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Economía

¿Qué busca Grifols en Wall Street con la OPV de Biopharma en EE. UU.?

Grifols prepara la OPV de Biopharma en Wall Street con Bank of America para reducir deuda y medir la confianza del mercado financiero global.

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Grifols gana 402 millones

Grifols vuelve a colocar el foco donde más le gusta al mercado cuando huele una operación grande: Wall Street, los bancos de inversión y una valoración capaz de cambiar el relato de una compañía. La farmacéutica catalana trabaja en la posible salida a Bolsa en Estados Unidos de una participación minoritaria de su negocio de Biopharma, su división más importante, con Bank of America ejerciendo como gran referencia financiera en la operación. No hay campana preparada para sonar mañana en el Nasdaq, ni alfombra roja extendida todavía. El calendario que manejan las fuentes financieras apunta más bien a 2027 como año posible de ejecución.

La idea de fondo es sencilla, aunque el mecanismo tenga muchas tuercas: Grifols quiere poner precio en el mercado estadounidense a su gran negocio de medicamentos derivados del plasma, vender una parte minoritaria y utilizar los fondos para reforzar balance, reducir deuda y financiar crecimiento. Traducido a lenguaje menos perfumado: la empresa busca aire. No aire de supervivencia inmediata, porque ya ha refinanciado vencimientos relevantes, sino aire financiero del bueno, el que permite dejar de explicar cada trimestre la deuda como si fuera un invitado incómodo sentado en la cabecera.

La operación, por ahora, sigue siendo potencial. Grifols comunicó que preparaba la salida a Bolsa de parte de su negocio de Biopharma en Estados Unidos, pero también dejó claro que quedaba sometida a condiciones de mercado, exigencias legales y requisitos regulatorios. Es decir: intención sí; ejecución, cuando toque. En estas cosas conviene no confundir el plano del arquitecto con el edificio terminado. Y el edificio, de momento, aún tiene andamios.

La presencia de Bank of America añade músculo y credibilidad al proceso. La entidad aparece como asesor de cabecera en la evaluación de la venta en Bolsa estadounidense, mientras Grifols sigue en fase de selección del conjunto de bancos que acompañarían la operación. En la órbita aparecen nombres habituales en las grandes mesas de capitales, como JP Morgan, Citi, Goldman Sachs o Santander. Los gigantes de siempre, los que entran en escena cuando el tamaño del pastel justifica muchas servilletas.

Lo relevante no es solo que Grifols quiera cotizar parte de Biopharma en Estados Unidos. Lo relevante es que esa posible OPV puede convertirse en un examen público sobre cuánto vale realmente el negocio principal de la compañía fuera del castigo que el mercado español le ha aplicado durante los últimos años. Porque una cosa es la valoración de la matriz en Bolsa y otra, bastante distinta, la tasación que los inversores estadounidenses acepten para una plataforma de plasma integrada, con escala industrial y presencia local.

Biopharma, la pieza que sostiene el edificio

Biopharma no es una división más dentro de Grifols. Es el corazón. El motor. La sala de máquinas donde se mezcla ciencia, industria, donación de plasma, logística, regulación y un negocio global que no se improvisa como quien abre una tienda de café de especialidad. Esta área agrupa el desarrollo, la producción y la comercialización de medicamentos derivados del plasma, un mercado con fuertes barreras de entrada, ciclos largos y una demanda estructural ligada a enfermedades crónicas, raras o graves.

Biopharma representa la parte dominante de las ventas del grupo. Ese dato explica por qué la operación genera tanta expectación. No se trata de sacar a Bolsa un negocio lateral para ordenar la casa. Se trata de enseñar al mercado la joya familiar, permitir que inversores estadounidenses la valoren de forma separada y, al mismo tiempo, mantener el control desde la matriz española. Una especie de escaparate con llave: se muestra el diamante, se vende una parte, pero no se entrega la caja fuerte.

La compañía insiste en que mantendría la propiedad mayoritaria del negocio estadounidense. También ha señalado que la nueva sociedad tendría su propio consejo de administración, su equipo directivo y una estructura de gobierno corporativo específica. Esto importa mucho. En Estados Unidos, los inversores no solo compran crecimiento; compran claridad. Quieren saber quién manda, qué perímetro tiene el negocio, qué deuda arrastra, qué márgenes puede sostener y qué incentivos tendrá la nueva dirección. El plasma puede ser un producto sanitario esencial, pero Wall Street no analiza con bata blanca. Analiza con calculadora.

La tesis de Grifols es que el negocio de Biopharma en Estados Unidos puede presentarse como una compañía pura de plasma, con integración vertical y una estructura de capital más simple. Esa palabra, “simple”, tiene más poder del que parece. Durante años, uno de los problemas de Grifols ante los inversores ha sido precisamente la dificultad de leer sus cuentas, su deuda, sus adquisiciones y su entramado financiero sin tener al lado un café doble y cierta paciencia monástica. Separar una parte del negocio puede ayudar a que el mercado vea mejor lo que antes aparecía mezclado.

No significa que todo sea automático. Sacar brillo a un activo no garantiza que el comprador pague precio de museo. Pero sí permite que el mercado compare Biopharma con otros negocios biofarmacéuticos estadounidenses, con empresas de salud cotizadas en Wall Street y con plataformas especializadas en un sector que en Europa suele recibir múltiplos más prudentes. Ahí está una de las apuestas: que Estados Unidos mire el plasma con más entusiasmo que la Bolsa española.

Por qué Estados Unidos manda en esta historia

Estados Unidos es el mercado clave para entender Grifols. La compañía no llega allí como turista financiero con una maleta y una presentación bonita. Su negocio estadounidense de Biopharma cuenta con una presencia industrial profunda, centros de donación, plantas productivas y una cadena de valor muy integrada. La empresa ha destacado que su modelo en el país cubre desde la recogida de plasma hasta fabricación, control, logística y distribución. Eso, en un sector tan regulado, no es un adorno. Es la diferencia entre tener una red y tener solo una marca.

Grifols afirma que es uno de los principales actores del plasma en Estados Unidos y que opera cerca de 300 centros de donación en unos 40 estados, con instalaciones industriales importantes en California y Carolina del Norte. El dato no es menor. El plasma no aparece por arte de magia en una hoja de Excel. Requiere donantes, centros, controles, transporte, fraccionamiento, fabricación, certificaciones y años de relación con reguladores. Es una industria de tuberías invisibles: si funciona, nadie la ve; si falla, todo el sistema se resiente.

La compañía también ha construido su narrativa alrededor de la autosuficiencia. Quiere presentar su negocio estadounidense como una plataforma que no depende de plasma, fabricación o suministro procedentes de otros mercados. En plena obsesión global por las cadenas de suministro, eso suena especialmente bien. Después de pandemias, tensiones comerciales, guerras arancelarias y sustos logísticos varios, tener producción local y control industrial ya no es solo eficiencia: es soberanía económica con bata de laboratorio.

Aquí Grifols intenta hablar el idioma del inversor estadounidense. No vende únicamente medicamentos derivados del plasma. Vende escala, seguridad de suministro, integración y exposición a una demanda que debería seguir creciendo. El matiz es importante: Wall Street puede aceptar múltiplos más altos cuando cree que un negocio tiene crecimiento estructural, márgenes defendibles y barreras de entrada. Pero también castiga sin misericordia cuando una historia llega demasiado cargada de deuda, promesas y adjetivos.

El verdadero objetivo: bajar deuda sin vender el alma

La OPV de Biopharma tiene un protagonista visible, Wall Street, y otro protagonista menos glamuroso: la deuda. Grifols ha pasado años intentando convencer al mercado de que su apalancamiento era manejable, de que la generación de caja mejoraría y de que el valor industrial de la compañía seguía intacto. Algunas veces lo consiguió. Otras, no tanto. La Bolsa, cuando desconfía, se comporta como un gato mojado: se aparta, bufa y tarda en volver.

La posible venta de una participación minoritaria de Biopharma permitiría ingresar una cantidad significativa de capital sin perder el control del negocio. Las cifras que circulan colocan la valoración preliminar de la división entre 17.000 y 20.000 millones de euros, un rango ambicioso que no todo el mercado compra sin fruncir el ceño. Si Grifols vendiera alrededor del 20%, podría captar en torno a 4.000 millones de euros, una suma suficiente para reducir de forma notable su deuda financiera neta.

El atractivo es evidente. Grifols podría transformar una parte de su activo más valioso en liquidez inmediata, mejorar sus ratios de endeudamiento y cambiar la conversación con analistas, agencias de rating y accionistas. En vez de hablar solo de vencimientos, cupones y refinanciación, podría hablar de crecimiento, márgenes y expansión. Suena mejor. Mucho mejor. Claro que el mercado no regala ese cambio de conversación: lo cobra en forma de exigencia.

La compañía ya ha avanzado en la refinanciación de sus vencimientos de 2027, dejando sin presiones significativas hasta finales de 2028. En el primer trimestre, comunicó ingresos de 1.700 millones de euros, beneficio neto de 73 millones, ebitda ajustado de 381 millones y una ratio de apalancamiento de 4,3 veces. Son cifras que muestran una empresa lejos del colapso caricaturesco que algunos llegaron a dibujar, pero todavía obligada a demostrar disciplina. La deuda no desaparece porque el relato mejore. Se paga, se reduce o se refinancia. Todo lo demás es literatura corporativa.

En este punto aparece la paradoja. Grifols necesita que la OPV sea lo bastante atractiva para captar capital, pero no tan agresiva como para que los inversores interpreten que la matriz está vendiendo la plata buena para tapar agujeros. La frontera es fina. Una venta minoritaria ordenada puede parecer inteligencia financiera. Una venta apresurada de la joya puede oler a necesidad. Y los mercados, para los olores, tienen una nariz cruel.

La valoración es el centro del pulso. Una horquilla de 17.000 a 20.000 millones de euros para Biopharma implica múltiplos exigentes respecto al ebitda ajustado del negocio. Dicho sin jerga: Grifols necesita convencer a inversores de que su división estadounidense merece pagar muchas veces sus beneficios operativos porque tiene escala, crecimiento y capacidad de generar caja durante años. No es imposible. Tampoco es automático.

El mercado español, mientras tanto, valora la matriz entera muy por debajo de esa cifra. Ahí nace la parte más interesante de la historia. Si Biopharma consigue una tasación elevada en Estados Unidos, Grifols podría demostrar que el mercado está infravalorando su negocio principal. Sería como sacar un cuadro del trastero, llevarlo a una subasta internacional y descubrir que en casa lo tenían colgado junto al calendario de la frutería.

Pero hay otra lectura, menos amable. Una valoración tan alta puede ser difícil de sostener si el crecimiento se modera, si los márgenes no acompañan, si el apetito por salidas a Bolsa se enfría o si los inversores estadounidenses exigen un descuento por la complejidad histórica del grupo. Deutsche Bank, por ejemplo, ha rebajado recientemente su precio objetivo sobre Grifols, una señal de prudencia que contrasta con el entusiasmo que puede generar la operación. El mercado está partido entre quienes ven una oportunidad de desbloquear valor y quienes sospechan que la realidad no será tan generosa como las hojas de cálculo.

Hay que recordar algo básico: una OPV no solo valora una empresa; la desnuda. Obliga a explicar perímetro, riesgos, márgenes, deuda, gobierno corporativo, dependencia de la matriz y perspectivas. En privado, una compañía puede envolver sus planes con más elasticidad. En un folleto para salir a Bolsa en Estados Unidos, cada palabra pesa como una moneda antigua. La SEC no es precisamente un club literario.

La Bolsa española mira de reojo

La posible salida a Bolsa de Biopharma en Estados Unidos tiene una dimensión que va más allá de Grifols. También reabre una vieja incomodidad: la sensación de que algunas compañías españolas necesitan mirar fuera para que el mercado les reconozca un valor que aquí no encuentran. Es un asunto delicado, casi doméstico. Como cuando alguien se marcha del barrio y de pronto todos descubren que tocaba muy bien el piano.

Grifols mantendría su cotización en España, según lo previsto. La matriz no desaparecería del mercado español. Pero si su principal negocio obtiene una referencia de valoración propia en Wall Street, el centro de gravedad financiero podría desplazarse. La Bolsa española conservaría la carcasa principal, sí, pero parte del brillo estaría en otro escaparate. Eso explica las suspicacias de algunos accionistas y de quienes temen que Madrid pierda atractivo frente a mercados más profundos, líquidos y especializados.

Wall Street ofrece ventajas evidentes: más inversores especializados en biotecnología y salud, mayor profundidad de capital, más capacidad para valorar negocios de crecimiento y una narrativa sectorial más familiar para compañías de plasma. También exige más. Más transparencia, más presión trimestral, más comparaciones, más litigios potenciales y más disciplina de comunicación. No hay almuerzo gratis, y en Nueva York menos.

Para Grifols, el equilibrio será complicado. Debe convencer al mercado estadounidense de que Biopharma merece una valoración fuerte, sin transmitir al accionista español que la matriz queda relegada a una especie de contenedor de deuda y participaciones. Si se explica mal, la operación puede parecer un divorcio financiero. Si se explica bien, puede entenderse como una forma de liberar valor retenido dentro del grupo.

El matiz importa mucho para el accionista minoritario. Una OPV puede generar caja y mejorar el balance, pero también cambia la estructura económica del grupo. Si la filial cotizada en Estados Unidos tiene su propio consejo, su propio equipo directivo y sus propios inversores, la relación con la matriz deberá estar muy bien definida. Contratos de suministro, transferencias internas, deuda, impuestos, dividendos, reinversión. Todo eso suena aburrido hasta que mueve millones.

Resultados, plasma y una recuperación todavía con cicatrices

Los resultados del primer trimestre aportan una base menos dramática de lo que sugiere a veces la conversación bursátil. Grifols elevó sus ingresos hasta 1.700 millones de euros, con crecimiento a tipo de cambio constante, apoyado por Biopharma y por la franquicia de inmunoglobulinas. El beneficio neto creció hasta 73 millones, mientras el margen de ebitda ajustado se mantuvo estable en el 22,4%. No es una fiesta con confeti, pero tampoco un parte de urgencias.

La división de Biopharma creció a tipo de cambio constante en el trimestre, con un avance especialmente fuerte de las inmunoglobulinas. Este tipo de productos es central para el negocio de Grifols porque responde a una demanda médica sostenida, con pacientes que necesitan tratamientos de forma recurrente. En un mercado sanitario cada vez más obsesionado con seguridad de suministro y acceso a terapias esenciales, tener escala en plasma es una ventaja competitiva real. No vistosa, quizá. Pero real.

También hay piedras en el zapato. La compañía ha reconocido presión en albúmina en China, impacto de divisas y comparaciones más duras en algunas líneas de negocio. Además, comunicó el cierre de varios centros de donación en Estados Unidos como parte de una reorganización para mejorar eficiencia. Esa decisión puede leerse de dos formas. Como disciplina operativa, porque cerrar centros menos productivos ayuda a mejorar márgenes. O como señal de que el negocio debe seguir ajustando su maquinaria después de años de expansión intensa.

Grifols trabaja además en proyectos de autosuficiencia en Egipto y Canadá, con los que busca diversificar fuentes de plasma y mejorar la economía global de suministro. La lógica es clara: si reduce dependencia del plasma estadounidense para mercados no estadounidenses, puede optimizar costes y reservar mejor su red norteamericana para el negocio local. Es una jugada industrial lenta, casi de relojería. No se ve en una sesión bursátil, pero puede cambiar márgenes con el paso de los años.

La confianza, sin embargo, no se recompone solo con presentaciones. Grifols arrastra cicatrices de años difíciles: presión bajista, dudas sobre deuda, escrutinio de cuentas, volatilidad y una relación complicada con el mercado. La empresa ha tomado medidas para reforzar balance, mejorar liquidez y simplificar su mensaje financiero, pero todavía necesita que los números confirmen la música. En Bolsa, la memoria puede ser corta para las euforias y larguísima para los sustos.

Ahí entra la posible OPV. No como solución mágica, sino como prueba externa. Si inversores estadounidenses aceptan valorar Biopharma en un rango elevado, Grifols ganará una validación poderosa. Si la operación se retrasa, se rebaja o se enfría, el mercado volverá a mirar la deuda con lupa. Es un partido con marcador parcial, no una victoria anunciada.

El laboratorio frío de la confianza inversora

La historia de Grifols y Wall Street no va solo de una salida a Bolsa. Va de si una compañía española, castigada durante años por su endeudamiento y por la desconfianza del mercado, consigue convertir su activo principal en una palanca de credibilidad. Bank of America aporta estructura financiera, el mercado estadounidense aporta profundidad y Biopharma aporta el argumento industrial. Falta lo más difícil: que todo encaje al precio adecuado.

La fecha de 2027 da margen, pero también prolonga la espera. Durante ese tiempo Grifols tendrá que seguir demostrando crecimiento, disciplina en caja, mejora de deuda y claridad en la futura estructura de la filial. No bastará con decir que Biopharma vale mucho. Tendrá que enseñarlo. Con márgenes, con gobierno corporativo, con demanda inversora y con una ejecución limpia.

La operación puede ser muy positiva si permite reducir deuda sin perder control, revelar valor oculto y reforzar la posición de Grifols en el mayor mercado mundial del plasma. También puede generar dudas si el mercado interpreta que la valoración es demasiado optimista o que la matriz española queda demasiado dependiente de una filial con vida propia en Estados Unidos. La diferencia entre una jugada maestra y un apaño caro, en finanzas, a veces son unos cuantos múltiplos y una presentación honesta.

Por ahora, la noticia importante es que Grifols ya no se conforma con pedir paciencia. Está preparando una operación que puede poner números, dinero y mercado a su relato. Eso cambia el tono. Wall Street puede ser juez severo, pero también puede ser escaparate. Y Grifols, que conoce bien los laboratorios, se dispone a entrar en otro: el laboratorio frío de la confianza inversora. Allí no se centrifuga plasma. Se centrifugan expectativas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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