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¿Qué pasó en Ginebra durante la multitudinaria protesta contra el G7?
Ginebra vive una protesta multitudinaria contra el G7, con choques policiales, incendios, gases lacrimógenos y actos vandálicos en la ciudad.

La gran manifestación contra el G7 celebrada este domingo 14 de junio en Ginebra terminó con enfrentamientos entre grupos violentos y la policía, incendios, escaparates destrozados y una nube de gases lacrimógenos que alcanzó también a familias, manifestantes pacíficos y miembros del servicio civil encargado de proteger la marcha. La policía calculó una asistencia cercana a las 20.000 personas, mientras que los organizadores elevaron la cifra hasta las 60.000. La horquilla es enorme, casi una manifestación dentro de otra, pero no cambia el dato central: la protesta fue multitudinaria.
La marcha había sido autorizada como la principal movilización contra la cumbre que reúne desde el lunes 15 hasta el miércoles 17 de junio a los líderes del G7 en Évian-les-Bains, en la orilla francesa del lago Lemán. La mayor parte del recorrido transcurrió de manera pacífica, con colectivos feministas, ecologistas, sindicales, propalestinos y anticapitalistas. Sin embargo, varios centenares de participantes encapuchados, unos 600 según la estimación policial, actuaron desde distintos puntos del cortejo, lanzaron piedras y bengalas, atacaron comercios e intentaron romper el perímetro de seguridad.
Los antidisturbios respondieron con cañones de agua y gases lacrimógenos. Un vehículo Tesla fue incendiado, las ventanas de una entidad bancaria quedaron destrozadas y también se registraron ataques contra edificios y establecimientos considerados símbolos del poder económico o institucional. La violencia se prolongó durante horas y convirtió el centro de Ginebra en una sucesión de calles bloqueadas, sirenas, humo y fachadas cubiertas con madera. La postal era extraña: una de las ciudades más prósperas y ordenadas de Europa transformada, durante una tarde, en un tablero de barricadas.
Una protesta multitudinaria que acabó partida en dos
El comienzo de la movilización ofrecía una imagen muy distinta. Miles de personas se concentraron en el parque Mon Repos antes de iniciar el itinerario autorizado por la ribera derecha de la ciudad. Había pancartas contra la desigualdad, la guerra, el capitalismo, la política climática de las grandes potencias y el papel del G7 como club de países ricos. También se vieron banderas palestinas, mensajes contra Donald Trump y reivindicaciones feministas vinculadas a la jornada de movilización de las mujeres en Suiza.
La variedad de causas no era accidental. La coalición No-G7 reúne a decenas de organizaciones con sensibilidades diferentes, desde sindicatos hasta movimientos antirracistas, grupos climáticos y asociaciones internacionalistas. El denominador común es el rechazo a un foro que, a juicio de sus detractores, concentra una capacidad política y económica desproporcionada sin representar al conjunto del planeta. No hace falta compartir esa lectura para entender su fuerza: siete Estados y la Unión Europea pueden condicionar sanciones, comercio, guerras, deuda, tecnología o energía a una escala que deja al resto del mundo mirando desde el pasillo.
Durante buena parte de la marcha predominó el ambiente reivindicativo. Hubo música, consignas y columnas de personas que avanzaban bajo el sol. La movilización feminista, que terminó confluyendo con la protesta contra el G7, mantuvo un tono festivo y visible. Mujeres vestidas de morado denunciaron la brecha salarial, la escasa presencia femenina en puestos ejecutivos y las desigualdades laborales. Esa escena convivía, unos metros más atrás, con grupos vestidos de negro, protegidos con máscaras, gafas y pañuelos.
La ruptura llegó cuando parte de esos grupos comenzó a arrancar las protecciones de madera instaladas en escaparates y a recoger adoquines, piedras y otros objetos. Algunos lanzaron bengalas y proyectiles contra la policía. Otros atacaron locales bancarios, oficinas y comercios de marcas internacionales. La táctica era conocida: mezclarse en una marcha amplia, cubrir el rostro, actuar en pequeños núcleos y dispersarse cuando avanza la respuesta policial.
El resultado también era previsible. La violencia de una minoría terminó ocupando el centro de la noticia y dejó en segundo plano las demandas de decenas de miles de manifestantes. Quien rompe una cristalera asegura golpear al capitalismo; a menudo lo que consigue es regalar la tarde entera a las imágenes de la cristalera. La desigualdad, el cambio climático o las guerras desaparecen de la conversación. Queda el fuego. Y el fuego, televisivamente, siempre habla más alto.
El Tesla incendiado y los ataques a bancos y edificios
Uno de los episodios más llamativos fue el incendio de un Tesla cerca de una parada céntrica. Los bomberos intervinieron mientras la policía aislaba la zona y el humo se elevaba sobre el recorrido. La marca de vehículos eléctricos se ha convertido en los últimos años en un blanco recurrente para determinados movimientos de protesta por su asociación con Elon Musk, con la concentración de riqueza y con una idea de poder tecnológico que mezcla empresa, influencia política y control de infraestructuras.
También fueron atacadas sucursales bancarias y fachadas protegidas con paneles. En uno de los casos, los manifestantes arrancaron las planchas colocadas días antes y rompieron los cristales. Hubo daños en otras oficinas y en un edificio vinculado a Naciones Unidas, donde algunos participantes arrojaron piedras y bengalas. La elección de los objetivos parecía responder a una simbología reconocible: banca, multinacionales, organismos internacionales y grandes fortunas.
Esa explicación política no convierte el vandalismo en protesta legítima. En una democracia, la libertad de manifestación protege el derecho a incomodar, ocupar las calles, elevar la voz y cuestionar a los gobiernos. No incluye un permiso para incendiar vehículos, arrojar adoquines o atacar a agentes. La distinción importa, aunque a veces resulte menos vistosa que una barricada.
Defender el derecho de protesta y rechazar la violencia política no son posiciones incompatibles; al contrario, una necesita de la otra para conservar credibilidad. Una movilización puede ser radical, áspera, ruidosa e incómoda sin convertirse en una carrera de encapuchados contra escaparates. Cuando esa frontera se rompe, el debate sobre las causas queda sepultado bajo la discusión sobre los daños.
Los comercios de Ginebra llevaban días preparándose. Muchas vitrinas habían quedado ocultas tras gruesas placas de madera, una imagen que transformó las elegantes calles comerciales en corredores de contrachapado. El temor no surgía de la imaginación. La ciudad conserva un recuerdo áspero de las protestas contra el G8 de 2003, cuando Évian también acogió la cumbre y Ginebra absorbió buena parte de la contestación.
Aquella movilización dejó graves daños materiales, actuaciones policiales polémicas y heridas que terminaron incluso en procedimientos judiciales. Veintitrés años después, la memoria seguía ahí, debajo de cada tablón. Los comerciantes protegieron sus locales, las autoridades bloquearon accesos y la ciudad asumió que una reunión celebrada en otro país podía alterar por completo su vida cotidiana. Una frontera, en el lago Lemán, es a veces apenas una línea administrativa. El ruido viaja mejor.
Cómo actuó la policía y por qué los gases alcanzaron a todos
La policía había diseñado un recorrido que mantuviera la marcha en la ribera derecha y alejada de las principales arterias comerciales. Las salidas laterales estaban vigiladas para impedir que grupos de manifestantes alcanzaran el centro urbano o abandonaran el itinerario pactado. El cantón movilizó a sus 1.500 agentes y recibió refuerzos de otras regiones suizas. A ello se sumó el apoyo federal para tareas de vigilancia, control fronterizo, logística y protección de infraestructuras.
Antes de la marcha, las fuerzas de seguridad comunicaron la incautación de objetos peligrosos, material de camuflaje y utensilios que podían emplearse en enfrentamientos. Durante el recorrido, los antidisturbios formaron barreras en distintos cruces. Cuando varios grupos intentaron romper el cerco, la respuesta incluyó cargas, chorros de agua a presión y abundante gas lacrimógeno.
El uso de estos medios permitió dispersar algunos focos violentos, pero tuvo un efecto indiscriminado. El gas no pregunta quién lanzó la piedra. Se extendió por calles donde también había manifestantes pacíficos, familias, menores, periodistas, vecinos y voluntarios del servicio de orden. Hubo momentos de confusión, personas corriendo y niños llorando mientras la nube avanzaba con el viento.
La respuesta policial contuvo los ataques, aunque elevó la tensión general y castigó de hecho a una multitud mucho más amplia que los grupos responsables de los disturbios. Ese es uno de los problemas recurrentes de los gases lacrimógenos en concentraciones masivas: sirven para vaciar un espacio, pero no distinguen entre quien arroja un adoquín y quien simplemente estaba avanzando dentro de la marcha.
Una operación de seguridad de escala excepcional
La cumbre de Évian ha provocado un despliegue poco habitual a ambos lados de la frontera. Francia ha movilizado alrededor de 16.000 efectivos entre policías, gendarmes, militares, especialistas antiterroristas, unidades de investigación, artificieros, pilotos de drones y patrullas fluviales. En Suiza, unos 4.000 militares permanecen disponibles para apoyar a las autoridades civiles, aunque la gestión del orden público corresponde a las policías cantonales.
Los controles fronterizos se han reforzado y solo una parte de los pasos por carretera permanece abierta. También hay restricciones de navegación, vigilancia aérea, cierres de vías y zonas sometidas a acreditación. Évian, normalmente asociada al turismo termal y a la tranquilidad del lago, se ha convertido en una burbuja de seguridad con accesos filtrados, perímetros restringidos y una presencia policial que recuerda a los grandes acontecimientos internacionales.
El objetivo declarado es proteger a los jefes de Estado y de Gobierno y evitar sabotajes, atentados, ciberataques o alteraciones graves del orden. El coste, todavía difícil de precisar, será considerable. También lo será el impacto sobre trabajadores, residentes y negocios. La seguridad de una cumbre internacional de tres días deja una factura que empieza mucho antes de la foto oficial y no termina cuando despega el último avión.
Por qué la protesta se celebró en Ginebra y no en Francia
La movilización tuvo lugar en Suiza porque las autoridades francesas no autorizaron una gran marcha en las inmediaciones de Évian. La región que acoge la cumbre ha quedado sometida a estrictas restricciones y a un dispositivo diseñado para mantener cualquier protesta lejos de los líderes. Ginebra se convirtió así en el escenario disponible, aunque la reunión se celebre al otro lado del lago y de la frontera.
Las autoridades ginebrinas autorizaron una única gran marcha después de semanas de negociación con los organizadores. Fijaron horarios, itinerario, servicio de orden y acceso permanente para emergencias. La lógica oficial era pragmática: una manifestación encauzada y pactada resultaba menos arriesgada que varias concentraciones clandestinas dispersas por la ciudad. El permiso, sin embargo, nunca podía garantizar que no aparecieran grupos violentos dispuestos a provocar disturbios.
La decisión francesa de blindar el entorno de la cumbre trasladó una parte del problema a Suiza. Es una consecuencia incómoda. Francia acoge a los líderes; Ginebra soporta buena parte de la protesta. Los gobiernos pueden cerrar una carretera, limitar una zona o prohibir una concentración, pero el desacuerdo no desaparece. Cambia de orilla.
Este reparto también alimentó las críticas de los activistas, que denunciaron una burbuja de seguridad destinada no solo a proteger a las delegaciones, sino a mantener lejos cualquier imagen de contestación. Para ellos, el despliegue confirma precisamente lo que cuestionan: dirigentes aislados de la ciudadanía, reunidos en un espacio inaccesible y rodeados de miles de agentes.
Para las autoridades, la lectura es la contraria: el nivel de amenaza y los antecedentes justifican unas medidas extraordinarias. Ambas posiciones pueden coexistir sin que todo se reduzca a una caricatura. Una cumbre internacional necesita protección real. También necesita tolerar la crítica pública. El problema comienza cuando la seguridad se convierte en un muro opaco o cuando la protesta acepta que los encapuchados dicten el tono de la jornada. En ese punto, la política pierde y gana el espectáculo.
Qué se discute en el G7 de Évian
La cumbre reúne a los líderes de Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Canadá y Japón, junto a los representantes de la Unión Europea. También está prevista la participación de mandatarios invitados de otros países. Sobre la mesa aparecen las guerras de Ucrania y Oriente Próximo, las tensiones con Irán, la desigualdad económica, el comercio, la seguridad energética, el acceso a minerales críticos y la regulación de tecnologías estratégicas.
El contexto internacional añade presión. El G7 llega a Évian en un mundo marcado por conflictos abiertos, rivalidad comercial, deterioro de las instituciones multilaterales y desconfianza hacia las élites. El grupo conserva una enorme influencia económica y diplomática, pero ya no representa por sí solo el centro indiscutible de la economía mundial. China, India y otras potencias emergentes han desplazado el equilibrio. El viejo club sigue teniendo poder, aunque ya no controla toda la sala.
Eso explica parte de la contestación. Para muchos manifestantes, el G7 encarna un orden internacional que habla de reglas mientras aplica dobles raseros, promete transición ecológica mientras protege intereses fósiles y defiende la paz mientras varios de sus miembros sostienen o participan en guerras. Es una crítica amplia, a veces contradictoria, pero no puede despacharse como simple ruido antisistema.
Otra cosa es el salto desde esa crítica hasta la destrucción. Quemar un coche no altera la arquitectura financiera mundial. Romper la ventana de un banco tampoco modifica una política comercial ni detiene una guerra. Sirve para producir una imagen potente, quizá una descarga de rabia, y poco más. A menudo fortalece el discurso más duro de las autoridades y debilita a quienes intentan sostener una protesta masiva y plural.
La cumbre continuará detrás de sus controles. Los líderes debatirán, emitirán comunicados y posarán ante el lago. En Ginebra, entretanto, quedarán los cristales rotos, las investigaciones policiales, las detenciones que puedan confirmarse y una discusión conocida: cuánto espacio debe conceder una democracia a la protesta y cómo evitar que la seguridad termine asfixiando el derecho que dice proteger.
Ginebra vuelve a mirar el lago con la memoria de 2003
Los disturbios de este domingo no pueden separarse del precedente de 2003. Entonces, la cumbre del G8 celebrada en Évian provocó grandes movilizaciones en la región y graves episodios de violencia en Ginebra. Hubo saqueos, daños materiales y cuestionamientos sobre la actuación de las fuerzas de seguridad. Aquel recuerdo explica buena parte de la reacción preventiva de 2026: comercios tapiados, fronteras controladas, itinerarios rígidos y miles de agentes movilizados.
La comparación, sin embargo, debe manejarse con cuidado. La manifestación de 2026 fue en su mayor parte pacífica y reunió a colectivos muy diversos. Los actos vandálicos fueron protagonizados por una fracción minoritaria, aunque organizada y capaz de alterar el desarrollo de toda la jornada. Confundir a decenas de miles de participantes con quienes incendiaron, lanzaron piedras o rompieron escaparates sería tan impreciso como fingir que la violencia fue un detalle menor.
Ginebra ofreció dos imágenes simultáneas. Una mostraba a ciudadanos protestando contra la desigualdad, las guerras y la concentración de poder. La otra enseñaba a jóvenes encapuchados enfrentándose a la policía entre humo y cristales. Las dos ocurrieron en la misma calle, pero no significan lo mismo. La primera pertenece al ejercicio democrático; la segunda, a la violencia política y al vandalismo.
El G7 comenzará en Évian bajo una protección casi hermética. La protesta ya ha dejado su marca antes de la primera sesión oficial. No por sus argumentos, que eran muchos y merecían discusión, sino por las llamas de un vehículo y el estruendo de los adoquines. Es la victoria más amarga de los violentos: hablan en nombre de una multitud y consiguen que la multitud deje de ser escuchada.

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