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¿Por qué Ginebra no logra la paz entre Ucrania y Rusia?

Las conversaciones entre Ucrania y Rusia en Ginebra terminaron sin acuerdo tras dos jornadas de mediación estadounidense. Las delegaciones encontraron margen para trabajar en cómo vigilar un eventual alto el fuego, pero no resolvieron las cuestiones que determinarían si esa tregua puede sostenerse: el territorio ocupado, las garantías de seguridad para Ucrania y el orden en que se aplicarían los compromisos. El avance técnico no basta mientras cada parte considere inaceptable el riesgo político que le exige asumir la otra.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, situó el bloqueo en las demandas territoriales rusas y reclamó garantías occidentales capaces de disuadir una nueva agresión. Moscú, por su parte, mantiene sus exigencias sobre el territorio y rechaza fórmulas de seguridad que impliquen una presencia militar occidental en Ucrania. La distancia no está solo en el contenido de un posible pacto, sino en quién debe cumplir primero: Kiev no quiere ceder antes de conocer su protección futura; Rusia no quiere aceptar esa protección como condición previa.
Qué se negoció en Ginebra y dónde se detuvo el avance
La ronda permitió distinguir dos conversaciones que a menudo se mezclan. Una trató de los procedimientos militares necesarios para detener los combates: observar las posiciones, registrar posibles incumplimientos y establecer cómo se comunicarían los incidentes. La otra abordó las decisiones políticas que darían sentido a esos procedimientos. Diseñar la vigilancia de una tregua es distinto de acordar las condiciones para declararla. En la primera tarea hubo trabajo considerado constructivo por la parte ucraniana; en la segunda persistió el desacuerdo.
Esa separación explica por qué los participantes pueden hablar de progreso sin que haya un pacto. Un mecanismo de verificación requiere respuestas a preguntas concretas: qué se observa, quién recibe los avisos y cómo se comprueba una denuncia. Son cuestiones difíciles, pero admiten soluciones técnicas. El estatuto de una región ocupada o el alcance de una garantía extranjera, en cambio, comprometen la soberanía y la seguridad de los Estados. Un protocolo puede prepararse antes de que exista voluntad política para utilizarlo; no puede crearla por sí mismo.
Las conversaciones tampoco ocurren en una sala aislada del frente. Mientras las delegaciones discuten una posible interrupción de los combates, la guerra continúa y cada movimiento militar influye en el margen de negociación. Zelenski acusa a Rusia de prolongar el proceso mientras mantiene la presión sobre Ucrania. Moscú no comparte esa interpretación y sostiene sus condiciones para alcanzar un acuerdo. Negociar bajo fuego altera el valor de cada concesión: aceptar hoy una línea sobre el mapa puede tener consecuencias distintas si las posiciones cambian mañana.
Un carril técnico y otro político
En el carril militar, una tregua tendría que poder distinguir entre un incidente aislado y una ruptura deliberada. No se trata solo de contar ataques: también importa disponer de información fiable, comunicarla con rapidez y evitar que versiones opuestas conviertan cada episodio en un motivo para reanudar operaciones. La verificación reduce la incertidumbre, algo especialmente valioso cuando ambas partes desconfían de las intenciones de la otra. Ginebra permitió trabajar sobre esa necesidad, sin anunciar un sistema cerrado ni un alto el fuego acordado.
El carril político obliga a responder preguntas menos manejables. ¿Qué sucede con las zonas bajo control ruso? ¿Qué garantías recibiría Ucrania si acepta un compromiso territorial? ¿Cómo se trataría una instalación tan sensible como la central nuclear de Zaporiyia? Las respuestas no pueden dejarse a una simple cuestión de procedimiento. El acuerdo sobre cómo comprobar la paz no equivale a un acuerdo sobre qué paz se pretende comprobar. Ahí estuvo el límite de esta ronda y, previsiblemente, estará el centro de cualquier conversación posterior.
El territorio: mucho más que una línea en el mapa
La disputa territorial reúne conflictos distintos bajo una sola palabra. Crimea fue anexionada por Rusia en 2014; el Donbás ocupa un lugar central en las exigencias de Moscú; otras zonas afectadas desde la invasión a gran escala de 2022 tienen importancia por sus habitantes, sus vías de comunicación o sus infraestructuras. Hablar de cesiones como si fueran superficies intercambiables oculta su dimensión humana. Cada trazo de una frontera afecta a ciudades, hogares y administraciones, además de definir quién ejercerá autoridad y durante cuánto tiempo.
Rusia quiere que un acuerdo recoja sus demandas sobre los territorios que controla. Ucrania rechaza que la ocupación se transforme, por la vía de una firma, en una renuncia aceptada a su soberanía. La diferencia entre reconocer una situación militar y legitimarla políticamente es decisiva. Un frente puede describirse sin que ninguna de las partes acepte convertirlo en frontera. Precisamente por eso, las formulaciones aparentemente ambiguas despiertan recelo: lo que permite avanzar en una reunión podría interpretarse después como un compromiso irreversible.
Para Zelenski, una retirada unilateral o una cesión desprovista de garantías plantearía un problema de seguridad y otro de legitimidad interna. Un Gobierno puede explicar a su población que busca detener la guerra; mucho más difícil es justificar la pérdida permanente de territorio si no puede demostrar que el acuerdo evita otra ofensiva. Moscú observa el mismo asunto desde una lógica opuesta: considera sus exigencias territoriales una parte sustancial del resultado que pretende obtener. El mapa es, a la vez, objeto de negociación y prueba política de su desenlace.
La guerra activa endurece esta discusión. Ucrania sostiene que necesita un alto el fuego para negociar sin la presión inmediata de los ataques. Rusia vincula el cese de las operaciones a un entendimiento previo sobre las cuestiones fundamentales. Si primero deben resolverse las fronteras, la tregua queda supeditada al punto más difícil; si primero se detienen los combates, Moscú teme que el conflicto quede congelado sin satisfacer sus demandas. Ambas partes discrepan sobre qué riesgo debe asumirse durante el periodo intermedio.
Zaporiyia concentra los temores sobre territorio y seguridad
La central nuclear de Zaporiyia muestra por qué el desacuerdo no cabe en una fórmula general sobre territorios. Su situación reúne control de una infraestructura, suministro energético y preocupación por la seguridad nuclear. No basta con decidir qué aparece coloreado en un mapa: importa quién ejerce la autoridad cotidiana, qué límites tendría esa autoridad y bajo qué condiciones podría funcionar la instalación. El estatus de Zaporiyia siguió sin resolverse en Ginebra, según la posición expuesta por la parte ucraniana.
Ese caso también revela los límites de una tregua limitada a detener disparos. Una instalación crítica puede convertirse en foco de tensión incluso cuando una línea de frente parece estable. Para Kiev, su futuro está ligado a la capacidad de impedir nuevas presiones militares. Desde la perspectiva rusa, cualquier fórmula que restrinja su posición en el territorio choca con sus exigencias generales. La seguridad de la central no puede desligarse del acuerdo político que definiría su control; dejarla en suspenso permitiría posponer el desacuerdo, pero no eliminarlo.
Las garantías que exige Kiev y la resistencia de Moscú
Ucrania insiste en que cualquier compromiso territorial debe ir acompañado de garantías occidentales creíbles. La razón es directa: un documento que cierre la guerra ahora no serviría de mucho si no reduce de forma efectiva la posibilidad de otra invasión. Zelenski reclama por ello algo más que declaraciones de apoyo. Una garantía solo disuade si su cumplimiento resulta verosímil antes de que se produzca una nueva agresión. Su valor depende tanto de lo que prometa como de la disposición de quienes deban sostenerla.
El contenido de esas garantías continúa siendo uno de los asuntos más delicados. En torno a las conversaciones se plantean posibles compromisos de asistencia, cooperación militar, inteligencia y vigilancia, con participación estadounidense y europea, pero no hay un paquete definitivo presentado como aceptado por las partes. Cada opción ofrece un grado distinto de protección y exige un grado distinto de implicación a sus promotores. Cuanto más firme parezca el respaldo a Ucrania, mayor será la resistencia rusa a aceptarlo.
Moscú rechaza los esquemas que puedan traducirse en presencia militar occidental en Ucrania o aproximarse a los compromisos de una alianza. Su postura no se limita al mapa: también incluye exigencias sobre la posición internacional y las capacidades militares ucranianas que Kiev considera incompatibles con su soberanía. Dos gobiernos hablan así de seguridad para referirse a objetivos enfrentados. Ucrania busca impedir otra invasión; Rusia pretende limitar el margen estratégico ucraniano. Un pacto que satisfaga plenamente una de esas pretensiones puede resultar inadmisible para la otra.
Hay además un tercer grupo de decisiones fuera de las manos exclusivas de Kiev y Moscú. Estados Unidos y los países europeos tendrían que definir qué están dispuestos a garantizar y con qué medios. La prudencia de esos aliados ante el riesgo de una confrontación directa puede producir fórmulas que Ucrania juzgue insuficientes. En sentido contrario, un compromiso robusto para Kiev puede aumentar el rechazo ruso. La credibilidad de las garantías depende de terceros que también calculan sus propios riesgos, lo que añade una negociación dentro de la negociación.
Esa dificultad explica la insistencia ucraniana en conocer la protección antes de cerrar cualquier ajuste territorial. Si primero se fija el mapa y después se negocia la seguridad, Kiev teme perder su principal capacidad de presión sin saber qué recibirá a cambio. Para quienes intentan construir un acuerdo, establecer antes un marco territorial podría parecer una manera de acotar el conflicto. El orden cambia el valor real del intercambio: dos compromisos idénticos sobre el papel no ofrecen la misma seguridad si uno entra en vigor cuando el otro todavía está pendiente.
Detener los combates antes o después del acuerdo
La secuencia del alto el fuego reproduce ese mismo dilema. Ucrania defiende que una interrupción verificable de las hostilidades abriría espacio para decisiones políticas que no deben adoptarse bajo ataques. Zelenski también rechaza que se planteen elecciones, retiradas u otros cambios estructurales sin condiciones de seguridad. Rusia considera que una pausa previa podría beneficiar militarmente a Kiev sin resolver las causas del enfrentamiento tal como las define Moscú. No se discute únicamente cuándo callarían las armas, sino qué ocurriría mientras permanecen calladas.
Un alto el fuego inmediato podría aliviar la violencia, pero no resolvería por sí solo la soberanía sobre los territorios ocupados. Esperar a un acuerdo completo, por otro lado, mantendría los combates mientras se negocia el punto en el que existe menos margen de acercamiento. Entre ambos extremos caben mecanismos parciales, aunque ninguno sustituye la decisión política de aceptar una tregua. Ginebra avanzó en las herramientas que podrían vigilarla, no en el consentimiento necesario para ponerla en marcha. Esa diferencia impide presentar el resultado como un pacto próximo.
El papel de Washington y los límites de una propuesta de paz
Estados Unidos actuó como mediador en las conversaciones, desarrolladas sobre la base de una propuesta estadounidense difundida meses antes. En términos generales, el planteamiento vincula concesiones territoriales ucranianas con garantías occidentales destinadas a reducir el riesgo de una nueva invasión. La idea reúne los dos grandes asuntos del conflicto, pero unirlos en un borrador no significa que las partes acepten el intercambio. El problema está en precisar qué cede cada una, quién respondería si el acuerdo falla y cuándo comenzarían a cumplirse las obligaciones.
Zelenski ha cuestionado expresamente una secuencia en la que primero se resuelva el territorio y solo después se concreten las garantías. Desde la perspectiva ucraniana, significaría asumir una pérdida difícil de revertir a cambio de una protección todavía indefinida. Los mediadores, en cambio, necesitan encontrar fórmulas que puedan sostener quienes aportarían esa protección y que Rusia no descarte de entrada. Una propuesta puede servir de base común sin convertirse en un acuerdo aceptable; su utilidad reside entonces en mostrar con precisión dónde aparece el rechazo.
La participación estadounidense en la vigilancia de un eventual cese de hostilidades fue otro de los aspectos discutidos. Una supervisión con capacidad técnica y peso diplomático permitiría documentar incidentes y dificultaría que cada parte impusiera sin más su versión de los hechos. Tiene, sin embargo, un alcance limitado. Comprobar una infracción no equivale a impedirla, y la eficacia de cualquier sistema dependería de las consecuencias acordadas para quien incumpla. Sin esa dimensión política, incluso la mejor observación acabaría describiendo una ruptura después de que ocurra.
La mediación tampoco elimina los intereses propios de Washington. Estados Unidos busca una salida a una guerra prolongada que afecta a la seguridad europea, mientras debe decidir hasta dónde llegan sus compromisos con Ucrania. Si presiona demasiado a Kiev para aceptar concesiones, puede debilitar la capacidad política ucraniana de sostener el pacto; si ofrece garantías que Moscú considera inasumibles, reduce la posibilidad de que Rusia lo firme. El mediador puede acercar posiciones, pero no convertir una condición inaceptable en una decisión compartida.
Witkoff y Kushner, rostros de una mediación política
Steve Witkoff y Jared Kushner figuran entre los nombres estadounidenses asociados a este proceso. Su visibilidad recuerda que la negociación no se desarrolla únicamente entre delegaciones técnicas: también está expuesta a las prioridades políticas de quienes la impulsan. Un mensaje público dirigido a acelerar concesiones puede tener un efecto distinto en Washington y en Kiev. La presión que un mediador considera útil puede hacer más difícil que el Gobierno ucraniano explique una decisión a su población.
Zelenski ha reclamado respeto en el trato y en los mensajes sobre las conversaciones. Su petición responde a una realidad de cualquier proceso de este tipo: las palabras pronunciadas fuera de la sala alteran la confianza dentro de ella. Presentar una concesión como inevitable antes de negociar sus condiciones puede reducir el margen de quien tendría que aceptarla. La diplomacia necesita capacidad de presión, pero también espacio político para que un compromiso sea defendible. En Ginebra, esa tensión acompañó al desacuerdo territorial.
Lo que dejaron entrever las delegaciones
Las declaraciones posteriores a la ronda permiten conocer el balance sin confundirlo con un acuerdo. Zelenski destacó el trabajo constructivo en asuntos militares y señaló la falta de voluntad política para avanzar en los temas decisivos. Es una distinción relevante: reconoce que la preparación de una tregua no está paralizada, pero niega que ese esfuerzo compense el bloqueo sobre territorio y garantías. La posibilidad técnica de vigilar el cese de hostilidades convive con la ausencia de una decisión para declararlo.
El jefe negociador ruso, Vladímir Medinski, describió los encuentros como difíciles, aunque centrados en el trabajo, y dejó abierta la continuidad de los contactos. Esa formulación evita anunciar una ruptura sin presentar concesiones que Moscú no ha hecho. No equivale a prometer un acuerdo cercano. Mantener viva una mesa permite conservar la interlocución y, al mismo tiempo, sostener las exigencias propias. En un conflicto que continúa sobre el terreno, el tiempo también influye en el cálculo de cada delegación.
Rustem Umérov, integrante de la delegación ucraniana, habló de reuniones intensas y sustantivas, y de la necesidad de aclarar límites en cuestiones sensibles. Su mensaje busca mostrar que Kiev participa en una negociación de fondo sin sugerir que ha aceptado las demandas rusas. La cautela importa especialmente cuando se discuten territorios: una expresión imprecisa puede interpretarse como apertura a una cesión que nunca se ha pactado. La distancia entre explorar una fórmula y comprometerse con ella resulta crucial para entender lo ocurrido en Ginebra.
Desde el Kremlin, el portavoz Dmitri Peskov consideró prematuro evaluar los resultados. Esa reserva deja margen para futuras conversaciones y evita atribuir un desenlace definitivo a una ronda sin pacto. Las distintas voces coinciden, al menos, en no dar el proceso por terminado. Discrepan en qué debería cambiar para hacerlo avanzar. La ausencia de ruptura formal no debe confundirse con una reducción de las diferencias fundamentales, que continúan afectando al territorio, la seguridad y el momento de detener los combates.
La disputa por quién bloquea la negociación
Cuando Zelenski acusa a Rusia de alargar las conversaciones, intenta mostrar que la continuidad de los contactos no basta como prueba de voluntad de paz. Vincula esa crítica a la persistencia de los ataques y a las exigencias territoriales de Moscú. Rusia, por su parte, se presenta como un interlocutor dispuesto a negociar, aunque mantiene condiciones que Ucrania rechaza. Las dos partes disputan también la interpretación pública del estancamiento: esa lectura puede influir en el apoyo internacional y en la presión que acompañe a una nueva ronda.
Sería un error reducir esa batalla de relatos a un detalle de comunicación. En una negociación, cada gobierno necesita conservar apoyo para las decisiones que podría adoptar después. Si una parte aparece como responsable de ceder sin obtener nada, su margen se estrecha; si aparece como responsable de impedir la paz, aumenta el coste diplomático de mantener sus demandas. La discusión sobre el relato no sustituye al contenido del pacto, pero condiciona quién podrá firmarlo y sostenerlo. Ginebra dejó ambas disputas abiertas.
Qué posibilidades quedan tras una ronda sin calendario cerrado
Las delegaciones salieron de Ginebra sin anunciar una fecha concreta para otro encuentro. Eso no demuestra que el diálogo haya concluido, pero impide hablar de una ruta inmediata hacia el acuerdo. Kiev necesita seguir aclarando con sus socios qué garantías podrían ofrecerse y en qué condiciones; Moscú tendría que decidir si mantiene intactas sus exigencias o modifica alguna posición. El siguiente movimiento dependerá menos de convocar otra mesa que de llevar a ella propuestas capaces de superar el bloqueo político.
Mientras tanto, el trabajo técnico conserva utilidad. Preparar procedimientos de vigilancia puede ahorrar tiempo si más adelante surge una oportunidad para detener los combates. También pueden estudiarse entendimientos limitados sobre asuntos humanitarios o infraestructuras sensibles, aunque en Ginebra no se anunció un pacto de ese tipo. Un avance parcial no equivale a la paz, pero tampoco carece de importancia cuando permite reducir riesgos o establecer canales de comunicación. Su alcance debe medirse por lo que realmente acuerden las partes, no por lo que se espera que anuncien.
Europa ocupa un lugar inevitable en ese horizonte. Aunque Estados Unidos medie, una garantía occidental para Ucrania afectaría a países europeos, y el resultado de la guerra tendría consecuencias para su seguridad. En torno al proceso se mencionan consultas con socios como Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, además del papel de Suiza como sede de las conversaciones. Cuantos más gobiernos deban respaldar una fórmula de protección, más importante será concretar sus obligaciones. Una promesa amplia puede reunir apoyos iniciales y, a la vez, ocultar desacuerdos sobre su aplicación.
La proximidad del aniversario de la invasión rusa a gran escala de 2022 añade peso político a esta negociación de febrero. Para Ucrania, aceptar pérdidas sin una protección sólida resultaría difícil de defender ante una sociedad marcada por años de guerra. Para Rusia, retroceder respecto a objetivos sostenidos durante ese tiempo también tendría un coste político. La forma de presentar cualquier compromiso será parte de su viabilidad, aunque ningún relato puede sustituir una respuesta clara sobre territorio, seguridad y cumplimiento.
La guerra continúa mientras se negocia
Zelenski subraya que los ataques rusos siguen mientras se habla de detenerlos. Su argumento no es solo moral: apunta a una dificultad práctica. La población que vive bajo amenaza necesita saber si una futura tregua tendrá efectos inmediatos y si alguien responderá cuando se incumpla. Moscú mantiene que negociar no implica suspender sus operaciones antes de alcanzar las condiciones que reclama. La simultaneidad de combates y conversaciones aumenta la desconfianza y reduce el tiempo disponible para preparar decisiones políticamente delicadas.
También cambia la percepción de los plazos. Los mediadores pueden dedicar una ronda a definir términos y otra a resolver desacuerdos; sobre el terreno, cada jornada añade daños y modifica la experiencia de quienes tendrían que vivir con el acuerdo. Eso no convierte una firma apresurada en una solución más segura. La presión por detener la violencia convive con la necesidad de evitar una tregua incapaz de sostenerse. La dificultad de Ginebra consiste precisamente en atender ambas exigencias sin fingir que son idénticas.
Una tregua necesita algo más que instrucciones para vigilarla
Ginebra deja una imagen menos sencilla que la de una negociación fracasada o una paz a punto de firmarse. Existe trabajo sobre la verificación de un eventual alto el fuego, pero persiste el desacuerdo que determinaría su duración. Ucrania no quiere resolver el territorio sin garantías previas; Rusia no acepta garantías que considere incompatibles con sus demandas. Mientras cada parte exija a la otra asumir primero el riesgo principal, un mecanismo de vigilancia seguirá siendo una herramienta preparada para una decisión pendiente.
El escenario suizo ofreció un lugar para hablar, no una manera de borrar lo que separa a las delegaciones. La cuestión de fondo permanece en el mapa, en la protección futura de Ucrania y en las consecuencias de incumplir lo pactado. La prueba de una paz no será únicamente que pueda redactarse, sino que ninguna de las partes vea en ella una invitación a reanudar la guerra. Ginebra ha permitido medir la distancia hasta ese punto; todavía no ha conseguido acortarla lo suficiente.

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