Ciencia
¿Por qué los Ig Nobel 2026 premian urinarios, besos y calzoncillos?
Los Ig Nobel 2026 aterrizan en Zúrich con urinarios antisalpicaduras, ropa interior enterrada, besos prehistóricos y ciencia tan rara como real.

Resumen
- Los Ig Nobel 2026 premian ciencia real capaz de provocar risa y reflexión
- Zúrich acogió por primera vez la ceremonia tras 35 ediciones en Estados Unidos
- Urinarios, calzoncillos y besos esconden estudios con aplicaciones muy serias
Los Ig Nobel 2026 han premiado investigaciones sobre urinarios diseñados para evitar salpicaduras, mil pares de calzoncillos enterrados para medir la salud del suelo, la aerodinámica de sonarse la nariz, el origen evolutivo del beso y hasta la tendencia de las personas de clase alta a comportarse de manera menos ética. Suena a sobremesa universitaria después de unas copas. No lo es. Son trabajos científicos reales, publicados y sometidos —con alguna excepción polémica— a los mecanismos habituales de la investigación académica.
La 36.ª edición de estos peculiares galardones se celebró el 3 de septiembre de 2026 en Zúrich, por primera vez fuera de Estados Unidos desde que nacieron en 1991. Diez equipos recibieron unos premios cuya filosofía sigue siendo la misma: reconocer hallazgos que primero hacen reír y después obligan a pensar. Y funciona. Porque detrás de un urinario que no devuelve el chorro al pantalón hay física de fluidos; bajo unos calzoncillos enterrados, microbiología del suelo; detrás de un mosquito muerto convertido en herramienta de impresión 3D, ingeniería de precisión.
Los Ig Nobel dejan Estados Unidos y estrenan casa en Europa
El cambio de escenario fue bastante más serio que los premios entregados sobre el escenario. Tras 35 ceremonias celebradas en Estados Unidos, los organizadores trasladaron la gala al Kongresshaus de Zúrich por sus preocupaciones sobre los viajes de científicos y periodistas extranjeros al país, especialmente por las dificultades de entrada y visados.
Marc Abrahams, fundador de los Ig Nobel y responsable de Annals of Improbable Research, había explicado meses antes que no consideraba responsable pedir a invitados internacionales que viajaran a Estados Unidos en las condiciones actuales. El movimiento se produce durante el segundo mandato de Donald Trump, marcado por fuertes tensiones entre su Administración y sectores de la comunidad científica y universitaria estadounidense.
No parece una mudanza provisional. Los organizadores prevén mantener las ceremonias en Europa, alternando Zúrich con otras ciudades. Amberes acogerá la edición de 2027, mientras la cita regresará a la ciudad suiza en 2028.
La noche conservó, eso sí, toda la liturgia del disparate elegante. Unos 1.500 asistentes lanzaron aviones de papel hacia el escenario, auténticos ganadores del Nobel participaron en la entrega y el tema elegido fueron los hongos. El trofeo parecía diseñado durante un sueño febril de un micólogo: una seta gigantesca cuyo tallo termina convertido en pie humano, apoyada sobre algo semejante a una cuña de queso azul.
Entre los invitados estuvo el matemático italiano Alessio Figalli, medalla Fields en 2018, que participó en las tradicionales lecciones 24/7: explicar un campo científico primero en 24 segundos y después en siete palabras. A veces la divulgación necesita tres horas de documental; otras, siete palabras y un señor rodeado de setas.
El urinario que combate uno de los pequeños desastres cotidianos
El Ig Nobel de Física fue para un equipo encabezado por Zhao Pan, de la Universidad de Waterloo, por estudiar teórica y experimentalmente cómo construir un urinario que reduzca al mínimo las salpicaduras.
El problema tiene menos glamour que la materia oscura, pero afecta a bastantes más zapatos. Los investigadores analizaron cómo se comporta un chorro al golpear distintas superficies y comprobaron que las salpicaduras disminuyen drásticamente cuando el impacto se produce con un ángulo de unos 30 grados o inferior.
De ahí surgieron diseños como el Nautilus, cuya geometría curva busca mantener ese ángulo favorable para usuarios de distintas alturas. Sus autores calcularon que sustituir los aproximadamente 56 millones de urinarios instalados en espacios no residenciales de Estados Unidos podría evitar que alrededor de un millón de litros de orina al día terminaran salpicando los suelos de los baños públicos.
La cifra provoca una sonrisa y, justo después, cierta inquietud retrospectiva ante cualquier estación de servicio.
Mil calzoncillos enterrados para saber si una tierra está viva
El premio de Ciencia del Suelo fue todavía más fotogénico, aunque quizá menos recomendable para quien acabara de comer. Investigadores vinculados a Agroscope y la Universidad de Zúrich organizaron un experimento de ciencia ciudadana en el que se enterraron 1.000 prendas de ropa interior de algodón en más de 25 países.
Después se recuperaron para comprobar cuánto tejido había desaparecido. La lógica es sencilla: el algodón constituye alimento para numerosos microorganismos del suelo y, cuanto mayor es su actividad biológica, más rápidamente se degrada.
La cantidad de tela que sobrevive permite así obtener un indicador intuitivo sobre la actividad y fertilidad del suelo. Allí donde queda prácticamente la goma y poco más, la vida microscópica ha trabajado a destajo.
La idea terminó convertida en una especie de índice de la ropa interior. Puede sonar a chiste agrícola, pero permite visualizar algo normalmente invisible: la enorme actividad de bacterias, hongos y pequeños organismos de los que depende la fertilidad de la tierra.
Ricos, caramelos y una incómoda pregunta sobre la ética
El Ig Nobel de Economía recuperó un conocido estudio dirigido por Paul Piff sobre la relación entre clase social y comportamiento poco ético. Los investigadores llevaron a cabo varios experimentos, desde observar qué conductores cedían el paso hasta analizar comportamientos en situaciones de laboratorio.
En uno de los ensayos más recordados se permitió a participantes coger caramelos de un recipiente después de indicarles que aquellos dulces estaban destinados a niños. Las personas situadas en niveles socioeconómicos más altos tendían a llevarse más.
El trabajo también detectó que los conductores de coches caros y recientes mostraban mayor propensión a cortar el paso a otros vehículos o a no respetar a peatones. Naturalmente, la investigación no establece que tener dinero convierta automáticamente a nadie en villano de Dickens. Analiza tendencias estadísticas y posibles mecanismos psicológicos relacionados con el privilegio, la percepción de las reglas y las consecuencias de incumplirlas.
Pero el resultado tiene ese ingrediente característico del Ig Nobel: uno empieza riéndose del adulto que roba caramelos reservados a niños y termina preguntándose quién redactará luego el código ético.
Besos prehistóricos, mocos aerodinámicos y mosquitos impresores
El premio de Biomecánica reconoció una investigación sobre la evolución del beso. Matilda Brindle y sus colaboradores tuvieron primero que hacer algo que la ciencia adora y la poesía detesta: definir exactamente qué es besar.
Después de comparar conductas en diferentes especies, el equipo reconstruyó la posible historia evolutiva del comportamiento y situó sus raíces en el ancestro común de los grandes simios, hace aproximadamente 17 a 21 millones de años. El análisis también apunta a que los neandertales pudieron besarse.
El Ig Nobel de Medicina viajó mucho más atrás en el calendario académico. Fue concedido de manera póstuma al otorrinolaringólogo japonés Tokuji Unno por una investigación de 1977 dedicada a la aerodinámica de sonarse la nariz. El investigador estudió velocidades, presiones y circulación del aire para entender qué ocurre cuando intentamos desalojar de forma poco ceremoniosa aquello que la evolución decidió almacenar en nuestras fosas nasales.
En Química, el premio fue para investigadores que estudiaron las proteínas producidas por Diploptera punctata, una especie de cucaracha vivípara que alimenta a sus embriones mediante una sustancia extraordinariamente energética. Los cristales de proteína analizados contienen una elevada densidad nutritiva, superior por unidad de masa a la de la leche de vaca. De ahí nació el inevitable titular de la “leche de cucaracha”, mucho más sencillo de recordar que la bioquímica que hay detrás.
Y la Tecnología encontró su propia pequeña película de ciencia ficción. Investigadores de la Universidad McGill emplearon las probóscides de mosquitos hembra muertos como boquillas ultrafinas para impresión 3D. La técnica, bautizada como “necroimpresión”, aprovecha una estructura biológica que la naturaleza lleva millones de años perfeccionando para perforar tejidos con una precisión difícil de reproducir artificialmente.
Aquí el Ig Nobel cumple casi a la perfección su misión: la primera reacción suele ser preguntarse quién tuvo semejante idea; la segunda, darse cuenta de que la idea funciona.
El olor de los adolescentes, amigos feroces y serpientes poco pacientes
El premio dedicado al olfato reconoció una investigación sobre cómo perciben los padres el olor corporal de sus hijos. Los bebés obtienen valoraciones especialmente agradables; esa simpatía olfativa disminuye con la edad y sufre un descenso notable durante la adolescencia. La biología, al parecer, también conoce los dieciséis años.
El Ig Nobel de la Paz fue para un estudio sobre un fenómeno social bastante reconocible: las personas desean amigos amables y generosos con ellas, pero pueden apreciar que esos mismos amigos sean duros con sus adversarios. Es decir, queremos buenas personas a nuestro lado, siempre que dispongan de cierta flexibilidad moral cuando aparece el enemigo.
Más delicado es el premio de Biología. Investigadores brasileños estudiaron qué factores provocan ataques de la venenosa Bothrops jararaca acercando o apoyando, con protección, el pie sobre diferentes zonas de ejemplares de estas serpientes. El trabajo permitió analizar cómo influyen la edad, el tamaño, la temperatura y el lugar del cuerpo estimulado en la probabilidad de mordedura.
El experimento, sin embargo, acabó retractado por problemas relacionados con la aprobación ética del trabajo con animales. Que haya recibido un Ig Nobel no borra esa circunstancia; al contrario, añade una capa incómoda a una ceremonia que suele recordar que una investigación puede ser llamativa y metodológicamente interesante sin quedar exenta de escrutinio.
Cuando una carcajada sirve para mirar mejor la ciencia
Los Ig Nobel son una parodia de los Nobel, pero no son premios concedidos simplemente a investigaciones absurdas. Esa diferencia importa. El objetivo consiste en rescatar preguntas improbables, experimentos extravagantes o resultados inesperados que contienen ciencia reconocible detrás de la comicidad.
Algunos hallazgos tienen aplicaciones bastante concretas. Un urinario que salpica menos mejora higiene, mantenimiento y accesibilidad. La descomposición de algodón ofrece una forma barata de visualizar la biodiversidad del suelo. Una pieza anatómica de mosquito puede inspirar herramientas microscópicas. Incluso estudiar cómo nos sonamos la nariz puede tener implicaciones médicas.
Otros trabajos resultan valiosos porque revelan algo sobre nosotros mismos: la relación entre privilegio y conducta, cómo elegimos amigos, qué funciones sociales pudo tener el beso o cómo cambia la percepción del olor de nuestros hijos con la edad.
Y esa quizá sea la broma más duradera de los Ig Nobel 2026. Una ceremonia llena de aviones de papel, setas, calzoncillos y billetes de Zimbabue consigue recordar algo bastante serio: la ciencia no empieza necesariamente con una pregunta solemne. A veces empieza mirando el suelo de un urinario y pensando que aquello, francamente, podría diseñarse mejor.

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