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La crecida del Guadalete y el riesgo de los seis metros

La marca de Jerez no predice por sí sola el máximo: influyen la lluvia aguas arriba, los embalses y el terreno.

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Hasta dónde subirá el Guadalete

Foto: jerez.es

Durante la crecida registrada en Jerez el 29 de enero de 2026, el Guadalete llegó a moverse en torno a los seis metros en el punto de control citado en los partes, después de rondar los 5,5 metros durante la noche. Esa lectura describe un episodio concreto: no es la altura del agua en todo el río ni un máximo universal que permita anticipar hasta dónde llegará en otra riada.

El Guadalete puede seguir creciendo aunque deje de llover en Jerez, porque recibe aportes de la sierra, de sus afluentes y de los arroyos de la cuenca. Sin una lectura actualizada del medidor, una previsión de lluvia y datos sobre los desembalses, no se puede fijar con rigor un nivel máximo. Los seis metros de aquel episodio fueron una señal de riesgo en ese tramo, no una predicción válida para cualquier punto o fecha.

Qué significa la marca de seis metros en Jerez

La cifra difundida durante la emergencia de enero de 2026 correspondía a un punto de vigilancia en el entorno de Jerez. Como ocurre con las mediciones de los ríos, el número depende de dónde esté instalado el medidor y de la referencia que utilice. No equivale a decir que el Guadalete tenga seis metros de profundidad ni que el agua alcance esa altura junto a todas las casas o caminos cercanos al cauce. Es una lectura local del nivel, útil para observar su evolución y activar medidas según los protocolos establecidos.

También importa la forma del terreno. Un mismo nivel puede producir efectos distintos en un tramo encajado entre márgenes que en una zona baja donde el cauce se abre hacia la vega. En las áreas llanas, el río puede ocupar terrenos colindantes y dejar aislados caminos y viviendas sin que el agua avance de manera uniforme por toda la ribera. Por eso, la altura del medidor no basta para describir el peligro: la extensión de la inundación y la accesibilidad de cada zona completan el cuadro.

En la jornada de enero se comunicó que el Guadalete había rondado los seis metros y que la situación había obligado a evacuar viviendas y atender a vecinos en zonas rurales. Entre los lugares afectados o puestos bajo vigilancia figuraron Las Pachecas, Lomopardo, San Isidro de Guadalete y el entorno de La Ina. También se informó de rescates, entre ellos el de un conductor atrapado en una vía anegada y la evacuación en helicóptero de una familia aislada. Esos hechos corresponden a aquel episodio; no describen el estado actual del río en septiembre de 2026.

Por qué el río puede seguir subiendo cuando deja de llover

La crecida no depende solo de la lluvia que cae sobre Jerez. El Guadalete recorre unos 157 kilómetros y drena una cuenca de 3.677 kilómetros cuadrados, una superficie amplia en la que el agua de lluvia acaba reuniéndose en cauces principales y secundarios. Una tormenta en la cabecera o en las sierras puede alimentar el río horas después, mientras en la ciudad el cielo ya se ha despejado. El caudal que pasa por Jerez resume lo ocurrido aguas arriba, no únicamente el tiempo que hace allí en ese instante.

Entre sus afluentes principales están el Majaceite, que nace en la zona de Benamahoma y se une al Guadalete en la Junta de los Ríos, y el Guadalporcún, que aporta agua desde el norte de la cuenca. A ellos se suman arroyos y escorrentías que responden con rapidez a episodios intensos de lluvia. Cuando el suelo está empapado, absorbe menos agua y una proporción mayor corre por la superficie hacia los cauces. El río recibe entonces una suma de aportes que puede prolongar la subida o mantener elevada la corriente. La cuenca funciona como una red conectada, no como un canal aislado bajo la ciudad.

Ese desfase temporal explica parte de la incertidumbre de las riadas. Una lectura puede subir lentamente mientras llega el agua acumulada en distintos puntos; después, puede estabilizarse o volver a repuntar si persisten las precipitaciones o entran nuevos aportes. La evolución depende de la intensidad y duración de la lluvia, de dónde cae y de cómo responde cada tributario. Por eso, una cifra aislada sin hora, ubicación y tendencia ofrece una imagen incompleta. La dirección del nivel importa tanto como el valor registrado.

Embalses, lluvia y capacidad de la cuenca

El sistema de regulación modifica el recorrido del agua, aunque no elimina el riesgo de crecidas. En el cauce principal se encuentran los embalses de Zahara-El Gastor, Bornos y Arcos, con capacidades aproximadas de 223, 200 y 15 hectómetros cúbicos, respectivamente. En el Majaceite están los embalses de Guadalcacín, de 800 hectómetros cúbicos, y Los Hurones, de 135. Estas infraestructuras almacenan agua y forman parte de la gestión de la cuenca, pero su presencia no permite deducir por sí sola cuánto subirá el río.

Para interpretar el efecto de un embalse habría que conocer, entre otros datos, el agua que almacena, las entradas que recibe y las decisiones de gestión en ese momento. Los embalses pueden amortiguar parte de las aportaciones, pero la respuesta del río depende también de la lluvia en áreas no reguladas, de los afluentes y del estado de los suelos. No es correcto concluir que una presa llena implica necesariamente una inundación inmediata, ni que un embalse con capacidad disponible descarta una crecida en las zonas bajas. La regulación es una pieza del sistema, no un pronóstico completo.

La cabecera del Guadalete atraviesa una zona de lluvias abundantes, especialmente en la sierra de Grazalema. Además, el propio nacimiento no se identifica con una fuente única y evidente: la ubicación tradicional se sitúa en las faldas de la sierra del Endrinal, cerca del puerto del Boyar, aunque históricamente se han propuesto otros cursos como origen. Esta particularidad geográfica recuerda que el río empieza como una red de arroyos y barrancos antes de adquirir un cauce más definido. Lo que sucede en las montañas puede repercutir aguas abajo, incluso cuando el episodio parece lejano.

Qué zonas de Jerez son más vulnerables

Las áreas próximas al cauce y las vegas bajas son las que pueden quedar expuestas primero cuando el río se desborda o el agua ocupa su llanura de inundación. En el término de Jerez se han señalado zonas rurales como La Ina, El Portal, La Corta, El Portalillo y Estella del Marqués dentro de áreas inundables delimitadas en actuaciones anteriores. Esa delimitación no significa que todos esos lugares se aneguen en cada crecida, sino que existe una exposición conocida que depende de la magnitud y las condiciones del episodio.

En una riada, el corte de un camino puede ser tan relevante como el agua dentro de una vivienda. Las casas dispersas y los accesos rurales complican la entrada de los equipos de emergencia y pueden dejar a residentes aislados antes de que el río alcance su punto máximo. En la emergencia de enero de 2026, los desalojos preventivos y los rescates mostraron que el problema no se limita a calcular una altura: también hay que valorar qué rutas siguen transitables y cuánto margen queda para llegar a cada núcleo. La pérdida de accesos puede convertir una zona cercana en un lugar incomunicado.

La historia local muestra que el Guadalete se ha desbordado en diferentes épocas. Hay constancia de crecidas desde 1618 y se registraron inundaciones graves en el siglo XX, incluidas las de 1963 y 1969. En diciembre de 1996, varios días de lluvia dejaron anegadas zonas de la provincia y afectaron a la vega baja; el 14 de diciembre se midieron 70 litros por metro cuadrado en dos horas en el aeropuerto de La Parra, según la información histórica recopilada. Los antecedentes explican la vulnerabilidad de la cuenca, aunque no permiten calcular por sí solos el nivel de una riada futura.

Por qué seis metros no son un techo universal

En los avisos difundidos durante el episodio de enero, la referencia a los seis metros se vinculó a un escenario de alerta en el entorno de Jerez. Sin embargo, esa lectura no debe confundirse con un límite físico del río ni con una cota idéntica para toda la cuenca. Cada estación mide en un punto distinto, y las condiciones del cauce, sus márgenes y el terreno cambian a lo largo del recorrido. No existe una única cifra que describa el peligro en todos los municipios.

La misma precaución se aplica a términos como nivel rojo. Su significado operativo depende del sistema de vigilancia y de los umbrales definidos para cada estación o tramo; el color no reemplaza la información sobre la tendencia, las previsiones y las zonas expuestas. Un nivel alto puede mantenerse durante horas aunque la lluvia haya cesado, y el agua puede seguir ocupando caminos y parcelas cuando el medidor empieza a bajar. El riesgo no desaparece de inmediato con el descenso de la lectura.

También es posible que dos puntos del río evolucionen de manera diferente. La forma del cauce, la confluencia con un afluente o un estrechamiento pueden alterar la velocidad y el nivel local. Por eso no se debe trasladar automáticamente a otra población una medición tomada en Jerez. Para saber qué ocurre en un lugar concreto hace falta atender a los avisos oficiales y a las mediciones correspondientes a ese tramo. La cifra solo adquiere sentido junto a su ubicación y su momento.

Qué enseñan las riadas anteriores sobre el Guadalete

El espacio disponible junto al río influye en la forma en que se propaga una crecida. La información histórica sobre la cuenca señala que, desde mediados del siglo XX, la ocupación agrícola, ganadera y urbana redujo en casi un tercio el terreno que podía absorber las crecidas en algunos márgenes. Cuando se construye o se trabaja demasiado cerca del cauce, el agua dispone de menos espacio para extenderse sin afectar a personas e infraestructuras. La inundación no depende solo de cuánto llueve, sino también de cómo se ha ocupado la ribera.

Las modificaciones del curso, las obras, los puentes y los obstáculos en los márgenes pueden cambiar la circulación del agua en puntos concretos. También se han llevado a cabo actuaciones para recuperar tramos, limpiar sedimentos o mejorar la protección de la ribera, junto con medidas de control de crecidas. Su eficacia debe valorarse en cada situación y no permite garantizar que no haya nuevas inundaciones. Las intervenciones pueden reducir algunos riesgos, pero no anulan la dinámica natural del río.

El Guadalete es, además, un río regulado y muy intervenido, pero conserva una cuenca extensa y una respuesta marcada por la lluvia. La combinación de embalses, terrenos agrícolas, cauces secundarios y núcleos rurales hace que cada episodio tenga una evolución propia. Las inundaciones de 1996 o las crecidas de comienzos de siglo ofrecen memoria y contexto, no una escala que pueda aplicarse mecánicamente a la siguiente emergencia. El pasado ayuda a identificar los puntos sensibles, mientras que la vigilancia del presente determina la respuesta inmediata.

Una lectura puntual no basta para anticipar la crecida

La respuesta más rigurosa sobre el máximo de una crecida es que no puede calcularse a partir de la marca de seis metros registrada en un episodio anterior. En enero de 2026, el dato difundido situó al Guadalete cerca de esa cifra en un punto de control de Jerez, después de una subida desde aproximadamente 5,5 metros durante la noche. Fue una referencia relevante para aquella emergencia, pero no permite afirmar cuánto alcanzará el río en otra ocasión ni cuál será el nivel en las localidades aguas arriba o abajo.

El episodio dejó desalojos, rescates y caminos afectados, y volvió a poner de relieve el peso de las lluvias acumuladas en toda la cuenca. Para comprender cualquier nueva crecida habrá que leer conjuntamente la medición local, su evolución horaria, la precipitación en la cabecera y los afluentes, además de la situación de los embalses. Ninguno de esos elementos, por separado, cuenta toda la historia. El Guadalete sube como resultado de un sistema entero, y ese sistema no responde siempre con la misma velocidad.

La imagen de un río reducido a una cifra resulta tentadora, pero puede ser engañosa. Un nivel sirve para vigilar y comparar, mientras que la inundación real se mide también en accesos cortados, casas aisladas y terreno ocupado por el agua. En una cuenca tan extensa, la diferencia entre una situación controlada y una emergencia puede depender de dónde cayó la lluvia y de cuánto tardaron sus aportes en alcanzar la vega. Más que un techo fijo, cada crecida tiene su propio recorrido y sus propios límites.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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