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La mayoría de Moreno, al filo de los 55 escaños
Los sondeos apuntaban a una mayoría muy estrecha, expuesta al reparto de escaños y al voto de cada provincia.

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Juanma Moreno afrontaba las elecciones andaluzas con opciones reales de conservar el control del Parlamento, aunque los sondeos disponibles antes de la cita electoral dibujaban un resultado mucho más ajustado que el de 2022. Una encuesta publicada en marzo de 2026 atribuía al PP el 42,8% de los votos y 56 escaños, apenas uno por encima de la mayoría absoluta, fijada en 55. El propio presidente situó el margen decisivo en unos 15.000 votos, una cifra que refleja la importancia del reparto provincial, no un umbral automático válido para toda Andalucía.
Hay, sin embargo, un límite temporal que cambia la lectura de esos datos: la información de referencia situaba la votación el 17 de mayo de 2026, una fecha ya pasada. Como el material disponible no incorpora el resultado oficial, no permite afirmar si Moreno revalidó o perdió la mayoría. Sí permite reconstruir qué escenario se anticipaba antes de las urnas, por qué podía decidirse por pocos escaños y qué factores —desde las listas de espera hasta la participación— hacían incierto el pronóstico.
Una mayoría posible, pero sin margen para errores
El antecedente era contundente. En las elecciones del 19 de junio de 2022, el PP andaluz obtuvo 58 diputados y logró por primera vez una mayoría absoluta en la comunidad. La barrera parlamentaria está en 55 escaños, de modo que aquella victoria dejó a Moreno con tres diputados de margen. La encuesta de marzo de 2026 reducía esa holgura a uno: proyectaba 56 representantes para los populares pese a atribuirles un porcentaje de voto muy parecido al de cuatro años antes, un 42,8% frente al 43,1% de 2022.
Ese contraste muestra por qué el porcentaje autonómico no basta para anticipar quién gobernará. Los votos se convierten en diputados en cada provincia y la distribución puede favorecer o perjudicar a una candidatura según dónde concentre sus apoyos. Una variación pequeña en el total puede producir un cambio mayor en el número de escaños si afecta a circunscripciones donde el último diputado se decide por una distancia corta.
Por eso el pronóstico de 56 escaños debía leerse como una fotografía estadística, no como una garantía. Una estimación situada justo por encima de 55 deja poco espacio para absorber cambios de participación, movimientos de última hora o diferencias entre el resultado previsto y el voto real. Además, la misma cifra de papeletas puede traducirse en una representación distinta si su reparto territorial cambia. La ventaja del PP era clara en la encuesta citada, pero la pregunta decisiva era si esa ventaja sobreviviría al escrutinio provincial.
Qué significan los 15.000 votos que mencionó Moreno
Durante la precampaña, Moreno describió la revalidación de la mayoría como una contienda muy ajustada y habló de unos 15.000 votos. Vinculó esa cifra a la posición de los restos en las ocho provincias: los sufragios que quedan después de asignar los primeros escaños pueden inclinar el último diputado de una circunscripción hacia un partido u otro. En ese sentido, los 15.000 votos no constituyen una regla matemática general ni significan que exista un único bloque de votos capaz de decidir por sí solo el resultado.
La cifra sirve, más bien, para ilustrar la fragilidad de una mayoría estrecha. Si el PP conservaba un apoyo elevado, pero parte de esos votos se concentraba en provincias donde ya tenía representación suficiente, podía obtener menos escaños que con un volumen similar distribuido de otra manera. A la inversa, unos miles de papeletas adicionales en una circunscripción disputada podían resultar más valiosos que muchos más votos acumulados donde el último diputado estuviera fuera de alcance. La geografía electoral convierte el recuento en ocho carreras relacionadas, no en una única suma regional.
Los datos publicados por otros sondeos manejaban escenarios algo distintos, y esa divergencia también aconsejaba prudencia. Una crónica aludía a la posibilidad de que el PP mantuviera 57 diputados o bajara hasta 52, mientras que la encuesta de SocioMétrica estimaba 56. No son cifras intercambiables ni una predicción conjunta: corresponden a estimaciones y planteamientos diferentes. Lo que sí compartían era la idea central de una mayoría en disputa, con el resultado final expuesto a variaciones relativamente pequeñas y a la asignación provincial de los escaños.
Qué decía la encuesta y qué no podía demostrar
La encuesta de SocioMétrica citada en la información de referencia atribuía al PP un 42,8% de los votos y 56 diputados. Para el PSOE calculaba un 23,1% y 28 escaños, mientras que Vox alcanzaría el 16,1% y 18 representantes. El pronóstico situaba así a Moreno por encima del umbral de gobierno en solitario y describía a los socialistas lejos de la primera posición. Son estimaciones anteriores a la jornada electoral: no deben confundirse con resultados confirmados ni con una medición del voto emitido.
La ficha técnica indicaba que se habían realizado 1.200 entrevistas en Andalucía entre el 26 y el 28 de marzo de 2026 mediante un panel en línea, con cuotas y ajustes. También señalaba que, al tratarse de un muestreo no probabilístico, no procedía calcular un margen de error ni un nivel de confianza en los términos habituales, aunque se mencionaba una estimación aproximada de más o menos tres puntos para el voto final. Esa cautela metodológica importa: una cifra puntual como el 42,8% no tiene la precisión aparente de un recuento, y menos aún cuando el modelo transforma la intención de voto en escaños provinciales.
La encuesta servía para identificar tendencias, no para cerrar el desenlace. Mostraba al PP en cabeza y a Vox por debajo del 20%, pero la fotografía podía variar si cambiaba la participación, si los indecisos se inclinaban por una candidatura o si la distribución de apoyos difería de la prevista. El sondeo también estimaba que un 10,4% de quienes habían votado al PSOE en 2022 podía pasar al PP, mientras que otro 18,6% de antiguos votantes de Vox se inclinaría por los populares. Esos movimientos describen respuestas declaradas en una encuesta; no prueban transferencias que necesariamente se materializarían en las urnas.
La oposición y el problema de convertir votos en escaños
Según esa misma estimación, María Jesús Montero encabezaba un PSOE que bajaría a 28 diputados, dos menos que los 30 obtenidos en 2022. La diferencia entre ambas fuerzas era amplia en el conjunto autonómico, pero no bastaba con mirar la distancia entre sus porcentajes para determinar la composición de la Cámara. El PSOE podía conservar posiciones provinciales relevantes y, al mismo tiempo, perder peso total; el PP podía ganar en las ocho provincias, como anticipaba Moreno, sin que esa victoria territorial garantizara por sí sola una mayoría holgada.
Vox aparecía como tercera fuerza, con un 16,1% y 18 escaños previstos. El sondeo lo mostraba por encima de su resultado andaluz de 2022, cuando obtuvo 14 diputados y el 13,5%, pero por debajo de los porcentajes que había alcanzado en las elecciones recientes de Extremadura, Aragón y Castilla y León mencionadas en la información de referencia. La comparación apuntaba a un crecimiento, aunque no a un avance suficiente para desplazar al PSOE del segundo puesto en ninguna de las ocho provincias, según ese pronóstico.
La fuerza de una candidatura depende también de la fragmentación de sus competidores. La encuesta estimaba un 2% para Se Acabó la Fiesta, formación que podía restar apoyos a Vox sin acercarse a obtener una representación proporcional a ese porcentaje en todas las provincias. A la izquierda, Por Andalucía, con IU y Sumar, aparecía con un 5,9% y cuatro escaños, mientras que Adelante Andalucía alcanzaría un 6% y tres diputados. La suma del voto no se transforma automáticamente en una suma equivalente de representantes: la dispersión puede dejar papeletas sin traducción parlamentaria en determinadas circunscripciones.
La sanidad, un desgaste que necesitaba contexto
El artículo anterior situaba la sanidad pública en el principal flanco electoral del Gobierno andaluz y mencionaba una demora media de 160 días para una intervención quirúrgica no urgente. Ese dato retrataba el problema desde la experiencia de quienes esperan una operación, pero la información disponible no precisa su fecha de referencia. Por ello, no debe presentarse como una cifra actual ni como una medición válida para el momento posterior a las elecciones. Sí conserva valor como explicación de una preocupación política: las listas de espera convierten una decisión administrativa en tiempo cotidiano para pacientes y familias.
También es importante separar dos demoras que a menudo se mezclan en el debate. La espera para una operación depende de quirófanos, personal, camas y prioridad clínica; el acceso a la primera consulta con un especialista depende de las agendas, de las derivaciones y de la capacidad de cada servicio para recibir nuevos pacientes. Si se reduce el tiempo en quirófano pero se mantiene el atasco antes de llegar al especialista, la mejora puede no percibirse con claridad. La puerta de entrada al sistema y la intervención quirúrgica son cuellos de botella distintos, aunque para quien espera formen parte de una misma experiencia.
El Gobierno andaluz había defendido planes de choque con actividad extraordinaria, apertura de quirófanos por la tarde, derivaciones a centros concertados y reorganización de agendas. También se mencionaban medidas de telemedicina y refuerzos en especialidades como Traumatología, Oftalmología y Dermatología. La oposición, por su parte, sostenía que los avances no llegaban con suficiente rapidez a la ciudadanía y cuestionaba el aumento de la actividad concertada. Sin datos fechados y comparables en el material disponible, no es posible determinar qué balance ofrecían esas medidas al cierre de la campaña; sí puede afirmarse que la credibilidad dependía de que los cambios estadísticos coincidieran con una espera menor para los pacientes.
La estabilidad como argumento electoral
Moreno planteó la elección como una disyuntiva entre continuar con un Gobierno del PP sin depender de otros partidos o afrontar una negociación parlamentaria. Su argumento se apoyaba en las dificultades para formar gobiernos en Extremadura, Aragón y Castilla y León, donde el PP había ganado sin alcanzar la mayoría absoluta. El presidente andaluz advertía de que una Cámara fragmentada podía abrir una etapa de pactos difíciles. Era una estrategia para que el voto se valorara no solo por el partido elegido, sino también por las consecuencias que podía tener la composición del Parlamento.
Ese marco favorecía al PP si los votantes moderados consideraban que la continuidad ofrecía más estabilidad. También podía volverse en su contra si el debate se centraba en servicios públicos deteriorados o si el electorado entendía que el Gobierno pedía un respaldo amplio sin responder a sus problemas cotidianos. Vox, mientras tanto, podía beneficiarse del voto de castigo y reclamar capacidad para influir en las políticas; pero su papel como posible socio también podía inquietar a quienes preferían un Ejecutivo autónomo. La apelación a la estabilidad funcionaba como argumento electoral, no como garantía de que no fueran necesarios acuerdos.
Moreno describió al PSOE y a Vox como fuerzas interesadas en romper la mayoría popular. Esa caracterización pertenecía a su discurso de campaña; no acreditaba la existencia de un pacto entre ambas formaciones. En el Parlamento, los partidos pueden coincidir en una votación concreta sin formar una alianza ni compartir un proyecto de gobierno. La etiqueta de una supuesta unión electoral simplificaba el mensaje para presentar la alternativa al PP como un escenario de bloqueo, pero también dejaba fuera las diferencias políticas entre socialistas y Vox. Una coincidencia parlamentaria puntual no equivale a una coalición.
El perfil de Moreno y las transferencias de voto
El sondeo describía un flujo de apoyos favorable al PP: estimaba que parte de quienes habían votado al PSOE y a Vox en 2022 se decantarían ahora por Moreno. La encuesta atribuía asimismo a la candidatura popular capacidad para captar una parte de los antiguos abstencionistas, mientras que el PSOE atraería apoyos de formaciones situadas a su izquierda. Esas transferencias podían explicar por qué el PP mantenía una ventaja amplia en el pronóstico, aunque la intención declarada no siempre se convierte en voto y las decisiones finales pueden depender de la campaña.
La figura del presidente era otro componente del escenario. La información de referencia señalaba que Moreno tenía un 51% de aprobación, seis puntos más que en 2022 y el doble que los líderes nacionales comparados en ese sondeo. Esa valoración podía contribuir a sostener una candidatura con un perfil moderado y reconocible, pero no debe confundirse con una intención de voto directa. Un ciudadano puede valorar positivamente a un dirigente y votar a otro partido por la sanidad, la vivienda, el empleo u otras prioridades. La aprobación personal ayuda a explicar el clima político, pero no predice por sí sola los escaños.
La situación del PSOE también dependía de su capacidad para presentar una alternativa de gestión, no solo de denunciar los problemas de la Junta. La crítica a las listas de espera podía encontrar respaldo entre quienes habían tenido dificultades para conseguir una cita o una prueba, pero necesitaba conectarse con propuestas reconocibles sobre atención primaria, especialistas y actividad hospitalaria. Para Vox, el desafío era capitalizar el malestar sin quedar identificado únicamente con una negociación poselectoral. Y para el PP, retener el voto moderado exigía sostener la imagen de gestión que había sido central en la trayectoria de Moreno.
El territorio y la participación podían inclinar el resultado
Las diferencias entre provincias complicaban cualquier lectura basada en una media andaluza. La encuesta citada situaba la ventaja del PP sobre el PSOE en torno a 28 puntos en Málaga y Almería, mientras que la suma de las fuerzas de izquierda mantenía mayor peso en Sevilla y Cádiz. En Almería, Vox se acercaba al PSOE, según el pronóstico, con un 19,3% frente al 19,9% socialista. Son estimaciones provinciales y no resultados; muestran, no obstante, que la estructura del voto no era uniforme y que cada territorio podía tener una función distinta en la asignación final.
Las candidaturas menores también podían influir de forma desigual. Un porcentaje de apoyo disperso por las ocho provincias no tiene el mismo efecto que una concentración local capaz de acercarse al último escaño. Por Andalucía esperaba representación en Sevilla, Málaga, Cádiz y Córdoba; Adelante Andalucía, en Cádiz, Málaga y Sevilla, según la encuesta. En otras provincias, apoyos de tamaño similar podían no convertirse en diputados. El mapa electoral no premia cada voto de la misma manera en todos los lugares, y esa asimetría explica por qué el recuento podía alterar un pronóstico aparentemente claro.
La participación era otra variable decisiva. El sondeo sugería que entre quienes se habían abstenido en 2022 había una parte que ahora se inclinaba por el PP o Vox, mientras que una proporción menor declaraba apoyo al PSOE. También indicaba preferencias diversas entre quienes votarían por primera vez. Esas respuestas podían orientar sobre la movilización potencial, pero no aseguraban que esos electores acudieran a las urnas. En una elección donde la mayoría podía quedar en 55 o 56 diputados, la abstención selectiva de un grupo o una provincia podía pesar más que un cambio pequeño en el promedio autonómico.
Un pronóstico anterior a las urnas no es el resultado
La información disponible permite sostener que, antes de la jornada prevista para el 17 de mayo de 2026, el PP aparecía como favorito y una encuesta concreta le atribuía una mayoría absoluta ajustada. También permite explicar por qué Moreno hablaba de unos 15.000 votos y por qué la distribución de los restos provinciales podía marcar la diferencia. No permite, en cambio, confirmar qué ocurrió finalmente, cuánto obtuvo cada partido ni si el presidente conservó el Gobierno. La fecha electoral ya ha quedado atrás y un análisis actualizado necesita el escrutinio oficial, no una extrapolación de sondeos previos.
La misma cautela se aplica a la sanidad. Los 160 días mencionados en el texto de partida describen el flanco político que se atribuía a las listas de espera, pero, sin fecha de corte ni actualización, no sirven para medir la situación actual. Las promesas de refuerzo, la actividad extraordinaria y las críticas de la oposición aportan contexto sobre la campaña; no bastan para establecer si las demoras subieron o bajaron después. Para valorar su efecto electoral harían falta, además, datos comparables y el resultado de las urnas, que no aparece en el material proporcionado.
Así, la respuesta previa a los comicios era que Moreno tenía posibilidades de gobernar sin pactos, aunque el margen estimado era estrecho y la mayoría no podía darse por segura. La respuesta sobre el desenlace posterior permanece abierta con la documentación disponible. El caso muestra una diferencia esencial entre liderazgo en las encuestas y control efectivo de una cámara: la mayoría se decide en votos reales, provincia por provincia, y solo el escrutinio permite saber si el margen previsto resistió.

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