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¿Acuerdo o choque? Irán y EE UU vuelven a negociar en Ginebra

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Irán y EE UU negocian en Ginebra

Ginebra reúne a Irán y EE UU: uranio al 60%, sanciones y misiles, con Omán mediando; Ormuz hierve entre maniobras y el portaaviones USS Ford.

La segunda ronda de negociaciones indirectas entre Irán y Estados Unidos ha empezado este martes en Ginebra con el ruido de fondo de siempre —amenazas, despliegues militares, frases medidas al milímetro— y una novedad que pesa mucho: por primera vez en meses, ambos bandos se sientan (sin verse) a discutir el corazón del problema, el programa nuclear y el pulso balístico iraní, con un intermediario que hace de puente y de cortafuegos, el Sultanato de Omán. La reunión se celebra en la embajada omaní en Suiza, con el ministro de Exteriores iraní, Abás Araqchí, al frente de una delegación amplia, y el equipo estadounidense encabezado por el enviado especial de la Casa Blanca Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump, en un formato que Teherán exige para evitar una foto de tú a tú con Washington.

El encuentro llega con una presión poco habitual, no solo por el contenido —qué hace Irán con su uranio enriquecido al 60%, qué recibe a cambio en sanciones— sino por el contexto: Trump ha vuelto a deslizar que la opción militar sigue sobre la mesa si ve rigidez, mientras Irán exhibe músculo en el agua con maniobras navales en el estrecho de Ormuz, el cuello de botella por el que circula alrededor del 20% del petróleo mundial. En esa combinación, diplomacia dentro, demostración de fuerza fuera, se juega el resultado real de la cita: si hay un carril para un acuerdo medible o si el expediente vuelve a una fase de choque, más corta de paciencia y más larga de riesgo.

Ginebra abre la segunda puerta

Hay ciudades que se te pegan a la piel por el clima y otras por lo que ocurre a puerta cerrada. Ginebra pertenece al segundo grupo: un lugar donde los acuerdos no suenan a épica, suenan a folio, a sala con luz plana, a intérpretes que repiten una frase hasta que deja de ser peligrosa. Esta ronda es la continuación de la reunión del 6 de febrero en Mascate, capital de Omán, cuando Irán y Estados Unidos retomaron contactos sobre el dossier nuclear tras un parón marcado por escaladas y por la desconfianza acumulada. El salto de Mascate a Ginebra no es solo geográfico; es también político: Suiza pone un escenario más europeo, más expuesto a miradas externas, con más margen para contactos paralelos y para mensajes cruzados entre delegaciones sin que todo pase por un único canal.

El formato sigue siendo el mismo y, a la vez, es el gran tema que nadie enuncia como tema. Negociación indirecta significa que no hay mesa compartida, no hay apretón de manos, no hay foto. Significa pasillos, habitaciones separadas, documentos que viajan, matices que se pierden y vuelven a aparecer con otro color. Para Teherán es una cuestión de principio y narrativa interna: no parecer que se somete a un diálogo directo bajo amenazas; para Washington es una cuestión de eficacia: hablar aunque sea a través de un tercero y medir si hay fisuras por donde construir un pacto. En el centro, como si fuera un metrónomo humano, está el ministro omaní Badr bin Hamad al Busaidi, que hace de intermediario entre dos gobiernos que se entienden en una cosa: la foto, hoy, sería un problema.

Omán, el intermediario que sostiene el formato

Omán lleva años jugando a ese papel incómodo y decisivo: un país lo bastante cercano a ambos como para que le confíen mensajes, lo bastante discreto como para no convertir cada avance en un trofeo. Que la cita sea en su embajada es casi una declaración de intenciones: aquí se habla, pero sin escenografía. A un lado, Araqchí llega con un equipo “diplomático y especializado”, con perfiles técnicos nucleares y también económicos, porque Irán no viene solo a hablar de centrifugadoras; viene a hablar de dinero real, de sanciones que muerden el comercio, la banca, el petróleo, y de qué forma puede traducirse un acuerdo en alivio palpable, no en una promesa que se evapora cuando cambian los vientos en Washington.

En paralelo, Ginebra permite algo que Mascate no ofrecía con la misma naturalidad: reuniones bilaterales con terceros. Araqchí ha movido agenda para verse con responsables suizos, incluido el ministro de Exteriores Ignazio Cassis, y también con figuras del entramado internacional que vigila el programa nuclear. En estas negociaciones, ese tipo de encuentros no son decoración; son una forma de asegurar canales, de preparar verificación futura y de lanzar mensajes: “no estamos aquí por postureo”, “tenemos con quién hablar”, “sabemos qué pedimos”. Suena frío, pero es parte del pulso.

Las líneas rojas de Teherán: uranio y misiles

Irán ha llegado a Ginebra con dos ideas repetidas como un sello. La primera: no aceptará el “enriquecimiento cero”. La segunda: no aceptará limitar su programa de misiles balísticos en los términos que exige Washington. Para Teherán, ambas exigencias se leen como un recorte de soberanía y, sobre todo, como una invitación a la vulnerabilidad. El discurso oficial lo envuelve en “capacidad defensiva”, pero debajo hay una intuición más directa: en una región donde los enemigos no son abstractos, renunciar a herramientas estratégicas sin garantías sólidas sería, dicen, un error existencial.

La parte iraní insiste en que su programa nuclear tiene fines civiles y que su derecho a enriquecer uranio existe dentro de su marco legal internacional. Estados Unidos, en cambio, interpreta el nivel alcanzado y la velocidad como un riesgo de umbral, ese punto en el que no hace falta declarar nada para inquietar a todos. Aquí es donde las palabras se vuelven números, y los números se vuelven política. Irán reconoce que el stock acumulado y el grado de enriquecimiento son el núcleo del temor occidental. Por eso, en esta ronda, Teherán deja caer una posible concesión: está dispuesto a diluir 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, un material cercano al nivel militar, siempre que Washington se mueva de forma seria en el terreno que a Irán más le importa: el levantamiento de sanciones.

Uranio al 60% y la propuesta de dilución

Conviene traducir el tecnicismo sin convertirlo en jeroglífico. Enriquecer uranio es aumentar la proporción del isótopo útil para mantener una reacción sostenida. Para usos civiles se trabaja con porcentajes bajos; cuando se llega al 60%, el gesto ya no es inocente: no es lo mismo tener un motor arrancado que tenerlo en punto muerto. La diferencia entre ese nivel y el llamado nivel militar no es un salto automático, pero sí reduce tiempos, márgenes y capacidad de sorpresa. Por eso, cuando Irán habla de dilución, está hablando de rebajar el grado de enriquecimiento de parte de ese material y, con ello, de bajar la ansiedad internacional a cambio de beneficios tangibles.

La clave está en el “a cambio”. Teherán no quiere un gesto unilateral. Quiere una secuencia que pueda vender dentro: “hemos reducido”, “nos han levantado”. Y ahí aparece un nombre propio que ha pesado en las últimas horas: Ismail Bagaei, portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, que ha insistido en que la composición de la delegación —técnicos nucleares, expertos económicos— demuestra seriedad y voluntad de resultados. No es un detalle menor: cuando un país envía economistas a una negociación nuclear, está diciendo que el pacto se mide en centrifugadoras, sí, pero también en transacciones, cuentas, exportaciones, sanciones que se caen o se mantienen.

Lo de los misiles, sin embargo, es casi un muro. Washington quiere limitar alcance, desarrollo o pruebas; Irán responde que es su escudo. Aquí el debate se vuelve menos técnico y más emocional, aunque nadie lo diga así. Irán recuerda que en el pasado ha sido atacado y que su entorno regional es hostil. Estados Unidos y aliados replican que esos misiles no son un adorno defensivo, que dan capacidad ofensiva y presión. Entre ambos, el espacio para un punto intermedio es estrecho: quizá fórmulas de “no expansión”, quizá compromisos de transparencia, quizá límites indirectos. Pero, hoy por hoy, Teherán repite su frase: “no se negocia”.

Washington endurece el pulso: sanciones, misiles y portaaviones

Estados Unidos llega a la mesa con un enfoque amplio y con un tono duro. La presión no es solo diplomática; es también militar y pública. Trump ha dicho que seguirá muy de cerca lo que ocurra en Ginebra, que estará “involucrado indirectamente” y que las conversaciones son “muy importantes”, a la vez que desliza que Irán es un negociador duro y que la alternativa a un acuerdo sería el uso de fuerza para “noquear” su potencial nuclear. Esa forma de hablar es muy Trump: directa, visual, casi deportiva. En la práctica, se traduce en un mensaje sencillo: acuerdo o consecuencias.

En este tablero, Witkoff actúa como cara negociadora, con un perfil de enviado especial, mientras la presencia de Jared Kushner añade un componente político evidente. Su participación, por sí misma, sugiere que la Casa Blanca quiere controlar el canal con personas de máxima confianza del presidente. En Washington, los matices importan: no es igual negociar con técnicos que negociar con alguien que puede hablar con Trump sin intermediarios. Y del lado iraní, esa lectura también se hace: si el equipo trae figuras tan cercanas al presidente, es porque el pacto —si nace— se quiere cerrar con sello político, no solo con sello diplomático.

Trump, Witkoff y Kushner: la presión por arriba

Trump ha reforzado su postura con movimientos de fuerza. El más visible, el envío del portaaviones USS Gerald R. Ford hacia la zona, sumándose a un despliegue naval que ya incluía activos estadounidenses relevantes en el área de responsabilidad del Comando Central. Un portaaviones no es solo un barco; es un argumento flotante. Representa capacidad de ataque, defensa, vigilancia, y un recordatorio de que el margen de error se estrecha cuando hay demasiadas armas cerca. Al mismo tiempo, ese despliegue puede jugar en contra de la propia negociación: Teherán lo interpreta como coerción y lo usa para justificar su rigidez interna.

Washington, además, no se limita al expediente nuclear. Ha insistido en que quiere discutir también el programa de misiles y, en algunos mensajes, ha sugerido que espera de Irán cambios en su relación con actores regionales armados. Teherán rechaza esa ampliación del paquete porque entiende que convierte el acuerdo en un cajón de sastre donde siempre habrá una nueva exigencia. Estados Unidos defiende lo contrario: un acuerdo limitado al uranio deja intacta una amenaza estratégica. Son dos visiones incompatibles que, en la práctica, obligan a inventar fórmulas creativas: separar capítulos, escalonar compromisos, diseñar verificaciones distintas. Esa ingeniería diplomática es donde se gana o se pierde la semana.

También pesa un antecedente reciente que ha marcado el clima: la guerra de los 12 días de junio entre Irán e Israel y los bombardeos estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes durante ese choque. Washington sostiene que esos ataques golpearon el programa de Teherán; Irán mantiene su narrativa de resistencia y reconstrucción. Lo importante, más que la narrativa, es el efecto: después de bombas, la confianza se convierte en una pieza rarísima. Lo que antes era “acuerdo” ahora debe ser “acuerdo con garantías”, y ahí empiezan las discusiones sobre verificaciones, tiempos, sanciones reversibles y compromisos que no se rompan a la primera crisis.

Ormuz, el estrecho que convierte la diplomacia en gasolina

Mientras en Ginebra se intercambian papeles, en el estrecho de Ormuz se intercambian señales. Irán realizó el lunes maniobras navales en ese paso estratégico que conecta el golfo Pérsico con el mar de Omán, y que concentra una porción gigantesca del transporte marítimo de crudo. Ormuz es un lugar donde la geografía se vuelve política: un embudo de agua que puede disparar la tensión global con un simple aviso. Irán ha amenazado en el pasado con cerrarlo en momentos de choque con Occidente, y aunque una clausura total sería una escalada extrema, el mero gesto de ensayar “reacción rápida” ya sirve para elevar el pulso.

Las maniobras fueron atribuidas a la Guardia Revolucionaria, el cuerpo militar de élite del país. El mensaje oficial insistió en la capacidad de respuesta frente a “conspiraciones contra la seguridad” y en el objetivo de “aprovechar de manera inteligente” las ventajas geopolíticas de Irán en el golfo Pérsico y el mar de Omán. Esa frase —“aprovechar de manera inteligente”— suena a manual y, a la vez, suena a advertencia: no estamos hablando de ejercicios rutinarios sin destinatario. En una negociación como esta, cada movimiento militar se lee como un subrayado.

Maniobras en Ormuz: mensaje a los mercados

Ormuz no solo impresiona a gobiernos; impresiona a mercados. Las rutas energéticas son nervios, y cuando se tensan, el resto del cuerpo tiembla: primas de seguros, costes de transporte, volatilidad del crudo, especulación. Irán lo sabe y lo utiliza como una palanca indirecta, una forma de decir “si me aprietas demasiado, puedo encarecerte el mundo”. Estados Unidos lo sabe también y responde con presencia naval para disuadir cualquier paso que se interprete como intento de cierre o acoso a la navegación. Es el clásico juego del gallina, pero con petroleros y fragatas.

En este punto, la negociación se vuelve paradójica. Para que un acuerdo avance, ambos necesitan vender que no ceden por miedo. Irán exhibe maniobras para que nadie crea que negocia acorralado. Estados Unidos despliega portaaviones para que nadie crea que negocia debilitado. El resultado es un escenario donde la diplomacia avanza con la misma lógica de una carretera con tráfico denso: cualquier volantazo puede acabar mal, aunque todos digan que van “con cuidado”. De ahí que Omán sea clave: no solo traduce propuestas, también ayuda a bajar decibelios cuando la parte militar sube el volumen.

El fantasma de junio y el problema de la confianza

La herida de junio no es un detalle de contexto; es el escenario psicológico de la conversación. Tras la guerra de los 12 días y los ataques contra instalaciones nucleares, la palabra que más se repite —sin decirla demasiado— es “garantía”. Irán quiere garantías de que un acuerdo no se convertirá en un papel mojado a los pocos meses. Estados Unidos quiere garantías de que Irán no utilizará el alivio de sanciones para acelerar capacidades sensibles y, llegado el caso, acercarse al umbral nuclear con menos presión económica. Nadie confía, todos piden verificaciones.

En lo nuclear, verificar es relativamente tangible: material, porcentajes, inspecciones, cámaras, inventarios, sellos. En lo económico, verificar es un pantano: sanciones que se levantan sobre el papel, bancos que aún temen operar por miedo a castigos secundarios, empresas que se asustan ante el riesgo reputacional, cargamentos que encuentran trabas. Por eso, cuando Teherán pone el foco en el levantamiento de sanciones, no está hablando de una frase diplomática; está hablando de un mecanismo que funcione en el mundo real. Y cuando Washington exige límites duros, no está hablando solo de “buenas intenciones”; está hablando de que el programa se contenga con medidas medibles.

Hay otro factor, más interno, que complica el terreno: Irán atraviesa uno de los momentos más tensos de sus 47 años como República Islámica, con protestas recientes que pedían el fin del sistema fundado por el ayatolá Ruholá Jomeiní en 1979, y una represión descrita por fuentes diversas como severa y sangrienta. Esa presión interna puede empujar al régimen a endurecer el tono exterior para proyectar fortaleza, y también puede empujarlo a buscar alivio económico para desactivar malestar. Las dos cosas pueden convivir, aunque parezca contradictorio: mano dura dentro, pragmatismo fuera, o al revés, según el día.

En Washington ocurre algo parecido, con sus propios códigos. Cualquier acuerdo con Irán se examina con lupa por el coste político doméstico. Ceder demasiado es munición para adversarios. No ceder nada y acabar en escalada también tiene coste. Trump juega con esa ambigüedad: promete pacto, amenaza con fuerza, se coloca en el centro de la escena. Ese estilo puede presionar a Teherán o puede atrincherarlo. Y por eso Ginebra, más allá de lo que se firme o no se firme, es una prueba de temperatura: cuánta elasticidad real hay cuando se apagan los focos y quedan solo los papeles.

El precio del tiempo en Ormuz

En el fondo, esta ronda trata de tiempo. Tiempo para bajar stock de uranio enriquecido, tiempo para diseñar una verificación creíble, tiempo para que el alivio de sanciones tenga efecto, tiempo para que cada gobierno venda el resultado sin parecer débil. Pero el tiempo en Oriente Próximo es caro, y Ormuz lo encarece todavía más. Un incidente naval, una confusión entre patrullas, un dron, una señal mal interpretada, puede comerse semanas de negociación en horas. Ese es el riesgo que flota mientras se habla de porcentajes y sanciones.

En Ginebra, las posiciones de partida siguen lejos. Irán no acepta enriquecimiento cero ni que su programa de misiles quede amputado. Estados Unidos insiste en que un pacto que no contenga ambos frentes deja un hueco peligroso. En medio, aparece la única moneda que parece capaz de mover de verdad a Teherán: el levantamiento efectivo de sanciones. Si Washington ofrece un camino claro y verificable hacia ese alivio, Irán podría traducirlo en concesiones nucleares medibles como la dilución de parte del uranio al 60%. Si no lo ofrece, el incentivo se reduce y el discurso duro gana terreno.

El problema es que ambos negocian con un espejo roto: cada uno recuerda la última vez que creyó en el otro y salió escaldado. Por eso, lo más probable —si hay avance— no será un gran anuncio brillante, sino un acuerdo escalonado, con fases y comprobaciones, con plazos y condiciones. Suena aburrido, pero es lo que suele funcionar cuando la confianza está por los suelos. Si no hay avance, el riesgo no es solo volver al bloqueo: es que el bloqueo venga acompañado de más despliegues, más maniobras, más amenazas, más “o esto o aquello”.

Así queda Ginebra este martes: una embajada que hace de pasarela invisible, un intermediario omaní que carga con el peso de cada frase, un ministro iraní, Abás Araqchí, que llega con técnicos y economistas para negociar algo más que átomos, y una delegación estadounidense con Steve Witkoff y Jared Kushner bajo la mirada de Donald Trump, que ya ha dejado claro que no concibe la paciencia como virtud. Afuera, el mar. Dentro, el papel. Y entre ambos, esa sensación tan concreta —casi física— de que un acuerdo aquí no sería un gesto amable: sería una forma de evitar que el siguiente movimiento se haga con barcos en lugar de con palabras.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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