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Ciencia

¿Por qué la Tierra sobreviviría cuando el Sol sea una gigante roja?

Una nueva investigación sostiene que la Tierra podría esquivar al Sol gigante, pero para entonces sería un planeta seco, abrasado y sin vida.

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cinturón verde de la Tierra

Resumen

  • La Tierra podría evitar ser engullida cuando el Sol se convierta en gigante roja
  • La pérdida de masa solar ampliaría su órbita y vencería a las mareas
  • Aun así, los océanos y la vida desaparecerían mucho antes de ese momento

La Tierra podría evitar ser engullida por el Sol cuando nuestra estrella se transforme en una gigante roja dentro de unos 5.000 millones de años. Nuevos cálculos indican que el planeta tendría bastantes posibilidades de alejarse hacia una órbita más amplia mientras el Sol envejece, pierde masa y expulsa sus capas exteriores.

No es una garantía ni una inesperada póliza de eternidad. El desenlace dependerá de una competición muy ajustada entre las fuerzas de marea, que arrastrarán la Tierra hacia el Sol, y la pérdida de masa solar, que empujará su órbita hacia fuera. Con los modelos más avanzados, gana por poco la segunda opción: la Tierra sobrevive.

El alivio, eso sí, tiene una letra pequeña de tamaño astronómico. Mucho antes de ese episodio, el aumento progresivo de la luminosidad solar habrá evaporado los océanos y convertido nuestro mundo en un páramo abrasado, sin condiciones para mantener la vida tal como la conocemos. Sobreviviría la roca. No necesariamente el jardín.

El estudio que cambia el final previsto para la Tierra

Durante décadas, numerosos modelos de evolución estelar daban por hecho que el Sol acabaría devorando Mercurio, Venus y también la Tierra. Al agotar el hidrógeno de su núcleo, nuestra estrella se hinchará hasta alcanzar dimensiones cientos de veces mayores que las actuales. Su envoltura exterior se aproximará peligrosamente a la órbita terrestre y generará un enorme rozamiento gravitatorio.

La nueva investigación matiza ese guion. Sus autores, Mats Esseldeurs, de la Universidad KU Leuven; Stéphane Mathis, del CEA Paris-Saclay, y Leen Decin, también de KU Leuven, han revisado la futura evolución del sistema solar mediante modelos estelares y cálculos de mareas más completos que los empleados habitualmente.

El resultado no afirma que el Sol jamás pueda tragarse la Tierra. Esa frase, limpia y rotunda, funciona mejor en un titular que en un observatorio. Lo que concluye el trabajo es algo más sobrio: con la física actualizada de las mareas y las mejores estimaciones disponibles sobre la pérdida de masa solar, la supervivencia resulta más probable que la destrucción.

Una pelea entre la gravedad y el viento del Sol

El destino terrestre se decidirá entre dos procesos que empujan en direcciones opuestas. No habrá una explosión repentina ni una escena de catástrofe cósmica al estilo de Hollywood. El Sol no tiene masa suficiente para terminar como supernova. Su vejez será lenta, turbulenta y, a su manera, bastante más extraña.

Cuando el combustible de su núcleo empiece a agotarse, el Sol atravesará primero la fase de gigante roja. Más adelante entrará en la denominada rama asintótica gigante, conocida por las siglas AGB, otro periodo de gran expansión y pérdida intensa de materia. Finalmente expulsará sus capas exteriores y quedará reducido a una enana blanca: un núcleo extremadamente denso, caliente al principio y condenado después a enfriarse durante miles de millones de años.

El futuro de la Tierra depende, en esencia, de un pulso silencioso entre la gravedad solar y el viento estelar. No será un instante decisivo, sino una larga deriva cósmica en la que cada fracción de masa perdida puede cambiar la distancia entre el planeta y la estrella.

Las mareas intentarán arrastrar el planeta

La Tierra ejerce una pequeña atracción gravitatoria sobre el Sol, igual que el Sol la ejerce sobre nuestro planeta. Cuando la estrella aumente de tamaño, esa interacción provocará ondas y deformaciones dentro de su enorme envoltura gaseosa. La energía de esas mareas estelares se disipará y frenará el movimiento orbital terrestre.

Ese frenado puede hacer que la órbita se contraiga. Si el efecto resulta suficientemente fuerte, la Tierra comenzaría a caer en espiral, atravesaría las capas exteriores del Sol y acabaría destruida por las temperaturas y presiones extremas. Era el desenlace preferido por muchos cálculos anteriores, construidos con aproximaciones relativamente sencillas sobre la disipación de las mareas en una estrella gigante.

Los nuevos modelos describen con mayor detalle la estructura interna y los movimientos de esas estrellas envejecidas. Al hacerlo, encuentran que la disipación sería más débil de lo calculado. El tirón hacia dentro no desaparece, pero pierde parte de su fuerza.

La pérdida de masa empujará la órbita hacia fuera

Mientras se expande, el Sol expulsará enormes cantidades de materia mediante un intenso viento estelar. Al perder masa, también disminuirá su capacidad para mantener a los planetas en sus órbitas actuales. La gravedad será menor y la Tierra tenderá a alejarse.

Puede imaginarse como una cuerda que deja de estar tan tensa. El planeta no saldrá disparado hacia el espacio interestelar, pero su órbita se ensanchará gradualmente. Si ese desplazamiento ocurre con suficiente rapidez, la superficie solar nunca llegará a alcanzarlo.

Ahí está todo el drama, aunque suceda con una lentitud desesperante para cualquier reloj humano. Si dominan las mareas, la Tierra cae. Si domina la pérdida de masa, escapa. Los cálculos actualizados sitúan al planeta justo en el lado favorable de la frontera.

L2 Puppis, el ensayo general de nuestro futuro

La mayor duda ya no parece estar en la física de las mareas, sino en la cantidad de materia que perderá el Sol durante la fase AGB. Los astrónomos todavía no pueden determinar con precisión la intensidad de esos vientos estelares dentro de miles de millones de años. Un pequeño cambio en esa variable basta para alterar el desenlace.

Para acotar el problema, los investigadores utilizaron como referencia a L2 Puppis, una estrella evolucionada relativamente cercana que posee una masa inicial parecida a la del Sol y se encuentra en una etapa mucho más avanzada de su vida. Es, salvando las distancias, una especie de pariente anciano que permite asomarse al futuro de nuestra estrella.

Las tasas de pérdida de masa observadas en L2 Puppis favorecen el escenario en el que la órbita terrestre se expande lo suficiente. Bajo esas condiciones, la Tierra supera las dos grandes fases de crecimiento solar y termina girando mucho más lejos alrededor de la enana blanca resultante.

Pero una estrella no es una fotocopia de otra. L2 Puppis sirve como aproximación, no como acta notarial del porvenir. Si el Sol expulsara materia con menos intensidad de la prevista, las mareas podrían imponerse y arrastrar finalmente nuestro planeta hacia el interior. La incertidumbre sigue ahí, como una costura abierta en el modelo.

Mercurio y Venus no tendrían escapatoria

La incertidumbre que protege a la Tierra no alcanza a los dos planetas más próximos al Sol. Según las simulaciones, Mercurio y Venus serán engullidos durante la expansión de la estrella. Sus órbitas están demasiado cerca y el margen para desplazarse hacia el exterior es insuficiente.

Marte, en cambio, se encuentra en una posición mucho más cómoda. También se alejaría y sobreviviría a las fases gigantes del Sol. La Tierra ocuparía la zona fronteriza: lejos para tener una oportunidad, cerca para que el desenlace siga dependiendo de detalles físicos que todavía no se conocen con exactitud.

Los planetas exteriores también modificarán sus órbitas conforme disminuya la masa solar. El sistema conservará parte de su arquitectura, aunque será una versión pálida y deformada del actual. En el centro ya no brillará una estrella amarilla, sino una pequeña enana blanca, aproximadamente del tamaño de la Tierra y con buena parte de la antigua masa del Sol concentrada en su interior.

La posible salvación física del planeta no debe confundirse con la continuidad de la vida. El Sol aumentará lentamente su brillo mucho antes de convertirse en gigante roja. Ese calentamiento alterará el clima, acelerará la evaporación del agua y acabará destruyendo el equilibrio que permite la existencia de océanos líquidos.

Cuando llegue la gran expansión solar, la Tierra será probablemente un mundo seco, caliente y geológicamente irreconocible. Incluso aunque consiga esquivar la envoltura de la estrella, su superficie habrá quedado esterilizada desde mucho antes. El planeta puede durar más que la biosfera, una distinción menos vistosa, pero bastante importante.

Después, ya alrededor de la enana blanca, la Tierra podría permanecer como un cadáver mineral en una órbita lejana. Sin mares, sin aire respirable, sin el azul que hoy la distingue. Una piedra antigua girando alrededor de la brasa compacta de lo que fue el Sol.

Un planeta muerto que quizá siga dando vueltas

La investigación no ha resuelto definitivamente el destino de la Tierra; ha retirado del expediente una certeza que parecía bien asentada. La destrucción por el Sol ya no es inevitable. Los modelos más sofisticados muestran una posible ruta de escape, estrecha y dependiente de fenómenos que los astrónomos aún deben medir mejor.

Futuras observaciones de estrellas gigantes y de planetas que hayan sobrevivido a su expansión permitirán comprobar si estos cálculos reflejan lo que ocurre realmente. Misiones espaciales dedicadas al estudio de sistemas planetarios envejecidos ofrecerán nuevas pistas. El universo está lleno de adelantos del futuro, aunque lleguen desde estrellas remotas.

La imagen final tiene algo de ironía cósmica. La Tierra podría vencer al gigantesco Sol que la vio nacer y, pese a ello, llegar sin vida a la meta. No sería engullida, quizá. Permanecería en órbita, silenciosa, alrededor de una estrella apagándose. Una supervivencia estrictamente geológica: técnicamente cierta y humanamente inútil.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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