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Naturaleza

¿Por qué los eucaliptos están dejando sin aves los bosques de España?

Los eucaliptales reducen la diversidad de aves en España: menos alimento, menos refugios y bosques verdes que esconden un silencio creciente.

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Eucalipto con hojas

Las grandes plantaciones de eucalipto están empobreciendo las comunidades de aves forestales del noroeste de la península ibérica. No es una impresión nacida del paisaje ni una nueva vuelta de tuerca en la vieja guerra cultural del monte gallego: un estudio publicado en 2025 encontró que, a medida que aumenta la proporción de eucaliptos, disminuyen tanto la riqueza de especies como el número de aves presentes. El árbol crece deprisa y produce madera con eficacia; el ecosistema, en cambio, recibe poco alimento, menos refugios y una arquitectura forestal demasiado simple.

La causa principal no es que el eucalipto expulse físicamente a los pájaros ni que sus hojas sean una suerte de veneno universal. El problema es más silencioso. Un eucaliptal intensivo ofrece menos cavidades para criar, menos artrópodos que capturar, menos frutos, menos madera muerta y menos variedad vegetal que un robledal, un bosque mixto o una fraga madura. Parece un bosque desde la carretera —verde, alto, tupido—, pero para muchas aves funciona como un hotel impecable sin camas, cocina ni puertas. Ese paisaje aparentemente abundante esconde una pobreza ecológica difícil de ver desde el coche.

Un estudio que ha medido el silencio del bosque

La investigación que ha reabierto el debate fue realizada por Fernando García-Fernández, María Vidal, Adrián Regos y Jesús Domínguez, vinculados a la Universidade de Santiago de Compostela y al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El trabajo analizó 240 parcelas de bosques autóctonos y plantaciones de eucalipto en el entorno de las Fragas do Eume, en A Coruña, uno de los últimos grandes refugios de bosque atlántico de Europa occidental y, al mismo tiempo, un territorio rodeado y penetrado por aprovechamientos forestales.

Los científicos hicieron censos de aves mediante puntos de escucha y observación, midieron la vegetación y compararon numerosos rasgos del hábitat: cobertura de eucalipto, presencia de árboles autóctonos maduros, estructura del sotobosque, altura y grosor de los troncos, entre otros. Después aplicaron modelos estadísticos para separar factores que suelen aparecer mezclados. Porque un monte puede tener eucaliptos, estar fragmentado, haber sufrido talas y conservar, pese a todo, pequeños corredores de vegetación nativa. Averiguar qué pesa más exige algo más que mirar una fotografía y sentenciar.

El resultado fue bastante nítido. La proporción de eucalipto apareció como el predictor más fuerte de la reducción de aves forestales. Las plantaciones presentaban menos especies y menos individuos que los bosques nativos, incluso al considerar otras características de la masa. Los árboles autóctonos maduros, por el contrario, sostenían especialmente a las aves propias de bosques viejos, esas especies menos dispuestas a improvisar cuando el paisaje cambia de golpe.

Esto importa porque durante años se ha defendido una idea cómoda: bastaría con dejar envejecer el eucaliptal para que adquiriese, con el tiempo, funciones parecidas a las de un bosque natural. El estudio no respalda esa equivalencia. Los eucaliptos grandes pueden ser utilizados por algunas aves y no son un vacío biológico absoluto, pero no sustituyen ecológicamente a un roble, un castaño o un árbol autóctono veterano. La edad suma, sí; la identidad del árbol también.

El árbol no llegó en 1960, aunque entonces empezó el gran cambio

La versión de que España plantó el eucalipto en 1960 sirve como titular, pero mezcla dos momentos distintos. El Eucalyptus globulus llegó a Galicia aproximadamente hacia 1860, según la documentación científica recogida por el propio comité asesor del Ministerio de Medio Ambiente. Su expansión industrial, sin embargo, ganó una intensidad decisiva a mediados del siglo XX y se aceleró en las décadas de 1950 y 1960, cuando la demanda de pasta de papel convirtió su rápido crecimiento en una promesa económica casi irresistible.

La operación parecía redonda. El árbol australiano se adaptaba bien al clima húmedo del norte, rebrotaba después de la corta, alcanzaba volumen comercial en plazos mucho menores que muchas especies autóctonas y encontraba salida en una industria papelera en expansión. En un medio rural fragmentado en miles de pequeñas parcelas, con emigración, abandono agrícola y necesidad de ingresos, el eucalipto ofrecía algo muy concreto: rentabilidad en poco tiempo. Pedir a los propietarios que ignorasen esa ventaja habría sido tan ingenuo como pedir al agua que subiese la ladera.

El problema fue confundir producción forestal con restauración ecológica. Plantar árboles no equivale siempre a reconstruir un bosque. Un cultivo de madera puede fijar carbono, proteger parcialmente el suelo y generar actividad económica, pero sigue siendo un sistema diseñado para producir una materia prima. El bosque natural, en cambio, es una trama de edades, especies, hongos, insectos, troncos caídos, claros, raíces, frutos y refugios. Una ciudad improvisada durante siglos. La plantación se parece más a una nave logística: eficiente, ordenada y destinada a una función dominante.

De ahí nació la expresión “desierto verde”, muy utilizada por organizaciones ecologistas y movimientos vecinales. Es una metáfora, no una categoría científica, y conviene manejarla sin brocha gorda. En los eucaliptales hay vida: helechos, matorral, pequeños mamíferos, insectos y aves capaces de aprovechar algunos recursos. Lo que revelan los estudios no es una esterilidad completa, sino una pérdida de diversidad, abundancia y especialización frente a los bosques autóctonos. El verde permanece; la variedad se adelgaza.

También conviene precisar otra palabra que suele incendiar la conversación: invasor. El eucalipto es exótico, está naturalizado en distintas zonas y varias especies pueden expandirse fuera de las parcelas, sobre todo después de incendios. En 2017, el Comité Científico estatal recomendó incluir las especies naturalizadas del género en el catálogo nacional por su carácter invasor y su capacidad para transformar el medio. Sin embargo, el eucalipto no figura actualmente en ese catálogo. Ciencia y clasificación jurídica, como tantas veces, no caminan al mismo paso.

Por qué un eucaliptal alimenta peor a las aves

Las aves no eligen un bosque por su color ni por la altura fotogénica de los troncos. Buscan comida, lugares seguros para criar, ramas adecuadas para posarse, cobertura frente a depredadores y un calendario de recursos que permita sobrevivir al invierno y reproducirse en primavera. Un bosque autóctono maduro ofrece todo eso en capas. Arriba hay copas de diferentes tamaños; en medio, ramas, lianas y arbustos; abajo, hojarasca en descomposición, semillas, hongos, madera muerta y una multitud de invertebrados.

En los robles, castaños, abedules y otras frondosas locales se forman grietas, oquedades y partes muertas que sirven de nido o escondite. Sus hojas y cortezas mantienen comunidades de insectos adaptadas durante miles de años. Sus frutos alimentan a aves y mamíferos, y su descomposición devuelve nutrientes al suelo. Nada ocurre de manera aislada. El pico que perfora un tronco abre después una cavidad que puede usar otra especie; el insecto que consume una hoja alimenta a un carbonero; el ave que come un fruto dispersa una semilla. El bosque es una conversación larguísima.

El eucalipto llega con otro idioma ecológico. Muchos invertebrados ibéricos no aprovechan sus hojas y cortezas con la misma facilidad, de modo que la oferta de artrópodos puede ser menor o diferente. La hojarasca contiene compuestos que ralentizan su descomposición y alteran las cadenas alimentarias del suelo y de los pequeños cursos de agua. Los troncos gestionados para producción suelen ser rectos, homogéneos y relativamente jóvenes, con pocas cavidades naturales. Si, además, el sotobosque se elimina para facilitar trabajos forestales o reducir combustible, desaparece otra capa de refugio.

Ni siquiera un eucalipto viejo reemplaza a un roble maduro

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que conservar eucaliptos de gran tamaño no compensa la falta de árboles autóctonos maduros. A simple vista podría parecer lo contrario: un tronco ancho, alto y veterano debería ofrecer más oportunidades que un ejemplar joven. Algo aporta, desde luego, pero la investigación observó que esos árboles beneficiaban a un grupo reducido de especialistas y no reproducían el papel del arbolado nativo.

La diferencia está en la calidad, no solo en el volumen. Un roble viejo es una especie de edificio histórico lleno de grietas, balcones, patios y habitantes. Un eucalipto adulto de plantación puede ser un rascacielos pulcro con pocas entradas. Ambos son altos; no ofrecen la misma ciudad. Por eso la conservación de árboles autóctonos veteranos dentro y alrededor de las explotaciones resulta decisiva: son piezas difíciles de fabricar y tardan décadas en recuperar su función.

El sotobosque tampoco resuelve por sí solo el problema. Los investigadores comprobaron que incluso una capa arbustiva desarrollada bajo los eucaliptos ofrecía un apoyo limitado a las aves generalistas. Puede mejorar el hábitat, pero no borra las carencias del dosel ni convierte una masa homogénea en una fraga. La naturaleza agradece los remiendos; no los confunde con el tejido original.

Las aves que pierden casa, comida y continuidad

Las más perjudicadas son, en términos generales, las aves ligadas a bosques maduros y estructuralmente complejos. Son especies que dependen de cavidades, troncos viejos, madera muerta o una oferta estable de invertebrados. Cuando el paisaje se transforma en una sucesión de parcelas de eucalipto de edad parecida, esos recursos aparecen de forma escasa, discontinua o desaparecen durante las cortas. La avifauna forestal pierde así casa, despensa y corredores de movimiento al mismo tiempo.

Otro estudio publicado en 2025 por la Universidad del País Vasco llegó a una conclusión compatible: los eucaliptales albergaban menos riqueza y abundancia de aves que los bosques autóctonos y también menos que los pinares analizados. Trepadores azules, arrendajos y agateadores europeos aparecían vinculados a la vegetación nativa, utilizada incluso por especies de espacios más abiertos.

No significa que esas especies desaparezcan de una comarca en cuanto se planta una parcela. El daño se acumula a escala de paisaje. Un eucaliptal aislado entre robledales, setos, prados y bosques de ribera puede ser atravesado o utilizado parcialmente. Cientos de parcelas conectadas entre sí, con pocos corredores nativos, crean un territorio mucho más hostil. Las aves necesitan moverse para alimentarse, buscar pareja, dispersarse y recolonizar zonas después de una tala o un incendio. Cuando los refugios quedan convertidos en islas, cada viaje cuesta más.

La pérdida de aves tampoco es un asunto decorativo. Muchas consumen insectos, dispersan semillas y participan en el control natural de plagas. Cuando caen sus poblaciones, el sistema forestal pierde funciones. Los propios autores del estudio plantean que favorecer a las aves insectívoras podría beneficiar también a la producción, al reforzar el control biológico dentro de las explotaciones. Ecología y economía no siempre se miran desde trincheras opuestas; a veces comparten la misma rama.

El negocio forestal frente a un límite ecológico visible

El eucalipto sostiene una parte relevante de la cadena de la madera y la celulosa del noroeste. Da ingresos a propietarios, abastece fábricas, moviliza empresas de corta y transporte y encaja en parcelas pequeñas donde otras inversiones tardarían varias décadas en producir retorno. Ese contexto no puede borrarse con un adjetivo. La política forestal que ignore a quienes viven del monte acabará siendo un documento impecable guardado en un cajón.

Pero la rentabilidad privada de una parcela no incorpora siempre los costes extendidos sobre el paisaje: pérdida de biodiversidad, simplificación del suelo, presión sobre riberas o deterioro de hábitats. Su intensidad depende del clima, la pendiente, la especie, el turno de corta y la cercanía de bosques naturales. La discusión seria empieza cuando abandona el “todo es veneno” y el “todo es propaganda”.

Galicia mantiene desde 2021 una moratoria sobre nuevas plantaciones de eucalipto, ampliada hasta 2030 y flexibilizada desde 2026 en supuestos concretos. La normativa permite, entre otras excepciones, trasladar parte de una superficie de eucalipto a otra parcela si el terreno inicial se transforma con coníferas o frondosas, y autoriza una sustitución parcial de pinares gravemente afectados por la banda marrón durante un turno de corta. No es una prohibición total, ni pretende desmontar de golpe el sector; busca contener la expansión, ordenar el recurso y producir más madera en menos superficie. Sobre el papel, al menos.

La evidencia sobre las aves señala que limitar hectáreas no basta si se conserva el mismo diseño homogéneo. El estudio de las Fragas do Eume propone integrar franjas de retención sin manejo intensivo dentro de las plantaciones, donde puedan desarrollarse árboles y arbustos autóctonos. Esas franjas aportarían refugios, alimento, conectividad y heterogeneidad. No convierten la explotación en un bosque natural, pero rompen la monotonía y permiten que la vida encuentre pasillos.

La gestión puede ir más lejos: proteger las riberas con vegetación nativa amplia, conservar árboles viejos y muertos cuando no supongan un riesgo, espaciar las cortas para evitar grandes superficies desnudas al mismo tiempo y restaurar zonas de especial valor ecológico. El objetivo razonable no es fingir que una plantación industrial será una fraga, sino impedir que el paisaje entero termine funcionando como una plantación. Producir madera y mantener biodiversidad exige dejar espacios donde la producción no mande siempre.

Un monte con muchos árboles y cada vez menos bosque

La historia del eucalipto en España no es la de una ocurrencia absurda ejecutada una mañana de 1960. Es más incómoda. Fue una decisión económica comprensible, prolongada durante décadas hasta transformar comarcas enteras, y sus beneficios se repartieron de forma inmediata mientras una parte de los costes ecológicos aparecía lentamente. Primero cambia el sotobosque. Después escasean los insectos, las cavidades y los árboles viejos. Al final, alguien nota que el paseo sigue siendo verde pero suena distinto.

La nueva investigación pone cifras y modelos a ese silencio. En el noroeste ibérico, una mayor cobertura de eucalipto se asocia con menos especies y menos ejemplares de aves forestales, y los ejemplares maduros de esta especie no reemplazan la función de los árboles autóctonos veteranos. Es una conclusión contundente, aunque no simple: el problema no se arregla culpando a un árbol como si tuviera intención, sino decidiendo cuánto territorio se le entrega, cómo se gestiona y qué partes del bosque se preservan fuera de la lógica de la corta.

España no necesita elegir entre un monte abandonado y una cuadrícula interminable de troncos para celulosa. El debate real está en la escala, los límites y la mezcla: dónde no plantar, qué corredores restaurar y cuántos árboles nativos maduros conservar para que el bosque siga siendo algo más que madera en pie.

Porque un paisaje puede estar cubierto de árboles y haber perdido buena parte de su bosque. Puede verse lleno y estar ecológicamente hueco. Las aves, que no leen planes forestales ni balances empresariales, lo detectan antes: cuando faltan alimento, refugio y continuidad, simplemente dejan de estar.

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