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Mukalla revela la fractura entre Arabia Saudí y Emiratos en Yemen
Un ataque a un puerto y una retirada militar dejan al descubierto la disputa por el futuro del sur de Yemen.

El bombardeo del puerto de Mukalla y el anuncio emiratí de retirar a sus efectivos de Yemen han convertido en una crisis abierta la desconfianza entre dos socios del Golfo. Arabia Saudí sostiene que atacó un cargamento de armas y vehículos destinado a fuerzas separatistas respaldadas por Emiratos Árabes Unidos; Abu Dabi niega esa versión y afirma que el material era para sus propias tropas. El choque no enfrenta solo a dos gobiernos: revela que Riad y Abu Dabi apoyan proyectos distintos para el sur yemení.
La coalición que ambos integraron contra los hutíes sigue compartiendo intereses, pero ya no actúa como un bloque unido. Para Arabia Saudí, la fragmentación del bando contrario a los hutíes amenaza la estabilidad de su frontera y su capacidad para negociar una salida política. Emiratos ha construido vínculos con fuerzas locales que buscan autonomía y control de zonas costeras. La disputa por Mukalla concentra esa diferencia en un puerto estratégico, una carga militar controvertida y aliados yemeníes con agendas propias.
Qué se sabe del ataque en Mukalla
Según la versión difundida por las autoridades saudíes, dos buques llegaron desde Fuyaira, en la costa emiratí, con los sistemas de rastreo desactivados y descargaron armas y vehículos blindados para el Consejo de Transición del Sur, conocido por sus siglas en inglés, STC. Riad describió el envío como una amenaza y aseguró que su operación aérea se dirigió contra el material recién desembarcado. Esas afirmaciones son parte de la justificación saudí del ataque, no hechos aceptados por las dos partes.
Emiratos rechazó estar enviando armas a los separatistas y aseguró que los barcos no transportaban armamento destinado a una facción yemení, sino equipamiento para sus fuerzas desplegadas en el país. Informaciones citadas por medios internacionales señalaron al buque Greenland como posible objetivo, pero la identidad de la nave y el contenido preciso del cargamento no quedaron establecidos de forma independiente en los datos disponibles. Tampoco se precisó si hubo víctimas. La diferencia entre las versiones importa: el bombardeo es un hecho, pero el destino de la carga sigue disputado.
La respuesta política fue rápida. Las autoridades yemeníes alineadas con Riad declararon el estado de emergencia, suspendieron la cooperación con Emiratos y reclamaron la salida de su personal en un plazo de 24 horas. También anunciaron restricciones de 72 horas en pasos fronterizos, aeropuertos y puertos, salvo autorización saudí. Abu Dabi comunicó la retirada de sus efectivos restantes, presentada como una medida para reducir la tensión. El repliegue puede rebajar el riesgo de un enfrentamiento directo, pero no elimina la influencia emiratí sobre sus aliados locales.
El puerto que conecta la crisis local con el mar
Mukalla es la capital de Hadramaut, una extensa provincia del este de Yemen con costa sobre el golfo de Adén y el mar Arábigo. Su puerto sirve a una región donde las rutas de abastecimiento, el movimiento de mercancías y el control de las instalaciones costeras tienen peso político y económico. Por eso, una descarga militar en ese lugar no se interpreta como un episodio aislado: puede alterar el equilibrio entre fuerzas yemeníes y sus patrocinadores extranjeros. Controlar un puerto significa también influir en los corredores que conectan el litoral con el interior.
La importancia de Mukalla no debe confundirse con el control del estrecho de Bab el-Mandeb, más al oeste, que comunica el mar Rojo con el golfo de Adén. Son espacios distintos, pero forman parte de un entorno marítimo donde la seguridad de los puertos y de las rutas comerciales se entrelaza. Aden, Mokha y Mukalla ocupan posiciones diferentes en ese mapa; su valor depende tanto de su ubicación como de quién administra las instalaciones y garantiza los accesos. En Yemen, la infraestructura portuaria es a la vez una arteria civil y una pieza de poder.
La población también queda expuesta cuando la competencia se traslada a las instalaciones de transporte. Los puertos son necesarios para que entren bienes y suministros en un país golpeado durante años por la guerra y una grave crisis humanitaria. Un ataque o una restricción puede complicar operaciones y aumentar la incertidumbre, aunque no se puede deducir, sin datos específicos, que cada incidente paralice la ayuda o provoque por sí solo una escasez. La dimensión militar del puerto convive con una función cotidiana de la que dependen comunidades enteras.
Una guerra que empezó con una alianza amplia
La intervención militar encabezada por Arabia Saudí comenzó el 26 de marzo de 2015, después de que los hutíes avanzaran sobre Saná y el entonces presidente yemení, Abdo Rabu Mansur Hadi, solicitara apoyo para recuperar el poder. La coalición reunió a varios países árabes, entre ellos Emiratos, y contó con apoyo logístico y de inteligencia de Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Su campaña incluyó bombardeos y un bloqueo naval, mientras las fuerzas locales combatían en distintos frentes. El objetivo común era frenar a los hutíes y respaldar al Gobierno reconocido internacionalmente.
Ese propósito compartido no resolvió las fracturas políticas de Yemen. El país arrastraba una transición fallida, rivalidades entre grupos y una disputa de poder que enfrentó a los hutíes con el Gobierno de Hadi y con otras fuerzas. El expresidente Alí Abdalá Salé se alió inicialmente con los hutíes antes de romper con ellos y morir en 2017. A medida que la guerra se prolongó, la coalición tuvo que apoyarse en actores locales que no siempre compartían una misma visión del Estado. La alianza militar fue más cohesionada en su punto de partida que en la política yemení que pretendía reconstruir.
La intervención tampoco acabó con el control hutí en el norte. En abril de 2022 entró en vigor una tregua auspiciada por Naciones Unidas, renovada ese año, aunque en octubre no hubo acuerdo para prolongarla formalmente. En 2024, el Gobierno y los hutíes pactaron medidas para reducir tensiones, entre ellas aliviar restricciones bancarias y reanudar vuelos regionales desde y hacia Yemen. Estos pasos no equivalen a un acuerdo de paz definitivo. La guerra ha perdido intensidad en algunos periodos sin dejar atrás la división territorial ni las disputas por el poder.
Por qué Riad y Abu Dabi respaldan fuerzas distintas
Arabia Saudí ve Yemen desde la perspectiva inmediata de su seguridad nacional. Comparte una larga frontera con el país y considera que el fortalecimiento militar de los hutíes, a quienes vincula con Irán, puede traducirse en amenazas para su territorio. Además, Riad necesita que cualquier negociación política tenga interlocutores capaces de comprometer a las fuerzas del bando gubernamental. La aparición de centros armados autónomos dificulta tanto el control de la frontera como la construcción de una posición negociadora común.
Emiratos ha tejido, por su parte, relaciones con fuerzas del sur y con unidades locales vinculadas a la seguridad de puertos y corredores costeros. El Consejo de Transición del Sur busca una mayor autonomía para el sur y cuenta con apoyo emiratí, aunque no representa a todos los yemeníes ni a todas las fuerzas que se oponen a los hutíes. Abu Dabi presenta su presencia como una contribución a la seguridad y la estabilidad; Riad teme que esas alianzas consoliden poderes separados de la autoridad que respalda. La rivalidad nace de dos formas distintas de ordenar el territorio, no de una simple diferencia de retórica.
La divergencia es especialmente delicada porque ambas capitales participaron en la misma coalición. Riad privilegia una estructura política que preserve la unidad formal de Yemen bajo el Gobierno reconocido internacionalmente; el STC aspira a más autonomía para el sur, y sus avances pueden debilitar esa fórmula. La relación entre ambos países no se reduce, sin embargo, a una enemistad permanente: pueden cooperar en asuntos regionales y competir en otros. La alianza funciona mientras sus intereses coinciden, pero Yemen muestra con claridad dónde dejan de hacerlo.
La fractura ya tenía antecedentes sobre el terreno
Las diferencias entre las fuerzas apoyadas por los dos países no aparecieron con el ataque a Mukalla. En 2019, el STC se enfrentó en Aden a fuerzas del Gobierno yemení respaldadas por Arabia Saudí y llegó a dominar zonas de la ciudad. El Acuerdo de Riad intentó integrar a los rivales en un marco político y de seguridad compartido, pero no borró sus objetivos incompatibles ni deshizo las redes militares construidas durante la guerra. La coalición contra los hutíes ya había tenido que contener choques entre sus propios aliados.
En 2019 Emiratos retiró parte de sus tropas de Aden, aunque mantuvo relaciones con fuerzas yemeníes que había apoyado y entrenado. Esa diferencia entre reducir la presencia militar directa y abandonar la influencia política es crucial para interpretar la retirada anunciada ahora. Que salgan efectivos no significa necesariamente que el STC pierda de inmediato sus capacidades, sus mandos o sus vínculos con Abu Dabi. La huella de una intervención puede permanecer en las instituciones y alianzas mucho después de que disminuya el número de soldados extranjeros.
También hay desacuerdos sobre qué actores yemeníes deben formar parte de un arreglo futuro. El partido Islah, por ejemplo, ha sido un interlocutor para algunos sectores respaldados por Riad, mientras Emiratos lo considera cercano a la Hermandad Musulmana, movimiento que rechaza. A esto se suman las tensiones por la influencia en provincias como Shabwa y Hadramaut y por espacios insulares como Socotra. Las alianzas locales no son simples extensiones de las capitales: tienen intereses y bases de poder propias.
Qué cambia con la retirada emiratí
El anuncio de Abu Dabi reduce la posibilidad de que sus fuerzas y las saudíes terminen enfrentándose de forma directa en Yemen, un escenario que sería muy costoso para ambos. También permite a Emiratos presentar el repliegue como una respuesta a los llamamientos de Riad y del Gobierno reconocido. Pero el efecto más importante dependerá de lo que ocurra con las unidades yemeníes que recibían apoyo emiratí, y de si ese respaldo se interrumpe, se transforma o continúa por vías menos visibles. La retirada militar es una señal política; por sí sola no determina quién ejercerá el poder local.
Si esas fuerzas perciben que han perdido protección o recursos, pueden buscar garantías en Arabia Saudí, aferrarse a sus posiciones o insistir en su proyecto de autonomía. Ninguna de esas opciones conduce automáticamente a una nueva ofensiva, pero todas pueden tensar la relación con el Gobierno central y con otras facciones del sur. El riesgo más inmediato no es necesariamente una guerra entre Estados, sino que sus aliados yemeníes disputen el control de instituciones, carreteras, instalaciones o zonas estratégicas. La competencia puede avanzar mediante cambios de lealtad y control administrativo, además de combates abiertos.
Para Riad, llenar cualquier vacío requiere algo más que desplegar fuerzas. Supone negociar con dirigentes locales, sostener acuerdos de seguridad y evitar que la centralización se perciba como una imposición externa. El Hadramaut tiene comunidades y actores políticos con intereses propios; no es un espacio vacío a la espera de que una capital extranjera lo organice. La estabilidad depende de pactos yemeníes que puedan sostenerse sobre el terreno, no solo de comunicados entre gobiernos.
Una crisis que activa la diplomacia regional
La tensión generó contactos entre Washington y las dos capitales del Golfo. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, habló con los ministros de Exteriores saudí y emiratí, según comunicados oficiales recogidos en las informaciones disponibles. Los mensajes públicos no detallaron el contenido de las conversaciones, pero el hecho de que ambas partes mantuvieran contactos por separado muestra el interés en contener la disputa. La diplomacia busca evitar que una crisis entre socios desestabilice todavía más el frente yemení.
Qatar expresó su respaldo al Gobierno yemení reconocido internacionalmente y subrayó la unidad territorial del país, mientras Omán llamó al diálogo y a la distensión. Mascate ha sido un canal de comunicación en el conflicto y puede contribuir a que las partes mantengan abiertos contactos indirectos. Irán también pidió cooperación regional y respeto a la integridad de Yemen, aunque su vínculo con los hutíes sigue siendo una parte central de las preocupaciones saudíes. Los llamamientos a la unidad no eliminan los desacuerdos sobre quién debe gobernar ni cómo distribuir el poder.
Estados Unidos y otros actores externos tienen, además, intereses en la seguridad de las rutas marítimas y en evitar una expansión de los combates. Pero la presión diplomática no puede sustituir un acuerdo entre los propios yemeníes ni resolver por sí sola la rivalidad entre Riad y Abu Dabi. La mediación puede contener una escalada y abrir espacio para negociar; no garantiza que las facciones acepten compartir autoridad. La estabilidad regional depende de que la contención inmediata vaya acompañada de arreglos políticos duraderos.
La disputa no se limita a Yemen
Arabia Saudí y Emiratos son vecinos, socios comerciales y miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, pero compiten por atraer inversiones, empresas y talento, además de buscar influencia política en la región. El desacuerdo en Yemen se suma a una relación en la que la cooperación convive con diferencias sobre energía, estrategia y prioridades económicas. Las divergencias en la OPEP+ ya habían mostrado que compartir objetivos generales no obliga a aceptar las mismas decisiones sobre producción y cuotas. El conflicto yemení vuelve visible una competencia regional más amplia, aunque no prueba por sí solo una ruptura bilateral.
Los dos gobiernos tienen incentivos para evitar una confrontación pública prolongada. La inseguridad afecta la imagen de estabilidad que ambos proyectan y puede poner en riesgo sus intereses comerciales. Pero también les preocupa ceder influencia a su rival o permitir que una fuerza local contraria a sus objetivos se consolide. Ese equilibrio entre cooperar y no perder terreno explica la dureza de las señales y la importancia de mantener canales diplomáticos abiertos.
La guerra añade otra capa: mientras los adversarios se enfrentan entre sí, los hutíes pueden aprovechar la desunión para reforzar su posición política y militar. El movimiento controla Saná y amplias zonas del norte y ha demostrado capacidad para proyectar el conflicto más allá de sus líneas de frente. Eso no significa que cada desacuerdo entre Arabia Saudí y Emiratos se traduzca en una ventaja inmediata para los hutíes, pero sí que la fragmentación reduce la capacidad del bando rival para actuar de manera coordinada. La unidad de la coalición importa no solo por sus recursos, sino por el mensaje que transmite a sus adversarios.
Un país dividido que sigue pagando el coste
El mapa yemení no se reduce a dos bandos homogéneos. Los hutíes dominan Saná y amplias áreas septentrionales y occidentales; las fuerzas progubernamentales controlan partes del sur y del centro, junto a grupos locales con proyectos distintos. El STC es un actor poderoso en Aden y otras zonas meridionales, pero no equivale al conjunto del Gobierno ni a todas las comunidades del sur. La fragmentación política y militar es una de las razones por las que los acuerdos nacionales resultan tan difíciles de aplicar.
La población soporta las consecuencias de una guerra que ha destruido servicios, debilitado la economía y dificultado el acceso a bienes esenciales. Los datos recopilados en distintas etapas del conflicto han descrito necesidades humanitarias masivas, falta de atención sanitaria y problemas de acceso a agua segura; las cifras varían según el periodo y el indicador. No es riguroso presentar una estimación antigua como si describiera exactamente la situación actual, pero el deterioro acumulado está bien documentado en el material de referencia. La disputa por puertos y territorios ocurre sobre un país donde millones de personas necesitan asistencia.
Un eventual alto el fuego entre potencias regionales no bastaría para resolver esa emergencia si las rutas de suministro siguen sujetas a bloqueos, enfrentamientos o decisiones de autoridades rivales. Tampoco una tregua local garantiza que los servicios públicos se recuperen o que las familias desplazadas puedan volver a sus hogares. La seguridad de los puertos y la gobernabilidad de las provincias tienen consecuencias civiles directas, aunque los detalles dependan de cada zona. La paz se mide tanto por la ausencia de bombardeos como por la posibilidad de reconstruir una vida cotidiana.
Mukalla como prueba de los límites de la alianza
El ataque deja una pregunta política más profunda que la propiedad de un cargamento: quién puede desplegar fuerzas, armar aliados y decidir el futuro del sur de Yemen. Arabia Saudí y Emiratos no han dejado de ser socios, pero sus estrategias locales chocan cuando el Gobierno que Riad respalda se enfrenta a separatistas vinculados a Abu Dabi. La frialdad entre ambos nace de la pugna por el orden que debería reemplazar a la guerra.
El próximo paso dependerá de si la retirada emiratí se traduce en una reducción efectiva de su apoyo, de cómo responda el STC y de si Riad logra evitar que la presión sobre sus aliados se convierta en un nuevo frente interno. También contará la capacidad de mediadores regionales y de Naciones Unidas para mantener conversaciones entre facciones que desconfían unas de otras. Por ahora, Mukalla no anuncia necesariamente una ruptura definitiva, pero sí marca el límite de una alianza que ya no puede ocultar sus diferencias.
Mientras las versiones sobre el cargamento sigan enfrentadas y no haya un acuerdo político que incorpore a los distintos actores yemeníes, la calma será frágil. Los puertos podrán cambiar de influencia sin que cambien las fronteras oficiales, y las fuerzas locales seguirán midiendo el respaldo de sus patrocinadores. El humo del ataque se disipará; la disputa por quién manda en el sur de Yemen tardará mucho más en hacerlo.

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