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Economía

¿Por qué Japón y EE.UU. intervienen para frenar la caída del yen?

Japón y Estados Unidos intervienen para frenar la caída del yen y contener el encarecimiento de energía, alimentos e importaciones en Japón.

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1000 yenes de japone

Japón y Estados Unidos han comprado yenes de forma coordinada para detener el desplome de la moneda japonesa, que había caído hasta niveles no vistos desde 1986. La operación, ejecutada el viernes 31 de julio y confirmada este lunes 3 de agosto, pretende cortar los movimientos especulativos, reducir la volatilidad y aliviar la presión que el encarecimiento de las importaciones está trasladando a los hogares japoneses.

La ministra japonesa de Finanzas, Satsuki Katayama, ha dejado claro que la intervención no debe interpretarse como un disparo aislado. Tokio mantiene contacto estrecho con el Tesoro estadounidense y está dispuesto a actuar de nuevo si el mercado vuelve a empujar al yen hacia una depreciación brusca. Washington ha lanzado el mismo mensaje: no descarta participar en nuevas compras coordinadas. Pocas sutilezas esta vez.

Japón y Estados Unidos entran juntos en el mercado

La intervención consistió, en esencia, en comprar yenes y vender otras divisas para aumentar artificialmente la demanda de la moneda japonesa. El efecto fue inmediato. El yen llegó a apreciarse hasta las 155,20 unidades por dólar, su mejor cambio desde principios de mayo, después de haber rozado las 164 unidades durante julio.

Conviene aclarar la aritmética, que en el mercado de divisas tiene cierta afición por caminar del revés. Cuando el dólar pasa de valer 164 yenes a costar 155, el yen se está fortaleciendo: hacen falta menos unidades japonesas para comprar la misma moneda estadounidense. La divisa ganó más de un 3% durante las dos últimas sesiones de la semana pasada y volvió a avanzar alrededor de un 1% tras la confirmación oficial, aunque después moderó parte del movimiento.

La participación estadounidense multiplica la fuerza política de la operación. Japón lleva meses intentando sostener su moneda con advertencias, compras directas y mensajes cada vez menos ceremoniosos, pero el mercado había aprendido a esperar el golpe, retroceder unos metros y continuar después por el mismo camino.

La entrada de Washington rompe ese cálculo. Apostar contra el yen significa ahora desafiar a dos grandes gobiernos, no únicamente al Ministerio de Finanzas japonés.

Es una acción poco habitual. La anterior intervención internacional coordinada sobre el yen se produjo en 2011, tras el terremoto y el tsunami del este de Japón, aunque entonces el objetivo era frenar su apreciación. Para encontrar una compra estadounidense de yenes destinada claramente a fortalecer la moneda japonesa hay que regresar a 1998. Los mercados tienen memoria selectiva, pero estas fechas todavía pesan.

Qué significa intervenir una divisa

Una intervención cambiaria no establece un precio oficial ni convierte el yen en una moneda de cambio fijo. Las autoridades entran en el mercado como un operador gigantesco: venden activos denominados en otras divisas y utilizan esos recursos para comprar yenes.

Así crean demanda, sorprenden a los inversores y fuerzan a quienes habían apostado por nuevas caídas a deshacer sus posiciones. La maniobra puede parecer abstracta, encerrada en pantallas repletas de cifras, pero su efecto termina llegando a la calle: al precio del combustible, los alimentos importados o la factura eléctrica.

Comprar yenes para cambiar las expectativas

La parte más importante no siempre es el dinero movilizado, sino el mensaje enviado al mercado. Cuando numerosos fondos mantienen posiciones bajistas —operaciones diseñadas para ganar con una depreciación—, una subida súbita puede provocar una carrera hacia la salida.

Los inversores recompran yenes para limitar pérdidas y esa misma recompra acelera la apreciación. Una puerta estrecha y demasiada gente tratando de cruzarla a la vez.

Los datos del Banco de Japón sugieren que Tokio pudo movilizar hasta 58.970 millones de dólares durante la intervención del jueves 30 de julio, aunque la cifra definitiva no se conocerá hasta la publicación oficial correspondiente. La cantidad empleada por Estados Unidos en la operación del viernes tampoco ha sido divulgada. Por ahora existe una certeza política y una incógnita contable.

La operación no garantiza un cambio permanente

Una compra masiva puede mover la cotización durante horas, días o semanas, pero no elimina por sí sola las causas que debilitan una moneda. Es algo parecido a sujetar una puerta contra el viento: funciona mientras la presión no aumente o mientras alguien no retire el hombro.

Para estabilizar el yen de forma duradera, Japón necesita que cambien también los tipos de interés, la inflación, el coste energético o las expectativas sobre sus cuentas públicas. La intervención ofrece tiempo y espacio, pero no fabrica una solución estructural por arte de magia.

Por qué el yen había caído hasta mínimos de 40 años

El deterioro de la moneda japonesa no nació en una mala mañana bursátil. Lleva años alimentándose de la distancia entre los tipos de interés japoneses y los estadounidenses. Los inversores pueden financiarse a un coste relativamente bajo en yenes y colocar ese dinero en activos denominados en dólares, que ofrecen una rentabilidad superior.

Esa operación, conocida como carry trade, genera ventas constantes de yenes. El mecanismo es sencillo: se pide dinero barato en Japón, se cambia por dólares y se invierte en Estados Unidos, donde los intereses son mayores. Cuanto más atractiva resulta esa diferencia, más presión soporta la divisa japonesa.

Aunque el Banco de Japón ha abandonado progresivamente la política de tipos ultrabajos, sigue avanzando con mucha más cautela que otras autoridades monetarias. El 31 de julio mantuvo su tipo de referencia alrededor del 1%, decisión aprobada por ocho votos contra uno. El consejero disidente defendió elevarlo al 1,25%, una señal de que dentro de la institución crece la preocupación por las presiones inflacionistas y la debilidad cambiaria.

La factura energética agrava el problema

Japón importa gran parte del petróleo, el gas y otras materias primas que consume. Cuando el yen pierde valor, cada barril, cargamento de gas o tonelada de alimento comprado en dólares resulta más caro.

Esa subida atraviesa lentamente la economía: aparece primero en las empresas importadoras y acaba llegando al supermercado, la factura eléctrica, el transporte y los márgenes de los pequeños negocios. El mercado de divisas parece lejano hasta que el recibo aterriza en la mesa de la cocina.

El conflicto en Oriente Próximo y el aumento previo de los costes energéticos habían colocado otra piedra sobre una moneda ya debilitada. Un yen barato favorece a algunos exportadores japoneses, porque eleva el valor en moneda nacional de sus ingresos exteriores, y convierte el país en un destino atractivo para los visitantes extranjeros.

Pero ese beneficio tiene reverso: reduce el poder adquisitivo de las familias y encarece cualquier producto importado. El turismo celebra lo que la cesta de la compra lamenta.

El propio Banco de Japón reconoce que las expectativas de inflación han aumentado y advierte del riesgo de que la inflación subyacente se desvíe por encima de su objetivo del 2%. Su escenario oficial mantiene futuras subidas de tipos sobre la mesa, aunque condicionadas a la evolución de la actividad, los precios, el mercado de divisas y la situación internacional.

Por qué Estados Unidos ha decidido ayudar

La decisión estadounidense contiene una mezcla de alianza estratégica, interés económico y prevención financiera. Japón es uno de los principales socios de Washington en Asia, pero también uno de los mayores propietarios extranjeros de deuda pública estadounidense.

Si Tokio necesitara obtener dólares mediante ventas masivas de bonos del Tesoro para financiar nuevas intervenciones, podría elevar la rentabilidad de esa deuda y encarecer la financiación de Estados Unidos. Un problema japonés empezaría entonces a golpear la puerta de Washington.

La cooperación permite a Japón defender el yen sin transmitir la imagen de que está liquidando apresuradamente su cartera de bonos estadounidenses. El Tesoro norteamericano también ha planteado reforzar las herramientas que ofrecen liquidez temporal en dólares a las autoridades extranjeras, una especie de red situada bajo el trapecio para evitar que una tensión cambiaria termine contaminando el mercado de deuda.

Hay otro componente, menos técnico. Un yen extremadamente débil abarata los productos japoneses en el exterior y reduce parte del efecto competitivo de los aranceles estadounidenses. Respaldar la moneda japonesa puede beneficiar a ciertos fabricantes de Estados Unidos y, al mismo tiempo, contener un foco de inestabilidad global.

Donald Trump presentó la intervención como un gesto de amistad hacia Japón y una contribución a la economía mundial. En política monetaria también existe la amistad, aunque suele llevar calculadora.

Qué puede pasar después de la intervención

El primer resultado ha sido visible: el yen se alejó de los mínimos cercanos a 164 unidades por dólar y obligó a numerosos operadores a desmontar sus apuestas bajistas. El movimiento también debilitó al dólar frente a otras monedas.

La advertencia de nuevas operaciones coordinadas puede mantener al mercado en guardia, sobre todo cerca de determinados niveles psicológicos, como las 160 unidades por dólar. El simple temor a otra intervención puede frenar ventas, incluso antes de que Tokio o Washington gasten un solo dólar adicional.

No existe, sin embargo, una línea oficial que Japón haya prometido defender. Las autoridades suelen evitarla porque anunciar una frontera exacta permitiría a los fondos comprobar cuánto dinero están dispuestas a gastar.

La estrategia consiste en conservar la incertidumbre: actuar en horarios inesperados, aprovechar jornadas con menor liquidez y no confirmar inmediatamente cada movimiento. El mercado detesta no saber dónde está el suelo. Precisamente por eso funciona.

El Banco de Japón queda bajo presión

La intervención compra tiempo, pero coloca el foco sobre el Banco de Japón. Los tipos se mantienen en el 1% y los mercados ya contemplan la posibilidad de una subida en septiembre.

Un incremento reduciría parcialmente la diferencia de rentabilidad con Estados Unidos y ofrecería un apoyo más estructural al yen, aunque también elevaría el coste de financiación para familias, empresas y un Estado con una deuda pública enorme.

Subir demasiado rápido puede dañar una recuperación todavía frágil; hacerlo demasiado despacio puede reactivar la depreciación y la inflación importada. Ese es el callejón estrecho de la política japonesa.

El Gobierno quiere contener el coste de la vida sin renunciar al estímulo económico, mientras el banco central intenta normalizar su política sin romper nada por el camino. Una cuadratura bastante menos elegante que la del círculo.

Los inversores observarán también los datos de empleo e inflación de Estados Unidos. Una Reserva Federal más restrictiva mantendría elevados los rendimientos estadounidenses y volvería a presionar al yen.

Una moderación económica que favoreciera futuras bajadas de tipos en Washington haría parte del trabajo que Tokio necesita. En las divisas, casi ninguna moneda viaja sola.

El mercado ya sabe que Tokio no está solo

La intervención conjunta no resuelve las debilidades estructurales de Japón, pero cambia el equilibrio inmediato. El yen ha recuperado terreno, los especuladores conocen el riesgo de nuevas compras y Estados Unidos ha convertido una preocupación japonesa en un asunto bilateral. Eso importa. Mucho.

El éxito duradero dependerá de algo menos espectacular que una sacudida en las pantallas: una reducción de la diferencia de tipos, mayor estabilidad energética, confianza en las cuentas públicas y una política monetaria capaz de controlar los precios sin asfixiar la economía.

La operación ha detenido la caída y ha colocado una señal en mitad del camino. No es una muralla. Pero tampoco es ya aquel cartel solitario que el mercado podía ignorar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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