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Economía

Por qué la inteligencia artificial encarece móviles y ordenadores

La fiebre por los centros de datos cambia prioridades industriales y deja menos margen para abaratar los aparatos de siempre.

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IA asfixiando electrónica de consumo

La expansión de la inteligencia artificial está encareciendo algunos componentes que también necesitan los móviles y los ordenadores, aunque los centros de datos no utilicen exactamente la misma memoria que un portátil. El mecanismo es indirecto: las empresas que fabrican chips destinan más capacidad e inversión a los productos de mayor margen para servidores, mientras la demanda de equipos de consumo compite por una oferta más ajustada. El resultado se nota sobre todo en las configuraciones con más memoria y almacenamiento, que tienen menos promociones y pueden llegar a las tiendas con precios superiores.

No significa que vayan a desaparecer los teléfonos o los PC baratos ni que todas las categorías suban al mismo ritmo. El impacto depende de los componentes de cada aparato, de los contratos de suministro y de cuánto decida asumir cada fabricante antes de trasladar costes. La presión, por tanto, no es un único atasco en una fábrica, sino un cambio de prioridades que recorre la cadena: desde las obleas y el encapsulado avanzado hasta la electricidad, las redes y el espacio que necesita un centro de datos. La IA compite por recursos industriales y energéticos que no crecen de un día para otro.

El coste se concentra en los equipos con más memoria

En los ordenadores, la diferencia se aprecia con mayor facilidad al comparar una configuración básica con otra pensada para edición, diseño o videojuegos. Los equipos con 32 o 64 GB de RAM y los SSD de 1 o 2 TB están más expuestos a las variaciones del coste de los componentes que una máquina sencilla. Un portátil con 16 GB de memoria y 512 GB de almacenamiento puede conservar un precio relativamente competitivo mientras el salto a capacidades superiores se encarece o deja de ofrecerse con descuentos tan agresivos. La presión no se reparte por igual: pesa más cuanto más memoria incorpora el dispositivo.

También cambia la forma de presentar los productos. Los fabricantes promocionan los PC con unidades de procesamiento neuronal, o NPU, y funciones de inteligencia artificial local, pero esos modelos suelen combinar el nuevo procesador con más memoria y otras prestaciones. Así, parte de la subida del precio medio puede proceder de una mezcla de producto más avanzada, no solo del coste de la RAM. La distinción importa: un precio superior no demuestra por sí solo que cada componente haya subido en la misma proporción.

En los teléfonos móviles el efecto es menos directo que en los ordenadores, pero existe. La memoria y el almacenamiento forman parte de la factura de fabricación, y la industria puede responder con menos modelos de entrada, capacidades iniciales distintas o más lanzamientos centrados en las gamas altas. Algunas marcas buscan proteger sus márgenes con equipos de mayor precio y funciones de cámara o asistente basadas en IA. En cambio, televisores, monitores y equipos de audio pueden sentir menos presión por esta vía, porque la memoria suele tener un peso menor en su coste total. La categoría y la configuración explican por qué no todos los aparatos se encarecen igual.

La memoria que usa la IA no es la misma que la de un portátil

La pieza más codiciada por los aceleradores de inteligencia artificial es la memoria de alto ancho de banda, conocida como HBM. Se instala junto a procesadores especializados para mover grandes volúmenes de datos con rapidez y se fabrica mediante procesos complejos de apilado y encapsulado. La RAM habitual de un ordenador pertenece a otra categoría, y la memoria flash NAND de un SSD o de un teléfono es distinta de ambas. Decir que los centros de datos consumen directamente toda la RAM de los consumidores simplifica demasiado el fenómeno: los productos no son intercambiables, pero sí compiten por capacidad fabril, inversión y prioridades.

Fabricar HBM exige más recursos y procesos especializados que producir memoria convencional. Cuando un proveedor dedica equipos, personal y presupuesto a ampliar esa línea, puede dejar menos margen para expandir con la misma rapidez la producción de DRAM para PC o NAND para almacenamiento. No es necesario que una planta cambie de un día para otro de una memoria a otra para que se produzca el efecto: basta con que las decisiones de inversión favorezcan el producto más rentable y con que parte de la producción disponible quede comprometida mediante contratos a largo plazo. El cuello de botella nace tanto de la asignación como de la capacidad física.

SK hynix, Samsung y Micron son los grandes nombres de este mercado. La demanda de HBM vinculada a aceleradores de empresas como NVIDIA y AMD ha elevado su importancia estratégica, mientras los operadores de nube buscan asegurar suministros para sus centros de datos. Para los fabricantes de memoria, atender pedidos grandes y previsibles puede resultar más atractivo que depender de ventas fragmentadas y ciclos promocionales del canal minorista. Eso no implica que los compradores particulares queden automáticamente sin componentes; significa que llegan a una cadena de suministro en la que otros clientes tienen más volumen y contratos más largos.

La inversión en centros de datos desplaza capital y componentes

La infraestructura de IA no consiste únicamente en comprar procesadores. Empresas como Microsoft, Amazon Web Services y Google destinan grandes inversiones a edificios, servidores, aceleradores, redes y sistemas de refrigeración. Cada centro de datos combina equipos que trabajan como un conjunto: los procesadores necesitan comunicarse entre sí con rapidez, almacenar información y mantenerse dentro de límites térmicos y eléctricos. La construcción de esa infraestructura atrae capital y proveedores a una escala que puede alterar las prioridades de fabricantes y distribuidores. El auge de la IA es también un ciclo de inversión en instalaciones físicas.

Los aceleradores actuales se integran en sistemas densos, unidos mediante conexiones de alta velocidad y redes especializadas. Alrededor de cada procesador aparecen switches, controladoras, cables, módulos ópticos y soluciones de refrigeración, además de fuentes de alimentación capaces de sostener cargas elevadas. Algunos de esos componentes no son los mismos que lleva un teléfono, pero forman parte de industrias compartidas o dependen de proveedores con capacidad limitada. Cuando una gran plataforma reserva una parte de la producción durante meses, el resto del mercado dispone de menos flexibilidad para ajustar pedidos. El efecto se propaga por los plazos y la prioridad de entrega, no solo por el precio de un chip.

La expansión de servidores también cambia la economía de la cadena de suministro. Un fabricante que debe elegir dónde invertir suele valorar el margen, la demanda prevista y la seguridad de los contratos. En un periodo de rápida construcción de centros de datos, las compañías pueden dedicar más recursos a productos avanzados para servidores que a componentes maduros de consumo. Esto no supone que la industria abandone los móviles o los PC, que siguen vendiéndose en grandes cantidades, pero sí que el crecimiento de la capacidad no garantiza que todos los segmentos reciban la misma prioridad.

La electricidad y la red también ponen límites

Un centro de datos necesita suministro eléctrico continuo, conexiones de red y espacio físico. La Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo eléctrico de estas instalaciones se duplique durante la década, con la inteligencia artificial como uno de los motores del aumento. La previsión no significa que cada nueva consulta a un modelo tenga el mismo coste ni que toda esa energía se reste directamente a los hogares. Sí muestra que la demanda de computación requiere planificar redes, subestaciones y generación, y que el acceso a la potencia se ha convertido en una condición para construir nuevos campus. La infraestructura digital depende de recursos materiales y energéticos muy concretos.

España participa en esa expansión, con Madrid como principal polo de centros de datos según la información de referencia, que le atribuye más de la mitad de la capacidad instalada y de los proyectos en curso. La ubicación de estas instalaciones responde a factores como la disponibilidad de suelo, la conexión con redes troncales y la cercanía a subestaciones. A medida que aumenta la potencia necesaria, pueden hacer falta nuevas infraestructuras eléctricas y transformadores, cuyo despliegue no se resuelve con la misma rapidez que una actualización de software. La conexión a la red puede ser tan decisiva como el terreno o la fibra.

En Europa, los grandes centros de datos afrontan obligaciones de información sobre consumo energético, eficiencia y otros indicadores ambientales. También crece el interés por reutilizar el calor generado y por mejorar los sistemas de refrigeración y el uso del agua. Estas medidas no eliminan la competencia por la electricidad, pero pueden limitar el desperdicio y facilitar una planificación más transparente. El reto consiste en permitir que avance la infraestructura sin tratar la energía como un recurso ilimitado ni trasladar todos sus costes al resto de la economía. La eficiencia condicionará cuánto puede crecer el cómputo sin agravar los cuellos de botella.

Qué puede cambiar en los precios y en los lanzamientos

Para el comprador, la señal más clara puede ser una reducción de las ofertas en ordenadores con mucha RAM o almacenamiento, antes que una falta generalizada de productos. Las marcas también pueden simplificar catálogos, limitar las configuraciones extremas o reservar las capacidades más altas para gamas profesionales y prémium. En los portátiles delgados, la memoria soldada a la placa ayuda a ahorrar espacio, pero impide ampliarla después en muchos modelos. En los ordenadores de sobremesa, donde suele haber más opciones de actualización, la flexibilidad puede ser mayor. La manera de diseñar el producto influye en cuánto margen queda para responder a una subida.

En el mercado móvil, los fabricantes pueden proteger sus cuentas ofreciendo más capacidad de almacenamiento en modelos caros y reduciendo la variedad de las gamas económicas. También pueden escalonar lanzamientos o destacar funciones de IA, autonomía y fotografía para justificar diferencias entre generaciones. No hay una regla que obligue a subir el precio de todos los teléfonos: una marca puede asumir temporalmente parte del coste, recortar prestaciones en otra zona o negociar contratos distintos. Por eso, el impacto final depende tanto de la estrategia comercial como del precio mayorista de la memoria.

Las empresas que compran equipos para renovar una flota afrontan una presión distinta a la de quien adquiere un solo dispositivo. Necesitan mantener especificaciones homogéneas y asegurar entregas, mientras los proveedores ajustan modelos y calendarios a la disponibilidad de componentes. En hogares y negocios pequeños, la consecuencia más perceptible puede ser que ciertos saltos de capacidad cuesten más que antes o que haya menos descuentos en fechas de campaña. No es lo mismo una subida del precio de un módulo en fábrica que el aumento exacto del precio de venta: entre ambos intervienen inventarios, transporte, márgenes y decisiones de cada marca.

El encarecimiento tampoco prueba que la informática vaya a convertirse en un lujo de forma inevitable. Los fabricantes compiten por volumen y los consumidores pueden optar por gamas distintas, pero una menor oferta de modelos baratos o ciclos de renovación más largos sí podría ampliar la brecha entre quienes acceden a equipos recientes y quienes alargan la vida de los suyos. La cuestión social aparece cuando el coste de actualizar hardware afecta a la educación, el trabajo o el acceso a servicios digitales. La disponibilidad de dispositivos asequibles también forma parte del debate sobre la expansión de la IA.

Por qué el efecto no es igual que la crisis de chips de la pandemia

La escasez de semiconductores asociada a la pandemia estuvo ligada a cierres, problemas logísticos y un cambio brusco de la demanda. La presión actual tiene otro componente: el crecimiento sostenido de centros de datos y la decisión de dirigir inversión hacia productos avanzados para IA. La comparación sirve para entender por qué la recuperación no depende solo de que mejore el transporte o vuelva a abrir una fábrica. Aumentar la capacidad de HBM requiere equipos, procesos y rendimientos productivos que llevan tiempo. Una cadena puede estar operativa y, aun así, no producir suficiente del componente más solicitado.

Eso tampoco permite afirmar que la escasez actual vaya a ser permanente. Los fabricantes están invirtiendo para ampliar capacidad, y la demanda puede cambiar si las empresas reducen el ritmo de construcción, si los modelos necesitan menos recursos o si mejora la eficiencia de los sistemas. Pero una nueva fábrica o una línea especializada no aparece de inmediato: entre la inversión, la instalación de equipos y la producción a escala hay plazos industriales. Por eso, los pronósticos de normalización para 2026-2028 deben entenderse como escenarios, no como una fecha garantizada para que bajen todos los precios. Más capacidad puede aliviar la tensión sin devolver automáticamente el mercado a los precios anteriores.

También cabe que la demanda de memoria crezca de forma desigual. Una generación de aceleradores puede necesitar más HBM por sistema, mientras la optimización del software reduce el volumen requerido para algunas tareas. Las empresas pueden combinar procesadores distintos según la carga de trabajo y trasladar determinadas funciones al propio dispositivo. Estas respuestas pueden moderar la presión, aunque no borran el incentivo económico de construir más centros de datos. El equilibrio dependerá de cómo evolucionen a la vez el hardware, el software y la inversión.

La IA local puede aliviar una parte, no todo el problema

Las NPU integradas en algunos procesadores permiten ejecutar ciertas funciones de inteligencia artificial en el propio ordenador o móvil. Tareas como resumir texto, transcribir audio o analizar imágenes pueden realizarse localmente cuando el modelo y la aplicación lo permiten. Eso reduce la necesidad de enviar cada operación a un servidor y puede mejorar la respuesta o la privacidad en determinados usos. Sin embargo, una NPU no sustituye a la infraestructura de nube que hace falta para entrenar modelos grandes ni elimina la demanda de memoria especializada de los aceleradores. La IA en el dispositivo complementa los centros de datos, pero no los reemplaza.

Si las funciones locales se vuelven útiles y frecuentes, parte del procesamiento cotidiano podría repartirse entre el equipo personal y la nube. Los modelos más pequeños y las técnicas de compresión también pueden reducir los recursos necesarios para algunas aplicaciones. Aun así, que una tarea pueda ejecutarse en el móvil depende de su complejidad, de la memoria disponible y del diseño del programa. No toda promesa comercial de IA implica una mejora práctica ni un ahorro energético medible. La utilidad real, y no la etiqueta del producto, determinará si el procesamiento local cambia los hábitos.

La presión sobre los aparatos de consumo, en definitiva, no nace de una sola pieza que desaparece de las tiendas. Surge porque una industria en rápida expansión absorbe inversión, capacidad avanzada y energía, y porque los proveedores priorizan los contratos más grandes y rentables. El alivio dependerá de que aumente la producción, se estabilice el despliegue de centros de datos y la eficiencia reduzca recursos por tarea. Mientras tanto, la electrónica cotidiana seguirá compitiendo por espacio en una cadena que ahora tiene un cliente nuevo, enorme y con prisa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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