Economía
IBM se desploma un 25%: ¿por qué el auge de la IA golpea sus cuentas?
IBM pierde casi una cuarta parte de su valor tras rebajar previsiones, mientras la fiebre de la IA desvía el gasto hacia servidores y chips.

Resumen
- IBM pierde casi un 25% tras anticipar unos resultados peores de lo previsto
- La IA desvía el gasto de sus clientes hacia servidores, memoria y almacenamiento
- Contratos retrasados y fallos internos agravan las dudas sobre el negocio
IBM se ha desplomado casi un 25% en Wall Street después de reconocer que sus resultados preliminares del segundo trimestre quedarán por debajo de lo previsto. La explicación tiene una ironía bastante afilada: el auge de la inteligencia artificial, del que la compañía aspira a ser protagonista, está empujando a sus clientes a gastar antes en servidores, almacenamiento y memoria que en el software de IBM. A ese cambio de prioridades se sumaron contratos importantes que no se cerraron a tiempo y errores de ejecución admitidos por la propia dirección.
La multinacional estadounidense calcula unos ingresos trimestrales de 17.200 millones de dólares, frente a los 17.860 millones esperados por el mercado. El beneficio ajustado sería de 2,93 dólares por acción, por debajo de los aproximadamente 3,02 dólares previstos. A media sesión del martes 14 de julio, las acciones rondaban los 218 dólares, con una caída próxima al 25% y un mínimo intradía de 213,34 dólares. En unas horas se habían evaporado alrededor de 65.000 millones de dólares de capitalización bursátil. No es una corrección discreta. Es un socavón.
Un aviso prematuro que olía a problema serio
IBM tenía previsto presentar sus resultados completos el 22 de julio, pero decidió adelantar una selección de cifras ocho días antes. Cuando una empresa rompe el calendario para advertir al mercado, rara vez lo hace porque todo marcha como un reloj suizo. El documento remitido a los inversores insiste en que los números aún son preliminares y podrían variar ligeramente, aunque el mensaje esencial no admite demasiado maquillaje: el trimestre ha sido peor de lo esperado.
Los ingresos aumentaron apenas un 1% interanual. El negocio de software avanzó un 5%, la consultoría quedó prácticamente plana y la división de infraestructura retrocedió un 7%. Son cifras que, vistas aisladamente, no parecen justificar una jornada bursátil digna de octubre de 1987. El mercado, sin embargo, no estaba reaccionando solo a unas décimas perdidas. Estaba castigando una combinación bastante más incómoda: menor crecimiento, deterioro de márgenes, contratos aplazados y dudas sobre la capacidad de IBM para convertir la fiebre de la inteligencia artificial en ingresos propios.
La caída llegó a superar la sufrida por las acciones de IBM durante el llamado Lunes Negro de 1987. También arrastró a otras compañías de software, entre ellas Microsoft, Salesforce, ServiceNow e Intuit, que perdían entre un 2% y un 5%. Wall Street interpretó que el aviso no hablaba únicamente de un mal trimestre de una empresa centenaria, sino de una posible redistribución del dinero tecnológico que puede afectar a buena parte del sector.
El dinero no desapareció: cambió de estantería
El problema no es que las grandes empresas hayan dejado de invertir en tecnología. Están gastando mucho, quizá demasiado, pero en otra cosa. Durante las últimas semanas de junio, numerosos clientes de IBM desviaron sus presupuestos hacia servidores, almacenamiento y memoria, componentes físicos cuya oferta se encuentra tensionada por la construcción acelerada de centros de datos y por las necesidades de la inteligencia artificial. Ante el temor a nuevas subidas de precios y retrasos en el suministro, las compañías adelantaron esas compras.
Cada presupuesto tiene un fondo, aunque en las presentaciones empresariales parezca un pozo sin suelo. El dinero reservado para asegurar máquinas, capacidad informática y chips dejó menos espacio para renovar licencias, contratar servicios o ampliar plataformas de software. IBM había previsto cierto impacto de las restricciones en la cadena de suministro, pero no calculó bien la magnitud de esa reordenación del gasto tecnológico.
Hay otro elemento, algo más difuso pero relevante: la ciberseguridad. Arvind Krishna, presidente y consejero delegado de IBM, explicó que los clientes estuvieron pendientes de amenazas y vulnerabilidades que evolucionan con rapidez. Las empresas no solo están comprando infraestructura para desarrollar y ejecutar modelos de IA; también necesitan protegerla. Entre el servidor, la memoria y el escudo digital, algunas inversiones ordinarias quedaron para después.
El z17, el software asociado y los contratos que se retrasaron
El golpe se concentró especialmente en el negocio de grandes ordenadores centrales. IBM esperaba que el lanzamiento del mainframe z17, presentado como el mejor arranque de un programa de esta clase en la historia de la compañía, sostuviera las ventas durante la transición respecto al modelo anterior. No ocurrió como estaba previsto. El rendimiento de la familia Z y del software vinculado, sobre todo el empleado para procesar grandes volúmenes de transacciones, quedó por debajo de las expectativas.
Los mainframes pueden parecer reliquias con luces verdes y carretes de película, pero siguen siendo piezas fundamentales en bancos, aseguradoras, aerolíneas y administraciones. Procesan pagos, reservas y millones de operaciones que no admiten una pausa para “actualizar el sistema”. IBM lleva años intentando reducir su dependencia de este negocio cíclico y reforzar áreas más estables, como el software híbrido en la nube y Red Hat. El tropiezo ha recordado que la vieja maquinaria todavía pesa mucho en el balance.
La empresa sostiene que el z17 mantiene una evolución acumulada cercana al 130% respecto al ciclo comparable del z16. Es un dato favorable, aunque convive con una realidad menos fotogénica: el comportamiento del producto durante el trimestre no generó los ingresos esperados. En una cuenta de resultados, la promesa futura y la factura cobrada siguen viviendo en habitaciones distintas.
El fallo que más castigó el mercado
Krishna no atribuyó todo el problema al entorno económico ni a la escasez de componentes. Reconoció que IBM no reaccionó con suficiente rapidez y que numerosos contratos de gran tamaño no se cerraron dentro del plazo previsto. Esos retrasos explican, según la compañía, la mayor parte del desfase trimestral.
Esta admisión importa más que unas décimas en el crecimiento. Un contrato que se aplaza puede firmarse durante el siguiente trimestre; uno que se pierde, no. IBM todavía no ha aclarado cuántos acuerdos siguen vivos, cuánto dinero representan ni qué parte podría recuperarse antes de terminar el año. El mercado detesta esos espacios en blanco. Los rellena, normalmente, con tinta roja.
Las cifras explican el miedo, no todo el derrumbe
La diferencia entre los ingresos previstos por IBM y el consenso de los analistas ronda los 660 millones de dólares, aproximadamente un 3,7%. El beneficio ajustado por acción se queda unos nueve centavos por debajo de lo esperado. Son desviaciones relevantes, aunque pequeñas frente al desplome bursátil. La reacción muestra que los inversores no estaban valorando solo el trimestre cerrado en junio, sino la posibilidad de que el cambio en los presupuestos tecnológicos dure más de lo anunciado.
También hay señales de presión en la rentabilidad. El margen bruto calculado con criterios contables estadounidenses descendió hasta el 57,7%, un punto porcentual menos que un año antes. El margen operativo ajustado quedó en el 59,4%, siete décimas por debajo. IBM generó 4.760 millones de dólares de flujo de caja libre durante el primer semestre, de modo que no se encuentra ante un problema de liquidez ni ante una crisis de supervivencia. El asunto es otro: cuánto crecimiento puede ofrecer y a qué precio.
Hay, de hecho, negocios que funcionaron bien. Red Hat creció un 11%, las adquisiciones de HashiCorp y Confluent tuvieron un comportamiento sólido y la infraestructura distribuida aumentó un 37%, con una cartera pendiente cercana a 500 millones de dólares. Las contrataciones de consultoría relacionadas con inteligencia artificial generativa también avanzaron. La fotografía no está completamente velada; simplemente tiene una mancha enorme en el centro.
La violencia de la caída se entiende mejor al recordar cómo funciona una valoración bursátil. Cuando una empresa ofrece crecimiento modesto, pero estable, el mercado puede aceptar una cotización elevada si confía en la regularidad de sus márgenes y contratos. Cuando esa regularidad se rompe, incluso durante unas semanas, el precio se reajusta como una puerta que se cierra de golpe. Y aquí apareció una palabra especialmente cara: ejecución.
La paradoja de vender IA y sufrir su factura
IBM lleva años presentándose como una de las grandes beneficiarias de la inteligencia artificial empresarial. Su propuesta combina modelos de IA, software, consultoría, nube híbrida, sistemas de almacenamiento y grandes ordenadores. Sobre el papel, dispone de piezas suficientes para servir el menú completo. El aviso del segundo trimestre revela, sin embargo, que no todas las capas de la revolución tecnológica cobran al mismo tiempo.
La inversión inicial se está concentrando en la parte física: centros de datos, servidores, redes, chips y memoria. Es el hormigón de la nueva economía digital. El software, los servicios y las aplicaciones deberían crecer sobre esa infraestructura, pero pueden hacerlo meses después. Para IBM, que obtiene una parte importante de sus márgenes de las licencias y las suscripciones, ese desfase resulta doloroso.
La inteligencia artificial también está presionando al sector desde otro costado. Las nuevas herramientas pueden escribir código, automatizar procesos y sustituir tareas que antes requerían programas específicos o muchas horas de consultoría. Todavía no existe una prueba concluyente de que el software empresarial tradicional vaya a derrumbarse, pero sí una sospecha creciente: algunas compañías necesitarán menos productos, menos proveedores o menos personal para alcanzar resultados parecidos. Esa duda basta para que los inversores huyan cuando aparece un trimestre débil.
IBM intenta protegerse mediante nuevas inversiones. La empresa destaca sus proyectos de computación cuántica, su estrategia de nube híbrida, sus adquisiciones y sus alianzas en inteligencia artificial. Ha anunciado más de 10.000 millones de dólares destinados a tecnología cuántica durante los próximos cinco años y mantiene el objetivo de desarrollar un ordenador cuántico tolerante a fallos a gran escala en 2029. Es una apuesta formidable. También muy lejana para arreglar las cuentas de junio.
El 22 de julio medirá el tamaño de la grieta
IBM presentará sus resultados definitivos el 22 de julio de 2026 y explicará entonces sus previsiones para el conjunto del año. Esa comparecencia deberá aclarar si los contratos retrasados se cerrarán en el tercer trimestre, si la presión sobre el software es temporal y si el gasto desviado hacia infraestructura terminará regresando a las plataformas y servicios de la compañía.
También deberá concretar qué medidas está adoptando para corregir los fallos comerciales reconocidos por Krishna. Culpar a la cadena de suministro puede aliviar una presentación; admitir que el equipo no se adaptó a tiempo obliga a cambiar procesos, incentivos y previsiones. IBM ha dicho que acelerará iniciativas internas para mejorar el rendimiento, pero todavía no ha detallado su alcance.
El desplome no demuestra que IBM haya perdido la carrera de la inteligencia artificial ni que su negocio esté condenado. Demuestra algo más sencillo y menos épico: una empresa puede estar situada en el centro de una transformación tecnológica y, aun así, equivocarse al calcular quién cobra primero. Esta vez cobraron los fabricantes de infraestructura. IBM recibió la factura.

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