Síguenos

Actualidad

¿Por qué el mundo avanza hacia una guerra global sin frente único?

El planeta no vive una guerra mundial clásica, pero Ucrania, Oriente Medio, el rearme y la disputa tecnológica forman una red global de tensión.

Publicado

el

hablamos ya de una guerra global

Resumen

  • No hay una guerra mundial clásica, sino conflictos conectados entre sí
  • Ucrania y Oriente Medio alteran defensa, energía y comercio mundial
  • Chips, rutas marítimas y materias primas también forman parte del pulso global

El mundo de 2026 no está inmerso en una Tercera Guerra Mundial entendida en su sentido clásico. No existe una declaración general de hostilidades ni dos alianzas perfectamente enfrentadas sobre un único campo de batalla. Pero sí se ha formado algo más difícil de dibujar sobre un mapa: una red de guerras, rivalidades económicas y disputas estratégicas que se alimentan unas a otras, desde Ucrania hasta Oriente Medio y desde el mar Rojo hasta el estrecho de Taiwán.

Ahí está la diferencia importante. La llamada guerra global en curso no consiste necesariamente en que Washington, Pekín y Moscú se disparen directamente. Consiste en que conflictos aparentemente separados comparten armas, financiación, sanciones, rutas marítimas, energía, tecnología y alianzas. Una explosión en el golfo Pérsico puede encarecer el combustible en Madrid; una batalla en el Donbás modifica los presupuestos militares europeos; una restricción china sobre materias primas altera fábricas a miles de kilómetros. El frente, por decirlo así, se ha vuelto líquido.

Una guerra global que no se parece a las anteriores

Durante buena parte del siglo XX resultaba tentador dividir el planeta con un rotulador grueso. Estados Unidos por aquí, Unión Soviética por allá. Incluso aquella simplificación tenía agujeros enormes, pero servía para explicar aproximadamente el sistema internacional.

En 2026 ya no funciona. Rusia mantiene su guerra contra Ucrania mientras negocia y comercia con países que, al mismo tiempo, mantienen fuertes relaciones económicas con Occidente. China sostiene una asociación estratégica con Moscú, pero sus intereses comerciales obligan a Pekín a preservar mercados occidentales esenciales. India coopera con Estados Unidos, compra petróleo ruso y comparte los BRICS con China. Arabia Saudí conserva su relación con Washington mientras busca márgenes propios de autonomía. Las alianzas son cada vez menos matrimonios y más contratos con letra pequeña.

El ejemplo de los BRICS resulta especialmente ilustrativo. Su cumbre de Nueva Delhi de septiembre de 2026 ha reunido en una misma estructura a países con intereses muy diferentes, entre ellos China, Rusia, India, Irán y Emiratos Árabes Unidos. El grupo consiguió acordar una declaración común sobre la guerra de Oriente Medio pese a las fuertes divergencias internas. Eso revela precisamente el nuevo tablero: existe una voluntad de reducir la primacía occidental, pero no un bloque alternativo disciplinado y homogéneo.

La idea de dos campos cerrados —una especie de Occidente contra el resto— resulta cómoda, casi cinematográfica. También engañosa.

Ucrania sigue siendo uno de los grandes ejes de tensión

La invasión rusa iniciada en febrero de 2022 continúa más de cuatro años después. A mediados de septiembre de 2026, Moscú mantiene la presión sobre posiciones ucranianas en Donetsk, mientras ambos países intensifican los ataques de largo alcance contra infraestructuras y objetivos económicos. Paralelamente, Estados Unidos intenta reactivar las negociaciones y Kiev se prepara para posibles conversaciones trilaterales en octubre. La diplomacia avanza por una puerta mientras los drones entran por otra.

La guerra ha dejado de ser únicamente una lucha por trincheras y ciudades. Rusia golpea infraestructuras energéticas y productivas ucranianas; Ucrania ataca instalaciones industriales, petroleras y militares rusas. La economía se convierte en objetivo militar porque reducir la capacidad industrial del adversario puede importar tanto como conquistar unos kilómetros de terreno.

Y alrededor de ese frente gira buena parte de la arquitectura de seguridad europea.

Oriente Medio demuestra cómo una guerra salta de frontera

Si Ucrania explica el rearme europeo, Oriente Medio muestra hasta qué punto una crisis regional puede adquirir consecuencias mundiales.

La guerra entre Estados Unidos e Irán ha extendido durante 2026 la inestabilidad por el golfo Pérsico y el mar Rojo. Los ataques sobre barcos, instalaciones energéticas y posiciones militares han vuelto a colocar dos estrechos en el centro del planeta: Hormuz y Bab el-Mandeb.

No hace falta conocer demasiada geografía para comprender el problema. Basta imaginar dos cuellos de botella por los que pasan barcos cargados de petróleo, gas y mercancías. Si uno se atasca, el mercado lo siente. Si los dos tiemblan simultáneamente, medio planeta empieza a mirar el precio del barril.

Este 13 de septiembre se ha informado de un nuevo ataque contra un buque en el estrecho de Hormuz, después de una semana en la que el petróleo Brent volvió a superar los 100 dólares. Arabia Saudí había cerrado temporalmente su importante oleoducto Este-Oeste tras otro ataque, mientras los hutíes de Yemen ganaban posiciones capaces de aumentar la presión sobre Bab el-Mandeb. Una guerra regional ha terminado tocando las arterias del comercio mundial.

El impacto económico va bastante más allá de las gasolineras. Las perturbaciones en el golfo pueden trasladarse rápidamente al petróleo, los alimentos, los fertilizantes, el transporte y la inflación. Lo que sucede a miles de kilómetros termina entrando, de una forma u otra, en la cesta de la compra.

Ese es quizá el rasgo más moderno de esta época bélica. No hace falta bombardear Europa o Asia oriental para afectar profundamente a sus ciudadanos. Basta alterar energía, transporte marítimo, seguros, fertilizantes o componentes industriales.

Gaza, Yemen y Sudán: conflictos distintos, víctimas conectadas

Sería un error, sin embargo, contemplar únicamente los enfrentamientos donde intervienen las grandes potencias. Gaza continúa padeciendo operaciones militares y enormes necesidades humanitarias; Sudán arrastra una devastadora guerra interna; Yemen vuelve a adquirir importancia militar precisamente por su posición junto al mar Rojo. Son conflictos diferentes, con causas propias, actores locales y responsabilidades que no deben mezclarse como ingredientes de una sopa geopolítica.

Lo que los conecta son sus consecuencias y, a menudo, las redes exteriores que los rodean: armas, financiación, refugiados, alimentos, energía y rutas comerciales.

Los datos ofrecen una imagen bastante menos abstracta que cualquier discurso sobre un nuevo orden mundial. Al terminar 2025 había 117,8 millones de personas desplazadas por la fuerza a causa de persecuciones, guerras, violencia o graves alteraciones del orden público. Durante ese mismo año se registró un fuerte aumento de los episodios violentos en distintas regiones del planeta.

La geopolítica, vista desde un despacho, puede parecer una partida de ajedrez. Vista desde una carretera sudanesa llena de familias desplazadas, cambia bastante el decorado.

El rearme ya no es una previsión, sino una realidad

Hay otro termómetro difícil de ignorar: el dinero destinado a las fuerzas armadas.

El gasto militar mundial alcanzó aproximadamente 2,887 billones de dólares en 2025, la cifra más alta registrada hasta entonces. Fue el undécimo año consecutivo de crecimiento. Europa incrementó con fuerza sus presupuestos y Asia y Oceanía siguieron la misma trayectoria. Estados Unidos, China y Rusia concentraron juntos más de la mitad del gasto militar mundial.

Europa está acelerando especialmente. La Unión Europea calcula que sus Estados miembros dedicarán unos 454.000 millones de euros a defensa en 2026, un 75,3% más que en 2021. La OTAN, mientras tanto, mantiene el compromiso acordado en La Haya de elevar progresivamente hasta el 5% del PIB la suma del gasto militar directo y otras inversiones relacionadas con seguridad y resiliencia antes de 2035.

Eso no significa que una guerra mundial sea inevitable. El rearme también responde a una lógica de disuasión: acumular capacidad militar para convencer al adversario de que atacar sería demasiado costoso. El problema es conocido desde hace siglos. Cuando todos buscan sentirse más seguros armándose, sus vecinos pueden sentirse precisamente menos seguros.

Y vuelta a empezar.

La nueva carrera tampoco se limita a tanques o cazas. Drones, inteligencia artificial, satélites, defensa antiaérea, guerra electrónica, ciberseguridad y sistemas autónomos están transformando los presupuestos militares. Una fábrica de semiconductores puede adquirir así un valor estratégico semejante al que tuvo un astillero en otras épocas.

El comercio se ha convertido en otra forma de poder

Durante las décadas de globalización triunfante se extendió una idea tranquilizadora: cuanto más comerciaran entre sí los países, menos incentivos tendrían para enfrentarse. Había lógica económica detrás del argumento. El pequeño inconveniente es que la interdependencia también genera dependencia.

Y la dependencia puede convertirse en un arma.

Estados Unidos restringe tecnologías consideradas sensibles. China protege sectores estratégicos y controla posiciones decisivas en numerosas cadenas industriales. Europa intenta reducir dependencias en energía, defensa, materias primas y tecnología. Rusia ha aprendido a redirigir parte de su comercio ante las sanciones occidentales. Los BRICS buscan mayor margen en sistemas financieros y comerciales internacionales. Comercio y seguridad empiezan a hablar el mismo idioma.

Las grandes potencias pueden utilizar finanzas, tecnología, comercio o cadenas de suministro como instrumentos de presión, mientras los demás países construyen alternativas para evitar quedar atrapados en un único proveedor o sistema. Esa reacción, multiplicada por decenas de gobiernos, empuja hacia una economía internacional más fragmentada.

Aquí aparece una de las diferencias fundamentales respecto a la Guerra Fría. Washington y Moscú mantenían entonces economías relativamente separadas. Estados Unidos y China, en cambio, siguen unidos por una inmensa red comercial, tecnológica y financiera incluso mientras compiten estratégicamente.

Son rivales que todavía hacen negocios juntos. Peculiar divorcio.

Taiwán sigue siendo la gran fractura que nadie quiere abrir

El estrecho de Taiwán representa probablemente el punto donde mejor se mezclan militarización, tecnología y comercio mundial.

Pekín considera Taiwán parte de China y no ha renunciado al uso de la fuerza para alcanzar la reunificación. Taipéi rechaza la soberanía china y ha aumentado sus inversiones defensivas. Estados Unidos continúa respaldando la capacidad de autodefensa taiwanesa mientras intenta evitar una alteración unilateral del statu quo.

En septiembre de 2026, representantes estadounidenses en la isla han vuelto a advertir del enorme impacto económico que tendría un conflicto. No es una exageración retórica: Taiwán ocupa una posición extraordinariamente importante en la producción mundial de semiconductores avanzados, piezas diminutas sin las cuales buena parte de la economía tecnológica moderna sencillamente se para.

Taiwán muestra por qué resulta insuficiente interpretar la seguridad únicamente contando soldados. Una fábrica, un puerto o una ruta de navegación pueden ser activos estratégicos. Lo mismo vale para centros de datos, cables submarinos, minerales críticos y sistemas de pago.

La frontera entre economía y seguridad se ha vuelto borrosa.

No existe un único bloque contra Occidente

Uno de los errores más frecuentes al analizar esta transformación consiste en imaginar que China, Rusia, Irán, India y todo el llamado Sur Global forman automáticamente una coalición.

No es así.

China e India mantienen importantes rivalidades. India coopera con Estados Unidos en algunos ámbitos mientras conserva una larga relación con Rusia. Emiratos Árabes Unidos comparte los BRICS con Irán pese a encontrarse en lados diferentes de varias disputas regionales. Brasil pretende ganar autonomía internacional sin convertir necesariamente esa autonomía en hostilidad hacia Washington o Bruselas. Los intereses nacionales pesan más que las etiquetas.

La propia cumbre de los BRICS celebrada este fin de semana en Nueva Delhi ha vuelto a evidenciar esas contradicciones. El grupo busca reformar instituciones internacionales y ganar peso económico, pero dentro conviven intereses difíciles de reconciliar. Rusia desea acelerar un orden abiertamente multipolar; India mantiene una posición más equilibrada; China intenta ampliar el peso económico y político del bloque.

Eso explica por qué el planeta no marcha hacia una simple reedición de 1947.

Más que dos bloques separados por un muro, aparecen redes superpuestas de cooperación y rivalidad. Un país puede comprar armas a uno, petróleo a otro y tecnología a un tercero, mientras vota con un cuarto en Naciones Unidas. La coherencia ideológica ya no viene incluida en el paquete.

El tablero ya no cabe en un solo mapa

La expresión “guerra global” necesita, por tanto, una cautela. No estamos ante una guerra mundial convencional, al menos no en septiembre de 2026. Ucrania, Oriente Medio, Sudán, Yemen o las tensiones en torno a Taiwán responden a historias, actores y causas propias. Fundirlas todas en una misma conspiración geopolítica produciría una explicación muy espectacular y bastante pobre.

Pero tampoco son compartimentos estancos.

El gasto militar encadena presupuestos nacionales; el petróleo enlaza el golfo Pérsico con la inflación europea; los drones utilizados en una guerra modifican las doctrinas militares de otras; las sanciones alteran rutas comerciales; los semiconductores convierten Asia oriental en asunto de seguridad occidental. La interdependencia que debía acercar al planeta también transmite sus conflictos.

Ese es el paisaje que emerge. No tanto una guerra mundial como las de 1914 o 1939, con grandes ejércitos avanzando bajo banderas claramente agrupadas, sino un periodo de confrontación prolongada en el que fuerza militar, comercio, energía, tecnología y diplomacia se mezclan constantemente.

Quizá ahí esté la parte más incómoda. El mundo no necesita entrar formalmente en una guerra mundial para empezar a sufrir algunos de sus efectos económicos y políticos. Puede vivir durante años en una zona gris: suficientemente conectada para transmitir cada crisis y suficientemente enfrentada para producirlas una detrás de otra.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído