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Kiev, a oscuras y sin calefacción tras los ataques rusos

El apagón dejó a cientos de miles de hogares sin electricidad y agravó la crisis de calefacción en plena ola de frío.

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Kiev sin luz

Un ataque ruso contra infraestructuras críticas dejó a 417.000 hogares de Kiev sin suministro eléctrico y cerca de la mitad de los edificios residenciales sin calefacción, en una jornada con temperaturas de unos 8 grados bajo cero y en descenso. El alcalde, Vitali Klitschko, pidió a quienes pudieran hacerlo que salieran temporalmente de la capital para buscar un lugar caliente; no planteó una evacuación general de la ciudad.

La interrupción no afectó solo a la iluminación de las viviendas. En una capital donde parte de la electricidad y el agua caliente dependen de instalaciones energéticas compartidas, los daños pueden dejar sin calefacción a miles de bloques a la vez. El ataque causó, según los balances difundidos por las autoridades ucranianas, cuatro muertos y 24 heridos; unos 40 edificios resultaron afectados, entre ellos 20 residenciales y la embajada de Qatar.

Un apagón que también corta la calefacción

La magnitud del episodio se aprecia en dos cifras que describen problemas distintos: DTEK, la mayor empresa eléctrica privada de Ucrania, informó de 417.000 hogares sin luz, mientras Klitschko señaló que casi 6.000 edificios de apartamentos habían perdido la calefacción. No son medidas intercambiables: una cuenta viviendas afectadas por la electricidad y la otra, edificios residenciales sin servicio térmico. Juntas retratan la extensión del impacto sobre la vida cotidiana.

En condiciones normales, la electricidad permite alumbrar, cargar teléfonos y mantener en marcha equipos domésticos. Pero un corte amplio puede interrumpir también sistemas que dependen de energía para bombear agua o sostener la distribución de calor. En Kiev, las centrales de la ciudad producen electricidad y agua caliente mediante un sistema de calefacción urbana. Por eso, el daño en una instalación energética puede propagarse mucho más allá del punto alcanzado: el problema deja de ser una bombilla apagada y se convierte en una vivienda que se enfría.

La relación entre electricidad y calefacción explica por qué los cortes resultan especialmente duros durante una ola de frío. En otro episodio invernal descrito en la información disponible, las autoridades recurrieron a una red de calderas de gas para compensar la pérdida de calor, pero ese sistema ofrecía bastante menos calefacción. La alternativa podía ayudar a sostener el servicio, aunque no sustituía por completo la capacidad de las centrales afectadas. La red eléctrica y la térmica están conectadas; cuando una falla, la otra no siempre puede cubrir el hueco.

Por qué el frío convierte los daños en una emergencia

Un apagón durante unas horas y un corte en mitad del invierno no tienen el mismo efecto. Con temperaturas próximas a los 8 grados bajo cero, el descenso del calor en una vivienda deja de ser una incomodidad menor, sobre todo en edificios con calefacción central. La situación puede prolongarse si los daños obligan a reparar equipos complejos o si los ataques vuelven a interrumpir el trabajo. El tiempo de recuperación importa tanto como el número de hogares afectados.

Las cifras de temperatura y de cortes publicadas en distintos momentos no describen necesariamente la misma jornada. Otros reportes sobre ataques diferentes mencionaron temperaturas aún más bajas, incluso de hasta 19 grados bajo cero, y porcentajes de la capital sin electricidad superiores a los de este episodio. También se informó de interrupciones que afectaron al agua o al transporte en determinados sectores. Presentar todos esos datos como si fueran un único balance llevaría a confusión: la escala cambia con cada ataque y con el momento en que se mide.

La propia infraestructura urbana añade dificultades. Cuando se corta la corriente, algunos ascensores dejan de funcionar y los equipos que requieren electricidad para mover agua pueden perder capacidad. En otros ataques, los tranvías de la margen oriental del Dniéper dejaron de circular por falta de suministro. Son consecuencias que no afectan por igual a todos los barrios ni a todos los edificios, pero muestran cómo un daño en la red puede alterar actividades alejadas del lugar bombardeado. Un corte eléctrico puede sentirse en la escalera, la cocina, el transporte y la temperatura de una casa.

La recomendación del alcalde y sus límites

La petición de Klitschko se dirigió a los residentes que tuvieran la posibilidad de marcharse temporalmente y alojarse en un lugar con calefacción fuera de la ciudad. La formulación es importante: se trató de una medida condicionada a las circunstancias de cada persona, no de una orden para que toda la población abandonara Kiev. El alcalde la planteó ante el alcance de los daños y el frío, mientras los servicios intentaban restablecer el suministro. La salida temporal no era una opción disponible para todos.

Dejar la capital implica encontrar un destino, un medio de transporte y un sitio donde permanecer, y no todas las familias cuentan con esas posibilidades. También hay personas cuya vida diaria depende de cuidados, trabajo o responsabilidades que no pueden trasladarse fácilmente. La noticia de una recomendación de salida puede sonar sencilla desde fuera; en la práctica, refleja que las autoridades temen que algunos hogares pasen un periodo prolongado sin condiciones básicas de confort. No permite concluir que la ciudad haya quedado completamente inhabitable ni que todos sus servicios hayan cesado.

La diferencia entre pedir a quienes puedan marcharse que lo hagan y ordenar una evacuación general también ayuda a entender el carácter de la respuesta. El mensaje del alcalde advertía de un riesgo inmediato asociado a la calefacción y a las temperaturas, pero no describía una retirada total de la población. A la vez, los balances de edificios dañados, víctimas y cortes muestran que el impacto era serio. La prudencia está en sostener ambas ideas: hubo una emergencia grave y, con la información disponible, no corresponde convertir la recomendación en una orden que no se comunicó.

La infraestructura energética, un frente de la guerra

Los ataques a las instalaciones energéticas forman parte de una presión sostenida sobre servicios que la población necesita a diario. Desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022, Rusia ha golpeado repetidamente la infraestructura eléctrica ucraniana con misiles y drones. La red debe atender hogares, transporte y servicios esenciales mientras intenta reparar daños bajo amenaza de nuevas ofensivas. En invierno, esa presión adquiere otra dimensión: la energía también determina si una vivienda conserva el calor.

La estrategia no se limita a interrumpir el suministro en el instante del impacto. Dañar subestaciones, centrales o instalaciones que conectan distintos tramos de la red puede dificultar que la electricidad llegue desde otras zonas y hacer más frágil el sistema. En informaciones sobre otros ataques se describieron intentos de aislar ciudades de la red nacional y golpes repetidos que complicaban las reparaciones. Esos antecedentes dan contexto al episodio de Kiev, aunque no permiten atribuir automáticamente el mismo objetivo concreto a cada ataque.

En este caso, el Ministerio de Defensa ruso afirmó que había utilizado un misil hipersónico Oréshnik contra objetivos estratégicos, como respuesta a un supuesto ataque con drones contra una residencia del presidente Vladimir Putin, que Ucrania negó. Las autoridades ucranianas señalaron que una instalación de infraestructura había sido alcanzada cerca de Lviv, en el oeste del país. La versión rusa sobre el motivo y el objetivo fue una afirmación del propio ministerio; la información disponible no aportó detalles que permitieran verificar de forma independiente todos sus elementos.

Rusia ya había empleado un proyectil de ese tipo contra Ucrania a finales de 2024, en aquella ocasión con una ojiva convencional, según el material de referencia. La afirmación rusa de que el misil tiene capacidad nuclear no significa que se utilizara una carga nuclear en este ataque. Separar la capacidad atribuida al arma de la ojiva empleada evita que un dato técnico se convierta, sin fundamento, en una descripción de lo ocurrido. La información difundida sobre el uso del misil no equivale a confirmar una detonación nuclear.

Lo que revelan los distintos balances de apagones

Los episodios recogidos en otros reportes ayudan a medir la vulnerabilidad de Kiev, pero sus cifras corresponden a momentos diferentes. En uno se habló de alrededor del 70% de la ciudad sin electricidad después de un ataque con cerca de 300 drones y 25 misiles, algunos balísticos. En otro, se informó de unos 500.000 hogares sin luz en la capital y sus alrededores, además de cortes de calefacción en cientos de edificios. No son datos que deban sumarse a los 417.000 hogares de este caso.

También se comunicó que, durante diciembre, los residentes de Kiev pasaron una media de 9,5 horas al día sin electricidad, en un periodo en que el sistema tenía dificultades para cubrir la demanda invernal. Esa cifra ofrece una referencia sobre la persistencia del problema en otro momento, no una duración universal aplicable a cada hogar o a la jornada del ataque descrito aquí. Los cortes no tienen necesariamente la misma duración en todos los distritos, y las reparaciones pueden modificar el balance a lo largo del día.

La variación entre cifras no invalida los datos; obliga a leerlos con su contexto. Un porcentaje de población o de territorio sin luz, un número de hogares y un recuento de edificios sin calefacción describen unidades diferentes. Además, el suministro puede restablecerse por zonas mientras otros sectores siguen afectados. Cuando las noticias se actualizan con rapidez, mezclar balances de días distintos crea una imagen engañosa, tanto si exagera como si minimiza el daño. La fecha y el indicador son parte esencial de cada cifra.

Reparar la red mientras siguen los ataques

Después de un bombardeo, restablecer el servicio no consiste siempre en accionar un interruptor. Los equipos deben identificar qué instalaciones han sufrido daños, reparar o sustituir componentes y comprobar que la electricidad pueda circular de forma segura. En una red sometida a ataques sucesivos, una reparación puede quedar condicionada por nuevos impactos o por la necesidad de priorizar infraestructuras críticas. Los operarios, además, trabajan con temperaturas muy bajas, que dificultan las tareas al aire libre y aumentan la presión sobre un sistema ya exigido.

En episodios anteriores, las autoridades ucranianas describieron la necesidad de coordinar a los organismos públicos, las empresas energéticas y los servicios de emergencia, además de buscar equipos esenciales y aumentar las importaciones de electricidad. También se planteó simplificar las normas para conectar fuentes de respaldo. Estas medidas muestran que la respuesta abarca tanto la reparación inmediata como la búsqueda de capacidad alternativa, pero no garantizan que cada edificio recupere a la vez la calefacción o la luz. La recuperación de una red dañada suele ser desigual.

Los generadores pueden proporcionar electricidad a algunos edificios o servicios, pero no son un reemplazo automático de una central ni resuelven por sí solos la distribución de agua caliente a toda una ciudad. En otros episodios, las autoridades también instalaron espacios de refugio donde la población podía calentarse, cargar dispositivos y tomar una bebida caliente. Ese tipo de recurso ofrece alivio temporal y un punto de apoyo, mientras continúan las reparaciones. No borra la diferencia entre disponer de un refugio cercano y recuperar los servicios en casa.

El coste cotidiano de vivir con cortes recurrentes

La interrupción de los servicios transforma rutinas que suelen pasar inadvertidas. Cargar un teléfono, cocinar o subir en ascensor depende de que la energía esté disponible; cuando falla, las tareas se reorganizan alrededor de las horas de suministro y de los recursos que todavía funcionan. Los reportes sobre otros apagones describieron ascensores parados y generadores que se habían vuelto habituales en la ciudad. En ciertos edificios, la falta de electricidad también afecta a las bombas necesarias para distribuir agua, aunque el alcance concreto depende de cada instalación y cada barrio.

Las familias no viven el corte de forma idéntica. La temperatura interior, el estado de la vivienda y la posibilidad de desplazarse cambian la experiencia de un hogar a otro. La información disponible sobre otros episodios incluía el caso de una residente mayor que cocinó con un balón de gas tras pasar dos días sin poder hacerlo por la falta de electricidad, y describía una ventana rota por restos de un dron, cubierta provisionalmente con plástico. Ese testimonio no representa a toda la población, pero ilustra cómo un ataque puede sumar el frío a daños directos en una vivienda.

El impacto se extiende además a servicios como el transporte, los centros educativos y la atención sanitaria, aunque las consecuencias concretas varían entre episodios. En un ataque, los tranvías de la orilla oriental del Dniéper dejaron de funcionar; en otro momento se estudiaron cambios en la organización escolar durante la emergencia energética. La posibilidad de operar con generadores y otras fuentes de respaldo no es igual en todos los lugares. Hospitales, escuelas y comercios dependen de equipos y suministros distintos, de modo que un mismo apagón produce efectos desiguales.

Un invierno que agrava la presión sobre Kiev

El bombardeo se produjo en medio de un esfuerzo diplomático para detener la guerra, pero la actividad militar continuó. Moscú había rechazado una propuesta europea para desplegar una fuerza multinacional en Ucrania después de un eventual fin del conflicto y había advertido que esas tropas serían consideradas objetivos militares legítimos. Ucrania y sus aliados habían acordado que Europa desplegaría fuerzas tras un posible alto el fuego. La distancia entre esos planes y la realidad sobre el terreno seguía siendo amplia.

El presidente ucraniano Volodimir Zelenski había afirmado que el acuerdo sobre garantías de seguridad de Estados Unidos estaba prácticamente listo para cerrarse. El canciller alemán Friedrich Merz, por su parte, consideró que un acuerdo de tregua aún estaba lejos, dada la posición rusa. Esos intercambios describen el marco político de aquellos días, pero no cambian el balance material del ataque: hogares sin electricidad, miles de edificios sin calefacción y víctimas. La diplomacia avanzaba sin que cesaran los golpes contra la infraestructura.

Para los habitantes de Kiev, la prueba inmediata no se mide solo en declaraciones sobre el futuro de la guerra, sino en cuánto tarda en volver el calor y qué servicios siguen disponibles mientras tanto. La recomendación de Klitschko reflejó la gravedad de un invierno en que la red debía repararse bajo presión, mientras la temperatura caía. El apagón fue más que una interrupción eléctrica: mostró hasta qué punto el funcionamiento de una ciudad depende de infraestructuras conectadas y lo vulnerable que resulta esa cadena cuando los ataques alcanzan sus puntos críticos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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