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Ciencia

¿Cómo resistirá KYTHERA 200 días en la abrasadora superficie de Venus?

KYTHERA aspira a sobrevivir 200 días en Venus y estudiar sus rocas, su atmósfera y sus seísmos bajo un calor feroz y una presión aplastante.

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KYTHERA 200 días en la superficie de Venus

Resumen

  • KYTHERA aspira a resistir 200 días sobre la superficie de Venus
  • Usaría refrigeración activa para soportar 460 °C y una presión extrema
  • Aún es un concepto, pero podría estudiar rocas, seísmos y atmósfera

KYTHERA es un nuevo concepto de sonda concebido para permanecer hasta 200 días terrestres sobre la superficie de Venus, tomando datos de su atmósfera, sus rocas y su actividad sísmica. No se trata aún de una misión aprobada ni dispone de presupuesto o fecha de lanzamiento cerrados: es una propuesta técnica desarrollada en la Universidad Técnica de Delft, en Países Bajos, y publicada en una revista científica especializada.

La ambición, aun con esa cautela, resulta considerable. El récord de supervivencia en el suelo venusiano pertenece a la soviética Venera 13, que transmitió durante 127 minutos en 1982. KYTHERA pretende multiplicar ese tiempo por más de 2.200. Pasar de unas dos horas a casi siete meses no sería una mejora gradual; sería cambiar de oficio, como comparar una fotografía apresurada con una película completa.

El problema es Venus. A ras de suelo, la temperatura ronda los 460 grados Celsius y la presión atmosférica equivale aproximadamente a 92 veces la terrestre. Es una presión semejante a la que soportaría un objeto sumergido a cerca de 900 metros bajo el mar, solo que rodeado por un aire abrasador y químicamente agresivo. La electrónica convencional duraría poco. Muy poco.

Cómo pretende KYTHERA sobrevivir al calor de Venus

El diseño parte de una idea sencilla de expresar y bastante más difícil de construir: mantener los instrumentos sensibles dentro de una especie de refugio térmico, aislado del exterior y refrigerado de forma activa. Las antiguas sondas soviéticas confiaban sobre todo en estructuras resistentes, aislamiento y una reserva limitada de frío. Funcionaban mientras el calor tardaba en penetrar. Después, inevitablemente, se apagaban.

KYTHERA intentaría hacer algo distinto. Su núcleo central estaría protegido por una caja aislada al vacío, dividida conceptualmente entre una zona caliente y otra fría. En el interior permanecerían los equipos que no soportan las condiciones venusianas; fuera quedarían los sensores y mecanismos preparados para trabajar a temperaturas extremas.

La sonda utilizaría generadores Stirling alimentados por radioisótopos. Estos sistemas aprovecharían el calor producido por la desintegración de material radiactivo para obtener energía y sostener el control térmico. No dependerían de paneles solares, poco útiles bajo la espesa atmósfera y las nubes de Venus, ni de unas baterías que acabarían agotándose al cabo de unas horas o días.

Una nevera científica dentro de un horno planetario

El concepto recuerda, con todas las distancias, a colocar una nevera encendida dentro de una fundición. El aislamiento reduce la entrada de calor, pero no basta: cualquier sistema eléctrico genera también su propia temperatura. Hay que sacar esa energía térmica del compartimento frío y arrojarla a un entorno que ya está a más de 460 grados. Ahí reside una de las partes más delicadas del proyecto.

Los modelos iniciales indican que la refrigeración activa podría mantener operativos los instrumentos durante las primeras fases de la estancia. Sin embargo, los propios investigadores reconocen que faltan ensayos prolongados con materiales, sellos, mecanismos y componentes electrónicos sometidos simultáneamente a altas temperaturas y presiones. Venus no suele aceptar simulaciones optimistas como moneda de pago.

La masa total del módulo se mantendría, según los requisitos preliminares, por debajo de 350 kilogramos. Su aspecto conservaría algo de la arquitectura de las Venera: una estructura baja y robusta, patas de aterrizaje anchas y un cuerpo protegido contra la presión. Menos elegancia aerodinámica y más caja fuerte. Allí abajo, la belleza industrial tiene prioridades.

Qué estudiaría KYTHERA durante sus 200 días

La actividad científica comenzaría antes de tocar el suelo. Durante el descenso, que duraría cerca de una hora, la sonda analizaría la composición de la atmósfera aproximadamente cada 200 metros de altitud. También registraría presión, temperatura y viento mientras atravesase las capas de nubes y el aire cada vez más denso de Venus.

Una vez aterrizada, KYTHERA tomaría imágenes del entorno para situar geológicamente la zona y desplegaría un sismómetro mediante un brazo mecánico. El contacto directo con el terreno es importante: si el sensor permanece dentro de la estructura, las vibraciones del propio vehículo pueden ocultar las señales más débiles. Separarlo permitiría escuchar mejor posibles terremotos venusianos, movimientos internos o impactos.

El plan contempla mediciones continuas del ambiente y la actividad sísmica, junto con análisis periódicos de la atmósfera, aproximadamente uno cada 12 horas. Esta persistencia ofrecería algo que ninguna sonda ha conseguido en Venus: observar cambios con el paso de los días, distinguir fenómenos puntuales de comportamientos repetidos y comprobar si ciertos gases varían por actividad volcánica.

Para estudiar las rocas se emplearía una combinación de espectroscopia Raman y LIBS. Un láser alcanzaría materiales situados a varios metros, vaporizaría una pequeña cantidad de superficie y permitiría deducir su composición a partir de la luz emitida. La propuesta fija al menos 20 análisis geológicos, suficientes para comparar distintos fragmentos y no confiar todo el diagnóstico a una sola piedra elegida por azar.

Lakshmi Planum, el lugar menos imposible

El equipo ha comparado dos zonas principales de aterrizaje: Lakshmi Planum, en las tierras altas del norte, y Lada Terra, cerca del polo sur. Lada Terra resulta especialmente atractiva por su geología y por la posible presencia de estructuras volcánicas activas. También plantea mayores dificultades térmicas, atmosféricas y de navegación.

Lakshmi Planum aparece como la alternativa preferida. Al encontrarse a mayor altitud, presenta una presión y una temperatura ligeramente menores que las llanuras bajas. El adjetivo “menores” debe manejarse aquí con cierta ironía: nadie prepararía un pícnic, pero unos grados y unas atmósferas de diferencia pueden determinar que un componente sobreviva o se convierta en chatarra de lujo.

La zona combina terrenos relativamente seguros para el aterrizaje con interés científico. KYTHERA podría analizar materiales volcánicos, estudiar la interacción entre suelo y atmósfera y buscar señales sísmicas relacionadas con la evolución interna del planeta. La selección definitiva dependería también de la topografía y de las ventanas de comunicación con un orbitador de apoyo.

La arquitectura propuesta incluye precisamente un satélite de retransmisión en una órbita elíptica de 24 horas. El módulo de superficie enviaría sus datos al orbitador, que después los transmitiría a la Tierra. La atmósfera venusiana, tan densa y caliente, complica las comunicaciones directas y obliga a repartir el trabajo.

El hueco que dejan DAVINCI, VERITAS y EnVision

Venus volverá a recibir atención durante la próxima década, pero las misiones ya seleccionadas no están pensadas para vivir sobre su suelo. DAVINCI, de la NASA, tiene un lanzamiento tentativo previsto para 2030 y liberará una cápsula que analizará la atmósfera durante el descenso. Tomará imágenes de Alpha Regio al aproximarse al terreno, aunque su objetivo científico no exige que continúe funcionando tras el impacto o el aterrizaje.

VERITAS, también de la NASA, despegaría no antes de 2031 y estudiará Venus desde la órbita mediante radar, espectroscopia y mediciones topográficas. La misión europea EnVision, cuyo lanzamiento está previsto inicialmente para finales de 2031, observará igualmente el planeta desde arriba. Ambas ayudarán a reconstruir la geología global y buscar indicios de procesos volcánicos recientes.

Los orbitadores pueden cartografiar enormes extensiones, detectar deformaciones y observar la superficie a través del radar. Lo que no pueden hacer es apoyar un sismómetro sobre el terreno, perforar una roca o seguir durante meses la química del aire a pocos centímetros del suelo. KYTHERA intenta ocupar ese vacío.

Las últimas naves que llegaron de forma controlada a la superficie fueron las soviéticas VeGa 1 y VeGa 2, en 1985. Desde entonces, la humanidad ha enviado orbitadores y ha utilizado Venus para asistencias gravitatorias, pero no ha vuelto a colocar allí un laboratorio. Cuatro décadas de ausencia no responden a falta de curiosidad, sino a una ingeniería endemoniada.

Una propuesta seria que aún debe demostrar que funciona

El estudio sitúa una posible llegada a Venus entre 2035 y 2037, pero esa franja forma parte del escenario de diseño, no de un calendario institucional. KYTHERA no ha sido seleccionada por la NASA, la Agencia Espacial Europea ni otra organización para convertirse en misión. Tampoco existe por ahora una nave terminada esperando cohete. Conviene aclararlo porque, en la industria del titular espacial, los conceptos universitarios a veces amanecen convertidos en sondas a punto de despegar.

Antes haría falta validar el sistema térmico durante meses, fabricar mecanismos capaces de moverse bajo 92 atmósferas y comprobar que los instrumentos mantienen su calibración. Un brazo desplegable puede funcionar de maravilla en un laboratorio y quedar inmóvil cuando sus juntas llevan semanas cocinándose bajo una atmósfera de dióxido de carbono. Lo mismo ocurre con cables, ventanas ópticas, lubricantes y soldaduras.

El laboratorio de alta presión y temperatura creado en Delft servirá para someter materiales e instrumentos a condiciones parecidas a las venusianas. Ahí se decidirá buena parte del futuro del concepto. Las simulaciones abren la puerta; los ensayos revelan si detrás había una habitación o una pared.

Doscientos días para entender el destino de un planeta

Estudiar Venus no es una extravagancia distante. La Tierra y su vecino poseen tamaños y composiciones generales parecidos, pero terminaron convertidos en mundos radicalmente distintos. Uno conserva océanos y vida; el otro sufrió un efecto invernadero extremo y mantiene una superficie capaz de fundir plomo. Conocer cuándo y por qué se separaron sus caminos ayuda a comprender la evolución de los planetas rocosos, incluidos los descubiertos alrededor de otras estrellas.

Una misión de larga duración podría determinar mejor la composición de las rocas, buscar actividad tectónica, medir emisiones volcánicas y observar cómo intercambian sustancias el suelo y la atmósfera. También permitiría comprobar si Venus sigue siendo geológicamente activo, una cuestión para la que existen indicios crecientes, pero todavía no una vigilancia directa desde el terreno.

KYTHERA sigue siendo, por tanto, una arquitectura sobre el papel, aunque construida con objetivos concretos y soluciones técnicas razonadas. Su importancia no está en prometer que una sonda sobrevivirá inevitablemente 200 días. Está en demostrar que la exploración de Venus puede dejar de medirse en minutos.

El planeta seguirá siendo un horno con presión de océano profundo. Eso no va a negociar. La ingeniería, en cambio, empieza a plantearse cómo permanecer allí el tiempo suficiente para escuchar, medir y mirar sin que el reloj corra desde el primer segundo hacia el silencio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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