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¿Por qué Groenlandia frena a la petrolera ligada a Trump sin permiso?

Groenlandia frena los planes de una petrolera ligada a Trump: conserva licencias históricas, pero no permiso para iniciar las perforaciones.

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Groenlandia ha lanzado una advertencia contundente a los responsables de un proyecto petrolero estadounidense que prepara perforaciones en Jameson Land, una enorme región prácticamente deshabitada del este de la isla. El conflicto no nace porque allí no exista ninguna licencia petrolera, sino por algo más concreto y bastante menos discutible: las autoridades groenlandesas sostienen que se movió material relacionado con la futura campaña sin contar previamente con las autorizaciones operativas necesarias.

La empresa estadounidense Greenland Energy Company, vinculada empresarial y personalmente con figuras próximas al entorno de Donald Trump, pretende financiar la exploración de una cuenca donde calcula que podría existir una cantidad extraordinaria de petróleo. Pero una licencia histórica para explorar un territorio no convierte el Ártico en un solar privado. Carreteras, campamentos, desembarcos, estudios ambientales y, sobre todo, la perforación de un pozo necesitan permisos específicos.

El episodio adquiere otra dimensión porque ocurre mientras Donald Trump mantiene la presión política sobre Groenlandia, territorio autónomo integrado en el Reino de Dinamarca y situado en una de las zonas estratégicamente más codiciadas del planeta. Petróleo, minerales críticos, rutas marítimas, defensa militar. En el Ártico casi nunca hay una sola historia debajo de la nieve.

Groenlandia no ha autorizado la operación sobre el terreno

El Gobierno groenlandés explicó el 30 de julio que White Flame Energy A/S, titular de los derechos sobre Jameson Land, había trasladado equipos de campamento almacenados desde Tasiilaq hasta Nerlerit Inaat, también conocido como Constable Point. El material había llegado originalmente desde el noroeste de Groenlandia y está relacionado con las perforaciones petroleras previstas.

Aquí aparece el detalle que cambia bastante la fotografía. La empresa había dispuesto anteriormente de autorización para desembarcar material en Jameson Land, pero ese permiso había caducado y su renovación continuaba tramitándose cuando se produjo el traslado.

Las autoridades consideraron que el titular de los derechos había puesto en marcha la operación logística sin tener cerradas todas las aprobaciones necesarias. La respuesta fue una fuerte advertencia: cualquier movimiento posterior deberá notificarse y ser autorizado por la autoridad competente en recursos minerales antes de ejecutarse.

No se ordenó devolver inmediatamente los equipos. El Gobierno entendió que obligar a transportarlos otra vez hasta Tasiilaq sería desproporcionado, dado que permanecían almacenados de forma controlada en Nerlerit Inaat. Tampoco significa que las perforaciones hayan recibido luz verde. La solicitud correspondiente sigue sometida al procedimiento administrativo.

Esa diferencia parece burocrática hasta que se observa el mapa. En un entorno remoto, sin una red convencional de carreteras, puertos y servicios, la logística forma parte de la propia operación petrolera. Llevar una excavadora, contenedores, combustible, personal o maquinaria pesada no equivale a dejar unas maletas en el vestíbulo.

Las antiguas licencias siguen vivas, pero no permiten hacerlo todo

Groenlandia decidió en 2021 dejar de conceder nuevas licencias de petróleo y gas, principalmente por razones climáticas y ambientales. Aquella decisión, sin embargo, no borró automáticamente los derechos otorgados años antes.

Jameson Land es precisamente una de esas excepciones. Sus licencias proceden del régimen anterior y permiten actividades de exploración y, bajo determinadas condiciones, una eventual explotación comercial. El proyecto pasó después por varias operaciones empresariales hasta quedar ligado a 80 Mile, compañía británica que controla White Flame Energy.

La cuestión jurídica es sencilla, aunque el titular fácil pueda sugerir otra cosa: tener una licencia de exploración no equivale a tener permiso automático para perforar mañana por la mañana. Los titulares deben cumplir las obligaciones ambientales, técnicas y administrativas previstas por Groenlandia y conseguir las aprobaciones correspondientes para las operaciones concretas.

Dicho de otro modo, existe una llave, pero todavía quedan varias puertas.

Qué es Greenland Energy y qué tiene que ver con 80 Mile

La estadounidense Greenland Energy Company entró en el proyecto mediante su filial March GL y un acuerdo con 80 Mile. La operación está planteada de forma escalonada: la compañía estadounidense financia la campaña de exploración y obtiene participación económica a medida que se ejecutan los pozos previstos.

Según la documentación corporativa presentada ante los reguladores estadounidenses, March GL podría alcanzar un 50% de participación después del primer pozo y hasta un 70% tras el segundo. White Flame Energy, controlada por 80 Mile, es mientras tanto la sociedad que mantiene formalmente las licencias groenlandesas.

Hay otro elemento relevante: cualquier transferencia de determinados intereses sobre esas licencias está sometida también al consentimiento del Gobierno de Groenlandia. La estructura empresarial podrá dibujarse en despachos de Texas, Londres o Nueva York, pero el subsuelo continúa bajo jurisdicción groenlandesa.

Greenland Energy comenzó a cotizar en el Nasdaq en marzo de 2026 con el símbolo GLND y ha presentado Jameson Land como su gran apuesta. El proyecto reúne nombres conocidos de la industria de servicios petroleros y una logística extraordinariamente costosa debido a la distancia, el clima y la corta ventana operativa del Ártico.

La compañía había hablado inicialmente de dos perforaciones. Su comunicación más reciente ha rebajado el paso inmediato a un primer pozo, mientras continúan las conversaciones regulatorias y la preparación del proyecto. La maquinaria puede estar lista. La administración, no necesariamente.

Por qué aparece Trump en esta historia

Greenland Energy no pertenece a Donald Trump ni existe constancia de que la Casa Blanca controle el proyecto. Conviene marcar esa frontera porque, tratándose de Groenlandia y Trump, la imaginación suele ponerse las botas antes que los hechos.

Sí existen, en cambio, conexiones con personas del universo político y social trumpista. La empresa ha recurrido a Phil McGraw, conocido como Dr. Phil y relacionado con iniciativas de la Administración Trump, para una serie documental sobre el proyecto. Su presidente, Larry Swets, también ha sido situado públicamente en círculos próximos al presidente estadounidense.

La compañía ha intentado separar el negocio petrolero de cualquier proyecto político estadounidense sobre Groenlandia. Swets ha defendido que la exploración no guarda relación con una eventual anexión de la isla.

El problema es el contexto. Trump lleva años describiendo Groenlandia como una pieza estratégica para Estados Unidos y, durante su actual presidencia, esa aspiración ha dejado de parecer una extravagancia de sobremesa. Washington contempla la isla por su posición militar, sus recursos minerales y su papel en las nuevas rutas del Ártico.

De ahí que un petrolero estadounidense descargando equipos en el este groenlandés produzca más ruido político que otro proyecto energético corriente. Negocio privado y geopolítica no son lo mismo, aunque a veces compartan avión.

El supuesto tesoro de petróleo todavía no es una reserva

Greenland Energy ha utilizado estimaciones que sitúan el potencial de Jameson Land en hasta unos 13.000 millones de barriles recuperables en el escenario más optimista. También ha manejado cifras de valor próximas al billón de dólares.

Hay que colocar esas cantidades donde corresponden. No son 13.000 millones de barriles esperando en depósitos conocidos ni una reserva petrolera probada con valor de mercado garantizado. Son recursos prospectivos no arriesgados, cálculos geológicos realizados antes de demostrar mediante perforaciones que existe petróleo comercialmente recuperable.

La propia documentación de la compañía contempla un abanico muchísimo más amplio, desde alrededor de 1.000 millones hasta 13.000 millones de barriles según diferentes escenarios. La cifra superior funciona estupendamente en una presentación para inversores; la geología, bastante menos educada, solo responde cuando entra la broca.

Jameson Land lleva décadas apareciendo en estudios petroleros y, pese a su potencial teórico, no existe todavía un descubrimiento comercial de petróleo en la cuenca. El primer pozo moderno tiene precisamente esa misión: comprobar qué hay realmente debajo.

Incluso encontrar petróleo sería solo el comienzo. Una explotación en el este de Groenlandia tendría que afrontar costes de infraestructura, transporte y almacenamiento, junto a exigencias de protección ambiental y exportación que poco tienen que ver con perforar junto a una autopista de Texas.

Jameson Land no es un páramo vacío

La imagen de Groenlandia como una gigantesca extensión blanca sin habitantes ni ecosistemas relevantes facilita algunos discursos sobre sus recursos. Jameson Land cuenta otra historia. Es una vasta región de tundra, valles, cursos de agua y humedales donde aparecen bueyes almizcleros, zorros árticos y numerosas aves migratorias.

Una parte del territorio forma parte de Heden, humedal reconocido internacionalmente bajo la Convención de Ramsar. La zona resulta especialmente importante para poblaciones de ánsar piquicorto y barnacla cariblanca, entre otras especies.

La presencia de áreas protegidas no supone automáticamente que cualquier proyecto sea imposible, pero eleva considerablemente las exigencias ambientales. Y una campaña de perforación no consiste únicamente en abrir un agujero: necesita accesos, campamentos, transporte pesado, combustible, gestión de residuos y operaciones durante semanas o meses.

Es precisamente el tipo de lugar donde una decisión logística aparentemente menor puede tener consecuencias ambientales mayores. En una gran ciudad, mover quince contenedores es una mañana de trabajo. En la tundra ártica puede exigir barcos, pistas temporales, maquinaria y meses de planificación.

También existe una dimensión humana. El asentamiento de Ittoqqortoormiit, relativamente próximo al área del proyecto dentro de las gigantescas distancias groenlandesas, lleva tiempo observando el debate entre las posibles oportunidades económicas y el impacto sobre un territorio del que dependen actividades tradicionales.

El petróleo convierte el mapa en política

La disputa de Jameson Land no demuestra que una petrolera estadounidense esté perforando clandestinamente Groenlandia. Todavía no hay perforación autorizada ni pozo abierto. Lo que sí muestra es una empresa decidida a avanzar con rapidez hacia una campaña que considera potencialmente multimillonaria y una administración groenlandesa dispuesta a recordar quién concede los permisos.

Las licencias antiguas complican el asunto. Groenlandia renunció políticamente a abrir nuevas áreas al petróleo, pero debe convivir con derechos concedidos antes de ese cambio de rumbo. Los titulares pueden exigir que se respeten esos derechos; el Gobierno, a su vez, mantiene competencias regulatorias sobre cómo se ejecutan las operaciones.

Y alrededor está Estados Unidos. La retórica de Trump sobre Groenlandia ha conseguido que cada inversión estadounidense en la isla se lea también con gafas geopolíticas. A veces será exagerado. Otras no tanto.

Jameson Land concentra así tres debates que Groenlandia tendrá que resolver simultáneamente: quién controla sus recursos, cuánto vale proteger el Ártico y hasta dónde llegan las antiguas licencias petroleras. Bajo la tundra podría haber petróleo o quizá bastante menos de lo prometido. Sobre ella, en cambio, la disputa por el poder ya es perfectamente visible.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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