia sufre incendios de turberas que arden incluso bajo tierra
- El Niño y la sequía extrema disparan el riesgo en Borneo y Sumatra
- El humo ha cerrado parques, escuelas y alterado vuelos en la región
Indonesia vuelve a enfrentarse a uno de sus incendios más difíciles de combatir: el que apenas se ve. Bajo zonas de Borneo, Sumatra y otras partes del archipiélago, el fuego puede penetrar en las turberas secas y continuar ardiendo lentamente bajo el suelo, alimentado por materia vegetal acumulada durante siglos. No hace falta una pared de llamas para que el desastre avance.
La situación preocupa especialmente porque coincide con una sequía muy intensa y un episodio de El Niño excepcionalmente fuerte. Los incendios de 2026 llevaban aproximadamente un mes activos cuando, a 2 de septiembre, ya habían generado alrededor del 10% de las emisiones liberadas durante toda la devastadora temporada de 2015. Aquella crisis duró más de tres meses y se convirtió en una referencia casi traumática para el sudeste asiático.
El problema no termina en el bosque. El humo ha deteriorado la calidad del aire, obligado a pasar a enseñanza a distancia a alrededor de 1,4 millones de estudiantes en seis provincias y provocado el cierre temporal de nueve parques nacionales. La bruma también ha cruzado fronteras. Partes de Malasia llegaron a registrar niveles peligrosos de contaminación y el distrito de Serian, en Sarawak, declaró una emergencia que pudo levantarse el 7 de septiembre al mejorar el aire.
Un incendio que puede seguir vivo bajo el suelo
Las turberas son humedales donde restos de plantas parcialmente descompuestos se acumulan durante periodos larguísimos. Cuando conservan agua funcionan como una enorme esponja y almacenan grandes cantidades de carbono. El paisaje cambia por completo cuando se drena y se seca: esa materia orgánica se convierte en un combustible compacto, capaz de arder lentamente bajo la superficie.
Por eso extinguir estos fuegos es tan complicado. El agua que apaga las llamas visibles puede no alcanzar las capas más profundas. Queda una brasa, luego otra, el calor avanza por la turba y el incendio reaparece metros más allá. Una especie de mecha enterrada. En determinados casos, los focos pueden mantenerse hasta que regresan lluvias suficientemente persistentes y el terreno vuelve a empaparse.
Más humo con menos espectáculo
El fuego de turbera tampoco necesita una gran llamarada para contaminar mucho. Su combustión lenta puede emitir concentraciones especialmente elevadas de partículas finas, metano, monóxido de carbono y otros compuestos. Es uno de esos casos en los que la imagen engaña: un incendio aparentemente menos espectacular puede dejar una huella atmosférica extraordinariamente seria.
Las estimaciones científicas citadas por la NASA indican que estos fuegos pueden producir aproximadamente tres veces más partículas finas que otros incendios forestales tropicales, además de mayores cantidades de determinados gases y carbono orgánico. El resultado es esa niebla gris y espesa que durante las grandes crisis ha cubierto ciudades enteras del sudeste asiático.
Indonesia concentra una enorme reserva mundial de turberas
La vulnerabilidad del país no es casual. Indonesia alberga cerca del 36% de las turberas tropicales del planeta. Buena parte se concentra en regiones como Kalimantan, la parte indonesia de Borneo, Sumatra y Papua. En condiciones normales, el agua dificulta que el fuego penetre en esos depósitos. Con semanas de calor y ausencia de lluvias, cambia el tablero.
A comienzos de agosto, aproximadamente el 90% del país había recibido poca o ninguna precipitación. La agencia meteorológica indonesia confirmó después que El Niño mantenía una intensidad muy fuerte y que amplias áreas de Kalimantan, Sumatra, Sulawesi y Papua sufrían condiciones compatibles con una sequía meteorológica severa.
Los satélites seguían detectando numerosos puntos calientes al comenzar septiembre. El 2 de septiembre se contabilizaban 463 focos de alta confianza en Kalimantan y otros 264 en Sumatra. Son cifras útiles, aunque tienen una paradoja incómoda: los incendios subterráneos y el humo más denso pueden resultar precisamente difíciles de detectar desde el espacio.
El fantasma de 2015 vuelve inevitablemente
La comparación con 2015 no es un adorno dramático. Aquel año, también marcado por El Niño, Indonesia sufrió una de las peores temporadas de incendios registradas por los satélites. Tras más de tres meses de fuego, se estimaron alrededor de 1.750 millones de toneladas de gases de efecto invernadero equivalentes emitidas a la atmósfera.
Que los incendios de 2026 hubieran alcanzado aproximadamente una décima parte de aquel volumen después de solo alrededor de un mes explica la inquietud. No significa que el país vaya a repetir necesariamente el desastre de 2015; sí indica que la evolución de las primeras semanas se ha situado en un terreno bastante incómodo.
Septiembre es especialmente sensible porque El Niño está reforzando la estación seca. Si las lluvias tardan en recuperar el terreno, los depósitos de turba permanecen expuestos y los incendios pueden ganar profundidad. En ese punto, apagar la superficie ya no basta.
El fuego tampoco nace solo del clima
El Niño agrava el escenario, pero no explica por sí mismo por qué arden las turberas. Durante décadas, numerosos humedales indonesios fueron drenados mediante canales para ganar terreno destinado a agricultura, plantaciones y otros usos. Al bajar el nivel del agua, una zona que naturalmente resistía el fuego queda mucho más expuesta.
Las autoridades indonesias también han señalado el peso de las actividades humanas en el origen de numerosos incendios. La quema de vegetación para limpiar terrenos puede escapar de control y alcanzar la turba seca. Una vez dentro, el incendio deja de comportarse como una hoguera convencional.
Después de 2015 se bloquearon canales, se restauraron algunos humedales y se reforzó la lucha contra incendios. Precisamente por eso la temporada de 2026 funciona como una prueba bastante poco amable: permite comprobar hasta qué punto aquellas medidas aguantan cuando vuelve una sequía extrema.
El humo ya se ha convertido en un problema regional
La contaminación no conoce puestos fronterizos. Las corrientes de aire han transportado humo desde Indonesia hacia zonas de Malasia, Brunei y Filipinas. En Sarawak, el índice de contaminación llegó a niveles extraordinariamente peligrosos y las autoridades recurrieron incluso a operaciones de siembra de nubes para favorecer las precipitaciones.
Dentro de Indonesia, las consecuencias se han colado en la vida diaria: clases suspendidas o trasladadas a internet, parques cerrados, advertencias sanitarias y problemas de visibilidad. La exposición a las partículas PM2,5, suficientemente pequeñas para penetrar profundamente en los pulmones, es una de las principales preocupaciones cuando el humo permanece durante días.
También ha habido alteraciones en el transporte aéreo relacionadas con la bruma. Conviene no mezclarlas con los cierres mucho mayores registrados el 6 y 7 de septiembre por la erupción del Anak Krakatau: en ese caso, la causa inmediata es la ceniza volcánica. Indonesia está lidiando estos días con ambos fenómenos a la vez, algo que no ayuda precisamente a despejar el cielo.
La NASA intenta ver un fuego diseñado para esconderse
Indonesia utiliza observaciones de satélites de la NASA y de la NOAA para localizar incendios activos casi en tiempo real. Sensores como MODIS y VIIRS detectan anomalías térmicas, pero tienen límites evidentes: las nubes, el humo, el dosel de los árboles y la propia tierra pueden ocultar focos activos.
El detalle resulta casi irónico. Cuando un episodio produce una cantidad enorme de humo, los instrumentos pueden tener más dificultades para observar lo que ocurre debajo. Por eso investigadores vinculados a la NASA trabajan con imágenes de mayor resolución y observaciones infrarrojas de satélites como Landsat y Sentinel-2 para identificar incendios que escapan a los sistemas tradicionales.
La vigilancia desde el espacio permite seguir la expansión, estimar emisiones y anticipar episodios de mala calidad del aire, pero no resuelve el origen físico del problema. Una turbera drenada continúa siendo vulnerable. Un año seco vuelve a encontrar el combustible donde lo dejó el anterior.
El verdadero peligro permanece unos centímetros más abajo
La imagen de Indonesia cubierta por una capa gris impresiona, pero la parte decisiva está bajo los pies. Mientras la turba conserve calor y siga seca, el incendio puede avanzar sin grandes llamas, liberar enormes cantidades de humo y carbono y reaparecer después de que un foco parezca controlado.
La temporada de 2026 todavía no puede compararse en su resultado final con la catástrofe de 2015. Sí ha acumulado suficientes señales para tomársela muy en serio: sequía extensa, El Niño fuerte, cientos de puntos calientes, contaminación transfronteriza y emisiones creciendo con rapidez. El fuego visible preocupa. El que queda enterrado, silencioso y obstinado, es el que convierte las turberas de Indonesia en un problema mucho más difícil de apagar.












