Síguenos

Actualidad

¿Por qué el FMI recupera relaciones con Venezuela?

Publicado

el

mazo de un juez con a lado banconotas

El FMI vuelve a tratar con Venezuela tras años de bloqueo y abre una etapa decisiva para la deuda, las reservas y el futuro económico

El Fondo Monetario Internacional ha vuelto a tratar oficialmente con Venezuela porque el bloqueo que existía desde 2019 no era solo económico. Era, sobre todo, un problema de reconocimiento político e institucional. Durante años, el organismo dejó congelada su relación con Caracas al no considerar resuelta una cuestión previa: con qué autoridades debía entenderse formalmente. Ese nudo, que parecía técnico y en realidad era profundamente político, es el que se ha desatado. Y al desatarse, reabre una puerta que llevaba cerrada demasiado tiempo.

Lo que ha ocurrido no significa que mañana vaya a llegar un rescate multimillonario ni que Venezuela haya salido, por arte de magia, del pantano de la inflación, la deuda y la desconfianza. Significa algo más sobrio, más gris si se quiere, pero mucho más importante: el país vuelve a tener interlocución formal con el gran prestamista multilateral, y eso cambia el terreno de juego. Desde este momento, Caracas puede volver a ser evaluada, puede aspirar a reactivar recursos congelados, puede reconstruir un canal con las instituciones financieras internacionales y puede, al menos sobre el papel, empezar a discutir algo que hasta hace nada era poco más que ciencia ficción: apoyo financiero, normalización y una futura renegociación de deuda.

El corte de 2019 no fue un accidente administrativo

Cuando se habla del FMI, mucha gente imagina una maquinaria contable, una especie de notaría global con gráficos, siglas y funcionarios que hablan como si fueran balances con patas. Pero en el caso venezolano la política ha pesado siempre tanto como las finanzas, o más. En 2019, en plena crisis de legitimidad del poder en Venezuela, el Fondo dejó en suspenso sus relaciones con Caracas porque no existía consenso suficiente dentro del organismo sobre qué gobierno debía ser reconocido. Y sin reconocimiento, no hay trato operativo posible. No hay programa, no hay desembolso, no hay conversación normal.

Aquella ruptura no fue una mera pausa burocrática. Tuvo efectos concretos y bastante serios. Venezuela quedó fuera de la relación ordinaria con el Fondo en un momento en que ya arrastraba años de aislamiento y deterioro. El país, además, llevaba muchísimo tiempo sin una revisión completa de su economía por parte del organismo. Esa ausencia de evaluación no era un detalle menor. En un sistema financiero internacional que se mueve sobre cifras, garantías y diagnósticos, quedarse sin interlocución con el FMI es algo parecido a circular de noche con los faros apagados y sin cuadro de mandos. Se puede avanzar, sí. Pero a ciegas. Y a menudo contra el muro.

La ruptura se vio con toda crudeza durante la pandemia. En aquel momento quedó claro que Venezuela no podía acceder con normalidad a recursos internacionales que, en teoría, le correspondían, porque persistía la disputa sobre quién representaba legítimamente al país ante las instituciones multilaterales. El problema no era que no existiera dinero potencial. El problema era la llave. Y esa llave estaba metida en una pelea de poder que desbordaba, con mucho, el terreno económico.

Por qué se recuperan las relaciones en este momento

La razón inmediata es sencilla de formular, aunque detrás haya una novela entera. El FMI considera que ya existe una autoridad con la que puede volver a tratar formalmente y, por tanto, ha restablecido sus relaciones con el Gobierno de Venezuela bajo la administración interina de Delcy Rodríguez. Eso, dicho así, suena limpio, administrativo, casi aséptico. Pero lo que revela es otra cosa: que dentro del organismo se ha resuelto el problema del reconocimiento que bloqueaba cualquier paso desde marzo de 2019.

No es un giro aislado ni una ocurrencia repentina. Llega después de un cambio mucho más amplio en el tablero venezolano y en la forma en que varias potencias, empezando por Estados Unidos, están ordenando su posición respecto a Caracas. Primero cambió el contexto político. Después se movieron las instituciones. Suele pasar así. En estos organismos nadie empieza por el final, aunque a veces se disfrace el movimiento con la estética de una nota fría y dos frases impersonales.

También hay un elemento de oportunidad. Venezuela sigue siendo un país arruinado en muchos frentes, pero conserva un peso geopolítico evidente por su energía, por su localización y por el hecho de que su crisis lleva años proyectándose sobre toda la región a través de la migración, la fragmentación institucional y el deterioro económico. Restablecer relaciones con el FMI no borra esa crisis, pero sí permite volver a insertarla en un marco internacional más reconocible, menos caótico, menos suspendido en el aire.

Otra señal importante es que este movimiento no llega solo. No es el FMI despertándose una mañana con ánimo reconciliador. Se produce en paralelo a una cierta descompresión financiera y a la reanudación del trato con otros actores multilaterales. Eso dibuja un patrón. No estamos ante un gesto simbólico sin consecuencias. Estamos ante el comienzo de una reapertura institucional limitada, con implicaciones muy serias para la economía venezolana.

Qué implica para Caracas en términos reales

Lo primero que cambia es la interlocución. Puede parecer poco, pero no lo es. Durante años, Venezuela fue para el sistema financiero internacional una anomalía: un país con economía relevante, con recursos, con una crisis gigantesca y con una relación bloqueada con las principales instituciones multilaterales. Ahora vuelve a existir un canal. Eso permite algo básico y decisivo a la vez: hablar, pedir información, comprobar datos, revisar cuentas, construir un diagnóstico.

Y ese diagnóstico importa muchísimo. Venezuela arrastra desde hace años un problema de opacidad estadística que ha sido casi una seña de identidad del desastre. Inflación discutida, reservas poco transparentes, actividad real difícil de medir, deterioro fiscal, falta de referencias claras… En ese paisaje, que el FMI pueda volver a entrar con método y con acceso institucional es una novedad de primera magnitud. No arregla el país. No baja los precios del supermercado. No estabiliza el bolívar por sí solo. Pero vuelve a poner cifras donde había neblina. Y sin cifras creíbles no hay reconstrucción económica que valga.

Lo segundo que cambia es la posibilidad de reactivar recursos financieros a los que Venezuela no podía acceder con normalidad mientras la relación estaba congelada. Ahí entran en juego los famosos derechos especiales de giro, los DEG, ese término que suena a documento olvidado en un cajón ministerial y que, sin embargo, puede significar miles de millones en capacidad de reserva internacional.

Los DEG: mucho menos épicos de lo que parecen, mucho más útiles

Los DEG no son un saco de dinero esperando en la puerta del banco central. No funcionan así. Son un activo de reserva internacional que los países pueden usar dentro de un marco regulado y con interlocución operativa con el Fondo. En el caso venezolano, se habla de una cantidad relevante, en torno a varios miles de millones de dólares equivalentes. La cifra exacta puede variar según cómo se calcule su valoración, pero el orden de magnitud es el importante: no es calderilla.

Eso sí, conviene no caer en el titular fácil. Reactivar esos recursos no equivale a resolver la crisis ni a financiar una recuperación inmediata. Lo que aporta es oxígeno, margen, capacidad de maniobra. Es una pista de aterrizaje, no un vuelo transoceánico. Sirve para reforzar reservas, aliviar tensiones y mejorar el punto de partida. Pero no convierte a un país quebrado y con inflación desatada en una economía normal por decreto.

No hay rescate automático ni barra libre

Aquí conviene pinchar un globo antes de que se hinche demasiado. El restablecimiento de relaciones no significa que el FMI vaya a soltar dinero sin condiciones. Ni de lejos. El organismo funciona con procedimientos, exigencias y una lógica que mezcla tecnocracia con disciplina política. Para que exista un programa amplio de asistencia hace falta bastante más que reconocimiento institucional: hacen falta datos fiables, una petición formal, un diagnóstico económico sólido, capacidad administrativa para ejecutar reformas y, por supuesto, voluntad política de asumir condiciones que suelen ser incómodas.

Y ahí es donde empieza la parte menos fotogénica del asunto. Porque al FMI se le recibe mejor cuando aún está lejos. Cuando se acerca con sus evaluaciones, sus exigencias y su tendencia a poner números negros sobre blanco, la simpatía suele aflojar. Caracas recupera un canal. No compra indulgencias.

Lo que no cambia todavía, y pesa mucho

Sería tentador vender este movimiento como el primer paso de una recuperación inminente. Pero sería un mal titular, por más que la tentación del optimismo instantáneo siempre sobrevuele estos episodios. Venezuela sigue teniendo una economía profundamente dañada. La inflación continúa siendo una amenaza feroz. La disponibilidad de divisas sigue siendo insuficiente. Los servicios básicos arrastran deterioros enormes. La pobreza sigue marcando la vida cotidiana de millones de personas. Y el éxodo de venezolanos fuera del país no se borra con una decisión administrativa en Washington o en la sede del Fondo.

Tampoco cambia, de golpe, el clima de desconfianza empresarial. Muchas compañías llevan años operando en un entorno donde la moneda se evapora, las reglas cambian, el crédito escasea y las importaciones dependen de un acceso al dólar tan irregular como desigual. Algunas grandes firmas pueden resistir mejor. El tejido mediano y pequeño, mucho menos. De ahí que cualquier mejora en la relación internacional sea importante, sí, pero insuficiente por sí sola. La economía real no vive de comunicados. Vive de acceso a divisas, seguridad jurídica, estabilidad de precios y una mínima previsibilidad. Justo lo que ha faltado durante demasiado tiempo.

Hay, además, un problema monumental que sigue intacto: la deuda. Venezuela no solo necesita oxígeno. Necesita ordenar una montaña de obligaciones impagadas que lleva años creciendo como una pared húmeda, silenciosa, pegajosa y cada vez más difícil de raspar. El país sigue cargando con una de las situaciones de default soberano más enredadas del planeta, con bonos impagados, litigios, arbitrajes y compromisos acumulados que convierten cualquier reconstrucción seria en una operación extremadamente compleja.

La deuda es el gran fantasma que vuelve a entrar en escena

Si hay un terreno en el que el regreso del FMI cambia de verdad el horizonte, es este. Para reestructurar deuda de forma creíble, un país necesita algo más que voluntad. Necesita un marco. Necesita un árbitro técnico. Necesita un diagnóstico de sostenibilidad. Necesita demostrar a acreedores, fondos e instituciones que existe una ruta, por dura que sea, y no solo una promesa más.

Ahí el FMI pesa muchísimo. No porque tenga una varita mágica, que no la tiene, sino porque sus evaluaciones sirven de referencia para ordenar negociaciones que, sin ese ancla, serían una batalla caótica entre abogados, fondos oportunistas, acreedores impacientes y gobiernos con prioridades distintas. El regreso de Venezuela al radar del Fondo permite imaginar, por primera vez en mucho tiempo, un proceso con cierta arquitectura. Largo, espinoso, lleno de sobresaltos, sí. Pero proceso al fin.

Eso puede influir también en cómo el mercado internacional mira a Venezuela. Hasta ahora, buena parte de cualquier expectativa sobre una futura renegociación de deuda dependía de una premisa básica: que el país recuperara interlocución con el FMI. Sin eso, todo parecía demasiado hipotético, demasiado prematuro, demasiado colgado de un alambre político. Con el Fondo de nuevo dentro de la ecuación, la posibilidad deja de ser un dibujo en la servilleta y empieza a parecer, al menos, un expediente posible.

La política manda más de lo que aparenta

No conviene olvidarlo. Aunque el FMI se exprese con una prosa que parece diseñada por una fotocopiadora con corbata, sus decisiones en casos como este son inseparables de la política internacional. Venezuela no ha recuperado relaciones con el Fondo porque de repente sus cuentas sean impecables ni porque haya descubierto una disciplina fiscal ejemplar. Las recupera porque ha cambiado el marco de reconocimiento y porque varios actores con peso dentro del organismo han decidido que ya existe una contraparte válida con la que se puede trabajar.

Eso tiene consecuencias prácticas, pero también simbólicas. Caracas vuelve a entrar en una conversación internacional de la que estaba, en buena medida, fuera. No entra en el paraíso, ni muchísimo menos. Entra en el tablero. Y para un país que llevaba años suspendido entre sanciones, disputas de legitimidad, colapso institucional y aislamiento financiero, volver al tablero ya supone una alteración profunda del paisaje.

Lo que puede pasar a partir de aquí

Lo razonable no es esperar un giro fulminante, sino una secuencia. Primero, más contacto técnico. Más recopilación de datos. Más diagnóstico. Después, si la relación política y económica se consolida, podría llegar una discusión más seria sobre asistencia, reservas, reformas y eventual reestructuración de deuda. Nada de eso será rápido. Nada será limpio. Y casi nada será indoloro.

El FMI volverá a mirar cifras fiscales, inflación, reservas, sistema cambiario, ingresos petroleros, estructura del gasto y capacidad del Estado para sostener un ajuste sin agravar todavía más el daño social. Esa es la parte donde la realidad muerde. Porque una cosa es reabrir relaciones y otra, mucho más áspera, reconstruir la confianza en un país que ha consumido años enteros entre distorsiones monetarias, controles, desplomes y remiendos.

Aun así, la noticia importa. Importa de verdad. No por lo que resuelve de inmediato, sino por lo que desbloquea. Venezuela llevaba demasiado tiempo en una especie de limbo financiero internacional, y el limbo puede ser cómodo para la retórica, pero es pésimo para una economía devastada. El restablecimiento de relaciones con el FMI no garantiza la salida. Ni siquiera garantiza que el camino vaya a ser recto. Lo que sí hace es devolver a Venezuela una herramienta institucional básica: la posibilidad de sentarse, ser medida, ser discutida y, quizá, ser financiada bajo reglas reconocibles.

Una puerta que se abre, con la casa aún en ruinas

Lo esencial, al final, cabe en una imagen bastante simple. La puerta del sistema financiero multilateral vuelve a abrirse para Venezuela, pero al otro lado no hay una fiesta; hay una obra interminable, polvo en el aire, cables sueltos y muchas paredes que siguen a medio caer. El país recupera una relación decisiva con el FMI porque el gran bloqueo de 2019 era político antes que económico y porque ese bloqueo se ha resuelto, al menos de momento, en términos de reconocimiento institucional.

Eso implica que Caracas vuelve a tener canal con el organismo, puede aspirar a reactivar recursos, puede someter su economía a revisión y puede empezar a reconstruir una base para futuras negociaciones financieras. Cambia bastante. No cambia todo. La inflación sigue ahí. La deuda sigue ahí. La fragilidad social sigue ahí. La necesidad de divisas sigue ahí. El desgaste de años también.

Pero en la economía internacional hay gestos que parecen menores y en realidad mueven piezas enormes. Este es uno de ellos. El FMI no llega con una varita ni con un salvavidas milagroso. Llega con una libreta, con reglas, con memoria y con la costumbre de exigir más de lo que concede. Para un país como Venezuela, después de tantos años fuera de foco y fuera de circuito, eso no es una anécdota. Es un cambio de época, aunque todavía se vea con la luz pobre de los comienzos.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído