Economía
¿Por qué frenan las ventas en EE.UU.? Caen un 0,6% en julio de 2026
Las ventas minoristas caen un 0,6% en EE.UU. y sorprenden al mercado: el consumo pierde fuerza, aunque la economía todavía mantiene el pulso.

El consumidor estadounidense ha pisado el freno. Las ventas minoristas en Estados Unidos cayeron un 0,6% en julio de 2026 respecto a junio, cuando el mercado esperaba precisamente lo contrario: un pequeño avance del 0,1%. El dato rompe la sensación de resistencia casi automática que había acompañado al gasto de los hogares durante buena parte del año y supone la mayor caída mensual desde mayo de 2025.
La cifra publicada el 14 de agosto por la Oficina del Censo sitúa las ventas del comercio minorista y los establecimientos de alimentación en 763.600 millones de dólares. Junio había cerrado con un aumento del 0,2%, sin revisión respecto a la estimación anterior. Hay frenazo, sí. Hundimiento, de momento, no: las ventas todavía son un 5% superiores a las de julio de 2025, mientras que entre mayo y julio acumulan un crecimiento interanual del 6,3%.
La fotografía resulta incómoda precisamente por eso. Estados Unidos no se encuentra ante un consumidor que haya cerrado la cartera de golpe, sino ante hogares que empiezan a seleccionar mucho más dónde, cuándo y cuánto gastan. Tras meses de precios elevados, combustible caro y un impulso fiscal que se va agotando, comprar vuelve a exigir algo que durante ciertos periodos parecía casi olvidado: pensárselo dos veces.
Y hay otra precaución importante. Estas estadísticas recogen fundamentalmente compras de bienes, no todo el consumo estadounidense, y se expresan en dólares corrientes, sin descontar directamente la inflación. Viajes, hoteles y buena parte de los servicios quedan fuera; entre los servicios, la restauración es una de las pocas categorías presentes. Leer un -0,6% como si significara que todo el gasto de las familias ha retrocedido en esa misma proporción sería pasarse tres pueblos.
El frenazo ha sido mucho mayor de lo que esperaba Wall Street
La sorpresa no procede solamente del signo negativo. El consenso de economistas consultados antes de conocerse el dato esperaba un incremento del 0,1%. Las previsiones se movían entre una caída del 0,5% y una subida del 0,7%, de modo que el resultado terminó incluso ligeramente por debajo del extremo más pesimista de ese abanico.
Más revelador todavía es el comportamiento de las denominadas ventas minoristas de control, una medida que excluye automóviles, gasolina, materiales de construcción y restauración y que guarda una relación más estrecha con el componente de consumo utilizado para calcular el PIB. Esta referencia cayó un 0,4% en julio, cuando los economistas esperaban un aumento del 0,3%. Junio, además, fue revisado a un avance del 0,4%.
Ahí el ruido estadístico se vuelve algo más interesante. Que una gasolinera facture menos porque baja temporalmente el precio del combustible puede reducir las ventas nominales sin que nadie haya dejado el coche en el garaje. Cuando también retrocede una medida que elimina varios de esos componentes volátiles, el mensaje adquiere más cuerpo: la demanda de bienes se ha enfriado.
Automóviles, comercio electrónico y el final de un empujón excepcional
Entre los lastres del mes aparecen los automóviles y sus componentes, cuyas ventas retrocedieron un 1,8% después de haber avanzado un 1,9% en junio. También hubo debilidad en electrónica y electrodomésticos y un fuerte descenso de las compras realizadas a comercios sin establecimiento físico, una categoría dominada por el comercio electrónico.
Parte de este último movimiento tiene una explicación bastante terrenal. Amazon trasladó en 2026 su Prime Day de julio a junio, adelantando compras que normalmente habrían engordado la estadística del séptimo mes del año. Otros grandes comercios lanzaron promociones paralelas para competir con la compañía, de modo que junio absorbió una porción de gasto que luego faltó en julio. La economía a veces también sufre resaca de rebajas.
La restauración ofreció el contrapunto, con un avance del 0,5%. Es un detalle pequeño pero útil: mientras disminuyeron numerosas compras de bienes, los estadounidenses siguieron gastando más en bares y restaurantes. Eso refuerza la idea de que el informe no describe una retirada general del consumo, sino una redistribución del presupuesto familiar.
Los cheques fiscales dejaron de hacer de colchón
Durante abril y mayo, muchos hogares habían recibido devoluciones fiscales elevadas, un dinero extraordinario que alimentó el gasto y ayudó a absorber el encarecimiento de productos básicos y energía. Ese impulso fue perdiendo fuerza durante el verano. Cuando desaparece un ingreso excepcional, el supermercado, el concesionario y la tienda online vuelven a competir por el salario de siempre.
Ese detalle ayuda a entender por qué conviene evitar diagnósticos apocalípticos. Parte del descenso de julio puede ser simplemente la corrección de meses excepcionalmente fuertes. Las ventas acumuladas entre mayo y julio permanecen un 6,3% por encima del mismo periodo del año anterior. No encaja demasiado bien con la imagen de un consumo desplomándose por un precipicio.
La inflación baja algo, pero sigue mordiendo el presupuesto familiar
El dato llega, además, en un momento peculiar para los precios. El índice de precios al consumo estadounidense aumentó solamente un 0,1% mensual en julio, mientras que la inflación interanual se moderó al 3,4%, desde el 3,5% registrado en junio. La inflación subyacente, que elimina alimentos y energía, avanzó un 0,2% en el mes y quedó en el 2,5% interanual.
Que la inflación se modere no significa, claro, que los precios regresen al nivel que tenían antes. Significa que suben más despacio. Es una diferencia menos vistosa en un gráfico que en una cocina: la familia que ya paga una cesta mucho más cara no recupera automáticamente poder adquisitivo porque el incremento mensual sea menor.
A ello se añade la energía. Los precios de la gasolina habían castigado a los hogares durante buena parte de 2026 y continúan sometidos a fuertes oscilaciones ligadas a las tensiones en Oriente Próximo. Ese gasto tiene una peculiar mala educación: cuando aumenta, no pide permiso al presupuesto destinado a ropa, electrónica o cenas fuera de casa. Simplemente se queda con una parte.
El dato no anuncia una recesión, pero sí cambia el tono
La economía estadounidense creció a una tasa anualizada del 1,5% durante el segundo trimestre de 2026, por debajo del 2,1% registrado en los tres primeros meses del año. El consumo continuó siendo uno de los motores de la actividad, junto con la inversión y las exportaciones, aunque el ritmo general de expansión perdió velocidad.
De hecho, el gasto de los consumidores avanzó a una tasa anualizada del 3,2% en el segundo trimestre, un dato difícil de reconciliar con una economía en la que las familias hubieran dejado repentinamente de consumir. Julio introduce, más bien, una señal de cautela después de ese trimestre fuerte.
Hay que vigilar la secuencia, no enamorarse de un solo número. Otro descenso durante agosto, acompañado de menor empleo, salarios débiles o deterioro sostenido de los servicios, tendría bastante más peso que una lectura aislada condicionada por automóviles, promociones adelantadas y devoluciones fiscales. Por ahora, lo que aparece es un consumidor menos exuberante, no desaparecido.
La Reserva Federal recibe otra pieza para su rompecabezas
La Reserva Federal decidió el 29 de julio mantener el tipo de interés oficial en un rango del 3,5% al 3,75%. El banco central continúa atrapado entre dos riesgos bastante clásicos: mantener una política demasiado restrictiva y enfriar en exceso la actividad, o relajarla antes de tiempo mientras la inflación permanece por encima de niveles plenamente cómodos.
Unas ventas minoristas inferiores a las previstas inclinan ligeramente el foco hacia la debilidad de la demanda. Pero la inflación interanual del 3,4%, las oscilaciones energéticas y una economía que todavía crece impiden convertir el dato de julio en una orden automática para modificar los tipos. La Fed necesita tendencia, no un susto mensual.
También existe una fractura cada vez más relevante entre consumidores. La subida de los mercados bursátiles ha reforzado el patrimonio de hogares con acciones y otros activos financieros, lo que proporciona capacidad adicional para seguir gastando. Los hogares más expuestos al coste diario de la gasolina, los alimentos o el crédito cuentan con bastante menos margen. Esa diferencia ayuda a explicar cómo pueden coexistir restaurantes llenos, índices bursátiles fuertes y compradores más sensibles al precio.
Estados Unidos sigue gastando, aunque ya mira más la etiqueta
El -0,6% de julio constituye una señal de enfriamiento real, y además bastante peor de lo previsto. Automóviles, compras online y otros segmentos perdieron fuerza; se agotó parte del impulso proporcionado por las devoluciones fiscales y el adelanto del Prime Day distorsionó la comparación mensual. Al mismo tiempo, las ventas siguen creciendo con claridad respecto a 2025 y la restauración continúa avanzando.
La lectura más razonable está justo en esa incomodidad. El consumidor estadounidense no se ha derrumbado, pero tampoco parece dispuesto a comprar con la misma alegría mientras los precios acumulados siguen pesando y algunos ingresos extraordinarios desaparecen. Julio deja una grieta en uno de los pilares más resistentes de la economía de Estados Unidos. Todavía no es una fractura. Pero, por primera vez en un tiempo, merece mirar dónde conduce.

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