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Naturaleza

¿Por qué el glaciar Tyndall se encoge tan rápido en la Patagonia?

El glaciar Tyndall ha retrocedido 2,2 kilómetros desde 2022 y una imagen espacial revela por qué su pérdida de hielo se acelera en Patagonia.

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el glaciar Tyndall

El glaciar Tyndall, uno de los grandes ríos de hielo del Campo de Hielo Patagónico Sur, ha retrocedido 2,2 kilómetros desde noviembre de 2022. La pérdida no es una abstracción trazada en un gráfico: una fotografía tomada desde la Estación Espacial Internacional el 10 de mayo de 2026 muestra el frente quebrado, cubierto de grietas, y una estela de pequeños icebergs dispersos sobre el lago Geikie. La imagen captura una fase activa de desprendimientos y confirma que el gigante helado atraviesa un periodo de retirada acelerada.

No significa que todo el glaciar haya perdido exactamente 2,2 kilómetros por igual, como si alguien hubiese cortado una barra de hielo con regla y cuchillo. La cifra describe el desplazamiento de su frente glaciar, la zona donde termina la lengua de hielo. Detrás hay una combinación menos vistosa y bastante más seria: adelgazamiento continuado, fracturas, pérdida de apoyo y agua profunda. El clima empuja; la geometría del valle y del lago decide, muchas veces, cómo y cuándo cede el frente.

Tyndall está en el extremo suroriental del Campo de Hielo Patagónico Sur, dentro del parque nacional Torres del Paine, en la región chilena de Magallanes. Según el inventario público disponible, en 2017 ocupaba cerca de 298,5 kilómetros cuadrados y tenía un espesor medio estimado de casi 218 metros. Son dimensiones de paisaje, no de postal. Sin embargo, ni siquiera una masa de ese tamaño es inmune cuando el balance entre la nieve que recibe y el hielo que pierde se mantiene durante años en números rojos.

La fotografía espacial que convierte el cambio en evidencia

La escena fue registrada por un integrante de la Expedición 74 a bordo de la Estación Espacial Internacional. La cámara, una Nikon Z9 con un objetivo de 560 milímetros, apuntó hacia el sur de Chile a través de una fina capa de nubes. El resultado tiene algo de pintura abstracta: una lengua blanca surcada por líneas oscuras, un lago gris azulado y docenas de fragmentos claros flotando delante del hielo. Bonito, sí. También incómodo.

La imagen espacial fue divulgada el 10 de junio de 2026 y muestra numerosos bloques separados del frente del glaciar. Ese proceso se conoce como calving, término inglés que suele traducirse como desprendimiento de icebergs. Ocurre cuando una sección del frente se fractura y cae al agua. Es un comportamiento natural en los glaciares que terminan en lagos o en el mar, pero deja de ser una anécdota cuando se combina con un frente cada vez más delgado y una retirada sostenida.

Las sombras de la fotografía permitieron al glaciólogo Mauri Pelto estimar que el acantilado de hielo se elevaba entre 30 y 40 metros sobre la superficie del lago. Debajo del agua continúa otra porción del frente, invisible desde la órbita y sometida al empuje del agua. Ahí empieza una parte esencial de la historia: el glaciar no solo se derrite por arriba. También se deforma, pierde contacto con el lecho, se agrieta y rompe en su extremo.

La fotografía, por sí sola, no mide décadas de cambio. Es una instantánea. Su verdadero valor aparece al compararla con imágenes anteriores, mapas del frente, observaciones de campo y registros de satélites Landsat y Sentinel. La ciencia del hielo trabaja así, cosiendo fotogramas separados por meses o años hasta obtener una película. En el caso de Tyndall, esa película muestra una retirada larga, con pausas aparentes y episodios bruscos.

El glaciar se encoge desde el final de la Pequeña Edad de Hielo, hace aproximadamente siglo y medio. El lago Geikie comenzó a formarse junto a su frente alrededor de 1940 y fue ampliándose a medida que el hielo retrocedía. Otra rama del glaciar desembocaba hacia el este en el lago Tyndall, pero el adelgazamiento terminó por desconectar esa salida en 2010. Donde antes había hielo continuo, aparecen ahora agua, roca desnuda y sedimentos.

Por qué Tyndall se encoge con tanta rapidez

La explicación más honesta no cabe en una sola palabra. El calentamiento atmosférico favorece temporadas de fusión más largas y altera la proporción entre lluvia y nieve. Si cae menos nieve en las zonas altas, el glaciar recibe menos materia prima; si las temperaturas aumentan, pierde más hielo en las cotas bajas. Ese desequilibrio adelgaza la lengua, rebaja su superficie y modifica las tensiones internas.

Pero el frente de Tyndall termina en un lago, y eso introduce una maquinaria adicional. El agua ejerce presión sobre el hielo, penetra en las grietas, facilita las fracturas y reduce el apoyo efectivo del frente. Cuando el glaciar se vuelve más fino, puede acercarse a una situación de flotación parcial. Entonces la lengua se comporta como una tabla enorme forzada desde abajo: se flexiona, se agrieta y puede desprender bloques de gran tamaño.

La topografía añade sus propias trampas. Un glaciar puede retroceder lentamente mientras su frente descansa sobre una zona poco profunda o un resalte rocoso. Si después entra en una cubeta más honda, pierde estabilidad y la retirada se acelera. No es una pendiente lisa; es un suelo irregular, con escalones, canales y depresiones ocultas bajo cientos de metros de hielo y agua. El fondo del lago funciona como un freno o como una rampa, según el tramo.

La pérdida de hielo tampoco avanza como una cinta transportadora a velocidad constante. Hay años en los que la posición del frente cambia poco, aunque el glaciar siga adelgazando. En otros momentos, basta con que una gran grieta atraviese una zona debilitada para que el paisaje dé un salto de varios cientos de metros. La estabilidad aparente engaña: la lengua puede estar preparando por dentro el siguiente desprendimiento.

El clima actúa como telón de fondo, pero la respuesta concreta depende de la forma del terreno, el grosor del hielo y la profundidad del agua. Esta combinación explica por qué algunos glaciares vecinos retroceden con velocidades muy diferentes pese a compartir condiciones meteorológicas parecidas. Cada valle impone su propia mecánica, una especie de arquitectura sumergida que gobierna el movimiento sin dejarse ver desde la superficie.

El gran desprendimiento de 2023 cambió el ritmo

Entre marzo y abril de 2023 se produjo uno de los episodios más llamativos de los últimos años. Las imágenes de Sentinel mostraron una gran fractura y varios icebergs separados del frente. En apenas un mes, la recesión asociada al desprendimiento afectó a alrededor de 1,5 kilómetros cuadrados. El lago Geikie alcanzó entonces una superficie aproximada de 21 kilómetros cuadrados; en 1986 ocupaba unos 12.

Aquel episodio no surgió de la nada. Durante casi una década, el frente había mostrado un retroceso relativamente limitado, aunque la lengua seguía perdiendo espesor. Ese detalle importa. Un glaciar puede parecer estable en el mapa mientras sufre un adelgazamiento progresivo, del mismo modo que una pared puede seguir en pie mientras se abren grietas por dentro. El cambio frontal llega después, a veces con la brusquedad de una cornisa que por fin se desprende.

Desde noviembre de 2022 hasta mayo de 2026, la posición del frente se desplazó 2,2 kilómetros. En el otoño austral de 2026 continuaron los desprendimientos, aunque de forma más fragmentada que en 2023. La red de grietas observada cerca del borde favorece la formación de numerosos icebergs pequeños, en lugar de unas pocas placas tabulares. Parece menos espectacular desde lejos; no necesariamente es menos revelador.

La presencia de muchos fragmentos en el lago indica que el frente atraviesa una fase activa de ruptura. No todos esos bloques proceden de un único episodio ni tienen el mismo tamaño. Algunos se separan en cuestión de segundos; otros son el resultado de grietas que llevan semanas avanzando lentamente, casi en silencio, hasta que la estructura deja de resistir.

El retroceso frontal tampoco equivale exactamente a la pérdida total de masa. Un glaciar puede perder grosor en zonas situadas muchos kilómetros tierra adentro, aunque el borde permanezca temporalmente en el mismo lugar. Para comprender la evolución real hay que observar superficie, espesor, velocidad y balance de masa. Medir solo la línea final sería como juzgar la salud de un árbol mirando únicamente la punta de una rama.

El desprendimiento no es un simple cubito derritiéndose

Conviene separar conceptos que suelen mezclarse. Derretimiento y desprendimiento no son lo mismo. El primero transforma hielo en agua por efecto de la energía disponible; el segundo rompe y separa masa sólida del frente. Ambos procesos pueden reforzarse, pero obedecen a mecanismos distintos. La superficie se funde con temperaturas más altas, lluvia o radiación solar. El frente se fractura por tensiones, flotabilidad, presión del agua y geometría.

Tampoco cada iceberg demuestra por sí mismo que el cambio climático haya causado ese bloque concreto. Los glaciares desprenden hielo de manera natural. La señal climática aparece en la tendencia: pérdida de masa, adelgazamiento, retirada prolongada, cambios en la acumulación de nieve y respuesta simultánea de numerosos glaciares de una región. La física, poco amiga de los eslóganes, exige mirar el conjunto.

En Tyndall, el contexto regional resulta bastante claro. La mayoría de los glaciares del Campo de Hielo Patagónico Sur retrocede o pierde masa, aunque no todos responden igual ni al mismo ritmo. Algunos frentes están anclados en fondos favorables; otros terminan en fiordos o lagos profundos, donde el hielo fluye con mayor velocidad. Incluso existen excepciones temporales. El glaciar Pío XI, por ejemplo, ha mostrado fases de avance. La naturaleza no firma comunicados conjuntos.

El lago Geikie crece porque el glaciar abandona espacio. Es, literalmente, una huella líquida de la retirada. Su expansión modifica a su vez las condiciones del frente: aumenta la superficie de contacto entre agua y hielo, cambia la circulación y permite que nuevos sectores queden expuestos al empuje hidrostático. La consecuencia puede ser una retroalimentación dinámica, aunque su intensidad depende del relieve sumergido.

Los estudios sobre glaciares patagónicos que terminan en lagos han señalado que la flotabilidad y la profundidad del agua desempeñan un papel decisivo en las pérdidas rápidas. Cuando el frente está cerca de flotar, disminuye la presión que lo mantiene pegado al fondo. El hielo acelera, se estira y las grietas se abren. Si el lecho se hace más profundo hacia el interior, la retirada puede continuar hasta alcanzar un nuevo punto de apoyo.

Eso explica por qué dos glaciares sometidos a un clima parecido pueden tener comportamientos muy distintos. Uno retrocede cientos de metros en poco tiempo y el vecino apenas mueve su frente. No hay contradicción: el clima establece el marco general, pero la forma del valle, el grosor del hielo y la profundidad del lago escriben la escena concreta. En Patagonia, la geografía manda con puño de hierro bajo el agua.

Lo que Tyndall cuenta sobre los glaciares de la Patagonia

El Campo de Hielo Patagónico Sur se extiende a lo largo de los Andes australes, entre Chile y Argentina, y constituye la mayor masa de hielo del hemisferio sur fuera de la Antártida. Alimenta decenas de glaciares que descienden hacia lagos, fiordos y canales. Desde el aire parece una sábana blanca casi continua; sobre el terreno es un laberinto de montañas, grietas, lluvias, vientos y accesos difíciles.

Esa lejanía convierte la observación espacial en una herramienta esencial. Los satélites Landsat y Sentinel permiten seguir la posición de los frentes, medir cambios de superficie y detectar grandes fracturas. Las fotografías tomadas por astronautas aportan otra perspectiva, más oblicua y visual, útil para distinguir relieves, sombras y patrones de grietas. En lugares donde instalar instrumentos cuesta semanas de logística y una ventana de buen tiempo puede durar horas, mirar desde arriba no es un lujo.

Chile mantiene estaciones y campañas de seguimiento en Tyndall y otros glaciares. El inventario público sitúa su área en 298,5 kilómetros cuadrados para 2017, con una altitud máxima de 2.299 metros y una mínima de 124. La diferencia resume su vulnerabilidad: las zonas altas acumulan nieve y alimentan el flujo; la lengua baja termina en un lago, a una cota donde el hielo soporta temperaturas más suaves y una intensa ablación.

El caso encaja en una tendencia mundial. Entre 2000 y 2023, los glaciares del planeta perdieron una media de 273.000 millones de toneladas de hielo al año, según la evaluación internacional más amplia publicada hasta ahora. En ese periodo desapareció alrededor del 5 % de su masa global y la contribución acumulada al aumento del nivel del mar rondó los 18 milímetros. Parece una cifra pequeña hasta recordar que cada milímetro expone a más población a inundaciones costeras.

Tyndall desemboca en un lago interior, pero su pérdida de hielo terrestre forma parte del balance que, a través de ríos y cuencas, termina conectado con el océano. El desprendimiento de un iceberg en el lago no eleva de golpe el nivel del mar como en una caricatura escolar; la contribución procede de la transferencia continuada de hielo que estaba almacenado sobre tierra hacia el sistema hidrológico. Lenta, acumulativa, nada cinematográfica. Y real.

El retroceso también transforma los ecosistemas locales. Aparecen nuevas orillas, lagunas, cauces y superficies rocosas que comienzan a ser colonizadas por microorganismos, líquenes y plantas. Cambian la temperatura y la carga de sedimentos del agua. Los ríos reciben, durante una etapa, más aporte de fusión; después, cuando queda menos hielo disponible, ese caudal puede disminuir.

Es el conocido efecto de pico de agua: primero aumenta la escorrentía y, más adelante, cae. En una región poco poblada, estas alteraciones no tienen el mismo impacto inmediato que en los Andes centrales o el Himalaya, donde millones de personas dependen del deshielo estacional. Aun así, afectan a hábitats, paisajes protegidos, investigación científica y al patrimonio natural de Torres del Paine.

La Patagonia se convierte así en un observatorio privilegiado de procesos que se repiten, con distintos acentos, en montañas de todo el planeta. Lo que allí ocurre no se puede trasladar de forma automática a los Alpes, Groenlandia o el Himalaya, pero ayuda a comprender cómo responden las masas de hielo a una atmósfera más cálida y a cambios persistentes en las precipitaciones.

El hielo que desaparece deja a veces una sorpresa bajo los pies. En las rocas expuestas junto a Tyndall se han localizado decenas de fósiles de ictiosaurios, reptiles marinos que vivieron cuando los dinosaurios dominaban la tierra firme. Entre ellos está Fiona, un esqueleto completo de unos cuatro metros perteneciente a una hembra con embriones, con una antigüedad cercana a 131 millones de años.

La paradoja es áspera: el retroceso facilita descubrimientos científicos y, al mismo tiempo, deja esos restos expuestos a la lluvia, el viento y los cambios de temperatura. El glaciar actuaba como una tapa. Al retirarse, abre un archivo del Cretácico, pero también pone en marcha el reloj de su deterioro. El pasado remoto aparece porque el hielo del presente se marcha.

Una frontera blanca que seguirá moviéndose

La imagen de mayo de 2026 no anuncia que Tyndall vaya a desaparecer mañana ni permite fijar una fecha para su final. Los glaciares no retroceden con una velocidad constante. Pueden estabilizarse durante años sobre un resalte del terreno, acelerar al entrar en aguas profundas o cambiar de comportamiento si varían la nieve, la temperatura y el flujo interno. Cualquier pronóstico serio necesita conocer el grosor y la forma del lecho bajo el frente.

Lo que sí muestra la fotografía es un glaciar sometido a una tensión visible. Las grietas se cruzan cerca del borde, el lago está salpicado de icebergs y la lengua ha retrocedido 2,2 kilómetros desde finales de 2022. Pelto espera que continúe la producción de bloques pequeños y que puedan registrarse nuevas ráfagas de desprendimientos durante próximos otoños australes. No es una profecía, sino una lectura de la estructura actual del hielo.

La evolución de Tyndall dependerá de cuánto se adelgace la lengua y de qué encuentre bajo el agua a medida que retroceda. Un fondo más somero podría ofrecer estabilidad temporal. Una depresión profunda facilitaría nuevas pérdidas. Mientras tanto, cada imagen añade una pieza al registro: el frente de 1986, la separación del lago Tyndall en 2010, el gran desprendimiento de 2023 y la estela de icebergs de 2026.

Desde la órbita, el glaciar parece silencioso. En tierra, el hielo cruje, el agua golpea la pared y los bloques caen con un estruendo que rebota entre montañas. Esa diferencia de escala resume el problema. La retirada puede parecer lejana, casi decorativa, cuando se contempla en una pantalla; medida año tras año, revela una transformación veloz de uno de los grandes paisajes helados del planeta.

Tyndall no es solo una víctima pasiva del aumento de las temperaturas ni un simple indicador coloreado en rojo. Es un sistema físico complejo, sensible al clima, al relieve y al agua. Precisamente por eso su retroceso resulta tan elocuente. Dos kilómetros y doscientos metros de retirada frontal no son una opinión. Son la distancia que el hielo ha cedido mientras el lago ocupaba su lugar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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