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¿Qué récord le quitó LeBron James a Jabbar en la NBA?

LeBron James agranda su leyenda en Denver con otro récord imposible mientras los Lakers caen ante los Nuggets en una noche de historia pura.
LeBron James volvió a reescribir la historia en la madrugada del 6 de marzo de 2026. El alero de Los Angeles Lakers superó a Kareem Abdul-Jabbar como el jugador con más canastas de campo anotadas en la historia de la temporada regular de la NBA, una marca gigantesca que parecía clavada en piedra desde finales de los años 80. El récord cayó en Denver, en una derrota de los Lakers por 120-113 ante los Nuggets, pero eso no redujo el peso del momento: LeBron llegó a la noche con 15.835 tiros convertidos, rebasó los 15.837 de Kareem en el tramo final del primer cuarto y cerró el partido con 15.842, tras anotar 7 de sus 11 lanzamientos, sumar 16 puntos y repartir 8 asistencias. Todo ello con 41 años y en su temporada número 23, otra cifra que por sí sola ya parece una rareza estadística.
La escena tiene algo muy LeBron: un récord mayúsculo, un rival de máximo nivel enfrente y una mezcla de brillantez individual con ruido competitivo alrededor. Porque la noche no fue redonda para los Lakers. Denver dominó durante casi todo el encuentro, Nikola Jokic firmó un triple-doble de 28 puntos, 13 asistencias y 12 rebotes, Jamal Murray añadió otros 28 puntos, y los de JJ Redick se quedaron sin premio después de remar a contracorriente. Aun así, el dato que ya queda para siempre no es el resultado, sino otro giro de guion en la carrera de un jugador que hace tiempo dejó de perseguir la historia para pasar a modificarla. Lo que rompió en Denver no fue un registro secundario ni una extravagancia estadística. Fue una de las grandes columnas del libro de la NBA.
El tiro con el que LeBron dejó atrás a Kareem
El récord llegó sin escenografía excesiva, sin pausa ceremonial y sin una jugada diseñada para vender pósteres durante una semana. LeBron lo consiguió al final del primer cuarto, con una suspensión tras giro que le dio su 15.838ª canasta de campo y le permitió dejar atrás a Abdul-Jabbar. Horas antes ya estaba todo medido: necesitaba tres canastas para superar la marca histórica, y las encontró pronto. Primero empató el listón, luego lo rebasó y, con eso, convirtió un partido durísimo en otra estación de su propio museo. Hay algo casi literario en el detalle: el hombre que durante años fue definido por su potencia descomunal acabó tomando otra cima con un gesto de oficio, lectura y técnica madura, más cerca del veterano que administra el tiempo que del atleta que arrasa por pura fuerza.
El simbolismo no termina ahí. Kareem Abdul-Jabbar cerró su carrera en 1989 con 15.837 canastas, y ese número había sobrevivido casi cuatro décadas. No era una cifra frágil, ni una estadística inflada por una moda de época. Era una marca asociada a una leyenda absoluta, al skyhook, a una regularidad feroz y a una carrera de 20 temporadas que durante años se tomó como una referencia casi intocable. Que LeBron la haya superado en su temporada 23 habla de dos cosas a la vez: de la calidad del propio James y de una longevidad competitiva que no tiene comparación sencilla. El tercer nombre de la lista, Karl Malone, aparece bastante más abajo, con 13.528 canastas. La distancia no es pequeña. Es un barranco.
No es el récord de puntos, pero quizá explica mejor su carrera
A primera vista, el gran récord de LeBron James seguirá siendo el de máximo anotador histórico de la NBA, el que conquistó en febrero de 2023 al superar también a Kareem Abdul-Jabbar. Ese techo era el más famoso, el más visible, el que llevaba décadas presidiendo la conversación sobre la inmortalidad baloncestística. Pero esta nueva marca tiene una textura distinta, incluso más reveladora. Los puntos pueden llegar por varias vías: tiros de dos, triples, tiros libres. Las canastas de campo van al hueso del asunto. Miden cuántas veces un jugador ha resuelto una posesión metiendo el balón en juego real, en movimiento, bajo defensa, en sistemas y partidos de todo tipo. Son el rastro más directo de una producción ofensiva sostenida durante años.
Y ahí es donde el récord de Denver resulta especialmente interesante. LeBron alcanzó antes el trono de los puntos que el de las canastas, lo que ya explica bastante bien cómo ha cambiado la liga y cómo ha mutado su propio juego. Kareem construyó una parte enorme de su legado con una eficacia devastadora cerca del aro y con un gesto técnico casi irrepetible. LeBron, en cambio, ha llegado aquí desde una mezcla mucho más amplia: penetraciones, transiciones, tiro exterior, media distancia, juego al poste, cortes, mates, bandejas imposibles, lectura de ventajas, más una capacidad de pase que casi siempre obliga a la defensa a dudar una décima de segundo. Ese repertorio híbrido le permitió batir antes el récord de puntos y, con el tiempo, también el de canastas. No ha dominado una sola forma de atacar. Ha dominado casi todas.
Un registro que une dos épocas de la NBA
La marca de 15.842 canastas al final de la noche de Denver funciona también como puente entre dos baloncestos distintos. El LeBron que debutó en 2003 entró en una NBA más física, menos abierta, con menos volumen de triple y con ritmos ofensivos diferentes. El LeBron de 2026 compite en una liga más espaciada, más veloz en algunas lecturas y mucho más condicionada por el valor del tiro exterior. Haber sido una superestrella en ambos mundos ya era extraordinario. Haber acumulado suficientes canastas para convertirse en el número uno histórico en ese tránsito es otra cosa: es una prueba de adaptación total. No solo ha durado. Ha cambiado con el juego sin dejar de mandar sobre él.
Eso se nota incluso en el tipo de noches que sigue firmando. Frente a Denver, LeBron no necesitó una producción monstruosa de treinta o cuarenta puntos para dejar huella. Le bastó con ser él mismo en versión madura: 16 puntos, 8 asistencias, manejo del ritmo, lectura del partido y la sensación constante de que cada posesión ofensiva pasa, de un modo u otro, por sus manos. A estas alturas de su carrera, esa es quizá la parte más difícil de explicar con una sola estadística. Hay veteranos que alargan su biografía. LeBron sigue estando dentro del nervio del juego. Sigue decidiendo. Sigue ordenando. Sigue siendo, incluso en una noche de derrota, el centro narrativo del partido.
Denver ganó el partido y recordó dónde están los problemas de los Lakers
Mientras el foco mundial se iba al récord, el partido dejó un mensaje deportivo bastante serio. Los Nuggets controlaron el duelo desde el principio y no permitieron que Los Angeles tomara el mando ni una sola vez. No fue una paliza, pero sí una victoria muy marcada por el ritmo que quiso imponer Denver. Jokic manejó el encuentro como suele hacerlo cuando la noche le pertenece: con una mezcla de pausa, visión y brutalidad estadística. Sus 28 puntos, 13 asistencias y 12 rebotes llegaron incluso conviviendo con nueve pérdidas, un dato raro en él, y aun así le bastó para sostener la arquitectura del partido. Murray, por su parte, apareció cuando el choque pedía una canasta seca o un tiro libre que apagase el intento de remontada rival.
El contexto de clasificación hace que el golpe tenga más miga. Antes del partido, Los Lakers estaban a medio paso de Denver y con opciones reales de ganar terreno en una Conferencia Oeste apretadísima. Después de la derrota, los Nuggets quedaron con 39-24 y los Lakers con 37-25, con los de Colorado todavía por delante en la pelea por una mejor posición. Es un detalle importante porque el tramo final de la temporada regular ya no admite demasiadas noches blandas. Cada partido mueve un escalón. Cada tropiezo cambia el cruce probable. Y en ese paisaje, por muy gigantesco que sea el récord de LeBron, la derrota dejó a los Lakers una sensación incómoda: la de haber vivido una noche histórica sin resolver uno de sus problemas más urgentes, que sigue siendo competir de tú a tú con los rivales más sólidos del Oeste.
Doncic produjo, LeBron ayudó, pero el partido se les escapó igual
El partido también retrató bastante bien la estructura actual de estos Lakers. Luka Doncic fue el máximo anotador angelino con 27 puntos, además de 11 rebotes y 7 asistencias, una línea de superestrella en toda regla, pero insuficiente para doblegar a un rival más estable por tramos. Su noche, sin embargo, tuvo un pequeño lunar competitivo: recibió su 15ª falta técnica de la temporada, una cifra que lo deja al borde de una suspensión automática si suma otra. LeBron, mientras tanto, acompañó con eficacia y sin exceso de tiros, mientras el equipo intentaba agarrarse al marcador con rachas cortas, sin llegar a invertir del todo la tendencia del encuentro.
Hubo, además, un par de incidencias que empañaron el cierre del partido para los Lakers. Deandre Ayton tuvo que abandonar la pista por un problema de rodilla, y LeBron James se marchó ya en el último cuarto por unas molestias en el codo izquierdo tras una caída dura más allá de la línea de fondo cuando intentaba una bandeja. La acción llegó con 4:05 por jugar y con el equipo todavía con vida, perdiendo por 110-106. JJ Redick confirmó después que el malestar era demasiado intenso como para que siguiera, aunque sin concretar el alcance de la lesión. Así quedó la foto final: récord inmenso, derrota delicada y una pequeña alarma física en torno al hombre que sigue condicionándolo todo en Los Angeles.
Lo que significa este récord cuando se mira con calma
Conviene detenerse un segundo en el tamaño real de lo conseguido. LeBron James no acaba de batir una cifra anecdótica ni un dato accesorio de archivo. Ha superado una marca que mezclaba duración, volumen, eficacia y una continuidad competitiva que parecía fuera de alcance. Para llegar a ser el número uno histórico en canastas de campo no basta con jugar muchos años. Hace falta mantener un nivel de producción altísimo durante muchísimo tiempo y hacerlo, además, siendo el blanco prioritario de defensas preparadas para detenerte. Eso convierte este récord en algo más robusto que una simple suma. Es una evidencia de dominio ofensivo prolongado en casi cualquier contexto imaginable.
También refuerza una idea que lleva tiempo instalada pero que noches como esta hacen imposible discutir: LeBron pertenece a una categoría histórica singular, una en la que la longevidad no le ha llegado como premio de consolación, sino como prolongación de la excelencia. Hay jugadores que envejecen conservando el nombre. Él ha envejecido conservando también la jerarquía. Sigue siendo titular indiscutible, sigue leyendo partidos como pocos, sigue fabricando puntos para sí mismo y para los demás, y sigue acumulando récords que no caen porque el calendario le trate bien, sino porque todavía produce al nivel necesario para alcanzarlos. En su caso, el paso del tiempo no ha borrado el poder; lo ha transformado.
Ese matiz es crucial cuando se abre otra vez el debate eterno sobre su sitio entre los más grandes. El argumento de los títulos, el de la estética, el del pico competitivo, el del impacto cultural… todo eso seguirá ahí. Pero el nuevo récord añade una capa muy difícil de replicar en cualquier comparación histórica. No se trata solo de cuánto ganó o cuánto anotó, sino de cuánto tiempo fue decisivo sin salir del primer plano. En la NBA moderna, donde el desgaste es feroz y el escrutinio diario todavía más, sostener una carrera así durante 23 temporadas tiene algo de anomalía. No es una racha, ni una moda, ni una segunda juventud simpática. Es una excepción estructural en la historia del deporte.
La marca que refuerza una carrera imposible de encerrar en una sola cifra
La tentación con LeBron siempre ha sido resumirlo con un número. Primero fueron los 38.387 puntos de Kareem, luego el salto a los 40.000, después la cifra combinada de puntos entre temporada regular y ‘playoffs’, ahora las 15.842 canastas. Pero lo que pasó en Denver vuelve a demostrar que su carrera no cabe de verdad en un solo registro. El récord de canastas de campo no es solo un título honorífico. Es una forma de ordenar todo lo que ha sido: un anotador que nunca dejó de pasar, un pasador que nunca dejó de anotar, un físico dominante que acabó perfeccionando la media distancia, un veterano que sigue jugando partidos grandes con responsabilidad real. Si Kareem representó la perfección de un arma casi mítica, LeBron representa la amplitud de un repertorio que ha sobrevivido a cada cambio del juego.
Y por eso la noche de Denver, incluso con derrota, tiene un valor especial. No fue una función preparada para el aplauso. Fue una batalla exigente, contra uno de los equipos más serios del Oeste, en una pista áspera, con el marcador en contra y con una lesión de por medio. En ese escenario, LeBron James volvió a encontrar una rendija para dejar otra huella permanente. Superó a Kareem Abdul-Jabbar, agrandó otra vez su leyenda y obligó a mover una línea más del archivo histórico de la NBA. El partido se lo llevó Denver. El dato que quedará mucho más tiempo se lo llevó LeBron. Y eso, a estas alturas, ya casi parece una costumbre.

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