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¿Xi se queda sin su general clave? Investigan a Zhang Youxia

China investiga a Zhang Youxia y Liu Zhenli: purga en la Comisión Militar Central de Xi sacude al EPL en Pekín y reabre la alarma en Taiwán. El poder en Pekín rara vez hace ruido cuando gira el volante, pero esta vez se ha notado el volantazo.

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Investigan a Zhang Youxia

China investiga a Zhang Youxia y Liu Zhenli: purga en la Comisión Militar Central de Xi sacude al EPL en Pekín y reabre la alarma en Taiwán.

El poder en Pekín rara vez hace ruido cuando gira el volante, pero esta vez se ha notado el volantazo. El Ministerio de Defensa chino ha confirmado que Zhang Youxia, vicepresidente de la Comisión Militar Central (CMC) y durante años visto como el militar más cercano a Xi Jinping, está bajo investigación por “sospechas de graves violaciones de la disciplina y la ley”. En el mismo paquete cae Liu Zhenli, miembro de la CMC y jefe de Estado Mayor del Departamento de Estado Mayor Conjunto, el engranaje operativo que coordina al Ejército Popular de Liberación. No hay detalles, no hay expediente público, no hay relato oficial que explique el qué y el cómo: solo la etiqueta, el sello y el hecho de que la decisión, según el propio comunicado, fue adoptada por el Comité Central del Partido Comunista de China.

Que el sistema señale a un general es noticia; que señale a Zhang, en el puesto de número dos uniformado bajo Xi, es otra cosa. En una estructura donde el Ejército no es “del Estado” sino del Partido, tocar la cima militar es tocar el corazón político. Y el temblor llega con eco regional inmediato: Taiwán ha reconocido que vigila “cambios anormales” en el liderazgo militar chino y, a la vez, ha dejado claro que no interpreta el episodio como una rebaja de la presión. La isla sigue viendo a Pekín como amenaza constante, con maniobras y presencia militar alrededor casi a diario, aunque ahora la cúpula china esté en plena sacudida.

El anuncio que dejó al Ejército en vilo

El comunicado tiene la textura típica del poder chino: breve, impersonal, cortante, como una nota pegada con cinta en una puerta cerrada. El Ministerio de Defensa identifica a los dos mandos y su cargo, y remite el caso al lenguaje disciplinario. Ese detalle —que la decisión la tomó el Comité Central— importa más de lo que parece. En el ecosistema chino, cuanto más alto es el órgano que “decide” una investigación, más se sugiere que el asunto no es una simple irregularidad administrativa, sino un movimiento político de primer orden, de esos que se ordenan arriba del todo y se ejecutan sin discusión.

Zhang no es un general de escalafón: es miembro del Buró Político, un círculo muy estrecho. Su puesto como vicepresidente de la CMC lo convertía, en términos prácticos, en el hombre que puede abrir puertas que nadie más abre: nombramientos, promociones, prioridades presupuestarias, supervisión de grandes programas y, por supuesto, el “tono” de la disciplina interna. Liu, por su parte, es la bisagra operativa: desde el Estado Mayor Conjunto se conectan teatros de operaciones, ramas, logística, inteligencia y planificación. Dos planos distintos —político-militar y operativo— cayendo a la vez bajo el mismo eufemismo.

La ausencia de explicaciones no frena el impacto; lo multiplica. En China el silencio no siempre es vacío: a veces es señal de que el proceso está en marcha y la historia oficial se escribirá después, cuando convenga. Mientras tanto, el sistema se protege con una frase que parece de manual y, sin embargo, tiene filo.

“Graves violaciones”: la fórmula que lo cubre todo

“Graves violaciones de la disciplina y la ley” suena a burocracia, pero en el idioma del Partido funciona como un paraguas enorme. “Disciplina” suele referirse primero a la disciplina del Partido —lealtad, obediencia, alineamiento— y “ley” entra después, cuando el caso ya está encarrilado por órganos internos. Por eso, dentro y fuera de China, esa combinación se interpreta muchas veces como sinónimo de corrupción, pero también puede alojar otras acusaciones: abusos de poder, redes internas, filtraciones, indisciplina política, resistencia pasiva… incluso rivalidades.

En las últimas horas, una capa adicional se ha filtrado en el debate público por la vía indirecta: la prensa oficial del Ejército ha endurecido el marco y ha sugerido que el problema no sería solo dinero o conducta, sino haber vulnerado el llamado “sistema de responsabilidad del presidente de la CMC”, una arquitectura que coloca a Xi como vértice absoluto del mando y que se invoca para recordar que el Ejército se debe al Partido sin matices. Que ese concepto aparezca asociado a Zhang y Liu eleva la gravedad política del caso: ya no es solo “se investiga”, es “se cuestiona el alineamiento con el centro”.

Fuera del discurso oficial, medios internacionales han publicado versiones mucho más concretas —y mucho más explosivas— sobre posibles acusaciones internas, incluida la idea de filtraciones vinculadas a programas estratégicos y la recepción de sobornos. Son informaciones atribuidas a fuentes y reuniones internas que Pekín no ha confirmado y que, por ahora, no pueden tratarse como hechos probados. Lo relevante, en todo caso, es que el espacio informativo se llena porque el Estado no cuenta nada: cuando la puerta está cerrada, la gente pega la oreja a la pared.

Zhang Youxia, la pieza más delicada del tablero

Zhang Youxia (nacido en 1950, y citado en algunas informaciones con 75 años) es una figura rara dentro del alto mando chino por un motivo que en otros ejércitos sería rutinario y aquí es casi exótico: experiencia de combate. Participó en el conflicto fronterizo con Vietnam en 1979, un episodio que, más allá del balance militar, se ha convertido en credencial simbólica dentro de un Ejército que lleva décadas sin una guerra comparable. En la cultura interna, esa biografía pesa. Da autoridad, alimenta reputación, proyecta dureza. Y eso, cuando se mezcla con poder real, crea figuras difíciles de tocar… hasta que se tocan.

También hay política pura, de la de pasillos y genealogías. Zhang ha sido descrito durante años como aliado cercano de Xi. No es un secreto que Xi ha insistido en la idea de que el Ejército debe ser “absolutamente leal” al Partido y, en particular, al “núcleo” de la dirección. Dentro de esa lógica, el vicepresidente de la CMC no es solo un gestor: es un custodio de la línea. Por eso la investigación contra Zhang se lee como un mensaje en varios niveles a la vez: si cae un hombre con esa proximidad percibida, la advertencia se vuelve universal. Nadie está tan alto como para quedar fuera del alcance del Comité Central.

Hay un dato que vuelve con insistencia en estas historias: la desaparición del foco suele preceder a la confirmación oficial. En el caso de Zhang, su última aparición pública ampliamente citada fue el 20 de noviembre de 2025, en Moscú, en reuniones con la cúpula de defensa rusa, dentro del marco de cooperación militar entre ambos países. Desde entonces, el silencio visual: nada de fotos, nada de agenda, nada de escenas de protocolo. Esa clase de ausencia, en China, rara vez es casual.

La investigación llega además en un punto delicado del calendario político, con el Partido preparando siempre el siguiente escalón: congresos, plenarios, reajustes. En ese contexto, el Ejército no es un actor apartado; es uno de los pilares que aseguran continuidad. Golpear su cúspide equivale a mover el andamiaje, aunque sea para reforzarlo.

Liu Zhenli y el mando conjunto que mueve la maquinaria

Si Zhang es la gran figura, Liu Zhenli es el motor silencioso. Su cargo —jefe de Estado Mayor del Departamento de Estado Mayor Conjunto de la CMC— es, en términos occidentales, el que mantiene conectadas las piezas: fuerzas terrestres, navales, aéreas, misiles, ciber, logística, mando y control. En plena modernización militar, ese nodo es crucial. Y aquí aparece una pregunta que no necesita formularse en voz alta: si el sistema investiga a la cabeza política-militar y a la cabeza operativa a la vez, ¿está señalando una red, una dinámica compartida, una estructura paralela? Pekín no lo dice. Pero el patrón está ahí.

Liu, además, es citado con 61 años en algunas informaciones, una diferencia generacional notable respecto a Zhang. Eso añade otra capa de lectura: no se trata de un relevo “por edad”, del tipo que el régimen puede presentar como normalidad. Si la investigación se impone sobre perfiles distintos y complementarios, el mensaje parece menos biográfico y más quirúrgico, como si el objetivo fuese cortar cables concretos, no jubilar nombres.

Dentro del Ejército, el Estado Mayor Conjunto es el lugar donde aterrizan las órdenes en forma de plan, y donde un plan se convierte en maniobra, en despliegue, en ejercicio. Que el jefe de ese engranaje esté bajo sospecha afecta a la confianza interna. No es necesariamente que el Ejército deje de funcionar —el aparato es enorme, y la cadena de mando es robusta—, pero sí cambia el clima: más cautela, más miedo a firmar, más rigidez. En estructuras jerárquicas, la incertidumbre se contagia rápido, como humedad en una pared: no la ves al principio, luego la mancha crece.

Una purga que ya venía de lejos

Nada de esto nace de la nada. La campaña anticorrupción de Xi arrancó en 2012 y se convirtió en una columna vertebral de su legitimidad interna. En términos de poder, ha sido también una herramienta de control: limpiar, castigar, disciplinar, reorganizar. A lo largo de los años ha golpeado a funcionarios civiles y a élites del Partido, pero el Ejército ha sido un terreno especialmente sensible porque concentra dinero, contratos, ascensos y secretos. Y porque, si hay algo que el liderazgo chino no tolera, es un Ejército con autonomía de facto.

En 2023, según se ha ido contando, la presión se intensificó en las altas esferas militares, con investigaciones que alcanzaron áreas estratégicas. El relato que se vende desde Pekín es el de una institución que se cura a sí misma para ser más fuerte; el relato que temen los vecinos de China es el de una institución que se vuelve más obediente, más centralizada y, potencialmente, más eficaz en escenarios de tensión.

El episodio de Zhang y Liu llega, además, después de golpes previos que ya habían dejado señales claras de depuración en la cúspide. En octubre de 2025, el Partido expulsó a He Weidong, entonces vicepresidente de la CMC y miembro del Buró Político, y al almirante Miao Hua, que había sido el máximo responsable político del Ejército. Se les atribuyeron violaciones graves de disciplina y delitos relacionados con sumas de dinero “extremadamente grandes”, en un lenguaje poco habitual por lo explícito dentro de la cautela china. Aquella purga afectó a otros mandos y alimentó una sensación: el alto mando estaba siendo cribado con paciencia, y la criba no había terminado.

Hoy, con Zhang bajo investigación, la imagen que se proyecta es aún más drástica. La CMC, que en 2023 tenía varios miembros visibles junto a Xi, se ve de pronto adelgazada hasta casi lo simbólico. Algunas informaciones sostienen que, tras las caídas, solo quedaría en activo un miembro además de Xi, el general Zhang Shengmin, una figura asociada precisamente al control disciplinario dentro del Ejército. Si el dato se consolida, la conclusión es evidente: se está priorizando el control interno por encima de la apariencia de normalidad institucional.

De la Fuerza de Cohetes al freno en las compras

El gran dilema de una purga permanente es el coste. Cuando el miedo entra en el circuito de las adquisiciones, el circuito se ralentiza. Y en un Ejército que presume de modernización, eso no es un detalle menor. Desde hace meses se ha hablado de cómo la campaña ha afectado a la compra de armamento avanzado, a la relación con industrias de defensa y a la propia dinámica de ascensos. Una depuración puede limpiar, sí, pero también puede congelar decisiones: nadie quiere firmar un contrato si teme que dentro de un año alguien lo lea con lupa y lo interprete como “conexión” con un investigado.

Hay además una dimensión estratégica: el Ejército chino es un actor central en la presión sobre Taiwán y en la proyección regional, con ejercicios, patrullas aéreas y navales, y un incremento sostenido de capacidades. Si la cúpula se reordena bajo sospecha, la pregunta no es solo “quién manda”, sino “cómo manda”, “con qué margen”, “con qué incentivos”. Algunos analistas interpretan que, a corto plazo, una depuración fuerte puede introducir prudencia porque obliga a reorganizar; otros sostienen lo contrario, que la necesidad de demostrar lealtad puede empujar a gestos de firmeza. La paradoja es típica de los sistemas cerrados: el mismo movimiento que busca estabilidad puede generar impulsos imprevisibles.

En el trasfondo, siguen estando los grandes objetivos de Xi para el Ejército: modernización en torno a 2035 y la ambición de fuerzas “de clase mundial” para mediados de siglo, un horizonte que el liderazgo liga a la idea de “rejuvenecimiento nacional”. Que se investigue al vicepresidente de la CMC en pleno camino hacia esas metas plantea, por fuerza, una incógnita sobre continuidad y velocidad, aunque el Estado haga lo posible por transmitir que nada se detiene.

La señal política detrás de dos nombres

La pregunta que flota —sin necesidad de convertirla en eslogan— es qué pretende demostrar Xi al permitir que un caso así estalle públicamente. El Partido podía haber esperado, podía haber silenciado, podía haber gestionado sin anuncio. Pero eligió comunicar, aunque fuera con una frase mínima. Eso suele tener intención. Por un lado, reafirma el discurso de “tolerancia cero”: no importa el rango, no hay indulgencia. La propia maquinaria mediática china ha reforzado ese mensaje con editoriales que presentan la investigación como “logro” de la lucha anticorrupción y como aviso de que nadie quedará protegido por el cargo.

Por otro lado, la mención al “sistema de responsabilidad del presidente de la CMC” introduce una lectura menos financiera y más política: la prioridad no es solo combatir sobornos, sino blindar la autoridad de Xi en el Ejército, cerrando cualquier espacio que suene a autonomía, facción o poder propio. Ese concepto, repetido en los últimos años, funciona como doctrina y como amenaza elegante: el mando es uno, y está arriba.

En paralelo, Taiwán se ha apresurado a decir que la amenaza no baja. Su ministro de Defensa, Wellington Koo, ha hablado de vigilancia permanente y de evaluación a través de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, con cooperación internacional. Es un modo de decir algo sencillo: aunque Pekín esté reordenando su cúpula, la actividad militar alrededor de la isla continúa y la incertidumbre no concede treguas.

Queda el terreno resbaladizo de las versiones no confirmadas. Informaciones publicadas fuera de China han apuntado a acusaciones internas que irían más allá de la corrupción y tocarían asuntos de seguridad nacional, incluida la idea de filtraciones sobre programas estratégicos. Pekín no lo ha validado; el Ministerio de Defensa no ha dado detalles; el Partido no ha mostrado pruebas. En términos periodísticos, eso obliga a separar capas con cuidado: lo oficial es la investigación por “disciplina y ley”; lo extraoficial es el ruido que se filtra cuando el Estado calla. En cualquier caso, incluso sin confirmar esas acusaciones, el simple hecho de que el principal general en activo bajo Xi quede bajo investigación ya marca un antes y un después en la purga militar.

Porque al final, lo que se mueve aquí no es solo un nombre. Se mueve la idea de invulnerabilidad. Se mueve la seguridad interna del aparato. Se mueve, también, la lectura regional: cuando China enseña una grieta, sus vecinos calculan si esa grieta es debilidad pasajera o, al contrario, una fase de endurecimiento que acabará reforzando el control y la disciplina. Y en el centro, con su estilo de pocas palabras y decisiones verticales, Xi parece estar diciendo que el Ejército se moderniza, sí, pero sobre todo se somete.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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