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Sofia Corradi, la mujer que convirtió Erasmus en una realidad europea
De una convalidación rechazada a una política europea: la perseverancia que cambió la movilidad universitaria.

Sofia Corradi, pedagoga italiana y principal impulsora del programa Erasmus, murió en Roma el 17 de octubre de 2025, a los 91 años. Su legado no se limita a facilitar que un estudiante pase una temporada en otro país: ayudó a transformar una experiencia académica aislada en una posibilidad reconocida por las universidades. La idea decisiva era sencilla de formular y compleja de aplicar: que los estudios realizados fuera tuvieran valor al regresar.
La propuesta nació de un contratiempo personal, pero acabó convertida en una política europea. Corradi defendió durante años que la movilidad no debía depender de la tolerancia de cada facultad ni obligar a repetir asignaturas al volver. En 1987 se puso en marcha Erasmus, el programa que llevaría esa aspiración a una escala continental. Hoy, su nombre permanece unido a una Europa que se encuentra también en las aulas, los planes de estudio y las experiencias compartidas.
El origen personal de una idea europea
Corradi nació en Roma el 5 de septiembre de 1934 y estudió Derecho en la Universidad de Roma La Sapienza. En 1957 obtuvo una beca Fulbright para continuar su formación en Estados Unidos y cursó un máster en Derecho universitario comparado en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Aquel viaje le permitió conocer otro sistema académico, pero el problema que marcaría su trayectoria apareció al regresar a Italia: su universidad no reconoció los estudios realizados en el extranjero.
La negativa tenía consecuencias concretas. Corradi debía completar los exámenes y requisitos que le quedaban para licenciarse, sin que su formación estadounidense contara como esperaba. No se trataba solo de una decepción individual: revelaba que cruzar una frontera podía interrumpir una trayectoria académica en lugar de enriquecerla. La experiencia le dio un argumento práctico para sostener que la movilidad necesitaba reglas de reconocimiento, no únicamente buena voluntad entre instituciones.
Tras graduarse en 1959, Corradi empezó a trabajar como asesora científica de la Conferencia de Rectores de las Universidades Italianas. Ese puesto le permitió acercar la propuesta a quienes podían convertirla en una norma: responsables universitarios, rectores y autoridades educativas. La historia suele resumirse como la respuesta de una mujer a una injusticia personal, pero hubo algo más: Corradi supo traducir el agravio en un problema institucional que afectaba a cualquier estudiante que quisiera formarse fuera de su país.
Su recorrido también explica por qué se la conoció como mamma Erasmus. El apodo aludía a su empeño sostenido en defender el intercambio universitario, no a que el programa fuera obra de una sola persona o de una decisión repentina. Corradi fue una impulsora fundamental, pero la iniciativa necesitó acuerdos entre universidades y gobiernos, cambios administrativos y una decisión política europea para pasar de una propuesta a un programa estable.
De una nota en 1969 a la puesta en marcha de Erasmus
En 1969 Corradi redactó una nota que planteaba que los estudiantes pudieran cursar parte de sus estudios en universidades extranjeras y solicitar que las facultades reconocieran esos estudios. La equivalencia se haría efectiva una vez presentada la documentación académica correspondiente. El principio rompía con la lógica de considerar que solo lo cursado en la universidad de origen podía incorporarse sin problemas al expediente.
La propuesta circuló en el ámbito universitario. Alessandro Faedo, entonces presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Italianas, la difundió ese mismo año en una reunión de rectores europeos en Ginebra. También se debatieron acuerdos entre universidades italianas y francesas. El proyecto llegó al terreno legislativo italiano: el ministro de Educación, Mario Ferrari Aggradi, tomó la nota como base para una propuesta de reforma universitaria en 1969. La iniciativa fue aprobada en el Senado, pero no llegó a completar su recorrido en la Cámara tras el final anticipado de la legislatura.
El fracaso de aquella vía nacional no puso fin a la idea. En 1976, una resolución de la Comunidad Económica Europea respaldó los intercambios entre universidades de distintos países y los desplazamientos de estudiantes. Ese marco permitió ensayar fórmulas de movilidad que, tras un proceso lento y lleno de trámites, desembocaron en el programa Erasmus. La distancia entre la nota inicial y el lanzamiento muestra el verdadero reto: hacer que los sistemas educativos confiaran unos en otros y aceptaran que aprender en otro lugar podía formar parte de una carrera universitaria.
Erasmus se puso en marcha oficialmente en 1987. La fecha marca el paso de una aspiración a un programa europeo, pero no significa que todas las dificultades desaparecieran de un día para otro. Los planes de estudios, las normas de evaluación y los procedimientos administrativos seguían dependiendo de cada institución y país. La aportación de Corradi consistió en insistir en el mecanismo que debía resolver el obstáculo principal: acordar de antemano qué se estudiaría fuera y cómo se reconocería al volver.
Lo que Erasmus cambió más allá del viaje
La imagen más conocida del programa es la del estudiante que vive durante unos meses en otra ciudad europea. Sin embargo, el cambio institucional es menos visible y más profundo. Antes de que la movilidad pudiera normalizarse, las universidades tenían que aceptar que un curso realizado en otro país formara parte del itinerario académico del alumno. Erasmus convirtió ese principio en una práctica organizada mediante acuerdos entre centros y procedimientos para reconocer los estudios cursados.
Ese reconocimiento es la diferencia entre una estancia enriquecedora que retrasa la graduación y una experiencia que se integra en la formación. Las herramientas compartidas de créditos y los acuerdos académicos previos ayudan a ordenar esa equivalencia, aunque no hacen idénticos los planes de estudio ni eliminan todos los desacuerdos. En disciplinas con contenidos muy específicos, por ejemplo, la correspondencia puede exigir una revisión cuidadosa. La movilidad funciona mejor cuando el plan está acordado antes de partir, no cuando el estudiante intenta negociar cada asignatura una vez de vuelta.
La expansión del programa también contribuyó a que las universidades desarrollaran oficinas de relaciones internacionales, convenios con centros extranjeros y procedimientos para recibir y enviar estudiantes. Es una infraestructura que rara vez aparece en las fotografías de una estancia, pero que permite que el intercambio deje de ser una excepción gestionada de manera improvisada. La idea de Corradi, en ese sentido, no era simplemente viajar: era construir una estructura para que el viaje tuviera continuidad académica.
Con el tiempo, el marco se amplió más allá de los intercambios universitarios iniciales. Erasmus+ reúne iniciativas vinculadas a la educación superior, la Formación Profesional, la educación escolar, la juventud y el deporte. Esa evolución expresa un cambio de escala: la cooperación educativa europea ya no se limita a un estudiante que cambia de campus, sino que abarca distintos tipos de aprendizaje y colaboración. El nombre de Corradi se asocia a ese legado amplio, aunque la expansión posterior fue fruto de decisiones colectivas y de nuevas etapas de política educativa.
Una vida dedicada a la educación y la investigación
El trabajo de Corradi no se circunscribió a la movilidad universitaria. Investigó el derecho a la educación como un derecho humano fundamental y desarrolló actividades en organismos y centros internacionales, entre ellos la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la Academia de Derecho Internacional de La Haya, la London School of Economics y la Unesco en París. Esa trayectoria amplía el sentido de su proyecto: facilitar el acceso a experiencias formativas era parte de una preocupación más extensa por la educación a lo largo de la vida.
Entre 1980 y 2004 fue profesora de educación permanente en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Roma Tre. La educación permanente, también llamada aprendizaje a lo largo de la vida, parte de que la formación no termina con la etapa escolar ni con la obtención de un título. Esa perspectiva ayuda a entender que Corradi no veía el intercambio como una aventura juvenil desconectada del resto de la educación, sino como una oportunidad para ampliar conocimientos, autonomía y comprensión de otras realidades.
Escribió además sobre educación de adultos, formación universitaria transcultural y movilidad internacional. Sus publicaciones muestran una carrera académica que acompañó el trabajo institucional: no solo defendió una propuesta, sino que reflexionó sobre las condiciones educativas y sociales que podían hacerla viable. La movilidad, desde ese enfoque, no es un fin por sí mismo. Su valor depende de lo que se aprende, de si esa formación se reconoce y de que la oportunidad no quede reservada a quienes ya disponen de más recursos.
La dimensión social importa porque estudiar fuera implica afrontar gastos y adaptarse a un entorno nuevo. Un programa puede abrir formalmente sus plazas y, aun así, resultar más accesible para unos perfiles que para otros. La trayectoria de Corradi invita a mirar más allá de la cifra de intercambios: también cuentan las condiciones que permiten participar y la capacidad de las instituciones para recibir a estudiantes diversos. La apertura educativa se mide tanto por las puertas que crea como por quién puede cruzarlas.
Reconocimientos y una huella que se mide en generaciones
En 2016 Corradi recibió el Premio Europeo Carlos V, concedido por la Fundación Yuste, en reconocimiento a su contribución a la construcción de una conciencia europea a través de la educación. Ese mismo año fue nombrada comendadora de la Orden al Mérito de la República Italiana. Los reconocimientos oficiales llegaron décadas después de que la propuesta empezara a circular, cuando sus efectos ya eran visibles para varias generaciones de estudiantes y comunidades universitarias.
El alcance acumulado de Erasmus y de los programas vinculados a su evolución se cifra en más de 16 millones de participantes, según los datos recogidos en la información sobre el programa. Esa cantidad agrupa experiencias distintas y no describe por sí sola lo que cada persona obtuvo de la movilidad. Pero sí permite apreciar el salto desde una idea planteada en un contexto universitario mucho más cerrado hasta una iniciativa presente en numerosos centros educativos de Europa.
En España, el programa ha tenido una presencia destacada tanto como destino de estudiantes como país de origen de participantes. Para 2025 se estimó que unos 154.000 estudiantes y trabajadores educativos se beneficiarían de Erasmus+. El dato incluye perfiles más amplios que el universitario que suele protagonizar la imagen popular del programa. También recuerda que Erasmus+ ya no es solo una beca para cursar asignaturas en una facultad extranjera, sino un marco con diversas acciones de movilidad y cooperación educativa.
El impacto, de todos modos, no puede reducirse a cuántas personas se desplazan. Una estancia puede aportar contacto con otro idioma, nuevos métodos de enseñanza y vínculos que continúan después del regreso. También puede generar dificultades: la equivalencia académica no siempre es automática, el coste de vivir fuera pesa en el presupuesto y la adaptación requiere tiempo. Presentar el intercambio como una experiencia siempre sencilla idealiza el programa; su valor depende de que las universidades organicen bien la parte académica y de que los apoyos sean suficientes para hacerla accesible.
Las barreras que el legado no ha borrado
La principal dificultad que Corradi identificó, el reconocimiento de los estudios, no ha desaparecido por completo. Los acuerdos previos y los sistemas de créditos han reducido la incertidumbre, pero los programas universitarios no son copias unos de otros. Algunas asignaturas pueden tener contenidos, calendarios o formas de evaluación difíciles de equiparar. Por eso, la movilidad requiere coordinación entre las instituciones de origen y destino y no se resuelve con la simple existencia de un programa europeo.
El coste de la estancia es otro límite importante. Alojamiento, transporte y manutención pueden hacer que una oportunidad formalmente disponible no sea igual de viable para todo el mundo. Las ayudas y las medidas de inclusión buscan ampliar el acceso, pero las condiciones económicas varían según el destino y las circunstancias de cada participante. El reto no es menor: la movilidad solo es una herramienta de igualdad si no queda reservada a quienes pueden asumir sus costes.
También ha cambiado el mapa político europeo. La salida del Reino Unido de la Unión Europea alteró los flujos de movilidad y los marcos de participación en los programas comunitarios. Las relaciones académicas entre universidades pueden continuar mediante otros acuerdos, pero el cambio modificó una de las rutas habituales para estudiantes y centros. Es un recordatorio de que Erasmus no funciona en un vacío: depende de decisiones políticas, cooperación institucional y condiciones que pueden variar con el tiempo.
La ampliación de Erasmus+ a otros ámbitos plantea, además, una exigencia de calidad. No basta con contar movilidades o firmar convenios; las prácticas y actividades deben ofrecer una experiencia formativa real. Esto es especialmente relevante cuando la estancia se desarrolla en un centro de trabajo o fuera de la universidad. El espíritu del programa exige que el desplazamiento tenga sentido educativo y que las tareas realizadas se integren de manera coherente en el aprendizaje.
La Europa cotidiana que imaginó Corradi
El apodo de mamma Erasmus condensa una historia personal, pero su legado pertenece a una obra colectiva. Corradi puso en circulación una solución concreta a un problema burocrático y dedicó años a defenderla ante las instituciones. Rectores, universidades, administraciones y responsables europeos tuvieron que convertir esa propuesta en normas, financiación y acuerdos. Atribuirle en solitario cada desarrollo posterior simplificaría una construcción compleja; olvidar su papel sería igualmente injusto.
La transformación se aprecia en gestos administrativos que rara vez parecen históricos: una facultad acepta los créditos cursados en otro país, un expediente incorpora asignaturas realizadas en una universidad socia o un plan de estudios deja espacio para una estancia exterior. Esos trámites son la versión silenciosa de una idea que nació de una negativa. Lo que antes podía interrumpir una carrera se convirtió, con condiciones y límites, en una parte posible de ella.
Corradi murió en Roma a los 91 años, después de ver cómo la propuesta que había defendido adquiría una dimensión que difícilmente podía tener en sus primeros años. Su vida enlaza tres escalas: una experiencia individual, una reforma de la manera de entender el reconocimiento académico y una política europea con millones de participantes. Su legado está en haber hecho institucionalmente posible que aprender fuera también cuente dentro.
La mejor medida de esa huella no es solo el número de estudiantes que cruzan una frontera, sino el cambio de expectativa que dejó en las universidades. La movilidad ya forma parte de la conversación sobre cómo se organiza la educación y cómo pueden cooperar los centros de distintos países. Quedan obstáculos económicos, académicos y políticos, pero la idea central de Corradi sigue marcando el camino: estudiar en otro lugar no debería significar empezar de nuevo al volver.

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