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Naturaleza

¿Por qué la primavera 2026 será más cálida en España?

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la primavera 2026 será más cálida

La primavera apunta a temperaturas más altas en España tras un invierno insólitamente lluvioso y muy cálido que deja un cambio claro de patrón

La primavera de 2026 llega a España con una señal bastante clara en los mapas estacionales: temperaturas por encima de lo normal en buena parte del país. La previsión oficial sitúa entre el 50 % y el 70 % la probabilidad de que el trimestre que arranca el 20 de marzo sea más cálido de lo habitual, según la zona. El contraste es llamativo porque el punto de partida no ha sido un invierno seco y deslucido, sino todo lo contrario: el invierno meteorológico recién terminado ha cerrado como el noveno más cálido desde 1961 y el tercer invierno más lluvioso del siglo XXI, una combinación que retrata bastante bien cómo está cambiando el patrón climático español.

Ese es el dato importante, el que de verdad ordena la noticia y evita el ruido de superficie. Ha llovido mucho, pero no ha hecho un invierno frío en términos climáticos. La temperatura media peninsular del trimestre diciembre-enero-febrero se situó en 7,6 grados, es decir, 1 grado por encima del promedio del periodo de referencia 1991-2020. Y la lluvia también se disparó: el invierno dejó alrededor de 323 litros por metro cuadrado, un 171 % de lo normal, con un tramo final especialmente húmedo que convirtió el conjunto de enero y febrero en el más lluvioso en décadas. No hay contradicción en todo esto. Al contrario. Es una de las huellas más reconocibles del nuevo escenario meteorológico: más calor de fondo y, a la vez, episodios de lluvia muy intensos o muy persistentes.

Una primavera con calor por delante y lluvias todavía en el aire

La previsión estacional no dice qué pasará una tarde concreta en Sevilla, ni si lloverá el domingo de Ramos, ni cuándo habrá que sacar la manga corta en Valencia. No funciona así. Lo que hace es medir la tendencia más probable de un trimestre entero frente a lo que sería normal. Y en esta ocasión la señal térmica aparece bastante marcada. Canarias y el suroeste peninsular presentan un 50 % de probabilidad de registrar una primavera más cálida de lo habitual; en el resto de la Península la opción dominante sube al 60 %; en Baleares alcanza el 70 %. Eso no significa calor constante, lineal y sin interrupciones. Significa otra cosa, más seria y más útil para entender el conjunto: la atmósfera parte sesgada hacia valores altos.

En precipitación el cuadro cambia. Ahí la señal es mucho menos rotunda. No existe, por ahora, una tendencia clara para el conjunto de España, aunque sí asoma una posibilidad algo mayor de condiciones más secas en el suroeste peninsular. Traducido al castellano llano, eso quiere decir que Aemet ve mejor el calor que la lluvia de aquí a mayo. Puede haber una primavera húmeda en unas zonas, irregular en otras, tormentosa en muchos momentos y seca en determinados tramos, sin que eso contradiga la previsión general. La predicción estacional, conviene repetirlo porque cada año hay que repetirlo, no es un calendario de días soleados y días mojados, sino una fotografía probabilística del trimestre completo.

Ese matiz importa mucho porque España tiende a leer el tiempo con una mezcla de memoria sentimental y ocurrencia instantánea. Si llueve tres días seguidos, parece que el país haya vuelto al clima de otra época. Si un fin de semana de marzo sale fresco, media conversación pública concluye que eso del calentamiento va con retraso. No es así. Lo relevante no es el sobresalto del día, sino el desplazamiento del promedio. Y el promedio, otra vez, vuelve a moverse hacia arriba.

El invierno que acaba de terminar explica bastante más de lo que parece

El portavoz de Aemet, Rubén del Campo, resumió el invierno con dos palabras técnicas que dicen mucho: muy cálido y muy húmedo. No es una fórmula neutra. Es un diagnóstico climático de bastante peso. La estación meteorológica, que abarca diciembre, enero y febrero, cerró con una anomalía térmica de +1 grado respecto al promedio 1991-2020. Con esa cifra, el invierno 2025-2026 se sitúa como el noveno más cálido desde 1961 y el sexto del siglo XXI si se mira la temperatura. Y además prolonga una racha ya demasiado expresiva para tomársela como simple capricho atmosférico: los ocho últimos inviernos han sido más cálidos de lo normal. El último invierno con temperaturas inferiores al promedio fue el de 2017-2018.

Hay un detalle que ayuda a entender la sensación rara que deja este invierno. Sí hubo episodios fríos, algunos intensos en zonas del interior y de montaña, pero fueron breves o insuficientes para corregir el balance global. En otras palabras, el frío apareció, sí, pero no gobernó la estación. La fotografía final la decidió sobre todo un febrero anómalamente templado, con valores muy altos para la época incluso en medio de sucesivas borrascas. Eso explica por qué tanta gente siente que “ha sido un invierno de paraguas” pero no exactamente de bufanda cerrada hasta las cejas. La lluvia ha ocupado el paisaje, el barro ha mandado muchas semanas, los cielos han sido densos, pero el pulso térmico de fondo seguía más arriba de lo normal.

En precipitación, el dato también tiene mucha miga. La España peninsular acumuló en el conjunto del invierno esos 323 litros por metro cuadrado que lo convierten en el octavo invierno más lluvioso desde 1961 y en el tercero más lluvioso del siglo XXI. El bimestre enero-febrero destacó especialmente: fue el más lluvioso en décadas, con unos 243 litros por metro cuadrado y una sucesión de borrascas atlánticas que dejó ríos crecidos, embalses al alza, terrenos saturados y una larga colección de avisos, incidencias y postales de desbordamiento. No fue una lluvia anecdótica ni local, fue un episodio de alcance amplio y persistente.

Lo que significa de verdad una primavera más cálida de lo normal

Decir que la primavera será previsiblemente más cálida no equivale a anunciar una estación de calor continuo, con terrazas llenas desde marzo y sin sobresaltos. La primavera española no funciona con esa limpieza suiza. Puede haber entradas frías, tormentas severas, granizadas, nieve tardía en montaña y semanas enteras de ambiente desapacible. La cuestión es otra. La cuestión es que, incluso con esas oscilaciones, el balance final tiene más papeletas para cerrar por encima del promedio. Eso cambia la frecuencia de ciertos episodios, adelanta otros y va rebajando, año tras año, el peso estadístico de las primaveras frescas.

Cuando el trimestre arranca ya con ese sesgo térmico, aumentan las posibilidades de ver episodios de calor prematuro en abril o mayo, noches menos frías de lo habitual, máximas tempranas en el sur y en el valle del Guadalquivir, y un comportamiento más delicado de la vegetación. Un día de 28 grados en mayo no sería noticia en España. La noticia es la acumulación, la reiteración, la forma en que esos episodios dejan de ser excepcionales y empiezan a aparecer con una naturalidad incómoda. Lo que antes parecía una excursión del calendario ahora se parece más a una costumbre.

También cambia la percepción social del tiempo. Después de un invierno tan lluvioso, mucha gente espera una primavera fresca por pura intuición, como si el clima funcionara con compensaciones morales. Ha llovido mucho, luego tendrá que venir una primavera suave. Pero la atmósfera no reparte justicia poética. Puede encadenar un invierno muy húmedo con una primavera cálida y luego rematar con un arranque de verano duro. De hecho, eso encaja bastante mejor con las tendencias observadas que la vieja fantasía de las estaciones equilibrándose solas.

La lluvia del invierno no borra el calentamiento, lo retrata mejor

Aquí está uno de los puntos más mal entendidos del debate meteorológico en España. Que llueva mucho no desmiente el calentamiento. Ni lo disimula. A veces lo hace incluso más visible. Un mar más cálido, una atmósfera capaz de retener más vapor de agua y una circulación concreta pueden favorecer episodios más intensos o más persistentes de precipitación. Eso no significa que vaya a llover siempre más, ni mucho menos; significa que el cambio no consiste solo en “menos lluvia”, sino en lluvia más irregular, peor repartida y a menudo más violenta cuando llega. Y España, por su posición geográfica y por su estructura territorial, es especialmente vulnerable a esa mezcla.

Se ha visto bien este invierno. No todas las zonas han vivido lo mismo, porque el país nunca responde como una pieza homogénea, pero sí ha habido una sensación extendida de suelo saturado, balsas, avenidas y semanas con la humedad pegada a la ropa. Al mismo tiempo, el balance térmico seguía saliendo alto. Es decir, la estampa era húmeda, casi gris durante largos periodos, pero la base climática seguía siendo cálida. Esa combinación desconcierta porque contradice una idea muy arraigada: la de que el frío es el verdadero compañero de la lluvia abundante. En la España de los últimos años, eso ya no siempre funciona así.

El resultado es un paisaje meteorológico mucho más nervioso. Embalses que recuperan parte del terreno perdido, sí, pero también crecidas rápidas. Suelos que se recargan, sí, pero a veces por saturación brusca, no por una lluvia pausada y agradecida. Campos que respiran, claro, aunque después queden expuestos a un giro cálido temprano. La lluvia ayuda, y mucho, en un país tensionado por la sequía estructural. Pero no basta por sí sola para devolver estabilidad a un sistema climático que se está moviendo de sitio.

El campo, los embalses y las ciudades entran en otra fase

La noticia tiene una traducción inmediata fuera de los mapas. En el campo, una primavera más cálida puede adelantar fases de desarrollo de muchos cultivos, acelerar floraciones y complicar la gestión si aparece una helada tardía. En zonas de secano, el invierno húmedo ha sido, en principio, una buena noticia, pero todo dependerá de cómo se reparta la lluvia a partir de ahora y de cuánto apriete la temperatura en abril y mayo. Un suelo bien cargado en marzo no garantiza tranquilidad si después llega un tramo muy cálido y seco. La agricultura vive en esos matices, no en los titulares rotundos.

En los embalses, el invierno deja un alivio evidente después de años marcados por la sequía y por una discusión casi permanente sobre restricciones, regadíos y abastecimiento. Pero conviene no leer los datos con entusiasmo de final de partido. Un trimestre muy lluvioso no liquida de golpe los déficits acumulados, ni repara por sí solo la fragilidad hídrica de muchas cuencas, ni cambia el hecho de que España sigue siendo un territorio muy expuesto a la irregularidad de la lluvia. El agua caída este invierno importa muchísimo; también importa no convertirla en un pretexto para olvidar la estructura del problema.

Las ciudades entran igualmente en una fase distinta. Cuando la primavera viene con un sesgo cálido, los entornos urbanos lo amplifican. El asfalto, la densidad edificatoria, la falta de sombra en muchos barrios y la ventilación deficiente hacen que el calor gane peso antes y permanezca más horas. No hace falta llegar a julio para notar el efecto. Mayo ya puede ofrecer en algunas capitales una sensación casi veraniega en las tardes, con interiores que se recalientan y noches que refrescan menos. En un parque se soporta de una manera; en una calle dura, mineral, con tráfico y fachada continua, de otra muy distinta.

También hay un efecto sanitario y ambiental. El polen se adelanta o se intensifica en ciertos periodos, la vegetación responde antes, y el riesgo de un secado rápido del combustible vegetal aumenta si, tras un invierno lluvioso, la primavera gira hacia el calor y reduce las precipitaciones en momentos clave. No se trata de fabricar alarmismo con música de tráiler, pero tampoco de mirar hacia otro lado. La secuencia lluvia abundante más calor temprano puede ser muy productiva para la vegetación al principio y muy delicada después si el suelo pierde humedad a gran velocidad.

Semana Santa, la gran pregunta que todavía no tiene respuesta

Hay una cuestión que aparece cada año casi con puntualidad litúrgica: qué tiempo hará en Semana Santa. Y la respuesta honesta sigue siendo la misma, por mucho que decepcione a quien quiere cerrar ya viajes, procesiones o escapadas. Todavía es pronto para saberlo con fiabilidad. La propia Aemet insiste en que no se puede ofrecer una previsión seria a tantas semanas vista para fechas concretas. Habrá análisis de tendencias, escenarios, actualizaciones y mapas a medida que se acerquen los días, pero convertir una previsión estacional en un pronóstico cerrado para una semana concreta sería vender humo con bata técnica.

Eso no impide entender el contexto general. Si la primavera trae una probabilidad alta de temperaturas superiores a lo normal y una señal poco definida en lluvias, el marco de fondo será más bien templado o cálido, aunque luego una borrasca puntual pueda estropear el guion en cualquier punto de la Península. España, en abril, sigue siendo perfectamente capaz de pasar del sol blando a la tormenta bronca en unas horas. La primavera nunca ha sido un contrato de estabilidad, y menos todavía en un clima cada vez más cargado de extremos y contrastes.

Ocho inviernos seguidos más cálidos no son una anécdota

Este quizá sea el dato con más fuerza política, social y climática del balance presentado. Ocho inviernos consecutivos más cálidos de lo normal dejan de ser una casualidad estadística y empiezan a parecer lo que son: una tendencia consolidada. Hay años más húmedos y años más secos, meses con irrupciones frías y otros con calor anómalo, pero el telón de fondo permanece. El invierno ya no actúa como antes en buena parte del país. En la montaña se nota en la nieve. En las ciudades, en la duración real del frío. En el campo, en los calendarios biológicos. Y en la conversación pública, aunque a veces se niegue, también.

La palabra normal se va volviendo engañosa. Para la climatología, normal es un periodo de referencia; para mucha gente, normal es el recuerdo de cómo eran las estaciones hace veinte o treinta años. El choque entre ambas ideas es cada vez más visible. Se siguen invocando refranes, costumbres y viejas expectativas estacionales para interpretar un país cuyo clima se parece cada vez menos al que describían esos códigos. De ahí que una primavera cálida tras un invierno muy lluvioso despierte extrañeza. En realidad, es justo al revés: esa mezcla encaja bastante bien con el momento climático actual.

Lo que deja marzo sobre la mesa antes de que cambie la estación

La primavera astronómica empezará el 20 de marzo, pero el debate ya está servido. No porque haga falta dramatizar el calendario, sino porque el invierno ha terminado dejando dos mensajes muy nítidos. El primero: España puede vivir una estación extremadamente húmeda y seguir cerrando con un balance térmico alto. El segundo: la primavera arranca con probabilidades sólidas de ser más cálida de lo normal, aunque la lluvia todavía no tenga un patrón definido para el conjunto del país. Son dos piezas del mismo puzle.

No se trata de imaginar una primavera permanentemente abrasada ni de convertir cada anomalía en una profecía grandilocuente. Se trata de leer con seriedad lo que dicen los datos. Un invierno con 7,6 grados de temperatura media, con 1 grado de anomalía positiva, con 323 litros por metro cuadrado de precipitación, con enero y febrero extraordinariamente húmedos, y con una previsión estacional que vuelve a cargar el dado hacia el calor, no es una rareza decorativa. Es una fotografía bastante precisa del clima español en 2026. Y esa fotografía, por mucho que aún admita días fríos, chaparrones, barro y nubarrones, tiene un color de fondo cada vez menos discutible: más calor, más irregularidad y menos inviernos de los de antes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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